Cartas de Juan Sintierra/Carta III

Cartas de Juan Sintierra
de José María Blanco White
Carta III

Carta III

El siguiente artículo es parte de otra carta de Juan Sintierra, cuya primera parte no he querido publicar, a causa de que no he podido averiguar si el hecho importantísimo en que se funda, es verdadero.

Anuncia Juan Sintierra que uno de los diputados de América, había sido entregado a la Inquisición por las Cortes mismas; y habla, de consiguiente con toda la indignación que debía excitar semejante atentado. No hallándome con medios de averiguar la verdad de este hecho, me parece que no debo esparcirlo, con desdoro de las Cortes.

Pero si tuviese algo de verdad, el interés de España exigirá que presente las reflexiones de mi corresponsal, que ahora suprimo.

En las Cortes noto los siguientes defectos:

En sus formas

1º) ¿Qué significan dos centinelas dentro de la sala de la representación nacional? Las bayonetas debieran desterrarse no sólo de aquel recinto, sino de todo el contorno. Los fusiles están en pugna perpetua con la libertad de los debates.

2º) ¿Por qué no se ha puesto remedio al abuso de hablar repetidas veces un mismo diputado sobre un mismo asunto? Así se pierde el tiempo, y las Cortes más parecen una tertulia que un congreso.

3º) ¿Por qué no han dado oídos las Cortes a los clamores justos que se han levantado contra las sesiones secretas? La frecuencia de estas sesiones manifiesta una timidez indigna de los representantes de la nación española, y destruye la confianza de la nación en ellas. Las Cortes debieran declararse el derecho de deliberar a puerta cerrada (porque puede ser alguna vez necesario para la libertad de debate), pero no usarlo sino en casos rarísimos.

Defectos de constitución en las Cortes

1.º) Falta de un justo número de diputados que representen legítimamente las Américas.

2.º) Falta de diputados que representen la Grandeza de España.

3.º) La prohibición de que los diputados en Cortes ejerzan empleos de importancia en el Estado.

4.º) El haber dejado las contribuciones al arbitrio de otras autoridades.

Del primer y tercer defecto ha hablado Vd. bastante en sus anteriores números, y yo no tengo por ahora que añadir cosa que me parezca notable. Sobre la falta de representación de la Grandeza, juzgo que Vd. difícilmente convendrá conmigo, por los principios esparcidos que he observado en El Español. Pero convengamos, amigo, en que los principios abstractos de igualdad y todos los demás temas favoritos en que tanto se complace la imaginación de los hombres que tienen un corazón bien puesto, no deben ser regla de conducta en cosas prácticas que penden absolutamente de las circunstancias. No se trata, ni se puede tratar de formar un pueblo nuevo a quien darle leyes. Según esto, cuando se reúne un cuerpo que represente la voluntad y la fuerza de una nación, es indispensable representar las grandes masas que la componen: aquellas asociaciones de gente a quienes la costumbre de siglos, la conformidad de intereses y la influencia de la constitución anterior, mala o buena, ha hecho contraer una voluntad que puede llamarse general en ellos. Éste es el modo de que resulte la voluntad general efectiva representada verdaderamente por la voluntad del cuerpo nacional. ¿Tienen los Grandes un poder real, un influjo nacional suyo propio, y pertenecientes exclusivamente a su clase? Es indudable. Pero es un abuso horrible, es una injusticia, es... No disputemos. Es todo lo que Vd. quiera más ¿puede destruirse sin que el interés general padezca en las actuales circunstancias? ¿No ve Vd. que, destruyéndolo, se priva la nación de una fuerza que puede contribuir a salvarla? ¿Sería cuerdo el hombre que en un naufragio, viendo deshacerse su navío sobre la costa, y pudiendo nadar para salvarse, llamase al cirujano para que le cortase un tumor de un brazo, no porque le impidiese moverlo, sino porque se lo desfiguraba? ¡Necio! ¿Quieres nadar con un brazo recién destrozado y sangriento? Sálvate ahora, nada con el tumor, y luego cúralo.


