Una excursión: Capítulo 19

Una excursión a los indios ranqueles
Capítulo 19
 de Lucio V. Mansilla


El amanecer. Llegada de las cargas. El marchado de la mula. Achauentrú en el Río Cuarto. Un almuerzo en el fogón. Lo que hicieron las chinas en cuanto se levantaron. El cabo Mendoza y Wenchenao. Enojo fingido. Se presenta Caniupán.


Al día siguiente amaneció la atmósfera turbia y atornasolada.

Las ondulaciones del terreno arenoso, reverberando el sol, formaban caprichosos mirajes, los objetos cercanos se divisaban lejos, creciendo sus proporciones.

Veíanse en lontananza grandes lagunas de superficie plateada y quieta; árboles colosales, que eran pequeños arbustos chamuscados por la quemazón; potros alzados que escarceaban y eran aves de rapiña, que aleteando alzaban el polvo sutil.

Una nubecilla de color terroso parduzco, llamaba hacía rato la atención de mi gente.

Yo estaba vacilando entre matar otra mula o mandar a Crisóstomo comprar una res, porque los choclos no bastaban para que almorzara toda mi gente, cuando oí:

-¡Son indios!

-No, vienen muy despacio para ser indios.

-Son mulas.

-Deben ser las cargas.

La última frase, sacándome de la indecisión en que estaba, me hizo incorporar, ponerme de pie, echar la visual en dirección a los objetos que ocasionaban la contradicción y llamar a Camilo Arias, que tiene la vista de un lince, haciéndole una indicación con la mano.

-¿A ver qué es aquello?

Camilo fijó en el horizonte sus brillantes ojos, cuya mirada hiere como un dardo, y después de un instante de reflexión, con su aplomo habitual y su aire de profunda certidumbre, me contestó:

-Son las cargas, señor.

-¿Estás cierto?

-Sí, mi Coronel.

-¡Arriba todos! -grité-. ¡A la leña todos! ¡Pronto, pronto un fogón, que ya llegan las cargas!

Los asistentes se pusieron en movimiento, desparramándose a todos los vientos; y cuando cada cual regresaba con su carga, la nubecilla que había ido avanzando sobre nosotros transparentaba claramente, a la vista del observador menos agudo, los tres hombres que quedaron atrás y las cuatro cargas con los ornatos sagrados pertenecientes a los franciscanos, la yerba, el azúcar, las bebidas y otras menudencias de poco valor, que eran los grandes presentes que yo destinaba a los caciques principales.

Venían andando a ese paso de la mula que ni es tranco, ni es trote, ni es galope; pero que es rápido y que en la jerga de la lengua de nuestra tierra se llama marchado.

Es una especie de trote inglés, una especie de sobrepaso, que al jinete le hace el efecto de que la mula, en lugar de caminar, se arrastra culebreando.

Todos los aires de marcha, el tranco, el trote, el galope, son cansadores, fatigan hasta postrar.

Sólo el marchado no deshace el cuerpo, ni produce dolores en las espaldas ni en la cintura, permitiendo dormir cómodamente sobre el lomo del macho o de la mula, como en veloz esquife que, rápido, hiende las mansas aguas, dejando tras sí espumosa estela que, aunque parezca macarrónico, compararé al rastro que deja en el suelo blando el híbrido cuadrúpedo, cuya cola maniobra incesantemente a derecha e izquierda, a manera de timón cuando se mueve.

Llegaron, pues, las suspiradas cargas, y mientras se puso todo en tierra y se eligieron los pedazos de charqui más gordos, se hizo un gran fogón colocando en él una olla para cocinar un pucherete y cocer el resto de choclos que quedaba.

Los padres se ocuparon en abrir sus baúles, en sacar los ornamentos sagrados, que estaban húmedos, y en extenderlos con el mayor cuidado al sol.

Con una parte de los presentes para los caciques hubo que hacer lo mismo.

Las mulas se habían caído repetidas veces en los guadales del Cuero, y todo se había mojado, a pesar de haber sido retobados en cuero fresco, con la mayor prolijidad, en el fuerte Sarmiento.

