Contra la marea: 18

Capítulo XVIII
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Contra la marea Alberto del Solar


Un cuarto de hora después del incidente narrado llegaba el mail-coach frente a El Ombú.

Doña Melchora había previsto bien lo que sucedería. Innumerables máscaras se agolpaban ya al portón de la verja, pero sin poder entrar aún, pues Jorge que, como se recordará, era el encargado de recibirlas, llegaba sólo en esos momentos.

Bajose éste allí, y el carruaje continuó rápidamente a lo largo de las avenidas del parque, seguido muy de cerca por los primeros privilegiados; aquellos que cumplieron en ese mismo instante con la fórmula establecida.

Los salones y galerías se hallaban profusamente iluminados y doña Mercedes aguardaba en la terraza.

-¡Cuánto han tardado! -dijo la señora en tono de cariñoso reproche.

Y luego dirigiéndose a su hija:

-No hay tiempo que perder, agregó; ve a aprestarte. Los concurrentes nos van invadiendo ya.

Lucía pareció no escucharla. Preocupada, sin hacer observación alguna, bajó lentamente del carruaje, después de aceptar la mano que Rodolfo le ofrecía, y mientras colocaba el pie en el estribo murmuró en voz baja y con rapidez:

-Prométame usted, Rodolfo, que nada resultará de este incidente.

-¿Lo exige usted así, señora? -le preguntó el mozo con ansiedad.

-Lo exijo... es decir, se lo ruego.

-Sea -replicó Montiano.

Y se separaron.

Lo primero que hizo Rodolfo enseguida, fue dirigirse a una de las piezas destinadas a cuarto de vestir para hombres. A poco de hallarse allí, se le presentó un criado de la casa. Traía de parte de su señora un diminuto y elegante botiquín con todo lo necesario para la curación de una pequeña herida. La de Rodolfo, aunque dolorosa, no era, por fortuna, de importancia. En cinco minutos estuvo, pues, listo. Cambió de dominó y se aprestó para mezclarse a las máscaras.

Empezaban a animarse los salones cuando entró en ellos. La orquesta tocaba un vals. Varias parejas se habían lanzado ya a bailar.

El aspecto de la fiesta era hermoso en extremo. Formábanse varios grupos que, ensanchándose más y más hacia los diversos puntos por donde iban apareciendo nuevos concurrentes, se buscaban unos a otros, se entremezclaban, confundían e intrigaban entre sí.

La variedad de formas y colores era múltiple, incesante en los disfraces. Desde el sencillo dominó de raso que, bien llevado, da cierto aire de distinción, hasta el traje de Arlequín, que tan sólo provoca a risa; todos los tipos importados: el irreverente Pierrot; el estirado Incroyable; la florista Napolitana; la bruja de Macbeth; el Inglés de largas piernas e hipertrófica nariz; el negro norteamericano de labios rojos y amplios cuellos triangulares; las pequeñas comparsas de amigos íntimos aparecidos allí, de común acuerdo, bajo un disfraz idéntico: todos, a cual más dispuesto a divertirse, discurrían en calidoscópica multitud por los salones de la opulenta mansión.

Confusa algarabía de voces tiples, mezcladas a alegres y ruidosas carcajadas de mujer; un ambiente tibio, perfumado; profusión de luces que hacen resaltar el colorido de vistosísimos disfraces, a la vez que se reflejan chispeando sobre bronces y espejos, cuyos marcos abrillantan; un ir y venir de dominós, que se persiguen entre sí o huyen esquivándose mutuamente; acordes de orquesta escogida y numerosa; movimiento marcador; bullicio, entusiasmo sin fin -he ahí el conjunto.

Dio Rodolfo una vuelta completa por el vestíbulo y los salones principales. Sus ojos buscaron instintivamente a Miguel Viturbe y luego a Lucía. Pero, ¿cómo hallarles en aquel laberinto? No ignoraba, sin embargo, que a esta última, en su carácter de dueño de casa, no le sería difícil encontrarla en determinados sitios de los salones de baile, sobre todo cuando ese mismo carácter la obligaría a permanecer durante toda la noche sin disfraz, según la costumbre consagrada.

