Contra la marea: 16

Capítulo XVI
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Contra la marea Alberto del Solar


Aquel año de fiebre, de locuras, de cosas extrañas, ilógicas -y sin embargo aceptadas, aplaudidas, duraderas-, tocaba a su fin.

El período de abundancia, aludido anteriormente, había llegado ya a su momento supremo. Aumentaba la exportación, veíase el cambio a la par, y multitud de extranjeros acudían desde el viejo mundo trayendo sus industrias, su experiencia y sus capitales.

Inventos de toda especie: absurdos los unos, útiles, ingeniosos los otros; concesiones innumerables de ferrocarriles y tramways a vapor; aquellos otorgadas con el propósito de poblar regiones lejanas del territorio nacional; éstas para acortar distancias, por lo alto o por lo bajo; por encima de las azoteas de las casas de la ciudad o al través de túneles colosales que convertirían los subsuelos de la capital en una intrincada red de bóvedas subterráneas capaces de rivalizar con las más hermosas catacumbas del mundo, todo ello hallaba cabida, era protegido, y, aunque se le presentase sólo como idea, lograba ser explotado a la par de la más palpable realidad.

El valor de las tierras aumentaba de modo fabuloso, insensato. Se cotizaban hasta las faldas de la cordillera, allá en la desolada región que cubren las nieves perpetuas; se les asignaba un valor determinado y ese valor iba creciendo, creciendo, al pasar de mano en mano, como bola de esa misma nieve. Se multiplicaban las industrias; toda empresa prosperaba. Nombres rimbombantes de instituciones estrambóticas producían efecto y encontraban eco.

Asombrosa era la actividad comercial: veinte, treinta bancos funcionaban y prosperaban a la vez en aquella singularísima época de esplendor.

Jorge, lanzado ciegamente por el campo de la especulación, ganaba dinero a manos llenas. Mes hubo en que el sólo juego a diferencias dejole utilidades reales que equivalían a una verdadera fortuna.

Entonces lo vio Rodolfo llegar atolondradamente a su gabinete y, loco de júbilo, echarse rendido sobre un sillón; pasarse el pañuelo por la frente sudorosa; encender un cigarrillo y comenzar a contarle sus insensatos proyectos.

Según él, la suerte se le había declarado esclava. No eran ya calculables las sumas que amontonaría con el tiempo. ¡Qué de empresas por acometer! Creación de fábricas, de establecimientos de campo «modelos»; edificios suntuosos dentro de la ciudad; una flota de vapores para explotar cierta pesquería en el sur de la república; colonización de parte de la Tierra del Fuego; vías férreas; un yatch a vapor de no menos de mil toneladas con capacidad para los cincuenta o más amigos que en calidad de excursionistas habrían de acompañarle durante las largas e interesantes expediciones que se proponía llevar a cabo; etc., etc.

Las advertencias de Rodolfo, sus amonestaciones producían en aquellos casos el resultado de costumbre. La discusión se prolongaba tal vez algunos momentos más de lo que solía; pero el final era el mismo: un apretón de manos o una franca y alegre carcajada.

Llegó el siguiente invierno. La gran capital comenzó a animarse. Teatros y paseos viéronse atestados de gente, y gran número de carruajes de lujo salieron a lucir, a la vez, en las avenidas públicas.

La Ópera era el centro de reunión más frecuentado. Allí concurrió todas las noches, acompañada de su madre, llamando la atención como de costumbre, la hermosa viuda del banquero Levaresa.

Rodolfo no se presentó jamás en los sitios donde pudiera haberse encontrado públicamente con Lucía. Su vida volvió a ser lo que había sido antes. Pero la constante preocupación que la dominaba dio lugar a que añadiera a los hábitos pasados otros más conformes con el estado de su espíritu.

Un alma atormentada por el afán necesita, para resistirlo de embriaguez o de cansancio, bien así como el cuerpo herido soporta mejor la operación quirúrgica bajo la influencia de un anestésico cualquiera que lo insensibilice o adormezca.

El trabajo -un trabajo abrumador-, fue desde luego el bálsamo que se aplicó Rodolfo.

En posesión de su cargo de administrador de los bienes de Levaresa, buscó deliberadamente hasta el desempeño de los quehaceres menos en armonía con su carácter, deseoso de imponerse una especie de humillación voluntaria y permanente a que se creía obligado en resguardo de sus propósitos y resoluciones.

Dedicado, además, a negocios particulares en el estudio de abogado que desde tiempo atrás tenía abierto, conservó, a la vez, sus dos cátedras y aumentó la cantidad de trabajo con que solía colaborar en la publicación de un diario.

