Contra la marea: 32

Capítulo XXXII
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Contra la marea Alberto del Solar


Llegó a su casa en completo estado de abatimiento.

El temor, la inquietud, la pesadumbre, son propicios al desarrollo de la superstición, singularmente en un espíritu donde ya este extraño y perturbador sentimiento tiene echadas algunas de sus raíces fecundas.

La tardía y nefasta reaparición del número trece, ese número que según lo creyó siempre Rodolfo habíale sido fatal durante los primeros años de su existencia, lo llenaba en esos momentos de pavor y de ansiedad...

¡Trece personas se habían sentado a la mesa en aquella comida memorable!

¿Sobre cuál de ellas recaería la acción maléfica, y para él inevitable, de la cifra presagiadora de la muerte o de la desgracia?

Involuntariamente estremeciose al meditarlo y se dirigió a cerrar la puerta de su aposento, silencioso y sombrío en esos instantes, iluminado apenas por la luz de una bujía, cuya llama, escasa, amarillenta y triste, ondulaba al arder.

Perturbado por tan sucesivo y tan diverso género de excitaciones, enfermo física y moralmente, hacía ya varias noches que no le era posible dormir.

Acudió al cloral. El cloral lo había excitado más aún, proporcionándole una especie de entorpecimiento que no era descanso.

Nada hay tan cruel como una preocupación intensa. La voluntad más vigorosa no basta a dominarla. De noche, sobre todo, al ir a entregar el cuerpo al sueño y cuando, buscando el momento de transición entre el velar y el dormir, el cerebro, sobreexcitado, parece que vibrara bajo la fuerza nerviosa que agita sus células, y las obliga a pensar, a pensar aún, multiplicando las imágenes que le dan materia de trabajo, las ideas se desarrollan y suceden con desesperante rapidez; se confunden, multiplican y atropellan, hasta que el cráneo se siente como repleto y próximo a estallar; los párpados se entreabren, la respiración se vuelve fatigosa, y el pobre enfermo de insomnio se revuelca desesperado en su deshecha e insoportable cama.

La noche aquella, noche destemplada y tormentosa, el viento estremecía los cristales de las ventanas de Rodolfo. Afuera se le sentía rugir con furia, mientras que, en el interior de la pieza vecina, dentro de la chimenea, chisporroteaba la lumbre, avivada por la violenta corriente.

Iba Rodolfo a acostarse, cuando sintió un ruido extraño; algo como un golpe dado en el techo, por sobre el caño de la misma chimenea.

Volvió a dirigirse hacia la puerta; corrió la persiana y miró. Nada se veía en la obscuridad.

Se preparaba a cerrar de nuevo, convencido de que aquello no podía ser sino ilusión, cuando divisó una sombra que se deslizaba por el patio.

Abrió la puerta precipitadamente.

-¡Quién va! -exclamó.

-Soy yo -contestó la voz de Perico.

-¿Qué haces a estas horas?

-¿No ha oído usted ruido? ¿ruido de pasos? Hace un momento me pareció que alguien andaba por aquí. He venido a ver.

Rodolfo volvió a entrar, tomó una luz y salió, por segunda vez, al patio con Perico.

El viento soplaba en esos instantes con tal fuerza que la luz se apagó. Lo recorrieron, sin embargo, todo cuidadosamente.

Nada hallaron.

-¡Es curioso! -observó Perico con acento de inquietud-. ¡Juraría que había visto moverse un bulto en la azotea! Y estos días he divisado gente muy mal entrasada, como rondando por aquí y examinando la casa. ¿No le parece, Rodolfito, que sería bueno subir a ver?

-No estaría de más -replicó Montiano.

Una pequeña escalera de caracol, situada hacia el fondo, daba acceso al sitio indicado. Rodolfo y Perico subieron juntos.

Mas, esta pesquisa, como la anterior, resultó inútil.

-¡Bah! -exclamó Rodolfo tranquilizado; acostémonos. Lo del bulto habrá sido pura visión. ¡Brrr...! ¡qué frío!...

-¡Hum! -murmuró Perico entre dientes, moviendo la cabeza con aire de incredulidad, mientras bajaba lentamente la escalera-; bueno será no descuidarnos. Esa gente sospechosa... ¡hum!...

El amo y el criado se dieron las buenas noches.