Insistió, pues, en su intento.

El vestíbulo estaba atestado de máscaras. En uno de sus extremos hallábase el principal cuarto de vestir, el toilette de las señoras, como lo llamaban. Contiguo a éste, había otro aposento, especie de antecámara, casi desprovista de luz, donde, entre varios grupos formados por la servidumbre de Levaresa y por curiosos de la vecindad, divisó Rodolfo a Rosa, la linda lavandera.

Ella, como otras muchachas de su clase, había obtenido autorización para contemplar la fiesta desde allí. Poseídas todas del mayor interés -tímidas, sin embargo; recatadas; reunidas respetuosamente en el fondo de la pieza, que de intento se había dejado medio a obscuras para el caso- empinábanse lo más que podían, unas detrás de otras, estirando el cuello, a fin de abarcar con la mirada toda la extensión posible. ¡Cuántos ensueños no se mecerían dentro de esas humildes cabezas femeniles, de quince, de diez y siete, de veinte años, no habituadas al brillo perturbador de tanta luz, tanta pompa, tanta alegría!

Rosa, sobre todo -a quien, sin que pudiera ella darse cuenta del análisis de que se la hacía objeto, detúvose Montiano a observar particularmente-, pareciole reflejar con mayor intensidad las íntimas y extrañas sensaciones de que en aquellos momentos debía de hallarse poseída. Sus ojos, ávidos, fijos en las parejas que más llamaban su atención, las seguían en su rápido giro por los salones, hasta perderlas de vista, confundidas en el torbellino, sin cesar acrecentado, de las elegantes máscaras que iban pasando. Sus carrillos, teñidos por el carmín que un exceso de actividad en la circulación produce siempre sobre los temperamentos jóvenes y robustos cuando es él motivado por el impulso de un afán cualquiera, ya se le llame curiosidad, impaciencia o esperanza, daban a la fisonomía de la muchacha aspecto tal de vida en la expresión, de frescura, de exuberancia en la apariencia, que estaba realmente hermosa así, contemplada como la contemplaba Rodolfo.

Pocos momentos había permanecido el joven en el lugar donde se encontraba, cuando entre varios grupos de máscaras divisó desde lejos, en el extremo de uno de los salones, a Lucía. La acompañaban tres dominós negros que llevaban, uniformemente, lazos rojos en el hombro.

Eran tres caballeros, amigos de la casa sin duda, a juzgar por la actitud que Lucía conservaba en su presencia. Se apoyaba familiarmente sobre el brazo de uno de ellos y departía con los demás.

Abandonó, Rodolfo, al punto, su sitio de observación y dirigiose hacia allí. Al pasar cerca de Lucía la saludó de viva voz. Pero como disfrazaba ésta al hacerlo, no fue reconocido. Insistió. Igual resultado.

¿Qué decirle? Nunca se había visto más confundido. Decididamente, el antifaz no cuadraba a su carácter. Darse a conocer de pronto hubiera sido lo más llano. Pero, también, lo más vulgar. Y, por otra parte, juzgó que no tenía derecho para coartar la libertad a nadie en aquella fiesta, cuyo principal objeto eran la intriga y los recursos del ingenio, al amparo del incógnito y de la inmunidad del disfraz.

Lucía estaba alegre; parecía feliz en aquellos momentos, y tan sólo dispuesta a divertirse. Rodolfo sufrió al verla así. Su egoísmo, sin saber por qué, la hubiera preferido triste, soñadora, preocupada.

Las emociones experimentadas en el paseo del corso estaban demasiado vivas en el espíritu del mozo para que pudiera pensar de otro modo. Y, sin embargo, ¿cuán natural no era aquella actitud de parte de Lucía? ¿Acaso tenía él derecho a exigir más? Y luego, ¿él mismo, no se había entregado, minutos antes, a divagar sobre cosas del todo extrañas al estado de su ánimo, con motivo de Rosa y las pobres muchachas del rincón sombrío: ello en presencia de la simple y súbita aparición de un cuadro de la vida real, fecundo en interesantes detalles?

