Alfredo: 35

Alfredo de Joaquín Francisco Pacheco


ACTO VEditar

El Crimen.


Un salón del castillo: puertas y ventanas.


Es de noche. Una lámpara alumbra la escena.


1.ªEditar

EL GRIEGO, ALFREDO.


EL GRIEGO. (Entrando con cautela).- ¡Alfredo! ¡Alfredo!

ALFREDO.- (Levantándose). ¡Amigo mío!..., ¿tú aquí?... Yo te imajinaba lejos de este palacio.

EL GRIEGO.- ¿Había de haberte dejado de ese modo?..., ¿sin despedirnos?

ALFREDO.- Como mi padre...

EL GRIEGO.- Tu padre..., sí..., tu padre me ha echado de su presencia..., ¡tal relación le habrán hecho de mí su Roberto, su Rujero, su querida Ánjela... -¡Y bien!, no volveré a presentarme a su vista... Tampoco me presentaré más a la tuya, si confirmas por tu parte este destierro...

ALFREDO.- ¡Yo!

EL GRIEGO.- Ellos me acusan de que te he pervertido y te he precipitado..., de que si tú has adorado a Berta, si os habéis entregado a los placeres de ese amor, ha sido sólo por mis consejos... En cuanto a ti, bien sabes la verdad: bien sabes cuán falsas son esas acusaciones; cuán lejos estaba yo de estos lugares, cuando quiso vuestra suerte... Pero, en fin, esto no importe... Si tú participases de su creencia..., si entendieses que culpándome a mí te puedes restaurar en la gracia de tu padre..., si anhelas obtener esta gracia..., ¡en buen hora!..., pronuncia una palabra, y marcho a donde no vuelvas a verme jamás.

ALFREDO.- ¡Oh!, ¡nunca!, ¡nunca, amigo mío!... Nunca me acusarás de esa ingratitud, de esa perfidia... Primero estoy resuelto a sufrir todas las reconvenciones, todas las penas que quieran imponérseme. Yo no te debo a ti sino agradecimiento, eterno agradecimiento... Tú has sido el único que te has interesado por mí..., que trabajas por conseguir mi ventura.

EL GRIEGO.- No esperaba yo otra respuesta de Alfredo... Perdona si he finjido unos temores que estaban muy distantes de mi corazón... Y, pues que tú no me lanzas de tu presencia, pues que no me ordenas abandonar el castillo..., descuida, Alfredo: me quedo contigo..., permaneceré a tu lado hasta ver asegurada nuevamente tu felicidad...

ALFREDO.- ¿Qué pronuncias, amigo mío?... ¡Mi felicidad!... ¡Ilusión que se ha desvanecido como un sueño!..., ¡palabra que no tiene sentido para mí!... ¡Felicidad!..., esta mañana la creía aún posible..., ya me iba aproximando a ella... Ahora..., cuando me ves en este abismo sin fondo, donde me he precipitado..., cuando el sepulcro mismo ha lanzado su presa, para que venga a pedirme cuenta de mis crímenes..., ¿cómo puedes hablarme de felicidad ni de esperanza?

EL GRIEGO.- ¡Siempre débil!, ¡siempre preocupado por una idea!, ¡siempre desconfiando de lo futuro, porque ni siquiera conoces lo presente!

ALFREDO.- Pero, ¿dónde...?, ¿dónde puedo encontrar, no ya la ventura, siquiera al menos el descanso?... ¿Dónde?... ¡Ah!..., ¡lo sé!..., en un lugar..., en un lugar sólo..., no hay más que uno para mí..., la tumba. ¡La tumba!, sí..., y yo bajaré a ella..., yo descansaré en el seno de la nada... Allí, allí se calmarán estos dolores: allí se apagará la maldita estrella, que me ha conducido por el mundo... Mira..., ¿ves este acero?, ¿le ves teñido en sangre?..., es la de Jorje... Ya sabe el camino del corazón..., Jorje descansa ya... Yo iré a descansar a su lado...

EL GRIEGO.- Me da compasión el escucharte... ¡Quieres morir!, ¡quieres abandonar la vida!, ¡renunciar al porvenir que tal vez se te preparaba!... ¡A los cinco lustros de edad, renunciar a la existencia, por un contratiempo que hubieras podido prever!... ¡Pobre, pobre entusiasta! ¡El que esta mañana me decía que no era ya un espíritu débil! -Vamos, Alfredo: es necesario sacudir esos restos de molicie... Ninguna aflicción es perdurable..., ninguna tormenta dura veinte y cuatro horas... Serénate..., conserva por esta noche la vida..., siempre hay tiempo para morir... ¡Y bien!, ¿en qué se funda ahora tu desgracia?, en que vive tu padre..., mas ¿es por ventura inmortal?

ALFREDO.- ¡Que idea, gran Dios!

EL GRIEGO.- Nada..., nada de estraño... Al momento se ofusca tu razón, y te pierdes tras de sentidos misteriosos. -Yo he dicho únicamente que tu desgracia se funda en la vida de tu padre, y que tu padre no es inmortal. ¿No es esto, por ventura, muy sencillo? ¿No es lo natural que los padres mueran primero que sus hijos?...

ALFREDO.- Calla..., calla..., ¡esas espresiones, ese acento me estremecen!...

EL GRIEGO.- Siento que interpretes con tal equivocación mis ideas..., ¡pero bien!, me guardaré de repetírtelas... Únicamente insisto en que no abandones la esperanza. A cada instante puede haber una novedad en la vida... -Aguarda... Tu padre se acerca con Roberto... Sígueme, sígueme..., tenemos aún que hablar, primero que te presentes a él.