Chamijo: 05

Chamijo
Capítulo V
 de Roberto Payró



Nada costó a Chamijo, aunque escaso de dinero, hacer hasta cierto punto la conquista de Buenos Aires, iniciando algunas útiles relaciones, sobre todo entre la gente de rompe y rasga, frecuentadora del matadero, la plaza de las carreras, detrás del convento de Santo Domingo, las barrancas del río y otros sitios bulliciosos y alegres, donde solían reclutarse los hombres atrevidos que iban a tomar contrabando en la colonia del Sacramento, a la otra banda del río.

En algunas de estas expediciones, no tan arriesgadas como podría creerse, porque el comercio entero o poco menos, estaba interesado en ellas y las autoridades tenían que hacer la vista gorda, so pena de malquistarse con vecinos poderosos e iniciar tremenda lucha, tomó parte don Pedro Bohórquez Girón -porque, al trashumar, el bergante no había renunciado a su hidalguía de pega. Pero, como solía decirlo, esta ocupación, aunque de peligro, no era digna de su valor, ni de su linaje, ni de sus facultades, y prefirió la holganza, el juego, los amoríos- tres oficios en que descollaba sin empañar su nombre, porque nadie era más noblemente haragán, ni mejor fullero, ni más buscado y mimado por las mozas de fortuna, merced a su señorío y gracia de buen mozo.

Sus travesuras de tahúr provocaron entretanto más de un zipizape que dio el alerta a la justicia, y una desdichada aventura amorosa que le complicó en cierta ratería muy sonada, cometida por su coima eventual -una tal Rafaela-, dio en la cárcel de la «muy noble y muy real» villa de Buenos Aires con nuestro ya famoso don Pedro Bohórquez Girón.

En la lóbrega mazmorra que, para ser verídicos, era un cuartujo, o si se quiere pocilga, en las dependencias del fuertecillo, tuvo Chamijo tiempo sobrado de reflexionar y decirse que el de Buenos Aires -abundante en vituallas pero pobre en dinero- no era teatro adecuado a sus hazañas, y que más le valdría volverse al Perú, pues no sólo de pan vive el hombre y la gente de este lado miraba más por sus durejos que la de aquel otro, donde la plata acuñada corre a raudales, sin que nadie le haga mayor caso que al chorrillo de la cordillera... Nada podía oponerse a su regreso eventual, pues a su ex amigo el virrey don Jerónimo Fernández de Cabrera, Bobadilla y Mendoza, marqués de Chinchón, había sucedido el virrey don Pedro de Toledo y Leiva, marqués de Mancera, a quien no conocía, pero quien, afortunadamente, tampoco le conocía a él.

Para poner en planta este proyecto, que era sin duda el mejor, sólo le hacían falta dos cosas: la primera y más fácil, salir del calabozo; la segunda y menos hacedera, procurarse medios para el viaje. No se amilanó sino que encaró al propio tiempo ambos problemas y puso inmediatamente manos a la obra, encantusando a su carcelero y a los ministriles que lo interrogaban, con su maravillosa historia del gran Paitití, aumentada y perfeccionada. Tanto dijo que el señor corregidor Lizarasu, informado de sus noticias, le hizo conducir a su presencia y le interrogó a su vez. Era cuanto quería el buen Chamijo. No sólo cantó y cantó grandezas, sino que sacó un papel donde groseramente había trazado la carta de los misteriosos dominios del Inca, vastos territorios con aldeas y ciudades, campos fértiles, bosques poblados de caza mayor y menor, vergeles desbordantes de frutos exquisitos, prados de hierbas olorosas y medicinales flores, especias, cuanto Dios creó. Los innumerables detalles del mapa demostraban a todas luces su exactitud, y Lizarasu creyó en ésta, como creyó en la de cuanto se refería a los pueblos y ciudades llenos de objetos de oro y plata, de joyas, de pedrería...

