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PUERTO DESEADO.—EXCURSION AL INTERIOR

Con una hermosa tarde y favorecidos por la fresca brisa del norte, nos alejamos del Chubut.

Al día siguiente, en la línea de la costa, paralela a nuestro rumbo, y más pintoresca que los inmensos murallones de la Península de Valdez, se diseñaron los innumerables picos eruptivos de Punta Atlas, Punta Tombo y del Puerto Santa Elena. Con los postreros rayos del sol, perdimos de vista la tierra, en este último punto, para tener, por todo horizonte, el inquieto Atlántico.


Diciembre 12.—En la noche del once al doce, la tormenta cruza rápida, estremeciendo el casco del pequeño buque, y los fuegos del mar rivalizan de nuevo con los del cielo; diríase que navegamos entre relámpagos, en el océano ardiente, y que la tempestad eléctrica, poco frecuente en estas latitudes, se desencadena en el agua y no en el aire, donde sólo refleja.


Diciembre 13.—Un magnífico tiempo nos reconcilia con el Golfo San Jorge, tan temido. La primera claridad del día alumbra las olas ya acalladas y pocas horas después divisamos la costa que limita por el sur al golfo, y en cuyo extremo se destacan los peñones del Cabo Tres Puntas. Así lo llamaron por tres promontorios de 60 metros de elevación, que afectan la forma cónica, desde alguna distancia y que son las avanzadas del continente.

A algunas millas se desliza serena la "Santa Cruz", con todas sus velas desplegadas, más blancas, por el contraste con el mar oscuro, azul-verdoso, matizado de pequeñas ondas, rizadas por las crecientes que doblan el Cabo.

La alegría reina a bordo; el buen humor se ha apoderado del equipaje y de los pasajeros; el primero ve que, sin sus esfuerzos, el buque corta las aguas, con rumbo casi fijo hacia el próximo puerto; los segundos ansían el momento de llevar sus proyectos a buen fin.

Primero, las olas espumosas y rugientes que se estrellan contra los arrecifes de Byron, y luego, en el fondo, formando horizonte, las mesetas uniformes, limitadas por barrancas a pique, de suaves pero claros colores, acentuados por la fuerte luz de un día caluroso y sin nubes, dan a ese paisaje, envuelto en una tenue bruma, resultado de la evaporación del mar y de las varias lagunas saladas de las inmediaciones, tintes agradables, que nos hacen olvidar la triste desolación real. Exceptuando el bullicio a bordo, algunos albatros y pengüines que pescan y las gaviotas que surcan el espacio, ningún síntoma de vida presentimos en esas playas cercanas.

Bordejeamos en aquel mar tranquilo, aunque sombrío, si se recuerdan las muchas tragedias que oculta su seno, y donde tanto intrépido marino pescador, ha encontrado su tumba. Sentados en la popa, gozamos del espectáculo que Piedrabuena anima a nuestros sentidos, relatándonos las terribles escenas de naufragio que ha presenciado el golfo.

La belleza del día, y el aspecto del mar, su elemento, hacen que nuestro amigo, generalmente parco en palabras, cuando se trata de referirnos su vida en esas regiones, dé, en esos momentos, rienda suelta a sus recuerdos, para asombrarnos, sin pensarlo, con los rasgos de valor que modestamente menciona.

Marino, educado por audaces pescadores, ha hecho su aprendizaje en la extensa costa austral. Patriota como el que más, con voluntad de hierro, sacrificando sus propios intereses, ha conservado durante veinte años, flameando a orillas del Santa Cruz, la bandera que le recuerda lo que más quiere.

Su carrera le llevó a establecerse en la Tierra de los Estados, envuelta en las nieblas polares, y en cuyas costas ya había auxiliado cientos de desgraciados náufragos.

Allí, único jefe, con un puñado de heroicos hombres de mar de todas las nacionalidades, ingleses, americanos, argentinos, entre éstos, tehuelches y fueguinos, ha continuado su humanitaria tarea, aumentado siempre, y sin interrupción, su corona de gloria.

El aislado peñón, batido sin cesar por las tempestades, ha sido convertido por él en noble morada de la caridad.

En la región del sur donde como en ninguna parte, el hombre experimenta más vivamente la convicción de su impotencia, en un mundo inerte, lúgubre, y silencioso, donde todo amenaza el anonadamiento de sus facultades; allí donde si tuviera la desgracia de quedar abandonado a sí mismo, ningún recurso, ningún rayo de esperanza podría suavizar sus últimos momentos, es donde el marino argentino, con su pequeña chalupa, busca, con estoica serenidad, sin temer a la muerte, a quien necesita su ayuda. En él hay un magnetismo desconocido que le conduce a donde la desgracia impera.

