Contra la marea: 15

Capítulo XV
Pág. 15 de 39
Contra la marea Alberto del Solar


Un espectáculo es siempre un espectáculo. Cualquiera que sea su naturaleza, no faltará jamás quien, aguijoneado por la curiosidad, se interese por contemplarlo.

Miguel, al aceptar el reto en la forma expuesta, arrojaba, a su vez, a Rodolfo un guante que este juzgó no le cumplía recoger. Se trataba de una especie de niñería, tan atolondrada en su origen como peligrosa en sus consecuencias.

Rodolfo se dio inmediata cuenta de la responsabilidad que le afectaba en el caso y, penetrado de ella, propúsose cumplir con lo que creyó un deber estricto: no bien desaparecía Miguel, decidido a poner en práctica el anunciado intento, cuando a su vez, tomaba él posesión de una casilla de baño y, sin que nadie lo viera -pues los presentes sólo se preocupaban de Viturbe-, disponíase a hallarse listo para arrojarse al mar en caso de necesidad.

El corazón le latía, entretanto, y verdaderos remordimientos torturaban su conciencia.

El espectáculo anunciado no se hizo esperar.

Transcurridos algunos instantes, salió Miguel de su casilla, envuelto en una elegantísima sábana color canela, que le cubría todo el cuerpo. Iba algo pálido; pero afectaba marchar con seguridad.

A pocos metros de distancia le seguía Rodolfo, envuelto, como él, en amplía sábana de baño, cuyo capucho le encubría por entero la cabeza y parte del rostro. Ninguno de los que presenciaban la escena paró, pues, la atención en él. Seis u ocho bañistas dirigíanse al mismo tiempo a la playa; indiferentes; ignorantes de lo que allí se preparaba.

El mar estaba agitado. La brisa no sólo no amainaba, sino que era aún más violenta en aquellos momentos, y, por lo tanto, más sonoras, más frecuentes y voluminosas las olas que producía.

A lo lejos, divisábanse algunos barcos de pescadores que, a todo trapo y dando la popa al viento, se mecían en el horizonte. Bandadas de gaviotas, albas como la espuma misma, los seguían de cerca, arremolinándose a trechos entorno del aparejo; ora elevándose hacia las nubes, ora abatiéndose de súbito sobre el rumoroso oleaje.

Miguel llegó al borde del agua.

Resuelto a arriesgar el todo por el todo; ensoberbecido, atolondrado más que audaz; aguijoneado por la vanidad antes que por el deseo; rápido, ágil, despojose del abrigo que lo cubría y, de un salto, sin demoras ni vacilaciones se arrojó al mar.

Rodolfo se quedó observándole a la orilla; con los ojos fijos, sin perder uno solo de sus movimientos.

Un aplauso general y el eco de dos o tres entusiastas ¡bravos! lanzados por voces femeninas llegaron desde la rambla hasta los oídos de Montiano.

Sin duda los oyó también Miguel, y diose cuenta cabal de que era él quien los provocaba, porque, haciendo un avance inmediato, redobló en ligereza, puso el pecho a la ola, y una vez con el agua ya a la altura de la barba, se lanzó de bruces. Hundió enseguida la cabeza entre la espuma, y tras repetidos y formidables aspavientos, quedó flotando un instante a merced del caprichoso oleaje, fuera ya del punto donde «se hacía pie», llevado hacia lo hondo, más por el impulso de la corriente -que en ese sitio comenzaba a hacerse sensible- que por el de su propio y desesperado esfuerzo.

Mantúvose así durante cerca de un minuto.

La distancia recorrida al cabo de este tiempo pasó de treinta metros.

El momento crítico no podía hacerse esperar.

Un nadador de escasas dotes que comienza por agotar sus fuerzas, prodigándolas desde el punto mismo de partida, está irremediablemente perdido, si se encuentra sólo y persiste en pretender llevar adelante un intento superior a ellas.

A la distancia mencionada, Miguel comenzó por mirar hacia atrás.

Aterrorizado con el espacio que lo separaba ya de la playa, dio una brusca vuelta y comenzó a deshacer el trayecto recorrido. Redobló para ello el empuje ya medio exhausto; mas, convenciose al punto de que el regreso era mucho más difícil que la partida. La corriente oponíale una barrera insalvable, y, no sólo no le permitía avanzar, sino que le alejaba más y más de la orilla.

Un vago sentimiento de terror, que debió ir creciendo a medida que crecía la dificultad, pareció entonces apoderarse del nadador, a juzgar por los desesperados y casi epilépticos esfuerzos que los que le contemplaban desde la playa le vieron hacer.

El grupo de la rambla empezó a agitarse. Viva ansiedad se retrataba en todos los semblantes.

De repente oyose en el mar un grito, un grito estridente, lleno de mortal angustia:

«¡Auxilio! ¡Auxilio!»

Los espectadores lo repitieron en eco unísono, que se extendió, fue creciendo y multiplicándose...

-¡Auxilio! ¡Auxilio!

-¡Que se ahoga! ¡Que se ahoga!

-¡Una cuerda!

-¡Un salvavidas!

El turno de Rodolfo había llegado.

