Contra la marea: 26

Capítulo XXVI
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Contra la marea Alberto del Solar


El espectáculo que presentaba el establecimiento a la llegada de Rodolfo vale la pena de ser descrito. Numerosos agentes de policía, instalados en las cuatro esquinas de la manzana, como cuando se trata de impedir la salida de uno o varios forajidos, detenían a la multitud que amenazaba agolparse tumultuariamente a sus umbrales, como para tomarlos por asalto; multitud agitada, ansiosa, compuesta en su mayor parte de obreros y de mujeres del pueblo, a quienes enfurecía el temor de ver cerrarse de un momento a otro esas puertas tras de las cuales se guardaba en depósito el fruto de sus economías de varios años, el producto de su trabajo incesante, la base sobre la cual se sustentaba, sin duda, la realización de proyectos futuros más o menos próximos, de aspiraciones legítimas, de ideales queridos: un porvenir entero, en fin, que podía serles arrebatado en un día, en una hora, en un minuto, quizás, por los efectos de aquella catástrofe, tan inesperada como inaudita o irresistible.

Y por eso no apartaban esos infelices, un instante siquiera, sus miradas del sitio amenazado y amenazador; pugnaban todos a la vez por llegar hasta él, con el propósito de forzar la entrada, asaltar las rejillas, y pedir a gritos su dinero...

Sólo se escuchaban interjecciones groseras, quejas amargas, recriminaciones y protestas destempladas.

-¡No nos van a pagar! -exclamaba un obrero de mala traza.

-La culpa la tiene el gobierno -gritaba otro.

-¡Y yo que pensé sacar mi depósito ayer! -profería un tercero, sacudiendo en el aire su puño amenazador.

¡Se quieren quedar con los ahorros de los pobres!

-¡Y a esto llaman República! -vociferaba un comunista francés exaltado.

-No sabemos si nos dejarán entrar siquiera.

-¡No faltaría más!

-¡Es vergonzoso!

-¡Es criminal!...

En ese momento se sintió como el correr de un pesado cerrojo; oyose el rechinar de goznes, y la huerta sobre la cual se fijaban ansiosas todas las miradas se abrió de par en par...

-¡Aah! -exclamó la multitud en un murmullo de satisfacción inmensa.

Y se precipitó atropellándose.

-Pocos momentos después, la aglomeración dentro del recinto, el rumor sordo de voces, el clamoreo gemebundo de las mujeres, que parecían suplicar, la arrogancia de los hombres, que, más intemperantes, hacían alarde de su contrariedad, arrojando con insolencia, con rabia casi, a la cara del empleado que los atendía pacientemente, la mención de sus nombres y apellidos, y la del monto total de la cifra reclamada, crecían, aumentaban por momentos.

Con dificultad penetró Rodolfo hasta el interior. Su turno no tardó en llegarle.

El aspecto de aquel siniestro espectáculo lo había impresionado tan intensamente que resolvió no dejar un solo peso en el establecimiento; retiró íntegros sus depósitos y los de Lucía, sacando hasta el último centavo; y cuando los vio, por fin, en su mano, seguros ya, convertidos en gruesos y palpables rollos de papel moneda, los encerró cuidadosamente en la valija que había llevado para tal objeto; dio a la diminuta cerradura dos vueltas de llave; empuñó con mano firme su preciosa carga y se escapó enseguida, recatándose entre la multitud, como si debiese defenderse de sus asaltos y agresiones.

Al volver a su casa, encontró a Jorge, que lo aguardaba.

¡Novecientos veinte mil pesos! No podía resignarse Rodolfo a considerar que de aquella enorme suma ni siquiera una décima parte le perteneciese ya, debiendo repartirse el resto entre una deuda de honor, un depósito sagrado y lo que a su socio correspondía en la división por mitad del saldo común.

¿Qué hacer, por el momento, con todo aquel dinero? ¿Dónde guardarlo?

Para alivianar el peso de tanto riesgo y responsabilidad y hacer, al mismo tiempo, honor a la firma de su socio, Rodolfo comenzó por pagar en el acto los seiscientos mil pesos adeudados.

Quedaron, pues, en su poder, sólo quinientos veinte mil, de los cuales doscientos mil pertenecían a Lucía y el resto a la sociedad.

Lo primero que se le ocurrió fue colocar dicha suma dentro de la pequeña caja de hierro que poseía en su escritorio.

Pero recordó luego que no suele ser ese el mejor modo de disimular la existencia de un valor considerable en un domicilio privado.

Vínole entonces la idea de encomendar su custodia a la insospechable discreción de un viejo mueble de familia que, por lo modesto de su apariencia, por lo no complicado de su antigua cerradura -sólida y resistente, sin embargo, como todo lo que se fabricó en tiempo de nuestros abuelos- constituyera la mejor garantía de seguridad.

Así lo hizo.


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