Quiso sacudir sus nervios, adormecer sus anhelos de venganza, olvidar del todo el agravio recibido, dar al diablo con sus preocupaciones, respirar, en fin, a la par de los demás durante algunas horas, el ambiente de aquella fiesta singularísima. Quiso divertirse, intrigar, bromear, ponerse chistoso...

Para comenzar, alejose del grupo de Lucía y, dirigiéndose a una traviesa y gentil mascarita celeste que en esos momentos pasaba cojeando, con el propósito evidente de exhibir sus lindos pies, diminutamente calzados en coquetos zapatines de raso

-Máscara, le dijo, ¿por qué cojeas?

La interpelada se detuvo un segundo; miró al joven con unos ojitos pardos, que, al través del antifaz, pareciéronle a éste dos carbúnculos encendidos, e inclinándose a su vez, contestó disfrazando la voz:

-¿Mucho te interesa el saberlo?

No atinando de pronto Rodolfo a replicar con acierto, sólo se le ocurrió el siguiente chiste, de gusto más que deplorable.

-Ni mucho ni poco, mascarita; porque, invertido el refrán que podría aplicársete, quedaría así: «en cojera de mujer y en llanto de perro no hay que creer».

-Lo tendré muy presente para cuando le vea llorar, replicó la máscara, con rapidez verdaderamente asombrosa; y volviendo enseguida la espalda a su interlocutor, huyó cojeando y abanicándose.

Este estreno, como se ve, no era muy feliz. Los escozores del amor propio lastimado dejáronse sentir en el alma de Rodolfo en forma de mortificantes deseos de represalia, que le hicieron precipitarse tras la picaresca desconocida, que tan oportuna cuanto ingeniosa lección acababa de administrarle.

Pero, en vano; no dio con ella.

Iba a renunciar a su intento, cuando pasó a su lado Lucía, seguida de cerca por un dominó negro y rojo, con lazos verdes en el hombro.

Detúvose el joven instintivamente y, de nuevo, procuró acercarse.

Esta vez fue más afortunado.

Lucía, que, con esa rápida intuición tan propia de la mujer, había reconocido a Montiano, sonrió graciosamente; y en tono entre afable, afectuoso y familiar, le dijo, acentuando la palabra esencial:

-Te adivino máscara.

La conceptuosa frase conmovió tan dulcemente al contrariado perseguidor, que no necesitó de más para considerarse ya feliz por toda aquella noche.

Lleno de orgullo, pues, aunque obligado a fingir la voz para no ser reconocido por los demás, contestó:

-Gracias, señora.

¿Era imprudente esa respuesta? ¿no traicionaba, acaso, con exceso la satisfacción de quien creía hallarse en el deber de darla? Sí, porque al oírla uno de los acompañantes de Lucía se volvió hacia Rodolfo y mirándole con ojos en los cuales se retrataba la misma indisimulable curiosidad, trató de descubrir su rostro al través del antifaz que lo cubría. Otro tanto, pero con mayor insistencia aún, hizo el dominó negro de los lazos verdes, que, al detenerse el grupo, se había detenido a su vez.

-¿Se divierte usted? -preguntó Lucía a Montiano, después de un momento de silencio.

He sido burlado, señora, contestó el joven; y burlado por un verdadero diablillo con faldas. Aunque, a la verdad, la lección recibida fue tan oportuna, tan justa, que me considero imposibilitado para todo nuevo intento de provocación.

-Pero ¡eso es una cobardía manifiesta! -exclamó sonriendo Lucía.

-¡Qué quiere usted, señora: para esta clase de lides soy cobarde por naturaleza!

El dominó negro con lazos verdes se incorporó silenciosamente al grupo.

Lucía, al verlo llegar, no pudo retener un arranque de impaciencia...

-Acompáñeme, dijo a Rodolfo, al punto. Y, enseguida, dirigiéndose a las personas que formaban el grupo enmedio del cual había permanecido de pie:

-Con permiso de ustedes -agregó.

Y se alejaron ambos.

Durante varios segundos, no dirigió Montiano la palabra a su compañera. En vano intentó hallar una frase inicial: tan sólo acudían a su mente ideas insignificantes, absurdamente triviales.

Lucía le sacó de este estado de embarazosa turbación:

-¿Cómo sigue su herida, Rodolfo? -dijo, en tono que revelaba interés verdadero.

