Contra la marea: 11

Capítulo XI
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Contra la marea Alberto del Solar


Muchas personas se encontraban ya allí cuando entraron los dos jóvenes.

La inmensa sala presentaba un aspecto animadísimo. Belleza, juventud, talento, elevada posición social; cuanto el país tenía de prominente o de respetable: reputaciones pasadas, presentes o futuras; hermosas esperanzas; brillantes realidades (sin que faltara, no obstante, como en todo lo humano, una que otra mistificación, o tal cual superchería); he ahí lo que en esos instantes exhibía, reunido y confundido bajo un mismo techo el suntuoso comedor del Sea-Side.

De pronto, un rumor sordo, creciente, se difundió por toda la sala, y trescientos pares de ojos volviéronse a un tiempo hacia la puerta principal. Lucía y su madre entraban.

Hay ciertos fenómenos del alma que no pueden explicarse ni definirse. Lo que sintió Rodolfo en esos momentos determinó en la suya uno de ellos.

En veinte ocasiones distintas había visto a Lucía presentarse así, de súbito, radiante de hermosura y de gracia, atrayente, deslumbradora, sin que jamás el contemplarla produjera en su espíritu impresión tan intensa. El sitio, la sociedad allí reunida, la curiosidad del público, el murmullo general de admiración que la hermosa mujer, levantaba a su paso, las mil miradas, buenas y malas lanzadas sobre ella a la vez; todo contribuía a convertirla repentinamente ante sus ojos en una especie de ser superior, dotado de cualidades en tal manera resaltantes, que la hacían sobreponerse en absoluto sobre los demás.

Y, en verdad, ¿era acaso aquella arrogante y espléndida reina de la moda, la misma Lucía que había tratado él durante todo el curso de un año en la penumbra suavísima de su hogar? ¿Era aquel traje, exquisito y soberbio a pesar de su aparente sencillez, algo que pudiera compararse con el austero vestido de luto de otro tiempo?

Y ese ambiente impregnado de incienso, de admiración casi bulliciosa ¿era el mismo que se respiraba en la tranquila opulenta morada de Levaresa, hasta donde no llegaban más visitantes que aquellos que tenían derecho de prescindir de las exigencias de cierta etiqueta tiránica y para él absurda e insoportable?

Veinte galanes, a cual de ellos más obsequioso y gentil, debían rodear a Lucía pocos momentos después, al terminar el almuerzo.

Cuando Rodolfo se acercó tímidamente a presentar, a su vez, el homenaje de su respetuosa admiración, ya los más resueltos, los más envidiados, esos cuyos nombres se hallaban en boca de todos, monopolizaban tal derecho.

Lucía brillaba como astro de primera magnitud en aquel círculo, hasta el cual casi no se atrevió a llegar Rodolfo. Por primera vez se sentía como humillado, casi empequeñecido. Le imponían esos jóvenes con su elegante; soltura, con su arrogancia innata, con su charla ligera, superficial, pero humorística.

Miguel Álvarez Viturbe, como es natural, se distinguía entre ellos.

La situación de Rodolfo, si se toma en cuenta el estado particular de su ánimo, no podía ser, pues, más extraña, más mortificante.

Espesa capa de melancolía cayó de repente sobre aquel espíritu exquisitamente sensible. Sin darse cuenta exacta del porqué, entregose desde ese mismo instante a los abandonos de una preocupación silenciosa y sentimental, tan impropia de las circunstancias como del medio en que se encontraba. Suspiró en silencio, agitose, en mil deseos indefinidos; sintió ansiedades inexplicables; aflicciones angustiosas que la razón fría y la voluntad más acerada no alcanzaron a reprimir. Cayó en meditaciones que lo llevaron a abatimientos irresistibles; forjó conjeturas... y... ¿será tiempo ya de decirlo?... llegó hasta derramar lágrimas, allá en el silencio y la soledad de su pequeña habitación de huésped, calificado de hombre solo en el registro oficial del Sea-Side, donde, quieras que no quieras, había concluido por arrastrarlo su amigo Jorge. Fue esta su primera falta, el primer desmayo en la lucha que su voluntad había sabido hasta entonces sostener contra las pasiones rebeldes.

¿Qué era aquello? No logró él definirlo. Pero se dio cuenta de que sufría, de que su existencia se amargaba y de que sus horas de descanso en ver de ser tranquilas eran agitadas y hasta desprovistas de sueño...

Solo, meditabundo, al caer de la noche, mientras, adentro, en los lujosos salones del Sea-Side circulaban alegremente las parejas o se preparaban a bailar, paseábase por las galerías que daban a la terraza, y desde allí contemplaba la inmensa superficie del mar iluminada por la claridad de la luna menguante. La brisa salina refrescaba su frente y el aspecto del Océano, vuelto a la tranquilidad serena de las calmas, mitigaba las internas agitaciones de su espíritu.

Miraba rodar las olas; las veía revolverse en su eterno y rumoroso vaivén escuchaba, deteniéndose a trechos, la amplia y grandiosa melodía del Océano, en la cual entraban confundidos el choque lejano y monstruoso de la líquida masa contra la roca que desafía su poder, la sonoridad de la onda, y el sordo estertor de la marejada que se quiebra contra el banco en estrías espumosas -y ese ruido lo marcaba dulcemente...


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