Yo estaba contrariadísimo; ya sabía por experiencia cuán delicado es el paladar de los indios, pues muchísimas veces se sentaron a mi mesa en el Río Cuarto, teniendo ocasión al mismo tiempo, de admirar la destreza con que esgrimían los utensilios gastronómicos, la cuchara y el tenedor; lo bien que manejaban la punta del mantel para limpiarse la boca, el perfecto equilibrio con que llevaban la copa rebosando de vino a los labios.

Tengo muy presente un rasgo de buena crianza de Achauentrú, capitanejo de Mariano Rosas.

Comía en mi mesa; el asistente que le servía le pasó la azucarera, y como el indio viese que no tenía cuchara dentro, echó la vista al platillo de su taza de café y como viese que tampoco tenía cucharita miró al soldado, y lo mismo que lo habría hecho el caballero más cumplido, le dijo:

-¡Cuchara!

-Pronto, hombre, una cuchara para Achauentrú -le grité yo, cambiando miradas de inteligencia con todos los presentes, como diciendo:

Positivamente, no es tan difícil civilizar a estos bárbaros. Avisaron que el charqui estaba soasado y los choelos cocidos, pronto el pucherete.

-A comer -llamé.

Y sentándonos todos en rueda, comenzó el almuerzo, ocupando las visitas los asientos preferentes, que eran al lado de los franciscanos y de mí.

Las dos chinas estaban hermosísimas, su tez brillaba como bronce bruñido; sus largas trenzas negras como el ébano y adornadas de cintas pampas caían graciosamente sobre las espaldas; sus dientes cortos, iguales y limpios por naturaleza, parecían de marfil; sus manecitas de dedos cortos, torneados y afilados; sus piececitos con las uñas muy recortadas, estaban perfectamente aseados.

Esa mañana, en cuanto salió el sol, se habían ido a la costa de la laguna, se habían dado un corto baño, y recatándose un tanto de nosotros, se habían pintado las mejillas y el labio inferior, con carmín que les llevan los chilenos, vendiéndoselo a precio de oro. María, la cuñada de Villarreal, más coqueta que su hermana la casada, se había puesto lunarcitos negros, adorno muy favorito de las chinas.

Para el efecto hacen una especie de tinta de un barro que sacan de la orilla de ciertas lagunas, barro de color plomizo, bastante compacto, como para cortarlo en panes y secarlo así al sol, o dándole la forma de un bollo.

El charqui estaba sabrosísimo -a buena gana no hay pan duro, dice el adagio viejo-, el pucherete suculento; los choclos dulces y tiernos como melcocha.

Los cristianos comimos bien; Villarreal y las chinas se saturaron con aguardiente.

Villarreal lo hizo hasta caldearse, término que, entre los indios, equivale a lo que en castellano castizo significa ponerse calamucano.

Llegó el turno del mate de café; no teniendo otro postre, y habiéndome apercibido de que nos rondaban algunos indios, recién llegados, los llamé, los convidé a tomar asiento en nuestra rueda y les di unos buenos tragos del alcohólico anisado.

Hice acuerdos en ese momento de que no me había informado el cabo conductor de las cargas de las novedades del camino; y aquél, no habiendo sido interrogado, nada me había dicho al respecto. Rumiaba si le llamaría o no en el acto, cuando ciertas palabras cambiadas entre mis ayudantes me hicieron colegir que algo curioso había ocurrido.

Me resolví al interrogatorio, diciendo incontinenti:

-¡Que llamen al cabo Mendoza!

-¡Mendoza! ¡Mendoza!, lo llama el Coronel -oyóse. Y acto continuo se presentó el cabo, cuadrándose militarmente.

-Y, ¿cómo ha ido por el camino? -le pregunté.

-Medio mal, mi Coronel -me contestó.

-¿Por qué no me habías dicho nada?

-Porque usía no me preguntó nada.

-Yo creía que no hubiera habido novedad, y tú debías haber pedido la venia para hablarme.

El cabo agachó la cabeza y no contestó.

-Bueno, pues, cuéntame lo que te ha sucedido.

-Señor, cuando íbamos llegando a un charco que está allacito no más, cerca del médano de la Verde, me salió un indio malazo, con cuatro más, diciéndome:

"Ese soy Wenchenao, ése mi toldo, ésa mi tierra. ¿Con permiso de quién pasando?