-Del todo bien, señora -replicó Montiano-. No ha sido más que un ligero rasguño en el rostro. Más grave, sin duda, mucho más grave, es el otro: el inferido a la dignidad. Pero de ese no me es lícito acordarme siquiera; porque, puestas pérfidamente a salvo las apariencias por el ofensor mismo -por una parte- he perdido -por otra- hasta el derecho de calificar intenciones, ante una orden recibida de labios que para mí son sagrados...

-Gracias por ello -contestó, con voz trémula la hermosa viuda, inclinando a pesar suyo la cabeza y reteniendo un imperceptible suspiro-. Sé que he impuesto a usted un sacrificio verdadero. Pero lo estimo en todo lo que vale.

-Esa estimación, señora -replicó Rodolfo- compensa con usura las contrariedades que lo acompañan.

Una alegre carcajada femenil, que resonó en ese momento a sus espaldas, hizo volver bruscamente la cabeza a los que así conversaban.

La gentil mascarita celeste de la broma y de la cojera estaba allí, y se apoyaba en el brazo del dominó negro con lazos verdes en el hombro...

Lucía palideció ligeramente.

Pero, antes que ella o Rodolfo pudieran hacer la menor observación, la misteriosa pareja dio una vuelta y se alejó hacia otro punto de la sala.

-¿Conoce usted a esas máscaras? -preguntó Lucía a su compañero, con acento que más tenía de investigadora inquisición que de indiferente curiosidad.

-¡No, a fe mía! -le replicó Montiano-. Y la verdad es que una y otra me intrigan sobremanera. La negra de los lazos verdes por su insistencia en perseguir a usted y la otra... ¿me atreveré a decírselo?...

-¿La otra?...

-La otra por ser la misma que me plantó hace poco con la fresca de marras.

-Y ¿estaban juntas esas dos máscaras cuando eso sucedió?

-La celeste estaba sola. ¿Por qué quiere usted saberlo?

-Porque me parece que ambas le han reconocido a usted.

-¿Me será permitido preguntar de nuevo ¿por qué?

-Ese es mi secreto -concluyó Lucia entre sonriente y misteriosa...

La orquesta continuaba tocando valses y más valses, cuadrillas y más cuadrillas. El baile parecía llegar al colmo de su animación. Los concurrentes habían acudido ya en su totalidad, de modo que los salones veíanse atestados.

Lucía y Rodolfo dieron dos o tres vueltas por ellos. Pero los deberes de dueño de casa en tales circunstancias son tiránicos. No transcurrió mucho rato sin que vinieran a llamar a Lucía en nombre de cierto grupo de máscaras. Le fue, pues, forzoso trasladarse al punto donde se la solicitaba.

Rodolfo volvió a quedarse solo.

Aprontábase a dirigirse afuera, hacia las terrazas vecinas al gran vestíbulo, cuando sintió, por la espalda, el golpe suave de un abanico que lo tocaba sobre el hombro.

Volvió la cabeza, como lo había hecho momentos antes, hallándose con Lucía, y se encontró con su dominó celeste.

-¿Quieres acompañarme? -preguntole la misteriosa mascarita.

-Con mucho gusto, como podrás imaginártelo -contestó Montiano.

La mascarita se apoyó en su brazo.

La conversación con Lucía había puesto a Rodolfo de buen humor. Sentíase alegre y capaz de las más crueles represalias. Rompió, pues, sin vacilar, el fuego.

-Mascarita, dijo a su nueva compañera: a no dudarlo, eres discreta en el decir. Prueba de ello tu respuesta de poco ha. Pero convengamos en que no lo eres tanto cuando se trata de escuchar conversaciones ajenas. ¿Por qué reíste tan descaradamente a mi espalda cuando hablaba yo con mi anterior pareja?

-La risa es propia del carnaval -contestó juguetonamente la desconocida-. Y luego, hay conversaciones que, escuchadas así, de paso, resultan carnavalescas... ¿no te parece a ti lo mismo?

La intención era evidente. La máscara tenía, a no dudarlo, más malicia aún de la que Rodolfo le suponía. Propúsose, pues, sondearla, y ponerse en guardia, por si existía de su parte el propósito deliberado de zaherirle.