Más de una vez la lancha argentina ha salvado las vidas confiadas a fragatas extranjeras, en cuyos pescantes hubiera podido ser ella suspendida. ¡Cuántas veces no han cabido en ella salvados y salvadores, habiendo quedado estos últimos abandonados en las rocas!

Oír a Piedrabuena el episodio del salvamento de la tripulación del buque «Dr. Hansen» es escuchar un cuento fantástico. La encuentra asilada en una peña de la Tierra del Fuego y la conduce a Punta Arenas en su lanchón, dejando parte de sus propios tripulantes en el lugar del naufragio, lo que le obliga a tomar otros para ir a buscarles.

Piedrabuena no sabe el número de buques y tripulantes que ha auxiliado o salvado y opino que la mejor escuela que pueden tener nuestros marinos, es un crucero de un año, en el Cabo de Hornos, con el Capitán de la «Santa Cruz».

Uno de los primeros servicios que prestó éste, fué ayudar al descubrimiento de los restos mortales del malogrado Capitán Allen Gardner, el mártir de la Tierra del Fuego, muerto de necesidad con sus acompañantes, en la playa frondosa y sombría de la isla de Navarino, cerca del Cabo de Hornos.

Escuchamos las últimas palabras consignadas en el diario del marino misionero,—que demuestra la sublime energía del mártir inglés, realzada por la palabra del marino argentino, relación que se había encontrado donde lo llevó su generoso afán de esparcir la luz de la civilización en el cerebro del salvaje fueguino y en la que, en sus últimos momentos, pedía, desde esa helada región, como años después lo hizo Livingstone, desde el corazón del Africa, no fuera abandonada su humanitaria empresa,—cuando el vigía, de lo alto del mastelero, anuncia una vela cerca de la playa, entre las rugosas toscas del Cabo Blanco, en la pequeña ensenada situada en el lado norte del istmo que une el promontorio con la meseta.

La distancia no permite distinguirla con claridad, pero el marinero novicio cree tener la certeza de lo que dice.

Vamos, pues, a tener la dicha de auxiliar a algunos colegas desgraciados y esto, en condiciones mucho más favorables que las que acabamos de escuchar.

La vela blanca en su principio parece pertenecer a un bote inmediato a la orilla; más próximos, semeja una gran lona cuadrada o enorme bandera levantada en la costa, como en demanda de socorro, y momentos después podemos convencernos que lo que nos ha sugerido la idea de ser testigos de algún terrible drama, es una solitaria roca, cubo calcáreo, desprendido del elevado murallón, alto de cuarenta metros y rodado hasta el mar, que lame su blanquecina base.

Reconocido el error, doblamos el Cabo; pensando, cada uno, aunque sin comunicárnoslo, que si para nosotros, ha habido engaño, cuántas escenas de desconsuelo habrá presenciado esa abandonada costa, cuando en vez de la roca blanca, es una tienda o bandera de desgraciados que solicitan auxilios y el buque salvador, que parece acercarse, una vana ilusión, una nube fugaz que el viento disipa, junto con la esperanza que ha engendrado.

Diciembre 14.—La proa de la goleta surca majestuosa las aguas inmediatas a Puerto Deseado, que es, indudablemente, el paraje más pintoresco de la tan igual costa oriental patagónica. Nuestra vista, ya cansada del aspecto monótono de las barrancas terciarias, se distrae con la de los cerros porfíricos de distintas formas a las afectadas por la meseta y con los grandes peñascos calizos blancos que avanzan entre los colores rojizos de las rocas plutónicas aisladas en el mar donde baten las olas, y donde algunos lobos marinos juguetean o duermen calentados por el bello sol de diciembre. Inmensas bandadas de aves revolotean gozosas y gritonas, arrojándose sobre los cardúmenes de pequeños pescados que abundan en esa región.

Impelidos por la marea, damos la vuelta al Promontorio del Norte y penetramos por las rompientes en el largo puerto, rozando la roca, entonces visible, donde el casco del Beagle chocó en su célebre viaje de exploración.

Fondeamos momentos después frente al antiguo establecimiento español, en el norte, y frente también a la conocida Roca de la Torre, situada en el costado del sur, en la bahía.

Puerto Deseado es célebre en los anales de la navegación de las tierras australes. Lo descubrió, el día 17 de diciembre de 1586, el marino inglés Thomas Candish, quien lo bautizó, y perdió allí varios de sus hombres que, mientras lavaban sus ropas, el día de Navidad, fueron heridos por las flechas de los salvajes dueños del suelo.

Su compatriota Juan Chidley fondeó allí en 1589, y el 18 de marzo de 1592, Candish, de regreso, volvió a resguardarse allí, después de haber sido rudamente batido por la tempestad sobre la costa de los Patagones.