"Voy con el coronel Mansilla.

"Ese coronel Mansilla, ¿con permiso de quién pisando mi tierra?

"Eso no sé yo, amigo, déjeme seguir mi camino.

"Los indios nos ponían las lanzas en el pecho y las hincaban a las mulas en el anca para hacerlas disparar.

"No siguiendo camino si no pagando.

"¿Y qué quiere que le pague, amigo? ¿No ve que lo que llevamos es para el cacique Mariano?

"Entonces dando, mejor. Mariano teniendo mucho; Padre Burela viniendo con mucho aguardiente.

"Mientras estábamos en esa conversación, mi coronel, uno de los indios descargó una mula, y llegaron unas chinas con unas pavas, las llenaron bien, echaron bastante azúcar, tabaco y papel en un poncho y se fueron.

"Wenchenao nos dijo entonces:

"Bueno, amigo, siguiendo camino no más, pero dando camisa, pañuelo, calzoncillo.

"Y hasta que no le dimos algo de eso, no nos quitaron las lanzas del pecho, ni nos dejaron pasar."

-Pues has hecho buena hazaña -le dije- ¿Conque tres hombres se han dejado saquear por unos cuantos indios rotosos?

-¿Y qué habíamos de hacer, mi Coronel? -contestó-. Que por hacer pata ancha, nos hubieran quitado todo.

-Tienes razón -le dije-, retírate.

Dio media vuelta, hizo la venia y se alejó.

Aprovechando la presencia de Villarreal y de los otros indios, simulé el mayor enojo e indignación; me levanté de la rueda del fogón; paseándome de arriba a abajo exclamaba a cada rato:

-¡Pícaros! ¡Ladrones! -rellenando estas palabras con imprecaciones por estilo de ésta: -¡Ojalá me hagan algo a mí, para que se los lleve el diablo!

Los indios, sin excepción alguna, me oían fulminar rayos y centellas contra ellos, sin decir una palabra, sin moverse siquiera de su lugar.

Sólo cuando parecía calmado, Villarreal, medio entre San Juan y Mendoza, valiéndome de la metáfora de la tierra, se levantó y viniendo a mí con paso vacilante y aire receloso, me dijo:

-Tenga paciencia, mi Coronel.

-¿Qué paciencia quiere que tenga con esta canalla? -le contesté.

Siguió rogándome que me calmara y yo contestando, y, después de escucharle una larga explicación sobre cómo eran los indios, la diferencia que había entre uno trabajador y uno ladrón, nos quedamos muy amigos.

Hecha la comedia, pedí más aguardiente, y volví a convidar a los indios del fogón.

Por supuesto que la señora de Villarreal y su hermana no dejaron de dirigirme algunas exhortaciones amables, que finalizaban todas con esta frase: tenga paciencia, señor.

Viendo que los huéspedes se iban caldeando creí oportuno hacer cesar las libaciones.

-Dando, dando más, Coronel -me decían varios a la vez, ya caldeados, queriendo rematar.

No hubo tu tía.

Viéndome firme, fueron despejando el campo uno tras de otro. Villarreal y sus chinas me pidieron los caballos para retirarse. Me daban un solo sobre el modo de tratar a los indios, sobre las relevantes prendas del carácter de Ramón, su cacique inmediato, en los momentos que se presentó un precursor de Caniupán, diciéndome que éste no tardaría en llegar; que en Leubucó se hacían grandes preparativos para recibirme, ponderando con tales aspavientos la indiada que se había reunido, los cohetes que se quemarían, que era cosa de chuparse los dedos de gusto, pensando en la imperial recepción que me aguardaba.

Presentóse por fin Caniupán con unos cuarenta individuos vestidos de parada, es decir, montando briosos corceles enjaezados con todo el lujo pampeano, con grandes testeras, coleras, pretales, estribos y cabezadas de plata, todo ello de gusto chileno.

Los jinetes se habían puesto sus mejores ponchos y sombreros, llevando algunos bota fuerte, otros de potro y muchos la espuela sobre el pie pelado.

Levanté el campamento; me despedí de las visitas, y escoltado por Caniupán, tomé el camino de Leubucó.

Mañana haré mi entrada triunfal allí.


Capítulo 19