-Según y cómo mascarita -replicó-. Si te refieres a la que sostenemos ahora ambos, es posible que así sea...

-Veo que esquivas el bulto...

-¿Luego, tú me lo buscas?...

-Te diré, a mi vez: según y cómo.

-Explícate.

-No lo necesito...

-Es que tengo malas entendederas.

-Peor para ti.

¿Qué observar a esto? Montiano se mordió los labios y después de meditar un segundo, seguro ya de habérselas con un adversario más que ladino, resolvió redoblar el esfuerzo.

-Por lo terminante de tus respuestas -repuso-, debes de ser, a pesar de esa tu adorable cojerita, mujer que, por lo que respecta a carácter, pisa firme...

-Tienes razón: sólo del pie cojeo. Y en esto me diferencio de otros que suelen hacerlo de alguno de sus sentidos.

-¡Hola! ¿Guerra tenemos? ¡Sea! ¿De cuál de ellos, vamos a ver?

-No acostumbro poner los puntos sobre las íes. Pero, si te empeñas, te lo diré: hay sentidos materiales y sentidos morales en el hombre.

-Es verdad. Discurramos, pues. Hay vista moral; hay gusto; hay tacto. Este último, según lo entiendo, se llama tino...

-¿Y bien?...

-¿Es ese el que me falta?

-Ese mismo.

-Convenido. La cosa va ya más clara: quieres decirme que carezco de tino. ¿Y, en qué fundas esta creencia?

-En tus hechos.

-Luego ¿mis hechos no merecen tu aprobación?

-Es posible.

-Para ello no puede haber sino dos razones: o la de la simpatía, el interés que pudiera yo inspirarte, o, por lo contrario, la del fastidio, el odio que quizá me tienes...

-Eres lógico.

-Resolvamos posiciones, entonces, mascarita ¿Es lo uno o lo otro?

-¡Ja! ¡ja! ¡ja! ¡Qué inocencia! Pasaron ya los tiempos, hijo mío, en que aún podía tendérseme lazos tan cándidos. ¡Sería curioso que te lo confesara!

-¡Hola, hola! Mascarita -exclamó Rodolfo triunfante- ¿conque esas tenemos? Hasta ahora te juzgué muchacha, locuela, picaresca, inofensiva; pero esa frase: «pasaron ya los tiempos» ¡hum! me está revelando que quizá tengo que habérmelas con una plaza de antiguo fortificada...

La máscara al oír estas palabras hizo un brusco movimiento de sorpresa, e, instintivamente, se bajó la barba del antifaz, como si temiera ser descubierta. Luego, llevándose la mano a la cabeza, se afianzó allí el capuchón.

Este rasgo, por lo elocuente, no podía pasar inadvertido para un espíritu tan perspicaz como el de Rodolfo. Resuelto a despejar de una vez la incógnita, clavó impertinentemente y en señal de desafío una mirada escudriñadora sobre los ojitos encandilados de la máscara, ojitos que en ese momento le parecieron más carbúnculos que nunca... Examinó, enseguida, a su pareja de arriba abajo con porfiada insistencia, y descubrió, por fin -enmedio de la satisfacción del que ve realizada una sospecha- que entre el espacio formado por la careta y el elegante capuchón de raso que la coronaba, aparecía una mecha de pelo, seca, cenicienta y traidoramente desprendida de las ligaduras que hasta entonces la mantuvieran aprisionada y oculta...

La fijeza de la mirada del mozo, la risa difícilmente contenida que al hacer este descubrimiento le acometió, debieron desconcertar a tal punto a su pareja que, desprendiéndose ésta con un movimiento brusco del brazo de su jovial acompañante, inclinó el cuerpo y le chilló, furiosa:

-¡Se conoce que el latigazo aquel te ha reblandecido el cerebro!

Y, rápida como una ardilla, huyó, escurriéndose entre un grupo casi compacto de bulliciosas máscaras...

Difícil sería pintar la impresión que produjeron en Montiano estas palabras. Apretó los dientes y tuvo que apoyarse contra la pared...

