Contra la marea: 14

Capítulo XIV
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Contra la marea Alberto del Solar


Eran las once de la mañana siguiente.

Hallábase Rodolfo instalado desde temprano en uno de los kioskos de la rambla. Recorría, sin poder fijar la atención en su lectura, los diarios acabados de llegar por el correo. A ratos observaba maquinalmente a los bañistas que acudían a la playa.

Su espíritu se hallaba del todo ausente.

Al esforzarse por descubrir las causas que de modo más intenso hubieran podido influir en la determinación de Lucía, se engolfó en reflexiones que, tras largo meditar, lo llevaron a la siguiente conclusión, perfectamente lógica, perfectamente conforme con las circunstancias y antecedentes del caso: Lucía, cuyo claro entendimiento, altivez de carácter y fuerza de voluntad eran proverbiales, habría adivinado, por fin, la existencia de los sentimientos inspirados por ella en el alma ingenua y fervorosa de un iluso que, hasta entonces, había creído poder guardarlos ocultos para siempre dentro de lo más recóndito de sí mismo, como en inviolable y sagrado tabernáculo.

Se habría dado cuenta, a la vez, del asombro inaudito del público, ese público especial, que, a fuerza de maña, de curiosidad y de empeño, logra, en casos análogos, descubrir los secretos que más puedan convenirle para alimentar sus temas de actualidad social, ocasionados a chistes retozones, a burlas picantes, a comentarios malévolos.

Llegaría, luego, hasta ella el eco de alguno de esos comentarios. Su amor propio se habría resentido, entonces. En el primer impulso de justa indignación la orgullosa dama habría resuelto poner término a la cháchara social y a la insensata osadía de quien la motivaba, infiriendo al culpable una pública y ejemplarizadora humillación.

Pero, ¿qué mujer -por altiva y desdeñosa que sea-, no sentirá vacilar su voluntad ante la consideración de que aquel a quien va a humillar se ha hecho reo tan sólo de falta de energía para resistirá la acción subyugadora de sus múltiples y poderosos encantos?...

Un movimiento de generosa compasión habría sucedido al primer arranque. Y, luego, ¿no hay, por ventura, cien distintos medios de llegar a un mismo fin? De allí, pues, aquellas pasadas altiveces, seguidas de condescendencias desorientadoras; aquellas aparentes excentricidades; aquella originalidad de trato, y, por fin, aquel recurso final -benévolo, cortés en la forma- compasivo, desdeñosamente bondadoso en el fondo; recurso extremo, eficaz, absoluto, que daría lugar a que se fijara definitivamente en lo futuro, ante el criterio mundano, la distancia que de hecho separaba ya a la opulenta, la aristocrática viuda del banquero Levaresa; de su joven administrador.

Así discurrió Rodolfo durante aquellos momentos de meditación silenciosa.

La concurrencia del Sea-Side hotel iba invadiendo, entretanto, la playa. Unos tras otros llegaban Jorge, los jóvenes y sus parejas inseparables; los aficionados al baño, los organizadores de paseos y de diversiones de toda especie.

En un galpón cercano al sitio donde se encontraba Rodolfo había un buen Tiro de pistola. En aquellos momentos se sentía repetirse, con uniformidad casi invariable el eco de las detonaciones. De cuando en cuando, aplausos entusiastas acogían las proezas de algún diestro tirador. Grupos numerosos de pescadores, bañistas y otras gentes, se agolpaban en la puerta del Tiro, con el propósito de observar desde allí a los que distraían sus ocios en tan elegante pasatiempo.

Sacudió, por fin, Montiano su malhumorada melancolía; se puso de pie y, decidido a imitar a los demás, encaminose hacia el Tiro.

Al llegar al galpón se detuvo. Miró y pudo observar que quien provocaba los aplausos era Miguel Álvarez Viturbe.

Atraído, a su vez, por la curiosidad, quedose un momento contemplando al tirador incomparable.¡Realmente, aquello era asombroso!

Un blanco de cartón, después de recibir más de treinta tiros, había sido agujereado, invariablemente y con precisión casi matemática, en el punto céntrico de mira. El documento era pasado de mano en mano como verdadera curiosidad.

Lucho, habíasele ocurrido a alguien la humorística idea -muy propia de aquel medio y de aquella agrupación de muchachos alegres y chacotones- de fabricar para Viturbe un blanco «Guillermo Tell» sui generis. Un enorme bagre, acabado de pescar y adquirido previamente para el caso mediante su precio vil, fue colgado en la playa, al aire libre, pendiente de uno de los postes transversales donde solían los bañistas colocar sus ropas antes de arrojarse al mar.

Una vez dispuesto así, encaramáronle sobre la cúspide del hocico angular, a guisa de manzana, un diminuto langostín, apenas visible a la distancia de veinte pasos.

Miguel se preparó a dar la elocuente prueba de destreza que se le pedía.

Midió la distancia, los veinte pasos ya mencionados; se colocó en su sitio, alzó la pistola, apuntó con mano firme y salió el tiro.

El langostín desapareció.

Mas, no contento Viturbe con esta hazaña, quiso coronarla con otra más brillante aún.

-¡Al ojo derecho del Rey Filipo! -exclamó, vaciando, probablemente, en esta frase toda su erudición histórica.

