Contra la marea: 12

Capítulo XII
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Contra la marea Alberto del Solar


Una noche en que, abstraído como de costumbre, entregábase a su distracción favorita: la contemplación del soberbio panorama marítimo, oyó de repente a su espalda una voz conocida que pronunciaba su nombre.

Volvió la cabeza y se encontró con Lucía...

-Siempre solo y alejado del grupo general -le dijo en tono casi afectuoso la hermosa dama-. ¿No es usted aficionado al baile? Se pone usted viejo antes de tiempo.

-No creo que sea ello cuestión de edad, señora. Cuestión de temperamento tal vez. Y, por otra parte, ¿hay, acaso, algo que pueda reemplazar a este delicioso espectáculo? Vea usted: ¡qué noche y qué paisaje!...

-Hermoso, en verdad. Y no deja usted de tener razón. Existe aquí la pésima costumbre de instalarse en los salones desde el momento mismo en que se acaba de comer; precisamente cuando la permanencia en la terraza es más agradable.

Y, enseguida, volviendo la mirada en torno suyo:

-Tenga usted la bondad de acercarme esa silla -dijo. Voy a permanecer un momento aquí.

Montiano se apresuró a satisfacer el deseo de Lucía.

Por primera vez en su vida encontrábase Rodolfo así, solo, sin testigo alguno, enfrente de ella y en calidad de acompañante.

La conversación se inició entonces, pero indiferente, familiar, circunscrita a temas insignificantes, locales.

Con todo, el diálogo se prolongaba; de modo que al cabo de algún tiempo departían ya ambos con cierto interés, interés que, si llegaba a ser grato y nada más que grato para Lucía, para Rodolfo tornábase en dulcemente embarazoso...

La conversación fue animándose poco a poco. De las generalidades pasaron a un tema social, en el que si bien las opiniones de uno y otro no estuvieron del todo de acuerdo, no llegaron tampoco a chocarse, limitándose a ligeros rozamientos que Rodolfo cuidó de suavizar en lo posible, poniendo para ello en juego, a la vez, su instintivo y delicado tacto, su urbanidad exquisita, su claro y fino talento. Tras de peligrosos lances así eludidos, entraron de lleno en el comentario de las costumbres reinantes, y, como consecuencia de ese comentario, y la crítica un tanto acerba de los vicios y pasiones de la época. De allí a la murmuración -tan grata a todo espíritu femenino, por selecto que sea-, había sólo un paso. Se dejó Rodolfo impulsar y, posesionado ya en absoluto de sí mismo, no vaciló en abordar con precaución el espinoso tema, más por estudio de la índole de su interlocutora que por afición a él.

Le sorprendió en gran manera el éxito obtenido. La complicidad fue completa.

O mucho se equivocaba Rodolfo, o el carácter de Lucía no era del todo el que se le había atribuido generalmente, de acuerdo con la opinión de aquellos que aseguraban conocerlo en la intimidad.

La amena charla duró esa vez casi una hora y desde entonces se repitió a menudo.

Doña mercedes -abandonada noche a noche, como todas las señoras de su edad, a las narcóticas monotonías de un solitario y apartado extremo de la vasta sala donde se revolvía alegremente una juventud alborotadora; circunscrita a las eventualidades de demostraciones ocasionales de respeto, idénticas siempre, rigurosas, y, las más veces, importunas e incómodas-, resolvió, por fin, emanciparse de los fastidios y tiranteces de la antipática ley que la convertía, según su expresión, en «viejo mueble arrinconado», y fue, a su vez, a reunirse con Lucía y Rodolfo en la terraza.

Huía, así, la buena señora de la juventud; pero justamente para tener el derecho de acercarse a ella. Los viejos aman a los jóvenes como las plantas que ya se marchitan al verde arbusto que ha crecido a su sombra.

Pero ¿sucede por ventura lo mismo a la juventud, tratándose la vejez? En otras palabras: ¿sintió Rodolfo desde la noche en que por vez primera puso doña Mercedes en práctica su resolución el mismo agrado que debió aquélla experimentar al llevarla a cabo?

No; por más que entonces costara trabajo al joven convencerse a sí mismo de tan ingrata, tan injusta realidad de sentimientos.

A medida que se repetían estas reuniones en la terraza, notaba Rodolfo con sorpresa extrema, casi con espanto, que su desazón cundía...

Y creció de punto ese estupor cuando, al cabo de algún tiempo, pudo darse cuenta de que íbase acostumbrando en tal manera a la sociedad de la hermosa viuda, que, en los casos en que no lograba procurársela, se sentía del todo contrariado. La presencia de Lucía había llegado a serle necesaria. No oír su voz, no disfrutar del encanto de su palabra; no contemplar, fascinado, el brillo perturbador de sus ojos llegó a convertirse para él en motivo de impaciencia, de verdadera angustia. ¡Angustia mortificante; mezcla a un tiempo de ansiedad y de inquietud, de pesar y de esperanza!

Y entonces aconteciole algo distinto: en las conversaciones más triviales, sus respuestas comenzaron a resentirse de este estado particular de su ánimo. Embarazo invencible embargaba su voz; preocupaciones constantes distraían sus ideas.

En otros momentos, por lo contrario, costábale trabajo reprimir ciertos arranques, ciertos impulsos que, brotados de lo más íntimo del alma, pugnaban por manifestarse exteriormente por medio de la palabra entusiasta, exaltada, ardiente; por medio de expresiones sinceras, espontáneas, reveladoras.

De Lucía ¿qué pensar? ¿Fue acaso ilusión de Rodolfo? Él no lo supo. Pero lo cierto es que le pareció, más de una vez, inferir que su interlocutora se valía de pretextos fútiles para alejar a su madre y decidirla a volver a los salones.

Lo cual, aunque observado por pocos, llegó a espantar a muchos, y muy especialmente, a Miguel Álvarez Viturbe y a su madre.

El carácter vario, extraño, casi excéntrico de la hermosa viuda, daba lugar, por otra parte, a toda clase de conjeturas.

Ocasiones hubo en que Rodolfo la creyó rigurosamente severa; pero las hubo, también, en que la juzgó tan sólo caprichosa y engreída. En más de una circunstancia la halló alegre; en otras soñadora, preocupada, inquieta, casi triste. Y así, de este modo, le pareció que iba ella exhibiendo, a su turno respectivo, tan pronto los desdenes de la orgullosa, como los estudiados recursos de la mundana; las virtudes de la madre de familia, como las veleidades, artificios y resabios de la coqueta.

- ¡O la viuda de Levaresa está loca -decía alarmado el público- o el caso de Montiano es caso inexplicable!


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