Los Grandes tienen influjo, los Grandes se creen injuriados; el clero juzga lo mismo; reclaman la constitución de España como garante de sus derechos. Las Cortes actuales no se atienen ni a constitución ni a principios generales. ¿La constitución de España, no vale para la Grandeza, ni para el clero? -Es que empezamos de nuevo-¿Vale para la Inquisición? -Es preciso respetar las leyes- ¿En qué hemos de quedar, Señores de las Cortes? ¿Qué tira y afloja es éste? Las Cortes debieran haber sido el centro de la nación española, y si no se dan prisa a enmendarse, van a separar en fragmentos lo poco que quedaba reunido. Débiles y sumisas con los que no debieran temer, orgullosas y tenaces con los que debieran reconciliar, se humillan a los comerciantes de Cádiz, desatienden las poderosas provincias de América, y se enajenan las voluntades de dos corporaciones de influjo, la Grandeza y el clero.

Yo aborrezco como el que más la aristocracia, y aunque respeto en mi corazón a un clero como debe ser, si ha de llenar su sublime objeto, soy enemigo declarado de la tiranía religiosa a que suelen aspirar sus individuos; pero entre amar estos vicios a que propenden el clero y la nobleza, y cerrar con ambos cuerpos como quien ataca a moros, hay una inmensa distancia. Los gobiernos españoles revolucionarios, siendo tan aristócratas y preocupados como las circunstancias les han permitido, han manifestado una emulación contra la Grandeza, que más que de un deseo de desarraigar los vicios de su constitución, ha nacido de envidia y de ansia por ponerse en lugar de ella. La Grandeza española estaba infinitamente degradada; es verdad ¿pero por qué no valerse de los individuos de provecho que había en ella? ¿Por qué no se han acordado los gobiernos del Duque del Infantado, hombre cuyos talentos e influjo pudieran servir a la causa, y sólo se hizo memoria de que él cuando la Junta Central le quitó el empleo que con tanto empeño le dio Fernando VII de Borbón?

Por la misma razón que nunca se quiso dar el mando del ejército de Extremadura a Alburquerque, aunque nadie lo merecía tanto. Por una emulación necia que sin libertar a España de sus males antiguos en este punto de Grandeza, la expone a partidos no favorables a su causa.

Pero ¿es posible que gobiernos con tanto orgullo sufran el abatimiento en que están las Cortes con respecto a los puntos más importantes, vg. las rentas? El principio fundamental de la libertad de los pueblos es que nadie, sino sus representantes, pueda imponer contribuciones. ¿Y las Cortes, las Cortes soberanas se ponen en la necesidad de mendigar de la Junta de Cádiz, de dirigirle peticiones poco menos que en papel para pobres de solemnidad? ¿Por qué?, porque ha sido su soberano placer dejar encender la guerra en América, y privarse así de sus socorros, si no para siempre, por lo menos para cuando más los necesitan, que es ahora. ¿No es esto un delirio? ¿No es caminar a tientas? ¿No es arrojarse en el fuego por no sufrir el humo?

El dinero es absolutamente necesario para continuar la guerra. Las Cortes deben ser el dueño absoluto de los caudales públicos. Si es que temen agraviar al vecindario de Cádiz, concédanle en las presentes circunstancias más representantes en Cortes que los que debieran tener según su población, y destruyan esa Junta rival que los desdora y los abate. Publiquen en seguida empréstitos voluntarios; y si no prueban bien, forzados. Si no basta esto hagan requisiciones; y si esto produce descontento, retírense -pues es señal de que se quieren ya entregar a los franceses-.

El hilo del asunto me ha traído ya los:

Defectos de las Cortes en su conducta.