Al volver Rodolfo a su dormitorio, cerró con extraordinaria precaución las puertas, y una vez llevada a cabo esta tarea, pasó al cuarto vecino, donde, oculto bajo doble vuelta de llave, dentro del viejo mueble de familia ya descrito, yacía el resto del depósito extraído del banco: los ciento veinte mil pesos que aún quedaban del dinero de Lucía.

¡Con cuánta inquietud palpó la cerradura!... Todo parecía intacto en ella. Abrió el cajón. ¡Oh felicidad, el dinero estaba allí!

Púsose a contar: uno, dos, tres... hasta doce paquetes, lacrados y sellados por él. Doce... ¡sí, eso hacía la cuenta cabal!

Volvió a cerrar el cajón, retiró la luz y resolvió acostarse.

No le fue posible lograr que el sueño bienhechor acudiese a cerrar sus párpados.

Desesperado, bebió, entonces, una doble dosis de cloral.

Durante largo rato aún le pareció que sentía repetirse con irritante persistencia el zumbido del viento, el crujir y golpear de las persianas; todo ello alternado con el ruido del rodar de los carruajes que cruzaban por frente a sus balcones.

Luego... no supo cómo fue ni cómo empezó; mas diose cuenta de cierta sensación de pesadez que, lentamente, fue invadiendo sus sentidos; hasta que, en un momento dado, sus ojos comenzaron a cerrarse y algo como un velo turbio empañó las imágenes, que, sin borrarse, perdieron la precisión de sus líneas y contornos...

Entonces se sintió Rodolfo presa de un sopor semejante al que produce un narcótico poderoso y, ¡cosa curiosa! a pesar de todos estos síntomas del sueño, notaba que manteníase despierta en él la percepción real de las cosas que lo rodeaban: el mugir del vendaval continuaba manifestándole que el oído no dormía, a la vez que el rojizo resplandor de la chimenea al iluminar con lampos desiguales hasta los objetos de su alcoba misma, llegaba sensiblemente a sus ojos...

Enmedio de las imágenes, más y más extrañas que empezaron desde ese instante a poblar su irritado cerebro, fueron surgiendo, poco a poco, visiones semifantásticas, que determinaron sensaciones angustiosas: la bolsa, el juego, pérdidas de dinero, ganancias pingües, Lucía, Viturbe; todo eso mezclado de modo informe. ¡Luego la deshonra, la deshonra que lo perseguía! Jugaba al alza, y perder de nuevo su capital, acudía al sagrado depósito oculto en su domicilio. Pero no se contentaba con sólo una parte: disponía de la totalidad. Perdía.

Entonces se desesperaba, y, consciente de su falta, dirigíase a un cajón de su escritorio en busca de un revólver. Pero, en vez de abrir el que necesitaba, abría otro. Al hacerlo violentamente, saltaban irguiéndose amenazadores, cual si tuvieran vida, los billetes del inquilino sospechado como falsificador. El cajón estaba vacío: nada más había en él. ¡Sólo esos papeles atraían su vista!...

¡Idea perturbadora, idea hija de la desesperación y de la impotencia! Una lucha tremenda se trababa de repente en su espíritu: ¿Y si fueran verdaderas sus sospechas? Si ese hombre fuese realmente el falsificador, ¿por qué no asociarse con él?...

Poníase, entonces, a observar con avidez los billetes. Color, dibujo, detalles: todo perfecto. A la luz del gas, con un lente en la mano; entrecortada la respiración, hosco el semblante, inclinado sobre los valores falsos los examinaba con escrupulosidad. ¡Parecía él el falsificador!...

¡Al! ¡no, nunca! ¡nunca! -se decía entonces. Y, nervioso, anhelante, arrugaba entre sus manos los papeles malditos y arrojábalos, enseguida, con violencia, al fuego de la chimenea...

-Ardían, ardían allí, con llamaradas siniestras; ora rojizas, ora verdosas. El fuego y el calor parecían, entonces, crecer enormemente con aquel nuevo combustible. Y aumentaban tanto, que Rodolfo se sentía horrorizado...

¡Cruel pesadilla! Un resplandor intenso iluminaba la estancia. Y las llamas de la chimenea crecían y crecían sin cesar. La sensación de calor extremo convertíase en sofocación insoportable...

De repente oyó Rodolfo un grito, un grito verdadero, un grito terrible... ¡Fuego! ¡Fuego!

El sueño, la pesadilla habían cesado. Pero empezaba la realidad, mucho más horrible aún. Una atmósfera de humo negro y espeso lo envolvía todo, por todas partes, y Montiano aunque medio adormecido aún por la fuerza del narcótico, se incorporaba pesadamente en su lecho. Intensos resplandores iluminaban los cuartos vecinos.