El almirante holandés Olivero de Noort, entró el 20 de setiembre de 1599, cuando era habitado por una tribu de indios, que atacó, matándole tres hombres. Quizás Drake, siguió a Noort, en su visita a Puerto Deseado, y el 6 de diciembre de 1615, fondeaba en él Jacques de Lemaire para carenar el bajel que poco tiempo después, surcara por vez primera el estrecho que lleva su nombre.

El 26 de febrero de 1670, llegaba el célebre navegante Juan Narborough;—hizo allí una colecta de cien mil huevos de pengüin, y tomó posesión de esa región en nombre del rey Carlos II de Inglaterra, el 25 del mes siguiente.

Desde ese tiempo, la pintoresca bahía ha albergado casi todas las expediciones que han recorrido la costa patagónica y ha sido frecuentada por gran número de buques pescadores, que han hecho abundante cosecha en sus aguas.

Fué uno de los puntos de la costa que, en el siglo pasado, determinó ocupar el gobierno español.

Frente a nuestro fondeadero, en la ladera de los cerros, vénse aun los restos del fuerte que levantó Francisco de Viedma, en 1780, para abandonarlo poco después.

Destruyóse con la misma rapidez con que había sido levantado, pues nueve años más tarde, sólo quedaban ruinas, al decir del teniente de navio Viana, que lo visitó en ese tiempo.

Inmediatamente después de fondeado el buque, bajamos a tierra; las parásitas y los aterciopelados Mytilus, los moluscos más abundantes de esas costas que cubren, sombreándolas, las pulidas rocas de la playa, crujieron bajo nuestros pies, y cruzando sobre ruinas, llegamos a uno de los bastiones del fuerte.

El fuerte está situado en la primera colina, antes, de llegar a la cumbre de la meseta, en una pequeña eminencia que le sirve de asiento y domina la bahía. En el norte, lo resguardan pintorescos cerros porfíricos, color púrpura y negruzco, que le dan, a la tarde, un aspecto triste; al este, la vista se abisma en el océano; al sur, la dilatada costa, el peñón de las islas Pengüin, la Bahía del Oso marino y las onduladas colinas, donde, de vez en cuando, un verde manchón, en la parda aridez, delata un pequeño manantial, que en hilos, desagua en una lagunita que reverbera al sol. En el fondo oeste, la angosta bahía donde se balancea la goleta, se interna, serpenteando, hacia lo desconocido.

Las ruinas hoy existentes demuestran un vivo deseo u orgullo, por parte de quienes levantaron el establecimiento, de perpetuar el recuerdo del poderío de España en esas regiones; todo ha sido bien construído y a haber concluído esos depósitos, las inclemencias de la intemperie y de los años poco detrimento hubieran ocasionado.

Inmediato a las ruinas hay un pequeño pozo con agua potable, el que parece había sido ahondado por manos de hombre.

En el vallecito cercano al pozo, donde se encuentran rastros de antiguas habitaciones españolas, hay un pequeño bañado salitroso, inmediato a la cantera de donde han sacado las tufas eruptivas de bellos colores, para construir los edificios y parece que en tiempos anteriores fuera ese punto ocupado por los indios, a juzgar por la bella punta de flecha, resto de su industria, que he recogido en este punto.

Sobre una de las colinas encontramos un caim igual al del Chubut, pero que había sido destruido. No dudo que fuera el mismo que el jesuíta Cardiel examinó en 1745 y donde encontró «restos de un hombre de mediana estatura», «ya casi todos podridos» y «pedazos de ollas» enterrados con ellos.

Varios de los antiguos visitantes de Puerto Deseado han hablado de restos humanos, y algunos han llegado a asegurar que en ese punto y sus inmediaciones se han encontrado huesos gigantescos. Los oficiales del «Adventure» y del «Beagle», se refieren a ellos varias veces, en distintos puntos cercanos y el mismo Darwin describe un dolmen, que allí se puede ver y que he tenido ocasión de examinar a la ligera.

La noticia del descubrimiento de restos humanos, por los antiguos navegantes, quizás indujo al jesuíta Falkner, quien no creo visitase la comarca situada al sur de 40° latitud, a colocar allí la región sepulcral de los patagones. Es fuera de duda que varias de las antiguas tribus llevaron en sus migraciones los restos de sus deudos, muertos en lejanos parajes, para enterrarlos en el panteón donde reposaban sus abuelos, pues conozco algunos depósitos mortuorios; que en las tolderías se preparaban las osamentas, después de cierto tiempo de inhumado el cadáver, para transportarlas en viaje y que las adornaban por lo general con vistosos colores, costumbres todas que muy de tarde en tarde se practican aún; pero no por eso creo que la costa del océano fuera la región preferida para esas inhumaciones. En todo el territorio se encuentran tales enterratorios.

