Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha: Capítulo VI

 Capítulo VI
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha
Tomo II, Parte V
Alonso Fernández de Avellaneda


De la no menos estraña que peligrosa batalla que nuestro caballero tuvo con una guarda de un melonar que él pensaba ser Roldán el Furioso


Caminaron la vía de Zaragoza el buen hidalgo don Quijote y Sancho Panza, su escudero, y anduvieron seis días sin que les sucediese en ellos cosa de notable consideración; sólo que por todos los lugares que pasaban eran en estremo notados, y en cualquiera parte daban harto que reír las simplicidades de Sancho Panza y las quimeras de don Quijote, porque se ofreció en Ariza hacer él proprio un cartel y fijarle en un poste de la plaza, diciendo que cualquier caballero natural o andante que dijese que las mujeres merecían ser amadas de los caballeros, mentía, como él solo se lo haría confesar uno a uno o diez a diez; bien que merecían ser defendidas y amparadas en sus cuitas, como lo manda el orden de caballería; pero que en lo demás, que se sirviesen los hombres dellas para la generación con el vínculo del santo matrimonio, sin más arrequives de festeos, pues desengañaban bien de cuán gran locura era lo contrario las ingratitudes de la infanta Dulcinea del Toboso. Y luego firmaba al pie del cartel: El Caballero Desamorado.

Tras éste, pasaron otros tan apacibles y más estraños cuentos en los demás lugares del camino, hasta que sucedió que, llegando él y Sancho cerca de Calatayud, en un lugar que llaman Ateca, a tiro de mosquete de la tierra, yendo platicando los dos sobre lo que pensaba hacer en las justas de Zaragoza y cómo desde allí pensaba dar la vuelta a la corte del rey y dar en ella a conocer el valor de su persona, volvió la cabeza y vio, en medio de un melonar, una cabaña y, junto a ella, un hombre que la estaba guardando con un lanzón en la mano. Detúvose un poco mirándole de hito a hito, y después de haber hecho en su fantasía un desvariado discurso, dijo:

-Detente, Sancho, detente; que si yo no me engaño, ésta es una de las más estrañas y nunca vistas aventuras que en los días de tu vida hayas visto ni oído decir; porque aquel que allí ves con la lanza o venablo en la mano es sin duda el señor de Anglante, Orlando el Furioso, que, como se dice en el auténtico y verdadero libro que llaman Espejo de caballerías, fue encantado por un moro y llevado a que guardase y defendiese la entrada de cierto castillo, por ser él el caballero de mayores fuerzas del universo; encantándole el moro de suerte que, por ninguna parte puede ser ferido ni muerto si no es por la planta del pie. Éste es aquel furioso Roldán que, de rabia y enojo porque un moro de Agramante, llamado Medoro, le robó Angélica la bella, se tornó loco, arrancando los árboles de raíz, y aun se dice por muy cierto (cosa que yo la creo rebién de sus fuerzas) que asió de una pierna a una yegua sobre quien iba un desdichado pastor y, volteándola sobre el brazo derecho, la arrojó de sí dos leguas; con otras cosas estrañas semejantes a ésta que allí se cuentan por muy estenso, donde las podrás tú leer. Así que, Sancho mío, yo estoy resuelto de no pasar adelante hasta probar con él la ventura; y si fuere tal la mía (que sí será, según el esfuerzo de mi persona y ligereza de mi caballo), que yo le venciere y matare, todas las glorias, victorias y buenos sucesos que tuvo serán, sin duda, míos, y a mí sólo se atribuirán todas las fazañas, vencimientos, muertes de gigantes, desquijaramientos de leones y rompimientos de ejércitos que por sola su persona hizo. Y si él echó, como se cuenta por verdad, la yegua con el pastor dos leguas, dirá todo el mundo que quien venció a este que tal hacía, bien podrá arrojar a otro pastor como aquél a cuatro leguas. Con esto seré nombrado por el mundo y será temido mi nombre; y, finalmente, sabiéndolo el rey de España, me enviará a llamar y me preguntará punto por punto cómo fue la batalla, qué golpes le di, con qué ardides le derribé y con qué estratagemas le falseé las tretas para que diesen en vacío, y, finalmente, cómo le di la muerte por la planta del pie con un alfiler de a blanca. Informado Su Majestad de todo y dándote a ti por testigo ocular, seré sin duda creído, y llevando, como llevaremos, la cabeza en esas alforjas, el rey la mirará y dirá: «¡Ah Roldán, Roldán, y cómo siendo vos la cabeza de los Doce Pares de Francia habéis hallado vuestro par! ¡No os valió, oh fuerte caballero, vuestro encantamiento, ni el haber rompido de sola una cuchillada una grandísima peña! ¡Oh Roldán, Roldán, y cómo de hoy más se lleva la gala y fama el invicto manchego y gran español don Quijote!». Así que, Sancho, no te muevas de aquí hasta que yo haya dado cabo y cima a esta dudosa aventura, matando al señor de Anglante y cortándole la cabeza.

