Contra la marea: 35

Capítulo XXXV
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Contra la marea Alberto del Solar


Situado en el barrio céntrico, en plena capital bulliciosa, allí donde el movimiento, el ruido de la gran ciudad cosmopolita se hacían a esa hora más sensibles, alzábase el edificio ocupado por cl Club de XXX, punto de reunión de la juventud más distinguida de la Capital.

Cuando entró Rodolfo, estaba tan pálido y desfigurado, que la servidumbre no lo reconoció de pronto. El portero miró con extrañeza a aquel hombre de aspecto enfermizo, traje desaliñado y rostro lleno de cicatrices que se colaba, así, de rondón; un lacayo vestido de librea acercose dispuesto a preguntarle qué se le ofrecía, como acostumbraba hacerlo con los desconocidos que solían presentarse de cuando en cuando en demanda de algún socio.

Mas Rodolfo no se detuvo. Pasó de largo y dirigiose, presuroso, hacia el interior.

Atravesó el vestíbulo, dobló a la izquierda y penetró en los departamentos donde habitualmente se encontraba con sus amigos. A esa hora, al revés de lo que acontecía ordinariamente, varios socios hallábanse ya allí.

En uno de los salones principales veíase un grupo formado por ocho o diez jóvenes que hablaban animadamente, haciéndolo, sin embargo, en voz baja y como con cierto aire de misterio.

La sala donde se encontraban éstos, por hallarse situada en el costado sud del edificio y por estar dispuesta en su interior con pesados cortinajes y sombríos tapices, era obscura en extremo. El piso, cubierto por gruesa alfombra de Persia, ensordecía los pasos. Todas estas circunstancias, dieron, pues, lugar a que la entrada de Rodolfo no fuera advertida.

Y luego, aquella conversación parecía embargar de tal modo la atención de los que en ella tomaban parte, que nadie paraba mientes sino en lo que en el seno del corrillo se decía.

No bien se adelantó Montiano, cuando le pareció oír pronunciar su nombre. Se detuvo instintivamente.

He aquí lo que entonces, escuchó:

-¿A cuántos pasos dices?...

-A veinte, a la voz de mando, y tantas balas cuantas sean necesarias hasta que caiga uno de los dos.

-¡Qué barbaridad!

Y enseguida, en confuso y entremezclado cuchicheo, las frases siguientes que alcanzaron a llegar inteligibles a su oído:

-Levaresa es buen tirador...

-Sí, pero Viturbe no yerra blanco...

-La trompada fue tremenda...

-De primo cartello...

-¿Y Montiano, causante de todo esto, ¿qué hace? ¿dónde está?...

Rodolfo al oír estas últimas palabras sintió como si una ola de sangre le subiese al cerebro. Las sienes le palpitaron con fuerza; quiso hablar; pero la voz se le ahogó en la garganta. Adelantose, sin embargo, y se incorporó al grupo.

Al verle allí, de repente, enmedio de ellos, mudo, pálido, demacrado, como una aparición, los jóvenes se apartaron, sobrecogidos de sorpresa.

Un profundo silencio siguió al rumoroso cuchicheo de pocos momentos antes.

Rodolfo penetró hasta el centro del corrillo, buscando con ansiedad en torno la cara de algún amigo íntimo.

No la halló. Entonces, cambiando de actitud, dirigiose a los que, sin proferir todavía una palabra, le miraban, y les dijo con tono casi suplicante:

-¡Por favor, cualquiera de ustedes, dígame lo que ocurre! Llego en este momento; nada sé, aunque todo lo presumo. ¿Jorge y Viturbe se baten? ¿Cuándo? ¿Yo soy el causante de ello, se dice: ¿Cómo? ¿por qué? ¿Dónde están los duelistas? ¡Un dato, por favor!...

Los jóvenes se acercaron entonces a su camarada y formándole círculo, lo estrecharon más y más.

-¡Cómo! ¡nada sabe! -se oyó exclamar por todas partes-. ¡Nada sabe! ¡Es preciso decírselo!

-¡En el acto, en el acto! -volvió a suplicar Rodolfo, con ademán de la más angustiosa impaciencia.

Y entonces, todos a la vez, con precipitación creciente y levantando poco a poco la voz, comenzaron la historia de un altercado seguido de vías de hecho; algo ininteligible al principio; algo que Rodolfo se desesperaba de no poder comprender por la confusa algarabía enmedio de la cual le era narrado. Preguntó al uno; escuchó al otro; pidió a todos un momento de silencio, hasta que, no sin cierta dificultad, logró alguien imponerlo de lo que sigue Jorge había ido al Club en la tarde anterior como de costumbre. Allí se dio cuenta de que se hacían comentarios poco honrosos para su amigo Rodolfo a propósito del incendio de su casa y la pérdida de la fuerte suma de Lucía. No faltaba quien se permitiera dudar de que ese incendio hubiese sido meramente casual. ¿No se habría procurado, por tan seguro medio, hacer creer en la desaparición de una suma que el rumor público avaluaba en la enorme cifra de un millón? La desesperada situación financiera de Montiano ¿no daba, acaso, pleno derecho a que se abrigasen tales sospechas?

Jorge, ciego de ira al saberlo, había emprendido, en el acto mismo, la tarea de averiguar quién o quiénes eran los autores o propagandistas de la infame calumnia dentro del Club. No había tardado en saber que el más empeñado en hacer cundir el rumor era Viturbe. Había buscado, entonces, al enemigo de Rodolfo; lo había interpelado, provocándolo a explicar públicamente sus intenciones.

-«Y entonces -prosiguió diciendo el que tenía en ese momento la palabra-, Viturbe con su habitual altivez, rechazó la interpelación que se le dirigía; negó a Levaresa el derecho de hacerla y concluyó por sostener, casi de modo categórico, una sospecha del todo ofensiva para Rodolfo Montiano.

»A su juicio, había perfecto derecho para juzgar que el incendio no hubiese sido casual. El dinero de la señora de Levaresa, en tal caso, no se habría quemado, sino que...

»Viturbe no alcanzó a terminar la frase. Una trompada en pleno rostro fue la respuesta de Jorge...

»El duelo se concertó aquí mismo ayer.

»A estas horas, poco más o menos, debe tener lugar».

Acabó de hablar el joven. Rodolfo, aturdido, desatentado, sin saber de pronto qué resolver al oír estos antecedentes, preguntó de nuevo, pidió mayores datos sobre la hora, el sitio en que se efectuaría el encuentro. Obtuvo con alguna dificultad los más necesarios. Supo que los duelistas se batirían en los alrededores de la ciudad, al Norte, cerca de la propiedad de Viturbe: la Villa Umbrosa.

Padrinos y ahijados debían haber salido, según todas las probabilidades, media hora antes, por el tren correspondiente, en dirección al punto de cita.

Montiano no vaciló más tiempo.

-¡Dios quiera -exclamó-, que no sea ya tarde!

Miró el reloj. Los trenes para el norte salían cada hora. Faltaban aún diez minutos para la partida del más próximo.

Tomó precipitadamente un carruaje, dirigiose a la estación y llegó allí a tiempo para saltar dentro del primer vagón que se halló por delante...


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