Las formas de los cráneos del cairn del Chubut, y la presencia de restos de alfarería en el de Puerto Deseado, me hacen suponer que los indios que tuvieron la costumbre de elevar esos monumentos, quizás conmemorativos, y los que bien puede ser que interpretaran otra idea que la de simple resguardo de las fieras y de la intemperie, a restos queridos, no fueran los patagones actuales, y que estos sólo la hubieran heredado y puesto en práctica algunas veces. Me inclino también a pensar que esa costumbre se hiciera efectiva en épocas anteriores a la propagación del caballo y de ciertos animales domésticos, pues a haberlo sido después, es indudable, que los huesos de esos animales se encontrarían al lado de los de los indígenas que los utilizaron en vida y a los cuales, según sus creencias o ritos religiosos, debieran acompañarles a la otra, en la cual creen.

Sólo descubrí un fragmento de flecha, un rascador y un cuchillo de piedra, cerca del monumento citado. Este dolmen es parecido, si no en un todo, a lo menos por su figura general arquitectónica, a los que la nueva ciencia de la investigación del hombre ha descubierto en todos los puntos, donde habitaron nuestros antepasados congéneres.

Después de haber dado un pequeño paseo por la huerta de Viedma, vuelvo a bordo para arreglar las colecciones formadas en aquel día.

Esta huerta se halla situada al oeste de la fortaleza, en un pequeño valle que puede utilizarse para la agricultura, lo mismo que otros inmediatos y desde el pasto fuerte, llamado comúnmente de puna, al cual pronto se acostumbra el ganado, abunda con tal lozanía, que es molesto transitar a pie por entre él. Hállase rodeada por algunas pequeñas paredes de piedra, que levantaron los antiguos colonos para preservarla quizás del daño que pudieran causarle los ganados.

Algunas coles, un pequeño monte de manzanas, membrillos y cerezos, con sus frutos aun verdes, estos últimos, recostado todo sobre un murallón de pórfiro, de fuerte colorido, hermosean ese paisaje sombreado ya por el crepúsculo. A no ser la necesidad de preparar las colecciones, no regresaría a bordo.

Estos restos del antiguo jardín, plantado quizás por la mano de Viedma, noventa años antes, y que gracias a la fertilidad del suelo se ha reproducido sin ayuda del hombre, tiene infinitos atractivos.

Cada vez que el viajero, lejos del hogar, encuentra algo que le sugiera un recuerdo de él, experimenta un bienestar indefinible, y con sentimiento se aleja de donde su espíritu lo trasporta a puntos queridos.

Diciembre 15.—Apenas la aurora destacó las cimas de los cerros y bañó de suave luz las aguas de la bahía, lanzamos al mar el bote que el gobierno me había proporcionado. Va a servir por primera vez al objeto para el cual ha sido destinado, y como un favorable augurio, su elegante quilla seguirá las huellas de la lancha que condujo a Darwin.

Gratas emociones me ha brindado mi buena estrella, al permitirme visitar los parajes y pisar las mismas sendas, donde probablemente el campeón de la teoría de la descendencia bosquejara, en esas excursiones, la base de sus célebres ideas.

Hacemos fuerza de remos con rumbo al oeste, donde la tierra es aún un nublado. Las algas marinas, en inmensas guirnaldas, nos rodean, mientras cruzamos sobre los arrecifes sumergidos, que se destacan de los cerros vecinos, y en los cuales vara el bote, obligándonos a penetrar en el agua salada, hasta medio cuerpo, para aligerarlo de peso y remolcarlo, desligándolo de las plantas, entre cuyos flexibles vástagos encalla.

Mis marineros reciben aquí el bautismo patagónico, que debe darles constancia y fe en la utilidad del viaje.

La brisa nos permite izar el velamen, y por el medio de la bahía, teniendo a la derecha los obscuros cerros eruptivos y a la izquierda una blanca costa, baja y acantilada, pasamos inmediatos a algunas pequeñas islas. En esos momentos las gaviotas rozan el ligero gallardete, los pengüines zambullen y luego se yerguen batiendo gozosos sus aletas para mirarnos asombrados; los patos marinos, unos solitarios, cruzan como flechas, otros, en bandadas, trazan en el aire figuras geométricas; los cormoranes ganan presurosos, con la primera comida de la mañana, las nidadas, donde, como en un damero gigantesco, han nacido sus negruzcos y velludos hijos.

Algunas millas adelante, cruzamos frente a una pequeña península de aspecto alegre, donde una tropilla de guanacos busca su alimento sin preocuparse del enemigo que los mira.

