Contra la marea: 30

Capítulo XXX
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Contra la marea Alberto del Solar


Cuando se quedó solo Rodolfo y volvió la mirada a su alrededor comprendió todo el peso del sacrificio que iba a hacer. ¡Vender la casa paterna! Conque ¿era verdad que dentro de poco no le sería ya dado volver a contemplar aquel querido rincón, testigo silencioso de sus goces, de sus sufrimientos, de sus esperanzas y de sus desengaños?...

¡Allí, enfrente, al otro lado del patio, estaba el salón de familia de sus padres, con los mismos viejos muebles de caoba y jacarandá que ellos habían usado; pues, a pesar de los frecuentes cambios de fortuna, no había querido el hijo reemplazarlos jamás!

Enseguida, por el lado de la sombra, mirando hacia el sud, los dormitorios de los mismos, siempre cerrados desde su muerte. En el patio segundo, idéntica cosa: cuatro, seis piezas más; cerradas también como las anteriores. A él le bastaba un solo costado, el del norte, elegido expresamente, porque allí penetraba en invierno el tibio y risueño sol de la mañana que, a esas horas, suplía con usura a las monumentales chimeneas de los departamentos modernos, con sus grandes cortinajes y pesadas colgaduras, siempre tristes y siempre sombrías.

¡Con cuánto dolor pensó entonces en que serían otros ojos -ojos extranjeros, indiferentes-, los que en adelante contemplarían todo aquello; en que, tal vez, el pico y el hacha demoledores, caerían allí, ante la voluntad de algún poderoso, para derribar, golpe tras golpe, el viejo inmueble venerado!...

El siguiente día, fue de acontecimientos para Rodolfo.

¡El cumpleaños de Lucía! ¡Y él que lo habría olvidado tal vez, sin una esquela en la cual su amiga invitábale a comer con algunos íntimos y aprovechaba la ocasión para expresarle la extrañeza con que había notado su ausencia de varios días!

Este olvido, que no habría hallado justificación en otras circunstancias se explicaba perfectamente en aquellas.

Saltó, pues, el joven de su lecho y, al salir a la calle, su primera diligencia fue pasar por la tienda de una florista y encargarle el más hermoso canastillo que pudiera improvisarse en el corto espacio de tiempo mediado entre el instante de dar la orden y la hora del almuerzo, pues era necesario, según lo dijo, que esas flores llegaran cuanto antes a su destino.

Regresó enseguida a su casa, y una vez allí se encontró con otra noticia. La madre de Rosa, a quien Lucía y él amparaban desde la desaparición de su hija, había fallecido el día anterior. Uno de los cuidadores de El ombú llegaba expresamente esa mañana a dar la triste nueva.

-¡Pobre madre y pobres hijos!

¿Y Rosa? ¿Qué era de ella entretanto?

Las últimas y ya lejanas noticias que Rodolfo obtuviera sobre el particular, le habían revelado, en la época en que las adquirió, que las cosas no marchaban del todo bien para ella. La crisis general había damnificado, también, por lo visto, al elegante Viturbe; pues se susurraba que la pobre niña, abandonada al cabo de algún tiempo, vivía, a la sazón, casi en la indigencia, en un cuartujo miserable; sola, y sin otro amparo que su propio trabajo. Las malas lenguas agregaban algo más: decían que los amores de Miguel habían tenido fruto...

Rodolfo creyó cumplir con un deber de humanidad ordenando a Perico que se informase del paradero de la joven, con el propósito de que pudiera ella tener conocimiento inmediato de lo que ocurría. Llevaba, además, el viejo criado instrucciones para disponer la vuelta de Rosa a la casita blanca, en el caso de que desease realizarla. Entre tanto, sus hermanitos huérfanos quedarían allí bajo la protección de la caritativa propietaria de El Ombú.

Terminada esta diligencia, pidió los diarios de la mañana.

Enmedio de sus afanes de aquellos días se había acostumbrado a recorrerlos con ansiedad, buscando siempre la noticia que pudiera serle favorable.

Desplegó, pues, como siempre, la hoja impresa que primero le cayó a la mano y... ¡oh sucesión de catástrofes! ¡Otro banco, aquel en que aún fundaba él alguna esperanza, cerraba sus puertas, suspendía sus pagos!

El ánimo de Rodolfo, a pesar de hallarse preparado ya para tal clase de sorpresas, sufrió un rudo golpe con este nuevo contratiempo. Comprendió que le sería mucho más difícil aún que en el día anterior deshacerse de su propiedad; y era preciso, sin embargo, venderla, ¡y cuanto antes!

Todo el día anduvieron juntos Montiano y Levaresa, de calle en calle, de escritorio en escritorio. No se les escuchaba siquiera. La caída de los bancos era el único tema que preocupaba los espíritus. Todos los demás no encontraban siquiera ocasión de ser tratados.

Sus diligencias fueron, por lo tanto, del todo inútiles.

Cuando llegó la tarde se sentía Rodolfo tan aturdido, tan perturbado, tan sin fuerzas, que estuvo a punto de renunciar a la comida de Lucía, a cuya casa, como se ha dicho, hacía ya varios días que no se presentaba. Pero el deseo de salvar las apariencias, le hizo cambiar de resolución.

Una hora después tocaba el timbre de la puerta de su amiga.


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