Rodolfo creía soñar todavía.

Mas, no tardó en salir de su error y en convencerse de que aquello no era ya un delirio. Las siniestras voces de alarma que real y verdaderamente llegaban a sus oídos; la presencia de Perico que le gritaba que se pusiese en salvo; los golpes repetidos; el correr de gentes en la calle; el crujir y chisporrotear de la madera de los techos, puertas y ventanas; el olor a quemado; aquel calor; aquel humo; aquel incendio, en fin, que cundía y cundía sin cesar, se lo estaban así probando.

Saltó de la cama, sin tiempo siquiera para vestirse... y se lanzó hacia afuera...

Pero un recuerdo terrible cruzó de pronto por su mente, arrancándole gritos de ansiedad.

¡El dinero de Lucía!

Desatentado, abalanzose de nuevo hacia la pieza vecina. Mas, recordó entonces que la llave del cajón que tan atolondradamente se dirigía a abrir encontrábase en uno de sus bolsillos, dentro de sus ropas, en su mismo dormitorio... Corrió hacia allá. Pero, enmedio de su precipitación y a pesar de la luz del incendio que penetraba por donde quiera, perdió instantes preciosos.

Cuando, por fin, dio con lo que buscaba, volvió, como loco, a la pieza vecina. Quiso adelantarse. El humo lo cegó. Y además, el paso estaba ya casi cerrado allí por las brasas. Hizo, sin embargo, un esfuerzo, supremo, inaudito; trató de avanzar...

Un inmenso trozo de cornisa y un tirante, de madera desplomáronse con estrépito en esos momentos, llenando el piso de escombros encendidos. A la vez, por entre el boquerón abierto en lo alto, entró una inmensa lengua de fuego, que abrasó los tabiques, envolviendo gran parte de la habitación y de los muebles más cercanos.

Todo empezó a arder.

La vetusta casa de los padres de Rodolfo con sus maderas resecas y ya medio carcomidas por los años se consumía como paja al soplo del huracán que avivaba la hoguera.

El mueble donde se hallaba el dinero quedó súbitamente envuelto en llamas...

Entonces dio principio Rodolfo a un combate desesperado contra el voraz elemento.

Resuelto, valeroso, como en otra ocasión solemne, cuando en lucha a brazo partido contra la furia indomable de las olas del mar, había logrado arrancarles la presa que ellas le disputaban; jadeante, lleno el rostro de sudor, precipitose a los aposentos contiguos y, después de coger allí cuantos objetos juzgó más a propósito para hacer resistencia a la hoguera -porcelanas bronces, hierros, cristales- adelantose, casi hasta el seno de la hoguera misma, y, una vez allí, los fue arrojando alrededor del mueble ya medio devorado, por creer que de ese modo lograría aplacar durante algunos segundos aquella horrible hornalla y abrirse paso para arrebatarle lo que importaba para él en esos momentos más que la conservación de la propia vida...

¡Todo inútil!... ¡El monstruo del fuego era más terrible aún que el monstruo del agua! El uno había luchado rugiente, pavoroso; pero dejándose abordar: el otro, enmedio de su formidable silencio, era, inaccesible, y destruía sin compasión. Cada vez que intentaba acercarse Rodolfo, las llamas, semejantes a los flexibles brazos de un pulpo, se desenrollaban, extendían y avanzaban, como si quisieran agarrarlo, atraerlo...

Iluminado, así, por los rojizos resplandores; de pie enfrente de la hoguera -ora abalanzándose con furia, ora retrocediendo sofocado, debatiéndose en continuo e incesante afán -parecía un demonio de la luz: un ser extraño y fantástico, cuya movible silueta, al reflejarse sobre los muros, reproducía en solitaria y agigantada sombra todos aquellos movimientos convulsivos, desesperados, aspaventosos, casi aterrorizantes...

¡Y entre tanto el viejo escritorio de caoba, devorado más y más, crujía, y crujía, como si al morir gimiese de dolor!...

El humo aumentaba en intensidad, llenándolo todo; sofocando a Rodolfo, al punto de que le era ya difícil permanecer en la habitación. Secábasele la garganta; ardíanle los ojos; su cabeza se mareaba; todo parecía girar en torno suyo...

Hizo, sin embargo, un último esfuerzo quiso abalanzarse y... cayó en tierra...


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