Ya el sol muestra su disco, y sus rayos, interceptados por tenues nubes, alumbran ese paisaje, donde aparecen los dos grandes sistemas geológicos, que caracterizan la Patagonia. Ora inunda de vivida luz los enormes peñascos rojo-plomizos del pórfiro; ora las blancas y rosadas tufas y las fajas terciarias,—que se alternan también, formando un precioso contraste y reflejando en las aguas azuladas de la bahía,—ora en las bellas laderas verdes amarillentas por su vegetación herbácea y en los -obscuros y tupidos matorrales de arbustos.

Cerros rojos perpendiculares elevan en la costa norte sus atrevidas, aunque pequeñas crestas, y en el sur, entre las colinas, se evapora visiblemente el rocío de la noche, en medio del cual distinguimos guanacos curiosos, relinchando estridentemente o bajando hacia las aguas mansas a arrancar el musgo de la costa.

A medida que nos internamos divisamos nuevos horizontes, los cerros se aproximan y la bahía es más estrecha; de su centro se elevan torres monolíticas de aspecto gótico, cuyas murallas asaltan de continuo las aguas, pero inútilmente; entre las grutas de su base duermen aún grandes Otarias, arrulladas por el eco suave del cuchicheo de las ondas. La rápida corriente y la vela bien cortada y llena nos llevan por entre ese paisaje que recuerda un fjord escandinavo.

A medio día llegamos al último punto donde alcanzó la expedición inglesa. En el costado sur, el agua baña la base del murallón de pórfiro; en el norte, un desplayado bajo, cubierto de matorrales, se extiende al pie de un cerro aislado. En el fondo, el canal sigue enangostándose, a causa de un enorme peñón, entre el cual y el cerro del sur corre descendiendo ya con fuerza la marea, arrastrando un agua turbia y de gusto menos salado que el de la mar. Por más esfuerzos que hacemos, es imposible pasar más adentro, y después de tentarlo sin resultado, varando repetidas veces, resuelvo tomar tierra en aquella playa, Allí también desembarcó Darwin.

He aquí lo que él dice de esos parajes:

«El paisaje no presenta sino soledad y desolación: no se distingue allí un solo arbusto y, a excepción, quizás, de algún guanaco que parece montar la guardia, centinela vigilante, sobre la cumbre de alguna colina, apenas se ve un solo animal.

«El punto en que habíamos establecido nuestro vivac estaba rodeado por elevadas barrancas e inmensas rocas de pórfiro. No creo haber visto jamás un sitio que pareciera más aislado del resto del mundo, que esta grieta de rocas, en medio de aquella inmensa llanura».

Pintura exacta, pero sombría. Con cuarenta y tres años de intervalo, en la misma estación y con una semana de diferencia, visito este punto, y, francamente, el espectáculo que aquí se desarrolla, no me causa una impresión tan desfavorable.

Quizá la costumbre ya adquirida y el mayor conocimiento de la región patagónica, me hacen encontrar alegrías donde Darwin sólo halló tristezas. Quizás también el tiempo en que él describiera ese paraje fuera desagradable y distinto del día verdaderamente «glorioso» en que yo tengo la dicha de visitarlo.

Verificado nuestro frugal almuerzo, en el punto donde probablemente plantó Darwin su carpa, y dejando tres hombres al cuidado del bote, con orden de ir alejándose de allí gradualmente con la marea, para no quedar en seco, lejos del canal, me interno acompañado de otros dos, siguiendo la gran quebrada.

Pasamos el cerro que oculta la prolongación del canal y encontramos de nuevo éste, ya muy pequeño y que corre lentamente con gruesas aguas, serpenteando por el centro de una planicie o bañado, despojado de vegetación y cubierto de pequeños fragmentos de yeso en lajas y de cristales salitrosos que brillan y donde sólo algunas liebres saltonas vagan inquietas. En las guadalosas orillas vemos algunos moluscos y cangrejos marinos, que las grandes marcas han acarreado hasta allí. Una pequeña fuente cargada de cloruro de sodio destila, conduciendo sucios cristales al arroyo, y revelando la presencia de alguna capa de sal gema en el interior del terreno.

Seguimos por entre esa quebrada, bordeada de cerros abruptos bastante tristes, unas ocho millas, hasta el punto donde, de la dirección oeste que ha llevado hasta allí, tuerce al N. N. O. y donde, desde el verde cañadón, se distinguen algunas mesetas terciarias. Aquí la comarca mejora, la cañada se ensancha algo y es alimentada por algunos manantiales insignificantes de agua potable.