-Por mi desdicha -concluyó hábilmente el pícaro- caí en desgracia con el virrey marqués de Chinchón y tuve que ponerme fuera de su alcance. Pobre y perseguido, señor, un hombre todavía mozo y sin experiencia, por fuerza cae en muchas tentaciones, pero puedo juraros que nunca falté al honor, aunque las apariencias me condenen. No tuve parte en el hurto cometido por la Rafaela y que me ha llevado injustamente a la cárcel, y si jugué, ¡vamos! el juego es pasatiempo, y cuando mucho, pecado venial, de caballeros que no por esto descienden a truhanes. El mal fundado enojo del marqués de Chinchón es el único causante de mis extravíos tan explicables y perdonables en la desastrosa vida que por fuerza llevo.

-¿Pero cuál fue el motivo de ese enojo? -preguntó Lizarasu profundamente interesado.

-Contra mis advertencias y contra mi voluntad -contestó Chamijo-, mandome el virrey a descubrir y conquistar las bien defendidas tierras del Inca con un puñado de hombres, insuficientes para tal empresa. Se lo dije y repetí mil veces, me negué a salir, pero él supo obligarme, y partí con veinticuatro arcabuceros como única tropa. No eran cobardes, pero en el camino supieron que corrían a una muerte cierta, se amotinaron, me robaron el caballo y cuanto llevaba conmigo, y volvieron a Lima contando mil patrañas que hicieron montar al virrey en terrible cólera contra mí. Quise defenderme con la verdad, sin cargar mucho a aquellos desdichados que, al fin, tenían razón de no exponer la pelleja en un lance inútil y forzosamente mortal; pero al acercarme a Lima supe que se me buscaba para prenderme y quizás ajusticiarme por traidor... Otro gallo me hubiera cantado, y al virrey también, si en lugar de veinticuatro arcabuceros me hubiese dado doscientos... ¡Hoy seríamos dueños del Paitití!

El corregidor no tenía nada de cándido, pero en aquellos tiempos era tan general y tan firme la creencia en ciudades y aun en reinos maravillosos que existían en comarcas desconocidas de América, que no puso un momento en duda las patrañas de Chamijo, antes bien, compadeció a éste, condenando la actitud del virrey al no darle, por empecinamiento y ceguera, los soldados necesarios para el feliz remate de su expedición. Pero, alegrose, por otra parte, pensando que el fracaso de la tentativa patrocinada por el de Chinchón le permitiría tomar a él fructuosa parte en otra más feliz. No lo confesó al aventurero, pero éste comprendiolo inmediatamente al ver que la actitud de Lizarasu se convertía de áspera en benévola y hasta afectuosa.

-Comprendo esos pecadillos de la juventud -dijo el corregidor-. Yo también he sido mozo, y aunque nunca llegué tan lejos, más de una vez fallé por debilidad y aturdimiento. No culpo al virrey; pero quizás haya sido demasiado prudente, y la excesiva prudencia suele ser tan peligrosa como la audacia excesiva... ¡En fin! veremos de arreglar todo esto.

Por lo pronto Chamijo no volvió a su mazmorra, pues el corregidor mandó que le llevaran a su propia casa y le instalaran en un aposento, pequeño pero aseado y decoroso, que sería su cárcel mientras él no dispusiera otra cosa. Deseaba tenerle bien a la mano para interrogarlo a fondo, en interés de la justicia... y de su propia ambición. Y le visitó con tanta frecuencia en su cuartujo que fue como si vivieran en común. Chamijo desvaneció todos sus recelos, y le mareó con sus embriagadoras descripciones. Lizarasu, conquistado, acabó por dejarlo en plena libertad, darle algún dinero para sus gastos menudos y ponerse a escribir con él dos largos memoriales, dirigido el uno a S. M. el rey Felipe IV y el otro al Consejo de Indias, instalado en Cádiz, ambos sobre la positiva existencia del Gran Paitití y la posibilidad de agregarlo a la corona de España, siempre que el soberano y su gobierno suministraran los primeros recursos en hombres y dinero para acometer la empresa que iría a golpe seguro, capitaneada por quien conocía como a sus manos la maravillosa ciudad de los Incas, como que la había visitado y estudiado muchas veces y con todo detenimiento. Éste, don Pedro Bohórquez Girón, se comprometía a realizar la estupenda conquista casi sin perder un hombre, con tal de que le dieran tropa suficiente para imponer respeto y amedrentar a los indios, que eran muchos y valerosos pero que no osarían oponerse a doscientos españoles aguerridos...


Capítulo V