Una excursión: Capítulo 50

Una excursión a los indios ranqueles
Capítulo 50
 de Lucio V. Mansilla


Mi compadre Baigorrita me pide caballos prestados. El que entre lobos anda a aullar aprende. Aves de la Pampa. En un monte. Perdido. Las tinieblas. Fantasmas de la imaginación. ¿Somos felices? Disertación sobre el derecho. El miedo. Hallo camino. Me incorporo a mis compañeros. Clarines y cornetas.


En Pitralauquén, volvimos a hacer alto; los flamencos atornasolados saludaron nuestra llegada, batiendo con estrépito sus sonrosadas alas, y en ondas caprichosas se perdieron por el éter incoloro. Mi compadre y sus indios allegados iban tan mal montados, que me pidió por favor le prestara algunos caballos para llegar a la raya. Ordené que se los dieran, y diciéndole a San Martín:

-Parece increíble que Baigorrita no tenga más caballos.

Me contestó:

-Si anoche casi lo han dejado a pie.

Descansamos un rato y seguimos la marcha.

Al tiempo de subir a caballo, le robé al indio de los guantes un naco de tabaco que llevaba atado a los tientos.

El que entre lobos anda a aullar aprende.

Se lo dije a mi compadre y se rió mucho, festejando la ocurrencia y la burla que le harían los demás cuando supieran que se había dejado robar por mí.

Galopábamos a toda brida.

Eramos como doscientos y ocupábamos media legua, por el desorden en que los indios marchan.

El sol se ponía con un esplendor imponente; sus rayos como dardos de fuego despejaban los celajes que intentaban ocultarlo a nuestras miradas y refractándose sobre las nubes del opuesto hemisferio, teñían el cielo con colores vivaces.

Las aves acuáticas, en numerosas bandadas, hendían los aires con raudo vuelo; graznando se retiraban a las lagunas, donde anidaban sus huevos.

Es increíble la cantidad de cisnes, blancos como la nieve, de cuello flexible y aterciopelado; de gansos manchados, de rico pico; de patos reales, de plumas azules como el lapislázuli; de negras bandurrias, de corvo pico; de pardos chorlos, de frágiles patitas; de austeras becacinas, de grises alas, que alegran la Pampa. En cualquier laguna hay millares.

¡Cómo gozaría allí un cazador!

Imaginaos que en la "Ramada" los soldados recogieron un día ocho mil huevos, después de haber recogido toda la semana grandes cantidades. ¡Cuánto echaba de menos mi escopeta!

Entramos en el monte. Anocheció y seguimos al galope. El polvo y la obscuridad envolvían en tinieblas profundas los árboles que, como fantasmas, se alzaban de improviso al acercarnos a ellos; no nos veíamos a corta distancia; nos llevábamos por delante unos a los otros; mi caballo era superior, yo iba a la cabeza, perdí la senda y me extravié.

Sujeté, hice alto, puse atento el oído en dirección al rumbo que me pareció traerían los que me precedían; nada oí.

-¿Qué peligro corría?

Ninguno, en realidad.

Un tigre no podía hacerme nada. El caballo me habría librado de él. Nuestros tigres, el jaguar argentino, no atacan como el tigre de Bengala, sino cuando los buscan. Por otra parte, el monte había sufrido los estragos de la quemazón y el tigre vive entre los pajonales.

¿Qué me imponía entonces?

Las tinieblas de la noche.

Las sombras tienen para mí un no sé qué de solemne. En la obscuridad, cuando estoy solo, me siento anonadado. Me domino; pero tiemblo.

La noche y los perros son mis dos grandes pesadillas. Yo amo la luz y a los hombres, aunque he hecho más locuras por las mujeres. No puedo decir lo que me aterra cuando estoy solo en un cuarto obscuro, cuando voy por la calle en tenebrosas horas, cuando cruzo el monte umbrío; como no puedo decir lo que sentía cuando trepaba las laderas resbaladizas de la gran Cordillera de los Andes, sobre el seguro lomo de cautelosa mula.

