Una lágrima del Gral. San Martín: 4

Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original.

IV

En más de una ocasión nos fué dable recoger frescos recuerdos de la generación que sucedió á la de la independencia, y de las hijas de San Martín, Balcarce, Olazábal, como la del General Las Heras en su propio hogar, oímos reminiscencias cual la de la única lágrima de San Martín.


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Un año no pasara de la última noche de Las Heras en Lima. En cuanto San Martín llegara á esta ciudad se dirigió al antiguo palacio de O'Higgins y casa de correos, ansioso de cartas de su adorada hijita, único amor que restaba al que pasó de triunfo en triunfo, aclamado por los pueblos de medio continente.

— «Mi padre cruzaba al anochecer por la misma vereda, desconociéndole bajo la amplia capa española que le embozaba.» — Suponiendo San Martín intencional descortesía, sintió como un golpe interior, y saliendo al paso gritó:

— ¡Gregorio!!

— Don José... — contestó, reconociendo al punto la voz que tantas veces había tocado su oído, eco de voz de mando que ordenaba la victoria, y dando media vuelta se encontró en sus brazos, notando una lágrima que padre repetía haber visto por vez primera asomar á sus ojos, al oírle exclamar emocionado:

— General, usted es el único que me habló la verdad en el Perú. ¡Gracias! Dios se lo pague.


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El gran capitán siguió caminito al ostracismo que voluntariamente se impuso, por no presenciar destrozamiento en luchas intestinas de tres naciones á cuya independencia cooperó, y el que sólo terminó con sus días, lejos de la patria, pero no tan lejos que no llegara allí la fama de su renombre, donde la posteridad le había de levantar monumento de glorificación. El compañero de sus hazañas fué á sentarse bajo el palmero del hogar en la serena tarde de su ancianidad, á cuya sombra apacible contaba de las grandezas de la patria, nobilísimos ejemplos que aleccionan.