Sancho, que había estado muy atento a lo que su amo decía, le respondió diciendo:

-Señor Caballero Desamorado, lo que a mí me parece es que no hay aquí, a lo que yo entiendo, ningún señor de Argante; porque lo que yo allí veo no es sino un hombre que está con un lanzón guardando su melonar, que, como va por aquí mucha gente a Zaragoza a las fiestas, se le deben de festear por los melones. Y así, digo que mi parecer es, no obstante el de vuesa merced, que no alborotemos a quien guarda su hacienda, y guárdela muy en hora buena, que así hago yo con la mía. ¿Quién le mete a vuesa merced con Giraldo el Furioso ni en cortar la cabeza a un pobre melonero? ¿Quiere que después se sepa, y que luego salga tras nosotros la Santa Hermandad y nos ahorque y asaetee, y después eche a galeras por sietecientos años, de donde primero que salgamos ternemos canas en las pantorrillas? Señor don Quijote, ¿no sabe lo que dice el refrán? Que quien ama el peligro, mal que le pese, ha de caer en él. Delo al diablo, y vamos al lugar, que está cerca. Cenaremos muy a nuestro placer y comerán las cabalgaduras; que a fe que si a Rocinante, que va un poco cabizbajo, le preguntase dónde querría más ir, al mesón o guerrear con el melonero, que dijese que más querría medio celemín de cebada que cien hanegas de meloneros. Pues si esta bestia, siendo insensitiva, lo dice y se lo ruega, y yo también, en nombre della y de mi jumento, se lo suplicamos mal y caramente, razón es nos crea; y mire vuesa merced que por no haber querido muchas veces tomar mi consejo nos han sucedido algunas desgracias. Lo que podemos her es: yo llegaré y le compraré un par de melones para cenar, y si él dice que es Gaiteros, o Bradamonte o esotro demonio que dice, yo soy muy contento que le despanzorremos; si no, dejémosle para quien es, y vamos nosotros a nuestras justas reales.

-¡Oh Sancho, Sancho -dijo don Quijote-, y qué poco sabes de achaque de aventuras! Yo no salí de mi casa sino para ganar honra y fama, para lo cual tenemos ahora ocasión en la mano; y bien sabes que la pintaban los antiguos con copete en la frente y calva de todo el celebro, dándonos con eso a entender que, pasada ella, no hay de dónde asirla. Yo, Sancho, por todo lo que tú y todo el mundo me dijere, no he de dejar de probar esta empresa, ni de llevar, el día que entrare en Zaragoza, la cabeza deste Roldán en una lanza, con una letra debajo della que diga: VENCÍ AL VENCEDOR. Mira, pues, tú, Sancho, cuánta gloria se me seguirá desto, pues será ocasión de que en las justas todos me rindan vasallaje y se me den por vencidos, con la cual todos los precios della serán sin duda míos. Ya voy, Sancho; encomiéndame a Dios, que voy a meterme en uno de los mayores peligros que en todos los días de mi vida me he visto. Y si acaso, por ser varios los peligros de la guerra, muriere en esta batalla, llevarme has a San Pedro de Cardeña; que muerto, estando con mi espada en la mano, como el Cid, sentado en una silla, yo fío que si, como a él, algún judío, acaso por hacer burla de mí, quisiere llegarme a las barbas, que mi brazo yerto sepa meter mano y tratarle peor que el católico Campeador trató al que con él hizo lo proprio.

-¡Oh señor! -respondió Sancho-, por el arca de Noé le suplico que no me diga eso de morir, que me hace saltar de los ojos las lágrimas como el puño y se me hace el corazón añicos de oírselo, de puro tierno que soy de mío. ¡Desdichada de la madre que me parió! ¿Qué haría después el triste Sancho Panza solo, en tierra ajena, cargado de dos bestias, sí vuesa merced muriese en esta batalla?

