Contra la marea: 17

Capítulo XVII
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Contra la marea Alberto del Solar


-Es singular -dijo un día a Rodolfo doña Mercedes, en tono de preocupación y contemplando con mirada atenta a Lucía desde la distancia donde ambos se hallaban-; me tiene inquieta esta muchacha.

Doña Mercedes no la llamaba de otro modo.

-Y sin embargo, señora, contestó Rodolfo, nunca ha estado su hija de mejor semblante ni más alegre.

-Justamente es eso lo que me preocupa; replicó doña Mercedes. Hay exceso de buen semblante. Ríe demasiado; parece que quisiera aturdirse. A veces, sin embargo, le sucede lo contrario: la noto melancólica, intranquila. ¿No lo ha advertido usted también?

-¿Yo, señora? -balbuceó Rodolfo confuso-. ¡Qué quiere usted! Tengo, en verdad, tan pocas ocasiones de observarla! Por más que la vea a menudo, nuestras entrevistas se limitan a tratar de asuntos de intereses. El tiempo que empleamos en ello es breve, por lo general, y mi atención queda en tales casos absorbida en absoluto por lo que motiva la visita.

-Pues fíjese usted, fíjese usted, y me hallará razón -concluyó con acento de ingenuidad doña Mercedes.

¿Por qué dejaron preocupado a Rodolfo estas palabras de la buena señora? ¿No eran, acaso, del todo naturales? Sin duda. Pero la verdad es que ellas coincidían con ciertas observaciones hechas por él mismo. Lucía cambiaba. Una extraña, excesiva y casi constante excitación de espíritu, que a la larga traía como consecuencia frecuentes y prolongados silencios, había comenzado a dominarla desde algún tiempo atrás. Cada vez que se encontraban ambos de improviso, el rostro de la hermosa señora, de ordinario sereno, inmutable, encendíase súbitamente, para apagarse luego y tornarse pálido como algunas de las flores que solía llevar sobre el seno.

Le pareció también notar durante sus entrevistas, que encontraba ella pretextos para prolongarlas y que en ocasiones demostraba haber aguardado con mal disimulada impaciencia la hora en que tenían lugar habitualmente.

Pensó, entonces, en los negocios de Lucía. ¿La inquietarían acaso? No. No era posible atenderlos de mejor manera. ¿Sería desconfianza? ¿Sería temor?

Amarga duda, a este respecto, llegó a preocuparlo durante algunos instantes; pero se desvaneció ella luego, bajo la acción del raciocinio y bajo la lógica de los hechos.

¿Qué creer entonces?...

Un rayo de esperanza, tenue y vacilante, penetró de pronto en el alma desolada de Rodolfo, bañándola toda en su suave claridad... Pero, ¡luz pasajera al fin! ¡duró tan sólo un segundo y apagose luego, rápida, fugaz!...

¡Loco de mí! -se dijo el mozo, dejando caer pesadamente entre sus manos la cabeza que había erguido un instante, luminosa y como transfigurada-, ¡loco de mí... no estoy aún del todo escarmentado!...

El invierno y la primavera pasaron, a su vez. Se venía de nuevo encima el verano y las familias abandonaban, como de costumbre, la capital.

Diciembre y enero transcurrieron para Montiano de muy diversa manera que el año anterior. Sólo salió de la ciudad en dos o tres ocasiones para visitar a Lucía en su casa de campo con motivo de la obligación en que se encontraba de darle cuenta de asuntos relacionados en el manejo de sus intereses.

Pero, allá por la última semana de febrero, se vio obligado a concurrir casi de diario y desde temprano a El Ombú. Se trataba de celebrar con una recepción la fiesta de carnaval, y Lucía le había rogado encarecida e insistentemente que la acompañase en los preparativos. Rodolfo no pudo excusarse.

Por entonces era ya frecuente en los pueblos de los alrededores, llamados «de moda» por los gacetilleros de la capital, la costumbre de celebrar con entusiasmo la fiesta tradicional de la Locura vestida de disfraz.

Cuando llegó por fin el día tan esperado por las relaciones de la elegante viuda, grande animación y contento reinaron en El Ombú.

