Una excursión: Capítulo 27

Una excursión a los indios ranqueles
Capítulo 27
 de Lucio V. Mansilla


Pasión de Miguelito. Los hombres son iguales en todas las circunstancias de la vida. Retrato de Miguelito. Su historia.


Miguelito había concebido por mí una de esas pasiones eléctricas que revelan la espontaneidad del alma; que son un refugio en las grandes tribulaciones, que consuelan y fortalecen; que no retroceden ante ningún sacrificio; que confunden al escéptico y al creyente lo llenan de inefable satisfacción.

Cruzamos el mar tempestuoso de la vida entre la angustia y el dolor, la alegría y el placer, entre la tristeza y el llanto, el contento y la risa; entre el desencanto y la duda, la creencia y la fe. Y cuando más fuertes nos conceptuamos, el desaliento nos domina, y cuando más débiles parecemos, inopinadas energías nos prestan el varonil aliento de los héroes.

Vivimos de sorpresa en sorpresa, de revelación en revelación, de victoria en victoria, de derrota en derrota.

Somos algo más que un dualismo; somos algo de complejo, de complicado o indescifrable.

Y sin embargo, es falso que los hombres sean mejores en la mala fortuna que en la buena, caídos que cuando están arriba, pobres que ricos.

El avaro, nadando en la opulencia, no se cree jamás con deberes para el desvalido.

El generoso no calcula si lo superfluo de que hoy día se desprende, será mañana para él una necesidad.

El cobarde es siempre fuerte con los débiles, débil con los fuertes.

El valiente, ni es opresor, ni se deja oprimir; puede doblarse, quebrarse jamás.

El débil busca quien le dé sombra, quien le gobierne y le dirija.

El fuerte, ampara y proteje, se basta a sí mismo.

El virtuoso es modesto.

El vicioso es audaz.

Somos como Dios nos ha hecho.

Es por eso que la caridad nos prescribe el amor, la indulgencia, la generosidad.

Es por eso que la grandeza humana consiste en adherirse a lo imperfecto.

Tal hombre que yo amo, no merece mi estimación; tal otro que estimo, no es mi amigo.

La razón es la inflexible lógica.

El corazón, es la inexplicable versatilidad.

Los problemas psicológicos son insolubles.

¿De dónde brota para la planta la virtualidad de emisión?

¿De la hoja, de la celda, de los pétalos, de los estambres, de los ovarios?

Misterio...

Las fuerzas plásticas de la naturaleza son generadoras.

Quien dice biología, dice órganos productores.

Pero ¿cómo se operan los fenómenos de la vida?

Del corazón nacen los grandes afectos y los grandes odios; del corazón nacen los pensamientos sublimes y las sublimes aberraciones; del corazón nace lo que me estremece y me enternece, lo que me consuela y lo que me agita.

¿A impulsos de qué?

Lo que ayer embellecía mi vida, hoy me hastía; lo que ayer me daba la vida, hoy me mata; ayer creía no poder vivir sin lo que hoy me falta, y hoy descubro en mí gérmenes inesperados para resistir y sufrir.

Como la lámpara que se extingue, pero que no muere, así es nuestro corazón.

Nos quejamos de los demás, jamás de nosotros mismos.

¿Es que somos ingratos o severos?

¡No!

Es que no nos entendemos.

Si nos comprendiéramos no seríamos injustos, anhelando como anhelamos el bien.

There is a tide in the affairs of men,

Which, taken at the flood, leads on to fortune.

Que hay una marea en los negocios humanos que, entrando en ella cuando sube, conduce a la fortuna.

Sea de esto lo que fuere, una cosa es innegable: que quien sabe sufrir y esperar, a todo puede atreverse. Y si esto se negase, no me negarán esto otro: que cuando el hombre tiene necesidad de un hombre lo busca, le halla.

Nuestra desesperación no es frecuentemente más que el efecto de nuestra impaciencia febril.

La solidaridad humana es un hecho tangible, en política, en economía social, en religión, en amistad.

