Contra la marea: 27

Capítulo XXVII
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Contra la marea Alberto del Solar


Tres días después, el banco asediado, cerró efectivamente sus puertas y suspendió sus operaciones.

El efecto que este hecho produjo en la plaza fue terrible.

La baja, el derrumbamiento del valor de la propiedad continuó desde entonces, persistente, cada día mayor, y en proporción inversa del alza del oro. Los especuladores en tierras las vendían precipitadamente, a precios que en aquellos momentos parecieron irrisorios a Montiano y a Levaresa. Con la esperanza, pues, de que la baja se detendría allí, compraron tierras; y, para hacerlo, vendieron sumas no despreciables de oro que habían adquirido a tipos de cambio relativamente ventajosos.

Las tierras siguieron bajando. El oro subió aún.

Quisieron, entonces, deshacerse, a su turno, de las propiedades adquiridas en mala hora y, al mismo tiempo, invertir una cantidad nominal fuertísima en nuevas compras de metálico, para realizarlo más tarde con beneficio y recuperar, así, la diferencia perdida.

A los pocos días de haber hecho esta última operación, bajó de golpe el metálico.

Aguardaron. Volvió a bajar.

Aguardaron aún. El Ministro de Hacienda tenía que caer forzosamente: sus proyectos fracasaban: el oro debía, por consiguiente subir.

Bajó.

Total: una pérdida de más, de la tercera parte del valor invertido en la aventurada empresa. Llegó el día de la liquidación mensual y tuvieron que pagar.

Transcurrió un mes más. Ciegos los dos, perdido el criterio, incapaces ya de detenerse, de discurrir siquiera, jugaron y jugaron aún, ya al alza, ya a la baja: siempre con saldo en su contra.


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