Unas veinte personas de intimidad habían sido invitadas a comer. Los vecinos de la Villa Umbrosa estaban, por supuesto, allí, y Miguel Viturbe, como de costumbre, daba la nota alegre. Él era el organizador de la mascarada que debía salir al comenzar la noche en dirección al pueblo vecino, donde tendría lugar el corso para el cual las autoridades municipales habían hecho grandes preparativos: luz eléctrica combinada con iluminaciones chinescas y venecianas; vigilantes montados para guardar el orden; remiendo de los tradicionales pozos y agujeros de la vía pública y luego, por parte de los vecinos, comparsas de a pie y comparsas de a caballo; bandas de música y orfeones con nombres por el estilo de: Negros felices, Ocarinistas del sur, Cantores del norte, Libres zapateros, etc... Uno o dos carros alegóricos, por fin, y gran profusión de pomos y bombas en venta para la encarnizada batalla entre carruaje y carruaje.

El programa particular de Lucía era el siguiente: separarse después de comer y salir unos y otros disfrazados de máscaras, en vehículos diversos y ya de antemano listos para el caso. Los grupos se organizarían en secreto, pues cada cual tenía interés en no ser conocido por los demás, bien que estuviese acordado quienes serían de este o aquel carruaje.

No costó, pues, mucho trabajo a Rodolfo descubrir que el mailcoach de Lucía sería conducido por el joven Viturbe, quien, por supuesto, estaba en el caso de manejar mejor que otro cualquiera los cuatro briosos rusos que lo arrastrarían.

Pasado el corso, habría recepción (recibo, como lo llamaban) en El Ombú. Todas las máscaras conocidas podrían acudir allí sin invitación particular. Bastaría que una de las personas de cada grupo se descubriese al entrar, ante alguien de la casa, en señal de garantía, para que el grupo todo obtuviera paso franco.

De esta misión de confianza, es decir de la de fiscalizador de concurrentes, quedó allí mismo encomendado Jorge.

Los jardines estaban maravillosamente arreglados para la fiesta. Todo se había dispuesto de antemano, bajo la dirección artística y refinada de Lucía. Iluminación profusa, magnífica orquesta, cena exquisitamente preparada, flores en abundancia, cuartos de tocado para las señoras, atendidos por servidumbre designada ex profeso; valiosos y elegantes regalos que debían presentarse a las parejas bajo la disimulada forma de objetos de cotillón; un bien provisto depósito de máscaras y dominós de repuesto: hasta lo más accesorio, en fin, había sido tomado en cuenta.

Llegó el momento de alistarse para la partida. Era ya de noche.

La dispersión se hizo general.

Unos dirigiéronse a sus aposentos; otros a las caballerizas a preparar sus vehículos; todos enmedio de una alegría, de una algazara tal que llegó a comunicarse hasta a la servidumbre misma.

Desde ese momento sólo se sintieron carreras, exclamaciones, gritos. Este había perdido su careta; aquél buscaba alguna prenda esencial de su traje; el otro una caja de pomos...

Los caballos piafaban entretanto, afuera de sus cuadras; mientras que cocheros de profesión y cocheros improvisados; chalanes y caballerizos: unos en trajes de jockeys, otros vestidos de dominó, completaban el apresto de sus respectivos equipajes.

El mail de Lucía quedó listo muy pronto. Se oyó el rodar de un pesado vehículo; brillaron entre el tupido follaje dos grandes y movibles focos de luz, y apareció de súbito, surgiendo triunfalmente de enmedio de la obscuridad y avanzando poco a poco hacia las escalinatas, el gran carruaje, guiado por su hábil conductor. Dificilísimo habría sido reconocer a Viturbe bajo el negro dominó que lo cubría ocultándole la cabeza en su amplio capuchón, debajo del cual se divisaba una horrible máscara de diablo, endomingado al parecer, si había de juzgarse por lo rojo y lo deforme de la nariz, rasgo predominante del grotesco disfraz.

Un aplauso unísono saludó la llegada del mail. Viturbe lo contestó con dos latigazos magistralmente chasqueados en el aire, como por vía de advertencia a los fogosos caballos que, impacientes ya, pugnaban por emprender la marcha.

Tras del mail fueron apareciendo en fila un break, un buggy, un dog-cart, un carro, etc., todos colmados de alegres máscaras.

¿Quiénes se ocultaban bajo aquellos vistosos dominós de seda, ora amarillos, ora blancos, ora celestes, ora rosados? ¿Quiénes bajo aquellas máscaras ridículas que representaban tipos tan diversos? Imposible saberlo. Los moradores de dos o tres quintas vecinas habían prometido darse cita allí para salir «en corso», y lo cumplían. Continuaban, pues, llegando sin interrupción.

Las voces disfrazadas de las mascaritas eran todas semejantes, casi idénticas; las bromas, los dicharachos agudos empezaban ya a cruzarse. Se hacía lujo de contento, de ingenio, de buen humor.