Pero siento algo de pavoroso, que no está en los sentidos, que está en la imaginación; en esa región poética, mística, fantástica, ardiente, fría, límpida, nebulosa, transparente, opaca, luminosa, sombría, risueña, triste, que es todo y no es nada, que es como los rayos del sol y su penumbra, que cría y destruye, que forja sus propias cadenas y las rompe -que se engendra a sí misma y se devora, que hoy entona tiernas endechas al dolor, que mañana pulsa el plectro aurífero y canta la alegría, que hoy ama la libertad y mañana se inclina sumisa ante la oprobiosa tiranía.

¡Ah!, ¡si pudiéramos darnos cuenta de todo lo que sentimos!

¡Si nuestra impotente naturaleza pudiera tocar los lindes vedados que separan lo finito de lo infinito! ¡Si pudiéramos penetrar en los abismos del mundo psicológico, como alcanzamos con el telescopio a las más remotas estrellas!

¡Si pudiéramos descomponer los rayos de la mirada del hombre, como el espectro solar descompone los rayos del gran luminar! ¡Si pudiéramos sondar el corazón, como los bajíos tempestuosos del mar!

¿Seríamos más felices?

¡Más felices...!

¿Somos acaso felices?

Si constantemente hablamos de la felicidad, es porque tenemos idea de ella.

Definidme, pues, lo que es.

Quiero saberlo, necesito saberlo, debo saberlo, es mi derecho.

Sí, yo tengo derecho a ser feliz, como tengo derecho a ser libre. Y tengo derecho a ser libre, porque he nacido libre.

¿Qué es la libertad?

¿No es el poder de obrar, o de no obrar, no es la facultad de elegir; no es el ejercicio de mi voluntad consciente, reflexiva, deliberada, calculada, espere daño o bien?

¡Os atrevéis a tacharme la definición!

¿Qué vais a decir?

Que no es jurídica; ¿porque la libertad es el poder de hacer lo que no daña a otro?

Os advierto que no hablo como un legista, sino como un filósofo, y os admito la diferencia.

Convenido; la libertad es eso, mi derecho corriendo en línea paralela con el vuestro; una abstracción susceptible de asumir una fórmula gráfica.

-A mi derecho: --

-A vuestro derecho: --

Luego un derecho que se sobrepone a otro no es derecho, es abuso o tiranía.

Yo tengo el derecho de hablar, vos también. Si os impongo silencio y no callo, os oprimo. Yo tengo el derecho de trabajar para mí, vos también. Si os hago mi esclavo, os tiranizo.

Estamos acordes.

Pues bien. Insisto en ello. Yo tengo el derecho de ser feliz. Lo reconozco, me contestáis; no me opongo a ello, no tengo cómo oponerme; lo intentaría en vano.

Es mentira, puesto que mi felicidad consiste en que me devolváis el amor de la mujer que me habéis robado.

No depende de mí. En todo caso dependerá de ella.

Pero es que si ella volviese a mí, no volvería como antes era; para que lo fuera, hubiera debido permanecer inmaculada y la habéis corrompido.

Suponiendo que yo pueda ser responsable de vuestra felicidad, os prevengo que hacéis un sofisma cuando la comparáis con el derecho.

No os entiendo.

Quiero decir que el derecho regla las relaciones naturales de la humanidad; que si la libertad es un derecho, la felicidad no lo es. ¿Y por qué no ha de ser un derecho aquello que más necesito? Tanto valiera que me dijerais que respirar no es mi derecho, siendo así que tengo el derecho de vivir y que si no respiro muero. Es que el sofisma consiste en que hacéis de un accidente una necesidad; de una cosa contingente una cosa absoluta; de una cosa que está en nuestras manos, una cosa que depende de los demás.