El desfiladero que seguimos, pues no merece el nombre de valle, parece haber sido, en remotas épocas, lecho de algún gran río, que corrió a gran profundidad del resto del terreno, a juzgar por la cantidad de cantos rodados, bastante voluminosos, de piedras extrañas a la formación vecina, de tamaño mayor que los que se encuentran sobre la meseta inmediata y que por otra parte pertenecen, además, a las rocas andinas. Este río que descendía quizás de las cordilleras, o que era desagüe de algún otro que se desprendiera de ellas, para llevar las nieves derretidas al Atlántico, se ha obstruido cerca de sus fuentes por algún accidente notable.

A juzgar por las señales que hay en las grandes piedras que de vez en cuando perforan el suelo arenoso, inmediato al cauce, y las que veo en un manto de melafira (roca que sólo he encontrado en ese punto), el nivel de las aguas procedentes de las avenidas, si es que existen éstas en notable escala, o de las lluvias, no aumenta mucho, o por lo menos, el cajón no permanece inundado suficiente tiempo para dejarlo marcado.

El terreno que rodea este pequeño curso es suel­to y fangoso, y creo que no nace en la cordillera, como lo supone Darwin, prefiriendo atenerme a la opinión de Fitz-Roy que es la contraria. Puede ser que tenga su principio en la cadena de monta­ñas pequeñas del centro del país, que el ilustre na­turalista no conoció.

En la actualidad ningún vestigio induce a supo­nerle, al impropiamente llamado «Río Deseado», naciente en los Andes; y alimentado por sus deshielos, por el contrario, casi todo el antiguo lecho del río se halla cubierto por una capa aluvial are­nosa casi despojada de tierra vegetal, y cuyo espesor varía de uno a dos metros, sin contar algunos médanos. Sólo en determinados parajes se notan signos de su antigua velocidad, en los lechos de cantos rodados.

El agua, aunque potable, no es completamente dulce; el terreno contiene sulfato de sosa y las grandes mareas alcanzan hasta 40 millas desde la boca de la bahía. En las inmediaciones hay pe­queñas lagunas con cloruro de sodio.

La velocidad de sus aguas en este tiempo es apenas sensible y su ancho varía, en el punto más lejano que alcanzo, de uno a tres metros por 10 a 50 centímetros de profundidad.

Llegado al punto en que la quebrada cambia de dirección, nos sorprende la tarde y con ella enjam­bres de pequeños dípteros, que nos acosan de tal manera, que luego que saciamos en los pozos nues­tra sed, no tenemos más remedio que incendiar los matorrales para ahuyentarlos. El fuego se propaga con tal rapidez que, para no exponernos a ser sofocados, tenemos que emprender la ascensión de un cerro inmediato, cuyas faldas, casi a pique, están cubiertas de espinas. Lo hacemos jadeando, aprovechando los senderos de los guana­cos o trepando como lagartijas, sujetándonos con manos, codos, rodillas y pies y casi sin aliento, al­canzamos un retazo más extenso, situado a 50 me­tros sobre el incendio, que chisporrotea entre las plantas resinosas.

Los unos cargados con el herbario, los otros con bolsas llenas de muestras de rocas, tenemos que descansar unos momentos al reparo de una piedra, que intercepta el rayo del sol y el humo.

Ascender más es difícil, pero uno de los mari­neros, alegre francés que había visitado las escar­padas costas noruegas, pronto encuentra senda para llegar a la cumbre próxima, donde podemos ha­cer funcionar libremente nuestros pulmones, y presenciar la puesta del sol en plena Patagonia, entre los espirales de humo que se elevan de la quebrada incendiada.

Antes de emprender el regreso al bote, nos di­rigimos a una piedra aislada que semeja, desde le­jos, una choza sobre la meseta horizontal. Es el resto de un cerro antiguo, cuyo altivo piso, corroí­do por los hielos, ha quedado reducido a dos mo­nolitos muy próximos uno de otro, de 20 pies de altura y que están rodeados de los residuos del mar terciario, representados allí por la gigantes­ca Ostrea.

Por el estilo de Tower Rock, a la que los ingleses llaman también Roca Britania, doy a esta el nombre de «Roca Porteña».

Los dos fragmentos rojizos parecen restos de un monumento funerario o sagrado, menhir de las edades perdidas, abandonados por el hombre, si­guiendo la progresión de su inventiva, y figuran en el primer plano de una perspectiva verdadera­mente patagónica. Hacia el setentrión, un cerro so­litario se pierde en el azul ahumado, color carac­terístico aquí de la atmósfera de la tarde y a cier­ta distancia, al oeste, se escalonan las mesetas, prestando la hora un aspecto de melancolía a esas regiones desconocidas aún, que tenemos delante, y cuyos misterios no podemos despejar en este viaje.

Con las últimas vislumbres del crepúsculo, des­cendemos la cuesta de una quebrada para buscar el bote; las piedras ruedan con sonidos graves para llegar al fondo oscuro, aumentando así la lo­breguez del camino.