A una señal de Lucía, aprontáronse a tomar asiento en el gran carruaje los que se juzgaban con mayor derecho a acompañarla. El sitio de preferencia, es decir, el de la izquierda del conductor, tenía que ser ocupado por una dama. Viturbe indicó que esa dama debía ser forzosamente la dueño de casa. Pero Lucía no fue de la misma opinión. Excusose diciendo que su deseo era cederlo a alguna muchacha soltera y, sin más demora, tomó colocación en la banqueta central, desde donde comenzó a distribuir los asientos a los demás.

Una joven a la moda, muy linda y picaresca, fue la destinada a reemplazar a Lucía. Su contento no tuvo límite al saberlo, pues el encumbrado sitio que se le discernía la colocaba en el caso de poder exhibir, mejor que otra alguna, su precioso dominó; de ver desfilar a las máscaras y de intrigar a la gente.

Doña Melchora, que, no habiendo querido prescindir de la fiesta, se había instalado por su propia cuenta en el carruaje, disfrazada como los demás, tuvo por vecinos a un solterón recalcitrante, con el cual inició desde luego una serie de chistosas bromas alusivas al caso, y a un corrector de bolsa, alegre, afortunado y decidor, cuya joven esposa ocupó asiento a la derecha de Jorge, habiéndose destinado la izquierda del mismo a aquella dichosa Elvira que, según lo juraba él, le era siempre designada «a pesar suyo» por compañera; sin que, por otra parte, lograra convencer a nadie de la sinceridad de tal juramento.

Una gentil pareja subió en el pescante de atrás.

Sobraban dos lugares; y esos dos lugares eran precisamente los de la banqueta de Lucía...

-¡Adela! -grito esta, dirigiéndose a una de las damas que no habían tomado asiento-, tú, aquí, a mi derecha.

Y, luego, volviéndose hacia Rodolfo, agregó con tono de la más perfecta coquetería:

-Y a usted, Montiano, no le queda otro remedio que sacrificarse. El único sitio disponible es el de mi izquierda... ¡arriba pues...!

Rodolfo no tuvo tiempo de replicar. Colocaba apenas el pie en el estribo cuando Viturbe, haciendo chasquear en el aire un nuevo latigazo, puso el carruaje en movimiento.

Pero Rodolfo era ágil. De un salto se plantó en su sitio.

Segundo latigazo de Miguel.

Los caballos se encabritaron; mas, dominados luego por la hábil mano de su conductor, emprendieron la marcha, a trote largo, brioso, seguro.

El trayecto era breve. La iluminación del corso divisose al cabo de algunos momentos; primero incierta, difusa; brumosa, como un vago y lejano resplandor; más clara luego; más esparcida y brillante.

El rumor de los carruajes, mezclado a la algarabía formada por cuatro o cinco orfeones que ejecutaban a la vez sus carnavalescos pots-pourris, y al chillido vocinglero y continuo de centenares de mascaritas, comenzó a percibirse y fue creciendo poco a poco en intensidad.

Cinco minutos más, y el mail entraba en pleno corso.

Dos largas hileras formadas por innumerables vehículos de distintas formas y tamaños, todos pintorescamente adornados, elegantes algunos, grotescos los más, repletos en su mayor parte de traviesas máscaras que gritaban, gesticulaban y se dirigían bromas al pasar, era lo primero que se veía. Luego, por sobre los carruajes, y tendidos de uno al otro lado de la calle, multitud de arcos, de los cuales pendían, balanceándose a impulsos de la tibia brisa nocturna, miles de farolillos chinescos y venecianos, entremezclados con guirnaldas, ramas, banderas y trofeos multicolores, que, si bien dejaban mucho que desear bajo el punto de vista artístico, alegraban la mirada, por lo aparatoso, lo decorativo y lo profuso de su heterogéneo conjunto.

La batalla se inició en el carruaje de Lucía, al pasar éste frente a otro mail colmado de vivarachos dominós rosados que le hicieron un fuego nutridísimo. Chillaban las mascaritas al recibir los sutiles chorros de agua perfumada; incorporábanse en sus asientos; oprimían el pomo con frenesí; lo vaciaban íntegro; cogían otro; bañaban con su contenido a una máscara; volvían a inclinarse; ora esquivando un pomo, ora vaciándolo con vigor sobre el descuidado adversario, que, al recibir su contenido, daba un grito, a la vez que agachábase instintivamente, hundiendo la cabeza entre los hombros como si se le viniera el mundo encima.

Pronto el combate se hizo general. Lucia tomó parte en él, con franco y concienzudo entusiasmo. A medida que se le agotaba el líquido de un pomo, ponía Rodolfo otro a su alcance, anunciándole oportunamente la aproximación de tal o cual agresiva máscara que daba señales de querer encarnizarse especialmente con ella.

