Una excursión: Capítulo 62

Una excursión a los indios ranqueles
Capítulo 62
 de Lucio V. Mansilla


Astucia y resolución de Camilo Arias. Ultima tentativa para sacar a Macías. Un indio entre dos cristianos. Confitemini Domino. Frialdad a la salida. La palabra amigo en Leubucó y en otras partes. El camino de Carrilobo. ¡Horrible! ¡most horrible! Todavía el negro del acordeón. Felicidad pasajera de Macías.


Ya he dicho que Camilo Arias conocía la lengua de los indios y que éstos lo ignoraban. Algo había oído, cuando espiaba la ocasión de hacerme una seña. Mis órdenes no habían variado: conmigo no tenía que hablar sino en casos urgentes y graves.

¿Qué habrá?, me dije, al entrar en el toldo de Mariano Rosas; me detuve, y diciéndole a éste:

-Ahora vuelvo -y haciendo como que buscaba en mis bolsillos un objeto extraviado-, di media vuelta, salí y me dirigí a mi rancho. El astuto vigilante Camilo agachó la cabeza, fijó la vista en tierra, caminó distraído y sin rumbo, al parecer, y por media de una maniobra casual para quien no hubiera estado en autos, al mismo tiempo que yo entraba en mi rancho, él se recostaba en sus pajizas paredes y por uno de sus resquicios me decía:

-Hay novedad, señor.

-Entra -le contesté, llamando a varios oficiales y asistentes para que no se notara su entrada.

Entraron unos y otros, les di ciertas órdenes, se retiraron y así que estuvimos solos con Camilo, le pregunté:

-¿Qué hay?

-Acabo de oírles, en el corral una conversación a unos indios -me contestó.

-¿Qué decían?

-Que nos iban a salir a la cruzada.

-¿Por dónde?

-Por los montes de la Jarilla.

-¿Y qué más decían?

-Que a mí me tenían mucha gana; que yo he muerto muchos indios, que a un capitanejo le he dado un sablazo en la cara, que todavía tiene la cicatriz, que a otro lo hice prisionero y se lo llevaron a Córdoba.

-¿Nada más decían?

-Sí, señor; decían más: que usted me ha traído a mí por burlarse de ellos.

-¿Y saben que me voy?

-Sí, señor, y que va a dormir en el toldo de Ramón.

Me decía esto, cuando una voz que yo no podía oír sin experimentar una conmoción nerviosa, dijo desde la puerta del rancho sin asomarse:

-Con el permiso de su mercé.

No necesitaba dar vuelta y mirar, para ver quién era. No sonaba el acordeón; pero él estaba ahí, con sus motas paradas.

Sin darme tiempo para contestarle y entrando, añadió:

-Dice el General que por qué no va.

-Dile que ya voy -le contesté.

Salió el negro, le pregunté a Camilo que si los indios esos que habían estado hablando estaban ahí, me contestó que sí; le despedí y pasé al toldo de Mariano Rosas.

Lo que los indios decían de Camilo era cierto.

Varias veces, siendo soldado raso, midió sus armas con los indios, mató algunos, hirió a un capitanejo muy mentado y a otro lo tomó prisionero.

Yo estuve por no llevarle conmigo.

Pero tenía tanta confianza en él, me era tan útil en el campo, por su instinto admirable, que prescindí de los antecedentes referidos y lo agregué a mi comitiva.

Por supuesto que para acabar de probar el temple de su alma, antes de darle la orden de aprontarse para marchar, le pregunté si no tenía recelo de ir conmigo a los indios, a lo cual me contestó:

-Señor, donde usted vaya voy yo.

-¿Y si los indios te conocen? -le observé.

-Señor -repuso-, yo no los he peleado a traición.

Entré en el toldo de Mariano Rosas.

Estaba con visitas.

Todos eran indios conocidos, excepto uno en cuya cara se veía una herida longitudinal que si hubiera sido más oblicua, le deja sin narices.

Mariano Rosas me recibió con más afabilidad que nunca, y después de preguntarme si ya estaba pronto, me dijo, señalando al indio de la herida:

-¿Lo conoce, hermano?

-No -le contesté.

-Ese sablazo se lo ha dado Camilo Arias -agregó.

-Eso tiene andar en guerra -repuse.

-Es verdad, hermano -me contestó.

Oyendo una contestación tan razonable, le referí lo que acababa de decirme Camilo Arias.