Cuando llegamos al sitio en que hemos dejado la embarcación, no la hallamos; en cambio un gran incendio se ha propagado en ese punto, donde can­sados y con la soñolencia que da la media noche, esperamos encontrar el deseado reposo.

Las rocas entonces negras, se destacan sombrías e imponentes, entre las llamas del voraz elemento y creo presenciar una escena de los tiempos en que el rojo pórfiro se formara.

Después de una hora de penosísimo camino, que­mados y lastimados por las ramas carbonizadas, que con la reverberación deslumbradora no se dis­tinguen de noche, encontramos, en un claro que el fuego ha respetado, y rodeado por las sierpes ardientes de la llama que devora el pasto y los ar­bustos, al negro brasilero, que, como en danza dia­bólica, atiza el incendio. El muy cobarde ha encen­dido los grandes matorrales resinosos, con el pre­texto de marcarnos el punto a que había llevado el bote; pero, en realidad, con la idea de resguar­darse de los leones o pumas, que su espíritu pusi­lánime imagina, escondidos en las cavernas de las rocas, listos a arrojarse sobre él al menor descuido.

A la una de la mañana podemos tendernos so­bre el junco mojado por la marea.

Diciembre 16. — Dos horas después, una brisa del oeste nos despierta, y apenas aclara el día, em­prendemos la vuelta al fondeadero de la «Santa Cruz». Venciendo la corriente contraria, poco des­pués nos ponemos en frente de las islas donde, a nuestra ida, abundaban las aves.

En los pequeños huecos de una elevada muralla de pórfiro, vemos una gran cantidad de cormora­nes que pían sin cesar.

Con la escopeta puedo procurarme dos, uno de los cuales desaparece inmediatamente de caído al agua, devorado por un tiburón, que la claridad de aquélla permite distinguir nadando gallardo, moviendo velozmente sus bien modeladas aletas, al costado del bote; el otro figurará en el Museo Pú­blico de Buenos Aires al cual haré donación.

Un cóndor joven, monarca alado de las regiones australes, se ve posado sobre la cumbre inaccesi­ble; golpeando con ruido estridente su filoso y córneo pico, abre sus garras ensayando los podero­sos músculos, y batiendo las monstruosas alas, lan­za penetrantes gritos de lujuriosa alegría. Se pre­para a la carnicería de los tiernos cormoranes, cuyos gritos temerosos atraen a sus padres, los in­teligentes pescadores de la bahía.

La vista aguda del feroz rey andino goza ya de la tierna presa casi segura, cuando el rayo arti­ficial lo precipita revoloteando, muerto, al abismo, rozando las habitaciones de sus perseguidos, y ca­yendo frente al bote, con gran susto del negro, que teme le aplaste aquella inmensa mole.

Al pasar por una isla, cercana al Atlántico, pre­senciamos una interesante escena. Sobre la suave playa ancha, que aún no ha cubierto la marea, creemos ver un ejército, cubierto de armaduras escamosas relucientes, dirigirse, desde un matorral cercano, hacia el agua. Aunque estamos inmedia­tos a la costa, parécenos presenciar desfiles mili­tares en alguna gran plaza, todo reducido por la inversión de anteojos.

Batallones, tras batallones, en fila y orden, lle­gan a la orilla del mar, nos miran unos instantes y desaparecen en sus ondas.

El espectáculo es gracioso, y nos lo proporcionan los respetables pengüines, que, sin temer al bote, se dirigen, zarandeándose, al agua, para ser el terror de los pescados y cangrejos pequeños. Saltamos a tierra: algunos, viéndonos ya próximos a ellos, apresuran su marcha y de consiguiente ruedan por la pérdida del equilibrio, hasta refu­giarse en el mar. Otros, que se hallan más distan­tes, dan vuelta automáticamente e imitando vene­rables cartujos liliputienses, con las manos escon­didas entre sus anchas mangas (las aletas), se di­rigen a sus conventos (o nidos).

El destrozo que de sus tranquilos habitantes ha­cemos en esta isla es grande. Veinte de ellos que­dan en el fondo del bote, víctimas del coleccionista y de las necesidades del estómago de los tripulan­tes. Nuestros instintos sanguinarios no se compa­decen al ver a los curiosos pengüines, defender, con valentía, entre una mata, hiriéndonos en las piernas, sus jóvenes hijuelos. La impotencia de es­tos animales en tierra es tal, que sólo cuando el hombre procura darles el golpe que ha de herir­los, tratan de huir y si no lo consiguen, buscan por la astucia la región más vulnerable de las panto­rrillas del enemigo para hincarle su agudo pico.