Con un movimiento brusco, deshízose del lienzo que lo cubría y ocultaba y, tras veloz carrera enmedio del agua baja, cortó la ola con el cuerpo y empezó a nadar, con donaire, decisión y brío, en favor de la corriente...

Momentos después, llegaba al sitio donde Viturbe, extenuado, jadeante, casi sin sentido ya, luchaba con las ansias de la desesperación, sosteniéndose apenas sobre las olas que por momentos le pasaban por encima, sepultándolo a trechos.

La sofocación comenzaba a producirse. Sin vacilar, extendió el nadador un brazo y cogió por el cabello aquella cabeza que flotaba, desatentada y casi inerte...

Entonces los que contemplaban la escena desde la orilla vieron algo así como una lucha terrible. Lucha entre dos hombres, que, suspendidos sobre el abismo, pugnaban contra fuerzas poderosas en el afán de no ser vencidos. El uno se aferraba al otro; ambos desplegaban sus esfuerzos opuestos; ambos se debatían; resistían, como extenuados ya, y jadeantes.

El regreso era lo más difícil.

Miró Rodolfo hacia tierra y vio que allí, en la playa, se había agolpado apiñada multitud de gente. Unos corrían; otros arrojaban cuerdas y salvavidas.

El empuje de la corriente era terrible. A costa de grandes esfuerzos manteníase el nadador sin ser arrastrado, neutralizando el poderoso impulso que le hacía gastar en vano la mitad de su brío. Sabía él, sin embargo, que la zona recorrida por esa corriente no era muy ancha. Cesó de nadar un instante y vio que la dirección llevada por las aguas no era directa hacia adentro sino oblicua hacia el noreste. Comenzó, entonces, a avanzar en ese sentido, calculando que así podría atravesar la barrera, a lo largo, sin agotar del todo sus fuerzas. Las olas, por otra parte, si lograba aprovecharlas, le ayudarían a alcanzar su intento.

Siguió este plan y vio que obtenía buen resultado.

Pero la lucha era aniquiladora.

Solo, no hay duda de que le habría sido fácil sostenerla y vencer; mas con el aditamento de aquel cuerpo -no ya inerte, que ello hubiera aligerado su peso, sino animado de movimientos convulsivos que en ocasiones entorpecían los suyos-, la empresa se le presentaba ardua por demás.

Los gritos de la gente de tierra le animaban, sin embargo: «¡Adelante! ¡Valor! Sostenerse hasta alcanzar las cuerdas!».

Y, al mismo tiempo, dos o tres bañadores de los de oficio lanzábanse al agua y trataban de aproximarse a los jóvenes, mientras otros corrían por la playa con el propósito de llegar al punto por donde, más al sur -dado el impulso de la corriente-, deberían, acaso, estos ser salvados.

De que había sido reconocido, no le quedaba a Rodolfo la menor duda. Más de una vez pareciole oír gritar su nombre. Fijando un instante la vista, distinguió a Jorge que corría por la playa, haciéndole señas desesperadas.

La orilla distaba ya tan sólo algunos metros.

En esos momentos sintió Montiano que el cuerpo de Miguel se agitaba bajo su brazo y, tras de estremecimientos terribles, lo envolvía, casi maniatándole.

No vaciló en trance tan terrible. Dio a Viturbe un vigoroso golpe en la cabeza, con el propósito de hacerle perder el conocimiento, y continuó nadando y arrastrándole por los cabellos.

Era ya tiempo. Las fuerzas le abandonaban. Sentía que se le adormecían los miembros; que los oídos le zumbaban y que el corazón le palpitaba tan violentamente que parecía golpearle el pecho.

Recordó entonces, con angustia mortal, la enfermedad orgánica de su padre. Don Julio había muerto del corazón. ¿No la habría heredado él por desgracia? Y, en tal caso, ¿no contribuiría esa circunstancia a producir un desenlace fatal, si las fuerzas llegaban a abandonarle del todo?

¡Terrible idea!

Hizo otro esfuerzo, desesperado, supremo; el último... y salió de la zona de la corriente, al mismo tiempo que una ola enorme lo alzaba sobre sus poderosas espaldas, haciéndole avanzar gran trecho...

El bañador que más se había adelantado se encontró a sólo cuatro o seis brazadas de distancia.

No había tiempo que perder. Blandió un salvavidas y lo arrojó con violento esfuerzo. La cuerda de que iba éste provisto se desenrolló zumbando y ondeando en el aire, semejante a una anguila gigantesca que hubiera saltado de súbito del seno de las aguas.

Rodolfo alargó la mano que le quedaba libre, y, sin abandonar a Viturbe alzando al mismo tiempo el brazo con el cual le había mantenido a flote, echó el cuerpo adelante y se dejó arrastrar...

Segundos después, eran ambos recogidos en la playa; cubiertos por dos abrigos y transportados a las casillas más cercanas.

Viturbe sin conocimiento.

Rodolfo exhausto de fatiga.

Al llegar este último al borde de la rambla, divisó entre la multitud a doña Mercedes y a Lucía.

Lucía estaba pálida, pálida como el mármol...


I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI - XXXII - XXXIII - XXXIV - XXXV - XXXVI - XXXVII - XXXVIII - XXXIX