Apuntó de nuevo y disparó...

El bagre no sólo se quedó tuerto, sino ciego; pues, hallándose colocado de perfil, la bala, al perforarle de parte a parte la cabeza, dio en un ojo y se llevó los dos.

Multitud de paseantes cruzaban, entre tanto, por la rambla, y los grupos de siempre formábanse poco a poco. Brisas del sud, frescas y saladas, traían en su seno deliciosos perfumes marinos y arremolinaban las olas, que, al achatarse sonoramente contra la playa, deshacían, extendiéndola en forma de dilatado manto, su blanca y borbollante cresta de espumas.

Otros bañistas se habían arrojado ya al agua y retozaban alegres, sostenidos de las cuerdas fijas, o recibiendo el golpe de la ola, que llegaba, los envolvía, y pasaba de largo, yendo luego a morir, deshecha, al borde de la arena.

Algunos -muy pocos-, se arriesgaban a nadar; pero sólo durante cortos instantes, y ello con grandes precauciones. El mar de Ribera Bella es proceloso y traidor; corrientes intensas que se dirigen oblicuamente hacia el norte atraviesan sus orillas. Rodolfo había experimentado, días antes, por sí mismo el peligro de ser envuelto en ellas. Sus condiciones de nadador eran, sin embargo, excelentes: debía a su padre esta cualidad; a su padre, para quien permanecer dos horas en el agua cruzando largas distancias era hazaña familiar.

Doña Mercedes y su hija no tardaron mucho en llegar a la rambla.

Rodolfo se adelantó a saludarlas, disimulando, en lo posible, su emoción.

Lucía parecía pensativa. Pero Montiano no tuvo tiempo de detenerse a observarla. En el acto de adelantarse la hermosa viuda, rodeola el grupo de siempre. Miguel entre los primeros.

-¿Se baña usted, señora? -le preguntó Viturbe después de darle los buenos días.

-Como de costumbre, contestó Lucía-. ¿Y usted?

- Lo he hecho ya, muy temprano esta mañana.

-¿Nada usted mucho?

-¡Pues ya lo creo! He avanzado hoy larga distancia, mar adentro, hasta abordar la lancha de unos pescadores.

Rodolfo había escuchado este diálogo en silencio. Al oír las últimas palabras de Viturbe no pudo evitar un movimiento de disgusto.

-¿Y no teme usted a las corrientes? -preguntó, interviniendo de pronto en la conversación y fingiendo un tono de sorpresa bajo el cual no alcanzó a disimular del todo la malévola intención con que hacía tal pregunta.

Casualmente aquella misma mañana, observándole desde lejos, había visto bañarse a Miguel. El esbelto mozo, aunque ágil, y robusto como un Neptuno joven, había permanecido durante más de media hora circunscrito a la vecindad de las cuerdas y postes de la orilla, logrando con gran dificultad sostenerse a flote, en medio de esos desaforados pataleos y manotadas que ponen en evidencia a un mal nadador.

Álvarez Viturbe miró a Rodolfo con altanería.

-¿Cree usted, le dijo, que esas insignificantes corrientes puedan arredrar, no digo a un hombre como yo, sino aún al más mediocre de los nadadores?

Esto colmaba la medida. Y, por otra parte, Rodolfo, sin darse cuenta de ello, se sentía irresistiblemente inclinado a la maldad en aquellos momentos. Resolvió, pues, desenmascarar de una vez por todas al presuntuoso.

-No sólo lo creo, contestó con tono apacible, sino que estoy de ello seguro.

-Entendámonos, señor Montiano, repuso Viturbe en el mismo tono. ¿Se refiere usted a mí o al nadador mediocre de quien he hablado?

-¡Según y cómo, señor mío! Para responder a usted, necesitaría, ante todo, convencerme de que uno y otro no son la misma persona.

Viturbe miró con arrogancia a su contradictor.

Jorge Levaresa, que se había aproximado y oído la discusión, intervino en el acto; pero lo hizo con intención del todo maligna, yendo mucho más lejos aún de lo que se había propuesto Rodolfo; tanto que éste hubo de arrepentirse del primer movimiento de impaciencia que lo impulsara a provocar a Miguel.

-La dificultad tiene solución muy sencilla, dijo, jovialmente, Levaresa. Estamos aún en ayunas: un baño más, un baño menos a nadie daña. Que pruebe sus fuerzas y habilidad Viturbe, bañándose ahora mismo, en nuestra presencia, e internándose un centenar de varas en el mar. Cien varas, ¡vamos! ¡menos de una cuadra criolla! Nos contentamos, sin embargo, con esa prueba...

Miguel vaciló. Pero pudo más en él el sentimiento irresistible de la vanidad ofendida.

-Aceptado, se apresuró a decir -tras de un instante de silencio durante el cual su rostro cambió visiblemente de color, no se supo entonces si de cólera o de miedo. Y, luego, volviéndose hacia las clamas que se habían reunido en grupo:

-Serán jueces ustedes, añadió.

Rodolfo quiso protestar; pero su amigo Jorge no le dio tiempo para ello.

Inconscientes las personas que se hallaban allí del verdadero peligro que habría de correr el atolondrado si llevaba adelante su proyecto, no sólo no se opusieron a él sino que lo aplaudieron con entusiasmo...


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