No me contestó.

Habló con las visitas, levantando mucho la voz, les despidió con un ademán, y no bien habían salido del toldo, me dijo:

-No tenga cuidado, hermano, nadie lo ha de incomodar en su viaje, ahora estamos de paces.


-Así lo espero.

Y sin darle tiempo a hablar, agregué:

-Hermano, mis caballos están prontos. Deseo me diga qué se le ofrece.

Me hizo una porción de preguntas relativas al Tratado; me anunció, en prenda de amistad, una invasión de Calfucurá a la frontera norte de Buenos Aires por la Mula Colorada, me hizo varios encargos, y terminó pidiéndome que las partidas corredoras de campo de mi frontera no avanzaran tanto al sud, como tenían costumbre de hacerlo, fundándose en que eso alarmaba mucho a los indios, porque los que salían a boleadas, cruzaban siempre sus rastros y venían llenos de temores.

Satisfice sus preguntas sobre el Tratado, le ofrecí llenar sus encargos, le prometí que las partidas corredoras de campo harían el servicio de otro modo, y me quedé estudiosamente distraído con la mirada fija en el suelo.

-¿Se va contento, hermano?

En lugar de contestarle, lo miré como diciéndole, ¿y me lo pregunta usted?

-Yo he hecho todo cuanto he podido por servirle y porque lo pasara bien -me dijo.

-Asi será; pero yo le he pedido una cosa y me la ha negado -le contesté.

-¿Qué cosa, hermano?

-¿Para qué se le he de decir?

-Dígame, hermano.

-Me voy sin Macías, y usted sabe que es un compromiso para mí.

-¡Macias! ¡Macías¡ ¿Y para qué quiere ese dotor, hermano? -exclamó.

-Ya se lo he dicho a usted; Macías no es un cautivo. Usted está obligado por el tratado a dejarlo en libertad, él quiere irse y usted no lo deja salir.

Se quedó pensativo...

Yo le observaba de reojo.

Llamó...

Vino un indio.

-Ayala -le dijo, y el indio salió.

Permanecimos en silencio.

Vino Ayala.

Mariano Rosas le habló así. Repito sus palabras casi textualmente:

-Coronel, mi hermano quiere sacarlo al dotor , yo pensaba dejarlo dos años más para que pagase lo que ha hecho contra ustedes, que son hombres buenos y fieles.

Ayala no constestó, sus ojos se encontraron con los míos.

-Coronel -le dije- Macías es un pobre hombre, ¿qué ganan ustedes con que esté aquí? Sean ustedes generosos, si él no ha correspondido como debía a la hospitalidad que le han dispensado, perdónenlo, tengan ustedes presente que no es un cautivo, que el Tratado le obliga a mi hermano a dejarlo en libertad y que reteniéndolo me comprometen a mí, le comprometen a él y comprometen la paz, que tanto nos ha costado arreglar.

Ayala no contestó, se encogió de hombros.

Mariano Rosas le miró con aire consultivo y le dijo:

-Resuelva, Coronel.

No le di lugar a que contestase y le dije:

-Amigo, piense usted que ese hombre no está aquí por su gusto, y que si ustedes se oponen a que salga, quedará justificado cuanto ha escrito en las cartas que mi hermano me ha hecho leer. Ayala lo miró a Mariano Rosas como diciéndole: Resuelva usted.

Viendo que vacilaba en contestar, me levanté, y estirándole la mano, le dije:

-Hermano, ya me voy.

-Aguárdese un momento -me contestó, y dirigiéndose a Ayala, le dijo:

-¿Y qué hacemos?

-¡Adiós! ¡Adiós!, hermano, ya me voy -volví a decirle.

-Que se lo lleve -contestó Ayala.

-Bueno, hermano -dijo Mariano Rosas, y se puso de pie, me estrechó la mano y me abrazó reiterando sus seguridades de amistad.

Salí del toldo.

Mi gente estaba pronta, Macías perplejo, fluctuando entre la esperanza y la desesperación.

-¡Ensillen! -grité.

-Y... -me preguntó Macías, brillando sus ojos con esa expresión lánguida que destellan, cuando el convencimiento le dice al prisionero: ¡Todo es en vano! Y el instinto de la libertad: ¡Todavía puede ser, valor!