La vida se consume cambiando servicios por servicios. La armonía depende de este convencimiento vulgar, que está en la conciencia de todos: hoy por ti, mañana por mí.

Es por eso que el tipo odioso por excelencia, es el de aquel que, violando la sabia ley de la reciprocidad, se mancha enteramente con el borrón de la ingratitud.

Dante coloca a estos desgraciados en el cuarto recinto del último infierno.

A los que entran allí - Vexilla regis prodeunt inferni - los estandartes de Satanás salen a recibirlos y la cohorte diabólica empedra con sus cráneos la glacial morada.

¡Cuántas veces sin buscar el hombre que necesitamos, no le hallamos en nuestro camino!

La aparición de Miguelito en el toldo de Mariano Rosas es una prueba de ello.

Yo estaba amenazado de un peligro y no lo sabía. Miguelito me lo previno y me puse en guardia. Estar prevenido, es la mitad de la batalla ganada.

Miguelito tiene veinticuatro años. Es lampiño, blanco como el marfil, y el sol no ha tostado su tez; tiene ojos negros, vivos, brillantes como dos estrellas, cejas pobladas y arqueadas, largas pestañas, frente despejada, nariz afilada, labios gruesos bien delineados, pómulos salientes, cara redonda, negros y lacios cabellos largos, estatura regular, más bien baja, anchas espaldas y una musculatura vigorosa.

Sus cejas revelan orgullo, sus pómulos valor, su nariz perspicacia, sus labios dulzura, sus ojos impetuosidad, su frente resolución. Vestía bota de potro, calzoncillo cribado con fleco, chiripá de poncho inglés listado, camisa de Crimea mordoré, tirador con botones de plata, sombrero de paja ordinaria, guarnecida de una ancha cinta colorada; al cuello tenía atado un pañuelo de seda amarillo pintado de varios colores; llevaba un facón con un cabo de plata y unas boleadoras ceñidas a la cintura.

Ya he dicho que Miguelito es cristiano; me falta decir que no es cautivo ni refugiado político.

Miguelito está entre los indios huyendo de la justicia.

A los veinticuatro años ha pasado por grandes trabajos; tiene historia, que vale la pena de ser contada, y que contaré -antes de seguir describiendo las escenas báquicas con Epumer-, tal cual él me la contó, noches después de haberle conocido yendo en mi campaña de Leubucó a las tolderías del cacique Baigorrita.

Hablaré como él habló.

-Yo era pobre, señor, y mis padres también.

"Mi madre vivía de su conchabo; mi padre era gallero, yo corredor de carreras.

A veces mi padre y yo juntos, otras separadamente, nos conchabábamos de peones carreteros o para acarrear ganados de San Luis a Mendoza. "Los tres éramos nacidos y criados en el Morro, y allí vivíamos. Mi viejo era un gaucho lindo, nadie pialaba como él ni componía gallos mejor; era joven y guapetón. No he visto hombre más alentado. Sólo tenía el defecto de la chupa. Cuando tomaba le daba por celarla a mi madre, que era muy trabajadora, y muy buena, la pobre, que Dios la tenga en gloria.

"A más de eso, mi viejo era buen guitarrero, hombre bastante leído y escribido, pues sus primeros patrones, que fueron muy hacendados, lo enseñaron bien.

-¿Y cómo se llamaba tu padre?

-Lo mismo que yo, mi Coronel: Miguel Corro. Somos de unos Corro de la Punta de San Luis, que allí fueron gente de posibles en tiempo de Quiroga.

"Pero mi madre, mi padre y yo, como le he dicho, hemos nacido en el Morro, cerca del cerro, en un rancho que está en un terrenito que siempre pasó por nuestro, aunque yo no sé de quién será. Si conoce el Morro, mi Coronel, le diré dónde queda: queda hacia el ladito de abajo de la quinta de don Novillo, a quien cómo no ha de conocer, si es rico como usted.

"La casa estaba casi siempre sola, porque mi madre se iba por la mañana al pueblo y no volvía de su conchabo hasta después de la cena de sus patrones.

"Mi padre y yo no parábamos; él por sus gallos, yo por los caballos que tenía en compostura.