¿Pero mi libertad, mi derecho están en ese mismo caso? No, porque vuestra libertad y vuestro derecho están garantidos por la libertad y el derecho ajenos. Alteri non feceris quod tibi fieri non vis. No hagas a los demás, lo que no quieres que te hagan a ti mismo. Alteri feceris quod tibi fieri velis . Haz a los demás lo que quieres que te hagan a ti mismo. Estos dos aforismos encierran todos los deberes del hombre para con sus semejantes y con la familia. No protesto contra esos principios, arguyo sólo, que si mi felicidad no daña a los demás, tengo el derecho de exigir ser feliz.

¿A quién?

¿A quién... ?

Sí, ¿a quién?

Contestadme.

Os he pedido que me defináis la felicidad.

¿Qué os defina la felicidad?

Si la felicidad no es absoluta, es relativa. No es como el bien y el mal, como lo bueno y lo malo. Es objetiva y subjetiva. Depende de las circunstancias, del carácter, de las aspiraciones, de accidentes sin fin.

Os entiendo.

Queréis decirme, que un fraile de la Trapa, vicioso, descreído, puede vivir más tranquilamente en su retiro que yo, creyente y sano, en el bullicio de la sociedad.

Precisamente.

Entonces, ¿qué recurso nos queda a los que rodamos fatalmente en ese torbellino?

Tomarlo como viene, resignarse.

La conformidad puede convenirle a un esclavo.

¿Y creéis haber dicho algo?

Si no lo creyese, no hubiera hablado.

Os prevengo, sin embargo, que sois esclavo de vuestras pasiones.

¿Y qué me queréis decir?

Quería recordaros, que Dios es inescrutable, que el hecho de no poder definir satisfactoriamente una cosa en abstracto, no prueba que la cosa deje de existir; en una palabra, que habéis sido insensato al exclamar con desaliento: ¿somos acaso felices? De consiguiente, porque no pueda definir lo que experimenté cuando me vi perdido en el monte, no por eso dejará de creerse que fue miedo.

¿Cuánto duró? Pocos instantes.

Quizá si hubiera durado más, lo hubiera podido definir.

Me hallaba perplejo, sin saber qué hacer, mi caballo caminaba en la dirección que quería, yo estaba desorientado y todo era igual, lo mismo un rumbo que otro.

Así había vagado un breve instante a la ventura, cuando sentí un tropel, cerca, muy cerca de mí. La emoción, sin duda, no me había permitido oírlo antes.

Hay situaciones en que, según las disposiciones del espíritu, el zumbido de una mosca, el susurro de una hoja parecen una tempestad; y otras en que no se oye ni el estampido del cañón. Yo he visto en el campo de batalla hombres asustados, poseídos del terror, pánico, huir hacia el enemigo, que no reconocían a quien les hablaba, ni oían lo que se les decía.

Dando vueltas había caído al camino. Me incorporé a un grupo que pasaba al galope y seguí. Salimos a un descampado. Algunas estrellas brillaban entre nubes errantes, que a impulsos de un vientecito que se había levantado, corrían de naciente a poniente, presagiando que al salir la luna tendríamos luz.

Volvimos a entrar en la espesura; caímos a unos barrancos con lagunas salitrosas, que parecen espejos de bruñida plata; subimos a la falda de los médanos, y al llegar a la cumbre de uno de ellos, la errante reina de los cielos asomó su blanca faz, y clavándola en la inmóvil superficie de las lagunas, hizo brotar de su seno diamantinas luces.

Oyéronse toques de clarín. Jamás el bélico instrumento resonó en mis oídos con más solemnidad. Me hizo el efecto de la trompeta del arcángel el día del juicio final. Sus vibraciones se alcanzaban tremulantes unas a otras, recorriendo las ondulaciones del vacío. Las cornetas de Baigorrita contestaron.

Estábamos en la raya.

Hicimos alto. Llegó un parlamento, habló y habló; le contestaron razón por razón; lo despacharon; volvió otro y otro, se hizo lo mismo y a las cansadas llegó un hijo de Mariano Rosas, invitándonos a avanzar.

Marchamos y llegamos, pasando por una gran playa, que es donde los indios, después de sus grandes juntas, juegan a la chueca .


Capítulo 50