Me acordé del salmo de Fray Luis de León, Confitemini Domino y le contesté:

Cantemos juntamente,
cuán bueno es Dios con todos, cuán clemente.
Canten los libertados,
los que libró el Señor del poderío
del áspero enemigo...

-¿De veras? -me preguntó enternecido.

-De veras -le contesté, y diciéndole en voz baja, disimula tu alegría, le grité a Camilo Arias:

-¡Un caballo para el doctor Macías!

Entré al rancho de Ayala, me despedí de Hilarión Nicolai y de algunas infelices cautivas, y un momento después estaba a caballo. Los que me habían ofrecido acompañarme, viendo que Mariano Rosas no se movía, se quedaron con los caballos de la rienda, ni siquiera se atrevieron a disculparse.

La entrada había sido festejada con cohetes, descargas de fusilarías, cornetas y vítores; la salida era el reverso de la medalla: me echaban, por decirlo así, con cajas destempladas. Sólo un hombre me dijo adiós, con cariño, sin ocultarse de nadie, ni recelo: Camargo.

Aquel bandido tenía el corazón grande.

El cacique se mostraba indiferente; los amigos habían desaparecido. En Leubucó, lo mismo que en otras partes, la palabra amigo ya se sabe lo que significa.

Amigo, le decimos a un postillón, te doy un escudo si me haces llegar en una hora a Versalles, dice el conde de Segur, hablando de la amistad. Amigo, le decía un transeúnte a un pillo, iréis al cuerpo de guardia si hacéis ruido. Amigo, le dice un juez al malvado, saldréis en libertad si no hay pruebas contra vos; si las hay os ahorcarán.

Con razón dicen los árabes, que para hacer de un hombre un amigo, se necesita comer junto con él una fanega de sal.

Mariano Rosas estaba en su enramada, mirándome con indiferencia, recostado en un horcón.


Me acerqué a él, y dándole la mano, le dije por última vez:

-¡Adiós, hermano!

Me puse en marcha. El camino por donde había caído a Leubucó venía del Norte. Para pasar por las tolderías de Carrilobo y visitar a Ramón, tenía que tomar otro rumbo. Mariano Rosas no me ofreció baqueano. Partí, pues, solo, confiado en el olfato de perro perdiguero de Camilo Arias. Sólo me acompañaba el capitán Rivadavia, que regresaría de la Verde para permanecer en Tierra Adentro hasta que llegasen las primeras raciones estipuladas en el Tratado de Paz. ¿Qué había determinado la mudanza de Mariano Rosas después de tantas protestas de amistad? Lo ignoro aún.

Galopábamos por un campo arenoso; yo iba adelante, Camilo Arias a mi lado, mi gente desparramada.

Era la tarde, el sol declinaba, en lontananza divisábamos un monte, cruzábamos una sucesión de médanos; tendía de vez en cuando la vista atrás, Leubucó se alejaba poco a poco; me parecía un sueño.

Llegamos a una aguadita, donde Camargo tenía su puesto. Hallé allí un compadre, el indio Manuel López, educado en Córdoba, que sabe leer y escribir. Eché pie a tierra para esperar que llegara toda mi gente y marchar unidos: íbamos a entrar en el monte y la noche se acercaba.

Sucesivamente se me incorporaron los que se habían quedado atrás. Viendo que faltaba Macías, pregunté por él. Ahí viene, me contestaron. Efectivamente, a poca distancia se veía el polvo de un jinete. Llegó éste. Yo conversaba con Manuel López mirando en otra dirección. Al sentir sujetar un caballo, di vuelta, y creyendo ver a Macías, vi... ¡Horrible visión! ¡horrible, most horrible! al negro del acordeón. Quiso hacer sonar su abominable instrumento; se lo impedí.

¿Qué venía a hacer?

Después lo sabremos.

Esperé a Macías un rato.

No apareció.

-Lo han de haber hecho quedar -me dijo el capitán Rivadavia-; yo por eso le dije, cuando usted se puso en marcha, viéndolo que perdía el tiempo en despedidas: Siga, amigo, con el Coronel.

Estábamos en un bajo hondo; mandé dos hombres al galope a ver si divisaban algunos polvos.

Partieron, y cuando ya iba a obscurecer, volvieron diciéndome que nada se veía.

No era posible esperar más.

Hice algunas prevenciones sobre el orden de la marcha por el monte, porque la noche estaría muy oscura, y partimos.

¡Qué poco había durado la felicidad de Macías!


Capítulo 62