¿Cómo le alcanzaba el tiempo para tanto? No es fácil decirlo. Pero lo cierto es que no sólo disponía del necesario para llenar el programa que se había propuesto cumplir al pie de la letra, sino que en los días feriados sobrábanle algunos momentos para distraerse. Los placeres de la navegación a vela por el río, a los cuales, dados sus antecedentes y sus instintos era muy aficionado, constituían, fuera de casa, su pasatiempo favorito.

Temprano, muy temprano en tales ocasiones, casi al salir el sol, vestíase deprisa y, sin que el frío de las mañanas de invierno le arredrase, tomaba el primer tren y se dirigía hacia el norte.

Allí, a orillas de una ensenada, en sitio pintoresco, al ancla y mecida por la brisa matinal, aguardábale una pequeña embarcación con arboladura de balandra -precioso «juguete de niño grande», como lo llamaba Jorge-, Jorge a cuya munificencia de especulador afortunado lo debía Rodolfo, en calidad de obsequio.

Llegado al fondeadero, saltaba el solitario marino sobre la cubierta de su barco; recogía el ancla, alzaba la vela, y apoderándose de la caña del timón, aguardaba el primer impulso.

Con lentitud al principio, presurosa después, y aumentando en gallardía a la par que en velocidad, así que lograba orientar el aparejo, lanzábase La Gaviota río afuera, tumbada hacia estribor, suelto a todo trapo el velamen, cortando gentilmente la espumosa marejada. ¿Cómo discurrir sobre nada triste en esos momentos? ¿Cómo pensar siquiera, mientras llegaban tan sólo a su oído, cual adormecedora melopea, el murmullo del oleaje, el crujir acompasado de los maderos y el cante de la jarcia y de la tela distendidas o azotadas por el viento?

Había ocasiones en las cuales se abstraía Rodolfo en tal modo en sus ideas, que, inatento al gobierno del timón -sobre todo si la brisa era tenue-, dejaba ir el barco entregado a su propia voluntad, cual si le permitiera la elección del rumbo por donde, aislado enmedio del gigante estuario, le era lícito mecer a su antojo la melancolía de su dueño.

El barco y el tripulante parecían, así, soñar a la vez.

Pero ¡ay! todo lo amargaba de pronto la irrupción repentina, inesperada, inevitable del recuerdo de las escenas de Ribera-Bella. Al surgir instantáneo, súbito, ese recuerdo en su mente, penetraba hasta el adormecido corazón, despertándolo allí, enmedio de doloroso vuelco que le arrancaba suspiros de ansiedad. Las ideas tomaban rumbo diverso entonces. Una especie de obsesión lo llevaba a repasar en la memoria los hechos de los últimos meses, obligándolo a escudriñar el porqué de cada circunstancia. Hacía, así, algo como el proceso psicológico de su pasión, examinando cómo había empezado -fugaz, insegura, inactiva en apariencia, semejante a la chispa que nace, brilla un punto y vuela en alas del viento, pero sólo para comunicar los primeros destellos de la hoguera-, vasta, abrasadora, inmensa después.

A solas con esos recuerdos, todas las sensaciones que ellos evocaban renovábanse, como por encanto en su alma. Parecíale ver allí a su lado, la imagen de la mujer querida; escuchar el verdadero sonido de su voz. ¡Y la amaba, la amaba entonces con frenesí! Amaba sus cabellos negros, de tonos ardientes; amaba sus hermosos ojos, en cuyas cejas firmemente arqueadas se retrataba el orgullo que intimida; amaba hasta las veleidades de su carácter extraño, contradictorio; formado, como se ha dicho ya, de altiveces soberanas, de indiferencias desalentadoras -pero también de arranques incomprensibles-, amaba, en fin, y lo amaba con la fuerza de una pasión reprimida, desbordante y loca, aquel cuerpo de formas exquisitas, fáciles de adivinar bajo el rico traje impregnado de perfumes que habitualmente las cubría...

Pero cuando se hallaba en presencia de Lucía, por lo contrario, sentíase seguro contra todo arranque, contra toda demostración que traicionara sus sentimientos. En virtud, sin duda, de influencias de amor propio ofendido, de resoluciones inquebrantables, lograba llegar, en tales casos, a no ver en su interlocutora sino a la encumbrada danza, cuyos cuantiosos intereses le estaban encomendados; y esto le hacía experimentar cierta relativa quietud de alma que bastaba por sí sola a ponerlo a salvo de toda imprudencia.

Veía a Lucía casi diariamente; trataba con ella mil puntos diversos; escuchaba sus opiniones; dábale las suyas: todo ello con perfecto dominio sobre sí mismo; sin dejar entrever el menor asomo de emoción. Quien quiera que le hubiera contemplado entonces, no hubiera podido imaginar que aquel hombre discreto, correcto, frío, ceñido al cumplimiento de sus deberes, era en otros momentos un semiloco, atormentado interiormente por la más terrible de las enfermedades del alma: un amor inconfesable, combatido y sin esperanzas.


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