Sus dudas quedaron allí mismo desvanecidas. El diminuto dominó celeste no podía ser sino la madre de Miguel Viturbe.

Durante una hora entera no tuvo Rodolfo otro afán que el de buscar a la impertinente máscara. Hallarla se convirtió para él en una pesadilla constante.

Recorrió los salones. ¡Nada en ellos! Fue escudriñando unos tras otros el gran vestíbulo, los pasillos, los cuartos de vestir de las señoras, hasta donde la discreción y las conveniencias se lo permitían. ¡Inútilmente! A veces le parecía divisarla desde lejos, enmedio de la multitud, destacando en un punto determinado su característica silueta. Se lanzaba, entonces, hacia donde creía poder alcanzarla. Pero ¡nada tampoco! ¡Su máscara no era aquella! Ocasionaba la confusión tan sólo una semejanza, ya de color ya de forma.

Desesperado, aturdido por la ira y por el calor, después de media hora de inútiles afanes, tuvo, por fin, que renunciar a su anheloso intento.

-¡Sí, a no dudarlo -se dijo entonces- la máscara celeste es la mismísima doña Melchora!

Mas ¿cómo había logrado disfrazarse así la celebérrima propietaria de la villa Umbrosa?

Del modo más sencillo. Aquella espléndida fiesta de carnaval, con todo y ser tan hermosa, no había escapado al distintivo propio de las de su laya; distintivo que consiste en convertir un salón de baile de disfraz en el reino exclusivo y permanente de las solteronas sin esperanzas, de las feas sin dote, y, lo que es más grave, de las viejas verdes a quienes el tiempo ha dejado, como los únicos restos de antiguo esplendor, un pie pequeño susceptible de ser bien calzado y un cuerpo flaco, capaz de amoldarse, a fuerza de arte y de algodones, a un dominó de corte eximio, merced a un corsé de buena fábrica.

¡Véase a las tales allí, desquitándose con usura de sus desencantos y nostalgias de un año entero de arrinconamientos aburridores, de postergaciones inevitables y de odios reconcentrados. Bailes y visitas, comidas y teatros las han visto sucesivamente de idéntica manera: silenciosas muchas de ellas, mal agestadas las más, malévolas casi todas, entregadas a la murmuración, a la envidia y a la intriga!

Pero llega el carnaval. El reinado de la vieja verde empieza. Reinado deleznable, pasajero, poco fructuoso seguramente; pero propicio, en cambio, para desquites y para la satisfacción de venganzas de largo tiempo atrás meditadas. El chiste amargo, hiriente, salpicado de hiel más que de sal y pimienta, es entonces el arma favorita y temible de que ella se vale. Una máscara de cartón o un denso antifaz de seda encubren las arrugas de su rostro; una peluca rubia la ceniza de sus canas; zapatos pequeños, ceñidos rigurosamente, por más que hagan daño, dan formas prestadas a sus pies marchitos. El dominó completa el disfraz. Se lo abulta por aquí, se lo ciñe por allá...

¡Está lista! Su traje la equipara a todas las demás mujeres. Lo que le sobra nadie lo nota; lo que le falta no lo echa de menos tampoco nadie. Entra en el salón de baile e, incontinenti, se convierte en loca; pero loca desatada. Corre, brinca, hasta dar envidia por su agilidad a las pocas muchachas que vagan por allí y que logran reconocerla al fin. Acomete al uno, le habla en verde, lo monopoliza, lo estruja, se le unce durante horas enteras. ¡No haya piedad para con ese! Pagará por otros. Si es buen mozo, porque lo es; si es conspicuo, si la multitud lo ha consagrado en tal carácter, pues... ¡con tanta mayor razón!...

Mas, cuando, por lo contrario, el infeliz es algún malquerido: es decir, si el tal tiene en la cuenta de sus pecados veniales para con el prójimo cualquiera que se relacione con su verdugo de aquel momento ¡ay de la víctima! La mosquilla venenosa que a la sazón se prende de su brazo lo picará ponzoñosamente una y repetidas veces, sin que él pueda sacudirla siquiera achatarla con un papirote!

Y, entretanto, la música continúa, las parejas se confunden, el baile está en su apogeo...


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