Chamijo: 03

Chamijo
Capítulo III
 de Roberto Payró



-¿Y qué piensas hacer si el virrey te envía en busca de la ciudad? -preguntaba Carmen aquella noche-. No me parece que puedas hacerla brotar de entre la Cordillera, y, por consiguiente, no te arriendo la ganancia...

-No te aflijas por eso -contestaba Chamijo-. Tenemos tiempo de sobra por delante, y héteme convertido en gran señor... Ensayaré uno de los derroteros... Después vendrá lo que Dios sea servido, y muy torpe seré si no acierto a salir con bien de la jornada... Vea yo al marqués, créame él, y ya tenemos holgorio para rato.

Violo, en efecto, llevado a palacio por don Leoncio de Mendoza, creyole cuanto decía el virrey don Jerónimo Fernández de Cabrera, y don Pedro Bohórquez Girón, antes Pedro Chamijo a secas, comenzó a nadar en la abundancia. En ella seguía nadando a la hora de ponerse en acción.

Salió de Lima escoltado por veinticuatro arcabuceros para apoderarse por sorpresa del Gran Paitití. Vestido como un señor montaba magnífico potro, adquirido a mucha costa, y era blanco de las miradas envidiosas o admirativas de cuantos le veían pasar -admirativas de la plebe, envidiosas de algunos hidalgüelos a quienes no había querido hacer partícipes de su fortuna, y que olfateaban pero no sabían a ciencia cierta la empresa que iba a acometer. Algo de esta envidia despertaba el de Mendoza, que acompañó buen trecho al flamante capitán y le abrazó muy conmovido al separarse.

Carmen también se despidió del mozo a la puerta de la Ciudad de los Reyes, del lado de la montaña. Llevaba sus mejores galas, resplandeciente como una imagen, duros de anillos los dedos, alargadas por el peso de los pendientes las sonrosadas orejas, envuelto varias veces el redondo cuello por un sartal de perlas, airosa y hermosísima con su basquiña de amplio vuelo ceñida a la cintura, su mantilla de encaje, su media blanca, su menudo zapatito: daba ganas de ponerla en un altar... Quedábase pesarosa, acongojada por los presentimientos, y -según lo dijo en quichua, para que no la entendieran los soldados- abandonaría gustosa fiestas y triunfos por no separarse del mancebo... Pero era preciso que alguien guardase a éste las espaldas. Con próspera o adversa fortuna, ya se reunirían a la vuelta y para siempre.

Al lucido pelotón de arcabuceros seguía un centenar de indios cargados con la impedimenta, y la columna tomó a buen paso el camino de la montaña, internándose luego en ella. Pero los bríos de las primeras etapas no duraron mucho, pues si los indios sobrellevaban sin quejarse y masticando hojas de coca las molestias de la marcha por terrenos abruptos y difíciles, y Chamijo iba tan campante en su fogosa cabalgadura, los españoles sudaban el quilo y se destrozaban los pies entre reniegos y maldiciones, y llegaron harto mohínos a la aldea de Tarama (Tarma), que está a tres mil metros de altura en el valle de Chanchamayo y a orillas del río que lleva el mismo nombre. Aunque sólo hubieran andado setenta u ochenta leguas, creyeron que aquel sería el término de su viaje; pero aun cuando la región abundara al parecer en minerales de plata y también tuviera azogue, los indios del valle sólo poseían mezquinos adornos de metal, y bosques y otras riquezas no interesaban a los expedicionarios.

-No es esto lo que buscamos -dijo Bohórquez a los que demostraban su descontento con impertinentes preguntas-. Vamos a una gran ciudad colmada de riquezas, pero aún está lejos... quizás muy lejos. La recompensa, en cambio, será mucho mayor que todas nuestras fatigas.

Bueno es decir aquí que él mismo no creía su patraña desprovista de toda verdad; muy al contrario... Tanto había oído hablar en sus continuas correrías de las riquezas ocultadas por los Incas, de una ciudad portentosa erigida tierra adentro, en mitad del continente, quizás en pleno Brasil, que no ponía en duda su existencia; de lo que dudaba era de acertar con su derrotero, adoptado al azar entre los ciento, los mil a que se referían misteriosamente indios y cristianos, del uno al otro extremo del Perú.

Ya con ciertos síntomas de descomposición, reanudó su marcha la columna para llegar, casi abiertamente descorazonada, a orillas de la Chinchaycocha, inmensa y profunda laguna rodeada por pampas sin vegetación, que se halla a algo mayor altura que el lago Titicaca. Allí se acampó, se descansó como se pudo, comiendo de lo que llevaban a prevención los indios de carga, y en seguida, a regañadientes, los arcabuceros tomaron rumbo al norte, siguiendo cada vez de peor gana a su caudillo, cuyas intenciones eran alcanzar el Marañón, embarcarse y seguir aguas abajo, internándose en el Brasil. Pero al llegar a Mayobamba, miserable aldea escalonada en las alturas, a sólo veinte o treinta leguas del río a que Chamijo se encaminaba, el descontento de su gente estalló en forma de motín. Los arcabuceros no querían seguirle, los indios habían ido desgranándose, imposibilitados los unos, desertores el resto, y don Pedro Bohórquez Girón llegó a temer por su vida ante la irritación de los españoles. Suerte fue que, advenedizo de reciente data, no había perdido aún sus hábitos soldadescos, su llaneza de pícaro entre pícaros, y, viendo en él más a un camarada que a un jefe, los soldados no le querían mal, aunque se negaran resueltamente a obedecerle y su afecto no llegara al extremo de dejarle el magnífico caballo. Quedose solo, con cuatro o cinco indios que eran sus servidores inmediatos, pues cada cual se marchó adonde quiso, desafiando las penas inevitables si aquéllos fueran tiempos más disciplinados.

También Chamijo emprendió el regreso a pie, gachas las orejas, mustio y descorazonado. Carmen lo atraía irresistiblemente a la Ciudad de los Reyes, la última en quien debiera pensar después de su fracaso. Y hacia ella se encaminó y en ella entró, por fin, después de fatigas y penurias sin cuento, vestido de harapos, muy otro del que saliera triunfante meses atrás despedido con el fuerte abrazo del hidalgo don Leoncio de Mendoza, primo, o tío, o sobrino del señor virrey, y con las lágrimas y los besos de la linda Carmen, tan guapa y cubierta de joyas que daba gana de ponerla en un altar...


Capítulo III