El primero y principal es el que acabo de indicar, y sobre el cual ha hablado Vd. tanto en su papel: la conducta de las Cortes con América. Ya conocerá Vd. que yo soy poco amigo de entrar en filosofías porque no las entiendo muy bien, y aunque alguna vez también el diablo me tienta, y arguyo, no quiero ahora meter la hoz en miel ajena. Yo voy directamente a la práctica. La Regencia anterior, la presente, las Cortes, y todos los que hayan tenido parte en la conducta de España con sus Américas, no deben a mi parecer llamarse injustos, sino delirantes. ¿Qué es lo que se llama política en un gobierno? Según mi corto entender, es el conocimiento que los que gobiernan una nación deben tener del estado en que se halla, y se hallan las que tienen conexión con ella, para acomodar su conducta a las circunstancias, y sacar del estado de las cosas el mayor provecho posible. Pues vea Vd. si hay modo más pintado de hacer esto al revés, que el que han seguido los gobiernos españoles. Voy a darle razón en cuanto han dicho respecto de los americanos y verá Vd. que a pesar de esto resultan locos. ¡Yo soy Fernando VII!, grita cada cual de las Juntas Provinciales, ¡Yo lo soy más!, dice la Central, ¡Y yo como el mejor!, concluye la Regencia. El ejemplo es poderoso, y al fin empieza a parecer un Fernando VII americano, ¡Qué iniquidad! Ese Fernando es espurio, es de contrabando; las fábricas pertenecen exclusivamente a la península. Así será; pero el Fernando VII americano está a mil leguas lo menos, y es difícil darlo por de comiso. ¿No se han venido a buenas los de España, viendo que cada uno no podía vivir por sí? ¿Por qué no admitir a este nuevo Fernando, que es un valiente refuerzo, porque es más rico que todos juntos los que están ya fundidos en uno? ¡Rico! Por eso no queremos que se suba a mayores: venga su dinero, y guardare de pedir otra cosa. Sería una indignidad, un desdoro que las Cortes se sometiesen a unas provincias que sólo han sido colonias hasta ahora.

La obediencia es lo primero. No, señores: los pesos duros son ahora antes que la obediencia. Si los americanos se irritan en negar socorros; si una guerra los disminuye, o los detiene dos o tres años ¿qué prendero les dará a Vds. un doblón por su soberanía?

A la vista está el resultado: ahora tienen las Cortes que estar llorando duelos a la Junta de Cádiz, y los que no han querido condescender con los deseos de quince millones de hombres, que podían y querían sacrificarle cuanto tienen, se ven obligados a adular, a quince o veinte hombres, que se creen soberanos de Cádiz, y que son enemigos natos de las Cortes.

Ésta es la política de España respecto a su interior, ¿qué diremos respecto a sus aliados? La piedra de escándalo ha sido el comercio libre. Si se abre el comercio en las Américas, perecen los comerciantes de Cádiz. Si no se abre perece la España, porque se ponen en revolución las Américas. Si se abre el comercio se enriquecerán los ingleses. También se enriquecerán los americanos, y unos y otros son los que sostienen la causa de España. España no tiene medios de hacer el comercio, y querer que no lo hagan otros es ser verdaderamente el perro del hortelano. En una palabra como la verdadera política consiste en observar de tal modo las circunstancias que con una sola medida o paso se consigan muchos, y buenos efectos, los políticos españoles parece que han estudiado cómo con una determinación sola podrían causar muchos y malos. La Resistencia a las pretensiones de América ha empobrecido el erario de España, ha sujetado las Cortes a la Junta de Cádiz, ha causado y causa devastación en las provincias ultramarinas, y está excitando sospecha en los ingleses aliados. ¿Lo puede dudar nadie? Pues, ¿qué son ciegos, o bobos? ¿Piensan que se han de embaucar con la estatua decretada por las Cortes? La verdadera gratitud es más ingenua. ¿Están agradecidos a la nación inglesa? Pues saltando está a los ojos la prueba de gratitud que deben darle. Seamos hermanos: nuestra industria, y la vuestra sea considerada como una misma. Entrad en nuestra casa, comerciad con nuestras posesiones, y no haya emulación para con hombres a quienes debemos nuestra existencia. Esto aparecería siempre noble, aún cuando fuera en realidad hacer de la necesidad virtud: hubiera evitado las revoluciones, y asegurado al gobierno, y la nación inglesa, que los españoles no son sus aliados sólo porque no pueden dejar de serlo. ¿Por qué no dar con buena gracia lo que tienen que ceder por necesidad y gruñendo? El otro gran defecto de conducta es la absoluta falta de atención a la mejora del ejército español. Esto clama verdaderamente al cielo.