Doña Melchora reía; destapaba cajas, y de cuando en cuando, dirigía una palabra cariñosa a su hijo Miguel, a quien, con lástima, veía condenado a una forzosa y relativa inacción, y a ser, muy a pesar suyo por cierto, allá en lo alto de su culminante sitio de conductor, el blanco obligado de bombazos y bombardeos de parte de las ocultas baterías, que clandestinamente se tenía organizadas en las azoteas de las casas; a tal punto que la acartonada y gigantesca nariz que había tenido la mala idea de elegir como disfraz, medio reblandecida ya por el agua y asaz maltrecha por los golpes continuos que recibiera, comenzó a desquiciársele, amenazando pronta y segura ruina...

No será difícil comprender que todo esto, agregado a lo demás, pusiese de muy mal humor al joven Viturbe, quien apenas si de cuando en cuando, y sólo para salvar apariencias, dirigía la palabra a su interesante vecina, ocupado como se hallaba a un tiempo en manejar el carruaje, en esquivar los bombazos y en escuchar lo que hablaban los de atrás.

Lo que decían Lucía y Rodolfo parecía preocuparlo especialmente. Y de tal modo llegó a ponerse en evidencia esto último, que varias veces tomó parte en su conversación, pero sólo con el propósito, al parecer deliberado, de contradecir las opiniones de Montiano. Verbigracia: si acertaba éste a reconocer en un dominó determinado a tal o cual persona, declaraba él, con tono autoritario y contundente que no era así. Si parecía bonito a Rodolfo un disfraz, lo hallaba Viturbe feísimo. Si sugería el primero la idea de adelantar por un punto determinado del corso o continuar por otro, imprimía su contradictor al carruaje que manejaba dirección precisamente opuesta. Y así en todo lo demás.

Ocasión oportuna es esta para dar a conocer un hecho que, a no dudarlo, se habrá sospechado ya.

Desde el día en que ambos jóvenes estuvieron por ahogarse juntos, el uno por desvirtuar atolondradamente la lección que se le daba, el otro por salvar la vida al atolondrado, habíase producido en el alma de Viturbe unos de los sentimientos más propios y característicos de la mezquina, egoísta, y presuntuosa organización moral del hombre: el del odio y la envidia que tienen por causa la gratitud forzosa en lucha con la vanidad humillada.

Nada más tristemente lógico, en efecto, que esas aversiones sordas, profundas y veladas que se alimentan en el silencio contra un ser cuya frecuente, obligada, o inevitable presencia, ha de evocar a cada instante el recuerdo de un beneficio públicamente recibido, a cambio de la mala voluntad que se hizo pública también; obligando con ello al beneficiado a demostraciones de respeto forzoso, de gratitud fingida, de deferencia constante...

Labiche, el célebre vaudevillista francés, ha caracterizado en uno de sus sainetes más aplaudidos, encarnándola en el tipo de un personaje, esta clase de ingratitud social. Su Monsieur Perichon es real, es vivo, es profundamente humano. Y de que el mundo está lleno de Perichones no hay la menor duda.

No la había, sobre todo, para Rodolfo en aquellos momentos.

Era para él evidente, que concurría a acentuar aún el odio que desde antiguo le profesaba Álvarez Viturbe, la circunstancia especialísima de verse éste forzado en presencia de los demás y a cada instante a guardarle las consideraciones que todo hombre, por ruin que sea, debe a quien ha arriesgado la vida por salvarle la suya, en una ocasión extrema y, por lo mismo, casi solemne.

Viturbe, al odiar mortalmente a Rodolfo no hacía, pues, más que rendir homenaje a una dura ley de la naturaleza humana.

El corso estaba un su apogeo, el bullicio, el movimiento rayaban en locura. Lucía demostrábase alegre como nunca se la había observado. Jugaba al carnaval con entusiasmo de colegiala; riendo con su risa franca, comunicativa, sonora; gritando, sin tomarse siquiera el trabajo de disfrazar la voz; de modo que todos sus amigos empezaron a reconocerla. Hubo un momento en que su carruaje se llenó de máscaras extrañas, que lo asediaron, lo invadieron por todas partes, con gran alboroto de doña Melchora a quien un dominó gordo estuvo a punto de aplastar sentándosele involuntariamente en las faldas, tras de un repentino barquinazo.