"Todos los días, tarde y mañana, tenía que caminarlos. Luego, el viejo y yo éramos alegres y no perdíamos bailecito. Me quería mucho y siempre me buscaba para que le acompañara; así es que yo era quien lo disculpaba y lo componía con mi madre lo que se peleaban.

"De ese modo lo pasábamos y, aunque éramos pobres, vivíamos contentos, porque jamás nos faltaban buenos reales con que comprar los vicios y ropa. Caballos, ¡para qué hablar! Siempre teníamos superiores.

"En la casa donde mi madre estaba acomodada, había una niña muy donosita, que yo veía siempre que iba por allí de paso, a hablar con la vieja.

"Como los dos éramos muchachos, lo que nos veíamos, nos reíamos. Yo al principio creí que era juguete de la niña; pero después vi que me quería y le empecé a hacerle el amor, hasta que mi madre lo supo, y me dijo que no volviera más por allí.

"Le obedecí, y me puse a visitar otra muchacha hija de un paisano amigo de mi familia, que tenía algunos animales y muchas prendas de plata, como que era hombre de unas manos tan baqueanas para el naipe, que de cualquiera parte le sacaba a uno la carta que él quería. Era peine como él solo. Nadie le ganaba al monte, ni al truco, ni a la primera.

"La hija de la patrona de mi madre se llamaba Dolores; la otra se llamaba Regina. Esta era buena muchacha, ¡pero de ande como aquélla!

"No me acuerdo bien cuánto tiempo pasaría; debió pasar así como medio año.

"Un día mi madre volvió a descubrir que yo seguía en coloquios con la Dolores, siempre que podía, y se me enojó mucho, y aunque ya era hombrecito me amenazó.

"Yo me reí de sus amenazas y seguí cortejando a la Dolores y a la Regina; porque las dos me gustaban y me querían.

"Ya usted sabe, mi Coronel, lo que es el hombre: cuantas ve, cuantas quiere, ¡y las mujeres necesitan tan poco!

Yo no me acuerdo ni de lo que hice ni de lo que contesté entonces.

Pero probablemente aprobé el dicho de Miguelito y suspiré.

Miguelito prosiguió.

"Otro día mi padre y mi madre me dijeron que el padre de Regina les había dicho que si ellos querían nos casaríamos; que él me habilitaría. Que qué me parecía.

"Les contesté que no tenía ganas de casarme. Mi madre se puso furiosa, y el viejo, que nunca se enojaba conmigo, también. Mi madre me dijo que ella sabía por qué era; que me había de costar caro, por no escuchar sus consejos; que cómo me imaginaba que la Dolores podía ser mi mujer; que al contrario, en cuanto la familia maliciara algo, me echaría de veterano; porque eran ricos y muy amigos del juez y del comandante militar.

"Yo no escuchaba consejos ni tenía miedo a nada y seguía mis amores con la Dolores, aunque sin conseguir que me diera el sí.

"Mi madre estaba triste, decía que alguna desgracia nos iba a suceder; ya la habían despedido de la casa de la Dolores y de todo me echaba la culpa a mí.

"De repente lo pusieron preso a mi padre, y lo largaron después; en seguida me pusieron preso a mí, nada más porque les dio la gana, lo mismo que a mi padre. Usted ya sabe, mi Coronel, lo que es ser pobre y andar mal con los que gobiernan.

"Pero me largaron también; y al largarme me dijo el teniente de la partida, que ya sabía que había andado maleando".

-¿Maleando cómo?- le pregunté.

-En juntas contra el Gobierno- me contestó.

"¿Y de ande, mi Coronel?

"Todito era purita mentira.

"Lo que había era que ya me estaban haciendo la cama.

"Ni mi padre ni yo nunca habíamos andado con los colorados, porque no teníamos más opinión que nuestro trabajo y nos gustaba ser libres, y cuando se ofrecía una guardia, por no tomar una carabina, más bien le pagábamos al comandante, que es como se ve uno libre del servicio; si no, es de balde.

