Chamijo: 08

Chamijo
Capítulo VIII
 de Roberto Payró



Dio a la ciudad futura el nombre de La Sal, consagrose gobernador y, para contentar a todos, nombró alcaldes, regidores, escribanos, alguaciles con tal profusión que casi no quedaba entre los cuarenta uno solo sin su correspondiente cargo o dignidad. Todos eran jefes, y no hubiera quedado a quien mandar sino a los indios auxiliares que llevaban, y a quienes poco importó la nueva aparatosa organización social y política, pues continuaban tan esclavos como antes, sin haber cambiado de título siquiera.

Con sus propias manos y bajo la vara de los españoles, construyeron algunas chozas de terrón, cubiertas groseramente de paja, a los cuatro costados de un gran espacio vacío que se llamó pomposamente plaza, y la ciudad de La Sal quedó fundada por don Pedro Bohórquez Girón, y sus soldados convertidos de la noche a la mañana en magistrados, funcionarios y ciudadanos libres. Pero no había contado el fundador con la huéspeda; mejor dicho, con las huéspedas. En primer lugar, el señor alcalde empezó a decirse que bien podría ser gobernador; cada uno de los regidores pensó que, con justo título, debía ser alcalde; los escribanos, que eran dos, envidiaron a los regidores, y desaprobaron con cierta razón sus nombramientos, como que si a ellos se les hacía escribanos era precisamente porque sabían más que los otros, «incapaces de poner una carta». No se hable de los alguaciles, que sólo podían ser envidiados por los simples vecinos, ni de estos últimos, de quienes los naturales eran ya los únicos subalternos...

Estas pasiones dieron en un principio cierta animación, simulacro de vida pública, a la ciudad de La Sal, pero a poco, autoridades y vecindario se percataron de que, en realidad, todos eran iguales, de que el único jefe seguía siendo el capitán, con su nuevo título de gobernador, y de que, si durante el penoso viaje padecieron las penas del Purgatorio, en aquel descanso urbano se hallaban en el intolerable limbo del aburrimiento. Comenzaron a burlarse unos de otros, y de sí mismos, tomando para la befa sus dignidades de mentirijillas; y de las burlas se pasó al descontento, a la irritación, casi al motín. ¿Habían salido, acaso, para fundar una miserable aldea, en regiones desiertas, incomunicada con el resto del mundo? ¿No iban a la conquista de una ciudad henchida de tesoros? ¿Habrían de quedarse allí, mano sobre mano, mientras sus compañeros de armas se enriquecían en cualquiera de los otros rincones del Perú? ¡Ni siquiera tenían para hacer menos triste su destierro las hermosas indias de que hablaba Bohórquez, pues no había vuelto a aparecer una sola por aquellos parajes!... Algunos amenazaban con desertar, y ya lo hubiesen hecho si los grupos pequeños y los hombres aislados no corrieran tanto peligro en los desfiladeros de la montaña, frecuentados por los indios bravos... y por último, todos a una se presentaron al señor gobernador exigiendo que los librara de aquel marasmo, que los llevara al gran Paitití, aunque les fuera en ello la vida.

-Al gran Paitití es imposible por el momento -contestoles Chamijo, fingiendo una entereza que ya había huido de su ánimo-. Pero precisamente ya había yo resuelto conduciros, detrás del cerro de que se saca la sal, a otro muy cercano, y en el que abunda el oro a flor de tierra. En pocos días los indios recogerán raudales que satisfarán a los más descontentadizos... y en seguida, con mayor confianza, iremos derechamente al Gran Paitití, a cuya conquista no quiero ni puedo renunciar... Esto es como detenerse en mitad del camino a recoger una espiga, cuando al final está la troja henchida de trigo. Pero lo queréis... ¡Así sea!...

Salieron alborozados de la ciudad de La Sal, encaminándose al cerro como gente sedienta a quien el espejismo ofrece un oasis. Se despearon de nuevo en malezas y peñascales. No se dio con el oro ni con nada parecido. El furor estalló y todos exigieron que se volviera atrás. Chamijo les pidió que no se desesperaran, asegurándoles el éxito, pero le acometieron espada en mano, y le hubieran muerto a no ceder.

Cuando pasaban de vuelta junto al embrión informe de la ciudad de La Sal, fue tanta su renovada cólera que pusieron fuego a los techos de paja y a los toscos muebles improvisados que las chozas contenían... Y La Sal pasó a la historia como una simple errata de imprenta.

El regreso de don Pedro Bohórquez fue aun más triste y de peores consecuencias que el anterior. En vez de ir a Lima, donde temía la cólera del virrey, se fue al Potosí, donde esperaba pasar inadvertido hasta que amainara la tormenta. Pero el marqués de Mancera no tenía nada de tierno, y en cuanto supo la historia mandó que se buscara por todas partes al embaucador y que se le trajera vivo o muerto.


Capítulo VIII