Lucía era el centro donde convergían todos los ataques, todos los dicharachos y todos los chorros de agua perfumada. Ella, cubierta por un ligero dominó de caoutchouc impermeable, contestaba con agilidad sorprendente, y se defendía, ya encaramándose en su asiento, ya ocultándose detrás de Rodolfo; de modo que, convertido éste a veces en escudo de su cuerpo, recibía de lleno la abundosa e inagotable cascada de los diez o doce pomos dirigidos a su vecina con encarnizado afán.

En esos mismos momentos sobrevino un accidente.

Viturbe demostrábase nervioso en extremo. Dos de los caballos, después de ser castigados con violencia, se espantaron por haber caído delante de ellos un farol, de papel que se desprendió, de súbito, del arco que lo mantenía colgado. Lucía iba de pie al borde de la portezuela y vaciló ante la brusca sacudida. Lanzó un grito y habría sido irremediablemente precipitada desde lo alto del mail, si Rodolfo, en un movimiento rápido, no hubiese extendido el brazo y enlazádola firmemente por el talle, al mismo tiempo que, con una de las suyas, tomaba y oprimía la enguantada mano de la hermosa mujer. La sostuvo así durante algunos segundos.

Viturbe, al oír el grito de Lucía, volvió instintivamente la cabeza y trató al mismo tiempo de detener, con rabia, el carruaje, dando a las riendas bruscos y vigorosos impulsos hacia atrás...

Un solo instante había durado aquel involuntario y perturbable contacto y, sin embargo, fue el suficiente para que Rodolfo sintiera conmovidas, como bajo la acción de un golpe de pila eléctrica, hasta las últimas fibras de su ser. Al retirar, enseguida, su mano de la mano de Lucía, notó que esta temblaba. Mas no tuvo tiempo siquiera para reponerse y darse cuenta cabal de sus sensaciones. En ese mismo instante, la impresión dolorosa de un latigazo recibido en pleno rostro le arrancó un grito ahogado...

Miguel se había puesto de pie en lo alto del pescante. Vio Rodolfo relampaguear un segundo sus ojos al través de la máscara deforme que lo amparaba. Pero, inmediatamente después, casi al mismo tiempo, oyó las siguientes palabras pronunciadas con tono indefinible, silbadas más bien que dichas, entre dientes:

-Excuse usted. No lo he hecho de intento. Iba a alzarse Montiano, ciego de ira y de dolor. Un ademán enérgico de Lucía lo contuvo.

El esfuerzo de voluntad que necesitó hacer entonces para reprimirse fue tan inaudito, tan supremo, que volvió a caer como anonadado sobre su asiento.

Lucía no pudo reprimir un arranque de indignación.

-¡Qué torpeza! -exclamó, quitándose súbitamente el antifaz y pronunciando esas palabras con voz temblorosa que traicionaba una emoción evidente.

-Regresaremos; si a ustedes les parece, dijo enseguida.

Todos asintieron. Rodolfo protestó; pero como insistiese Lucía, Miguel volvió bridas.

Jorge cruzó con su amigo una elocuente mirada.

La vuelta fue muy diversa de la partida.

Un silencio embarazador reinaba en el carruaje, Sólo doña Melchora se atrevió, por fin, a romperlo:

-Al ver que nos volvíamos, dijo, tratando de hacer olvidar el incidente, todos los carruajes del corso se han puesto en movimiento y nos siguen. Parece que apenas tendremos el tiempo necesario para llegar y cambiar de dominós. ¡Con tal que las máscaras no invadan los salones antes que estemos allí nosotros!

-Mamá se ha quedado en casa, en previsión de ello -replicó secamente Lucía.

El látigo de Viturbe al azotar el rostro de Rodolfo lo había herido en el espacio que el antifaz dejaba libre entre la oreja y el cuello. La pequeña lesión manaba sangre; el pañuelo de Montiano quedó inutilizado antes de llegar al término de la jornada. Lucía y Jorge, que lo notaron, ofreciéronle los suyos. Rodolfo aceptó el de Jorge y rechazó delicadamente el otro que se le tendía. Pero Lucía insistió:

-Guárdelo usted, dijo, puede ser que uno solo no le baste.

Montiano se inclinó respetuoso y tomó el pañuelo. ¡Ay! ¡Bien debía sospechar quien se lo daba que no habría él de profanarlo empleándolo en el objeto a que iba destinado!

El perfume desprendido de aquel finísimo lienzo de batista; la certeza de que lo había llevado Lucía, allí, cerca de su seno -tan cerca que lejos de haberse salpicado siquiera con el agua del carnaval estaba intacto y conservaba aún el tibio calor comunicado por el cuerpo de su dueño- embargó voluptuosamente sus sentidos durante algunos instantes...


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