Apenas cabe en cerebro humano la idea de ponerse a disputar y controvertir cómo y con quién se ha de casar Fernando cuando está a la vista de las Cortes un ejército desorganizado, incapaz de hacer nada en favor de la causa, y que, por falta de disciplina, es la burla de los enemigos. Esto es lo que un amigo mío que ha estado largo tiempo en España, nota con bastante agudeza, en el carácter general que han mostrado sus gobiernos. No hay que hablarles, dice, de la cuerda que tienen al cuello; aunque están llenos de recelos del cáñamo que apunta en el campo. ¿Qué han hecho las Cortes, qué han adelantado en este importantísimo, y puede decirse, único punto que clama por su atención? ¿Qué general ha sufrido un examen público de su conducta después de las vergonzosas entregas y sorpresas que se han visto? ¿Se ha extinguido ya en España la antigua y propagada secta de defraudadores de caudales públicos? ¿Se han convertido de repente a mejor vida todos los proveedores, asentistas y los empleados que revisan sus cuentas? Algún milagro de esta clase debe haber sucedido; porque desde que hay Cortes no se ha visto que se dé ni un paso hacia la reforma de este corrompidísimo ramo; cuya corrupción es en gran parte el origen primitivo de la inutilidad de los ejércitos españoles.

He dicho bastante del paso de las Cortes con respecto a la Inquisición, para que haya que repetir nada sobre él en este lugar. Pero hablando de los defectos de conducta, éste se presenta, y renueva constantemente en la memoria. La Europa, esperaba de las Cortes que desarraigasen las preocupaciones funestas que aún degradaban a aquél noble pueblo español ¿cómo podía temer que ellas mismas viniesen a darles la fuerza y vida que por sí iban perdiendo? Si la mayoría de las Cortes no cree que la Inquisición entra en el número de las preocupaciones más funestas, si desean conservarla como se hallaba, o más bien restituirla a su antiguo estado, inútil es tratar de convencerlas. Si la mayoría de votos conviene en semejante delirio, poco hay que esperar de las Cortes, y es de temer que si no renuevan pronto sus individuos, ellas sean entre cuyas manos se deshaga últimamente la España.

Habrá muchos que no siendo tan enemigos como yo de la persecución religiosa crean que este defecto de las Cortes es más independiente de las demás cualidades de aquél cuerpo, que lo que a mí me parece, y que como dije al principio, pueden tener esta manía parcial, conservando un buen juicio para otras cosas. Ojalá que así sea, y yo me engañe. Pero bien pronto hemos de ver la prueba. Si después del desengaño de las derrotas y conducta vergonzosa de sus generales, no adoptan el medio de formar un ejército bajo generales ingleses, si no ponen a disposición de éstos todos los medios que haya para este efecto en las provincias en que deba reclutarse; si no tratan de hacer útil la Galicia, poniendo allí de capitán general a un acreditado general inglés que arme aquella numerosa población, la más a propósito que tiene España para formar un ejército, la más a mano para recibir socorros de Inglaterra, y para intimidar los ejércitos franceses, ahora vayan a adelantarse, ahora estén adelantados en la Península; si no tratan de poner otra Regencia más activa, y despreocupada, que efectúe estos Planes, u otros semejantes; si mientras se entretienen en inútiles debates dejan arder las Américas en guerra por no tomar una determinación noble, generosa, y absolutamente necesaria para el bien de España; si aprueban las bárbaras medidas de la Regencia pasada dejando que sigan su rumbo los generales, y gobernadores que mandó allá, y que mejor estarían en España peleando contra los franceses; si cierran los ojos mientras los españoles europeos y americanos se degüellan unos a otros; si no dan un testimonio decidido de que no perdonan medio para evitar estos horrores, muy satisfechas con haberles declarado el parentesco de hermanos; será inevitable decir que las Cortes deliran en política igualmente que en puntos religiosos y dejarles con sus Inquisidores a que presidan un auto de fe como Carlos II.