Al mirarlos, se creería encontrarlos asombrados, embebidos en una muda admiración, que no les permite huir; más tarde sus movimientos parecen indicar que un sentimiento de burla se apodera de ellos, al ver al intruso de sus dominios. Mueven de derecha a izquierda la cabeza, luego lo hacen a la inversa, batiendo las mandíbulas terribles, y mirándonos, se puede decir que con desden, de rabo de ojo, se creería que nos piden cuenta de nuestra presencia aquí y de lo que buscamos.

A las cuatro de la tarde llegamos con las presas a la goleta, y, una hora después, cruzamos al sur, a examinar la célebre Roca de la Torre. Está situada a corta distancia de la costa, y sirve de excelente punto de marca para entrar al puerto. Como la «Roca Porteña», es resto vetusto de un antiguo peñón destruido por la formidable acción del tiempo y de los elementos y cuyos restos se hallan esparcidos alrededor del monolito principal, adherido aún a la montaña y sobre una pequeña eminencia rodeada de enormes piedras sueltas.

«Tower» o «Britannia Rock» mide diez metros de alto por tres de diámetro y recuerda el enorme tronco petrificado de algún Baobab, gigante de las selvas africanas, transportado por el fósforo del cerebro a las áridas playas patagónicas. A un tercio de su altura se divide en dos ramas, la una mayor que la otra, forma que le da el mencionado aspecto. La roca que la constituye es el mismo pórfiro de los alrededores. La fisonomía que desde lejos le comunican los musgos y líquenes que han arraigado en las grietas, hacen de este interesante monumento geológico, uno de los objetos más dignos de mención que pueden citarse en Puerto Deseado. A sus inmediaciones parece que de tiempo en tiempo acampa alguna tribu indígena, pues se notan huesos de animales, destruídos y comidos, sobre todo de guanacos y caballos;—el día de nuestra salida de ese puerto vimos un fornido caballo salvaje que pastaba tranquilo al costado de una hermosa piedra y que relinchaba al ver las blancas velas de la «Santa Cruz».

Faltándole valle extenso y agua dulce en abundancia, creo que este punto sólo puede ser colonizado en pequeña escala, pues apenas hay suficiente tierra, pasto, agua en la cañada y en los pozos, y caza, para un centenar de colonos. El fuerte es de posible reparación, y trayendo de Buenos Aires o del Estrecho de Magallanes maderas, para techos y puertas, podría ser ocupado por una pequeña fuerza militar. Entonces sería cuando, enviándose al interior expediciones en busca de terrenos apropiados y mejores, pudiera utilizarse ese punto con ventaja.

Los cien colonos, además del cuidado de sus ganados, encontrarían lucro en la caza de liebres, guanacos, avestruces, que son muy numerosos, y en la pesca de que es abundante la bahía; con pequeñas expediciones marítimas, podrían apresar lobos marinos y pengüines para la fabricación de aceite. Aquello sería, en cierto modo, cambiando unas producciones por otras, una imitación de un villorio de los Fjords, de Noruega, pero más productivo. Inútil será tentar aquí la formación de una colonia agricultora, pues la tierra cultivable sólo es la suficiente para el consumo de los pobladores.

El puerto militar podría servir de presidio para los destinados a trabajos forzados por la justicia nacional, los que se ocuparían en abrir represas para conservar las aguas de las lluvias. Entonces Puerto Deseado sería visitado por muchos buques pescadores, que irían en busca de ese elemento necesario, que no se encuentra en grandes cantidades entre el Chubut y Santa Cruz. Creo que entre estos dos puertos hay algunos parajes fértiles, los que conocidos y colonizados, con el tiempo, la República Argentina tendría allí una población ganadera más importante que la que el gobierno inglés tiene, indebidamente, en Malvinas, donde los campos parecen inferiores a los que menciono.

Diciembre 17.—Salimos de Puerto Deseado, pasando cerca de la isla de Pengüin, cuyas costas alteradas por espléndidos mirajes no puedo copiar. Este fenómeno de la refracción ha sido mencionado por Fitz Roy a quien llamó la atención su extraordinario efecto en estas regiones.

Diciembre 18.—Avistamos el Monte Wood y un rato después la entrada de la Bahía San Julián. Durante la noche vientos polares nos traen un fuerte temporal.

Diciembre 19.—Continúa el mal tiempo; el 20, con la virazón de la tarde volvemos a acercarnos a tierra de donde nos ha alejado el temporal del día de ayer.

Diciembre 21.—Con viento en popa seguimos a dos millas de la costa, pasando el cabo San Francisco, admirando las rectas capas arenosas y calizas de la meseta y los verdes manantiales de hilos cristalinos que caen al mar; y a mediodía fondeamos frente a Monte Entrance, en la entrada de la Bahía de Santa Cruz.