"Una tarde, ya anochecía, estábamos en el fogón todos los de casa; sentimos un tropel, ladraron los perros y lueguito se oyó un ruido de sables.

-¿Qué será, qué no será? -decíamos.

"Mi madre se echó a llorar diciéndome:

-Tú tienes la culpa de lo que va a suceder.

"Usted sabe, mi Coronel, lo que son las mujeres, y sobre todo las madres, para adivinar una desgracia.

"Parece que todo lo viesen antes de suceder, como le pasó a mi vieja aquella noche. Porque al ratito de lo que le iba diciendo, ya llegó la partida y se apeó el que la mandaba, haciendo que mi padre se marchara con él sin darle tiempo ni a que alzara el poncho.

"Se lo llevaron en cuerpito.

"Pasamos con mi madre una noche triste, muy triste, mirándonos, yo callado y ella llorando sentada en una sillita al lado de su cama, porque no se acostó.

"Al día siguiente, en cuanto medio quiso aclarar, ensillé, monté y me fui derechito al pueblo a ver qué había.

"Lo acusaban a mi padre de un robo.

"Y decían que si no ponía personero, lo iban a mandar a la frontera.

"¿Y de ande había de sacar plata para pagar personero, ni quién había de querer ir?

"Me volví a mi casa bastante afligido con la noticia que le llevaba a mi madre. Pero pensando que si me admitían por mi padre podía librarlo.

"Le conté a mi madre lo que sucedía, y le dije lo que quería hacer.

"Se quedó callada.

"Le pregunté qué le parecía.

"Siguió callada.

"Se enojó mucho, me echó; me fui, volví tarde; los perros no ladraron, porque me conocieron; llegué sin que me sintieran hasta la puerta del rancho.

"La hallé hincada rezando, delante de un nicho que teníamos, que era Nuestra Señora del Rosario.

"Rezaba en voz muy baja; yo no podía oír sino el final de los Padres Nuestros y de las Aves Marías.

"Contenía el resuello para no interrumpirla, cuando oí que dijo:

"Madre mía y Señora: ruega por él y por mi hijo."

"Suspiré fuerte.

"Mi madre dio vuelta: yo entré en el rancho y la abracé.

"No me dijo nada.

"Con mi padre no se podía hablar. Estaba incomunicado.

"Yo anduve unos cuantos días dando vueltas a ver si conseguía conversar con él, y al fin lo conseguí.

"Me contó lo que había.

"No era nada.

"Todo era por hacernos mal.

"Querían que saliéramos del pago.

"Empezaban con él, seguirían conmigo.

"A fuerza de plata, vendiendo cuanto teníamos, logramos que lo largaran.

"Para esto el juez dio en visitar a mi madre solicitándola, y yo me tuve que casar con Regina, porque su padre fue quien más dinero nos prestó para comprar la libertad del mío.

"Desde el día en que mi padre salió de la prisión -esa noche me casé yo-, ya no hubo paz en mi casa.

"El hombre se puso tristón, no lo pasaba sino en riñas con mi madre.

"Se le había puesto que la pobre había andado en tratos con el juez, por su libertad; creía que todavía andaba.

"¡Y qué había de andar, mi Coronel, si era una mujer tan santa!

"Pero ya sabe usted lo que es un hombre desconfiado.

"Mi padre lo era mucho."

-¿Y a ti cómo te iba con la Regina? -le pregunté al llegar a esta altura del relato.

-Como al diablo -me contestó.

-Pero, antes me has dicho que la querías y que te gustaba -agregué.

-Es verdad, señor, pero es que a la Dolores la quería mucho también, y me gustaba más- repuso.

-¿Y la veías? -proseguí.

-Todas las noches, señor, y de ahí vino mi desgracia y la de toda mi familia -contestó con amargura, envolviéndose en una nube de melancolía.

¡Pobre Miguelito!, exclamé interiormente; admirando aquella ingenuidad infantil en un hombre cuyo brazo había estado resuelto, por simpatía hacia mí, a darle una puñalada al tremendo y temido Epumer.


Capítulo 27