Alfredo: 31

Alfredo de Joaquín Francisco Pacheco


4.ªEditar

RUJERO, ÁNJELA, RICARDO.


RICARDO.- Perdonadme, bellos jóvenes, si os interrumpo... ¡La bendición del cielo sea con vosotros, y en vuestra habitación!

RUJERO. (Presentándole la mano).- No os detengáis, buen hombre; llegad... Si sois, como parece, un viajero estraviado; si sois algún infeliz, a quien nosotros o nuestro padre podamos ser útiles..., llegad, llegad sin timidez: ...nuestra puerta no estará nunca cerrada para el menesteroso.

RICARDO.- Os agradezco en el alma esa bondad que me manifestáis; y aceptaré gustos algunos servicios, que no quedarán sin recompensa... Aunque me veis en una traje humilde...

RUJERO.- ¡Por Dios, estranjero!...

RICARDO.- Decís bien..., los servicios que se prestan desinteresadamente, no pueden pagarlos los hombres..., su recompensa está en otra parte. -Me permitiréis que descanse un poco...

ÁNJELA.- Pero aquí no... Venid..., mejor estaréis adentro.

RICARDO.- ¡Gracias!, ¡mil gracias, amable joven!..., no es necesario..., bajo de estos frondosos árboles... (Se sienta).

RUJERO.- ¡Como gustéis...!

RICARDO.- Sí, aquí..., es un hermoso sitio..., una vista sumamente deliciosa... Es una digna habitación de dos jóvenes tan felices como vosotros me parecéis.

RUJERO.- Estranjero: nosotros somos unos pobres aldeanos, que no os podemos ofrecer regalos ni abundancia; pero si necesitáis reparar vuestras fuerzas, no os faltará en esta humilde habitación con que satisfacer las verdaderas necesidades de la vida.

RICARDO.- Ya os he dicho que aceptaré vuestros servicios con la misma franqueza con que me los ofrecéis... Mis desgracias me han enseñado a aceptar sin altivez los beneficios de mis prójimos.

ÁNJELA.- ¡Vuestras desgracias! ¡Sois, pues, desgraciado!...

RICARDO.- ¡Mucho!..., muy infeliz... Mi vida entera ha sido una serie casi constante de desdichas; y si alguna vez ha lucido la felicidad sobre su horizonte, luego, ¡luego se ha desvanecido como una exhalación!

RUJERO.- Os compadecemos, estranjero: ...también nosotros sabemos lo que es sufrir, y hemos conocido las horas de la amargura... Sin embargo, la amargura ha pasado, y se ha desvanecido el sufrimiento, porque nuestros corazones estaban puros e inocentes.

RICARDO.- ¡Ah!, vosotros no habréis arrastrado una penosa existencia lejos de vuestra patria..., vosotros no os habréis visto arrancar todas las personas que obtenían vuestro cariño..., vosotros no habréis considerado la muerte volando en derredor pro espacio de muchos días, y no separarse de vuestro lado, y no restañarse la sangre que corría anchurosamente del pecho, sino para ser sepultado en las mazmorras de Damieta, y esperimentar el más horrible cautiverio. Yo no sé si cuando se padece tanto, será bastante consuelo el decir en el interior «¡soy inocente!» En cuanto a mí..., no puedo decirlo.

RUJERO.- Sin embargo, estranjero: ya parece que brillarán para vos días más tranquilos. Estáis en una tierra cristiana, en una tierra hospitalaria...

RICARDO.- Sí, amigo mío. Aguardo que lo sea para mí; y que se dulcifiquen mis desventuras. Rotas ya mis cadenas, y atravesado felizmente el mar, parece que el cielo principia a serme favorable.

ÁNJELA.- Y ¿es todavía muy lejos vuestros destino?

RICARDO.- Me dirijo acia la costa setentrional de la isla, viniendo de la opuesta donde he desembarcado. Confiado en mi memoria para reconocer estos sitios, que había recorrido en otro tiempo, me decidí a atravesar solo la montaña; pero algunos años han trastornado la faz de esta tierra, y os debo confesar que me he perdido... Cerca de estos lugares me pareció oír clamor de cacería, y me dirijí acia donde salía el ruido, para preguntar a los monteros por la senda que me convendría tomar... Pero ellos se alejaban; y por más esfuerzos que ponía de mi parte, sólo adelantaba confundirme y estraviarme más. Ya principiaba a fatigarme el cansancio, cuando descubrí vuestra habitación... No sabéis cuánto os agradezco la caridad que ejercitáis conmigo.

RUJERO.- ¡Pues bien!, restableceréis vuestras fuerzas; y luego que queráis partir, yo mismo os conduciré a la llanura, y os indicaré vuestro camino, según el punto a donde deseéis marchar... Y bien ¡Ánjela mía...!

ÁNJELA.- Escucha, Rujero... (Hablan en secreto).

RICARDO.- (¡Rujero! ¡Ánjela!... Y su edad... Y sus facciones... ¿Sería posible? Pero ¿cómo habrían dejado el castillo?)...