Comenzó Sancho tras esto a llorar muy de veras y decir:

-¡Ay de mí, señor don Quijote, nunca yo le hubiera conocido por tan poco! ¿Qué harán las doncellas desaguisadas? ¿Quién hará y deshará tuertos? Perdida queda de hoy más toda la nación manchega. No habrá fruto de caballeros andantes, pues hoy acabó la flor dellos en vuesa merced. Más valiera que nos hubieran muerto ahora un año con aquellos desalmados yangüesos cuando nos molieron las costillas a garrotazos. ¡Ay, señor don Quijote, pobre de mí! ¿Y qué tengo de her solo y sin vuesa merced? ¡Ay de mí!

Don Quijote lo consoló diciendo:

-Sancho, no llores, que aún no soy muerto; antes he oído y leído de infinitos caballeros, y principalmente de Amadís de Gaula, que, habiendo estado muchas veces a pique de ser muertos, vivían después muchos años y venían a morir en sus tierras, en casa de sus padres, rodeados de hijos y mujeres. Con todo eso, estése dicho, hagas si muriere, lo que te digo.

-Yo lo prometo, señor -dijo Sancho-, si Dios le lleva para sí, de llevar a enterrar su cuerpo, no solamente a San Pedro de Cerdeña, que dice, sino que, aunque me cueste el valor del jumento, le tengo de llevar a enterrar a Constantinopla. Y, pues va determinado de matar ese melonero, arrójeme acá, antes que parta, su bendición y deme la mano para que se la bese; que la mía y la del señor San Cristóbal le caiga.

Diósela don Quijote con mucho amor, y luego comenzó a espolar a Rocinante, que de cansado ya no se podía mover. Entrando por el melonar y picando derecho hacia la cabaña donde estaba la guarda, iba dando a cada paso a la maldición a Rocinante por ver que cada mata, como era verde, le daba apetito, aunque tenía freno, de probar algunas de sus hojas o melones, fatigado de la hambre.

Cuando el melonero vio que se iba allegando más a él aquella fantasma, sin que reparase en el daño que hacía en las matas y melones, comenzóle a decir a voces que se tuviese afuera; si no, que le haría salir con todos los diablos, del melonar. No curándose don Quijote de las palabras que el hombre le decía, iba prosiguiendo su camino; y ya que estuvo dos o tres picas dél, comenzó a decirle, puesta la lanza en tierra:

-Valeroso conde Orlando, cuya fama y cuyos hechos tiene celebrados el famoso y laureado Ariosto, y cuya figura tienen esculpida sus divinos y heroicos versos, hoy es el día, invencible caballero, en que tengo de probar contigo la fuerza de mis armas y los agudos filos de mi cortadora espada. Hoy es el día, valiente Roldán, en que no te han de valer tus encantamientos ni el ser cabeza de aquellos Doce Pares de cuya nobleza y esfuerzo la gran Francia se gloría; que por mí has de ser, si quiere la Fortuna, vencido y muerto, y llevada tu soberbia cabeza, ¡oh fuerte francés!, en esta lanza a Zaragoza. Hoy es el día en que yo gozaré de todas tus fazañas y vitorias, sin que te pueda valer el fuerte ejército de Carlomagno, ni la valentía de Reinaldos de Montalván, tu primo, ni Montesinos, ni Oliveros, ni el hechicero Malgisi con todos sus encantamientos. ¡Vente, vente para mí, que un solo español soy. No vengo como Bernardo del Carpio y el rey Marsilio de Aragón, con poderoso ejército contra tu persona; sólo vengo con mis armas y caballo contra ti, que te tuviste algún tiempo por afrentado de entrar en batalla con diez caballeros solos. Responde, no estés mudo; sube sobre tu caballo o vente para mí de la manera que quisieres. Mas porque entiendo, según he leído, que el encantador que aquí te puso no te dio caballo, yo quiero bajar del mío; que no quiero hacer batalla contigo con ventaja alguna.

Y bajó en esto del caballo; y, viéndolo Sancho, comenzó a dar voces, diciendo:

-¡Arremeta, nuesamo, arremeta! Que yo estoy aquí rezando por su ayuda y he prometido una misa a las benditas ánimas y otra al señor San Antón, que guarde a vuesa merced y a Rocinante!

El melonero, que vio venir para sí a don Quijote con la lanza en la mano y cubierto con el adarga, comenzóle a decir que se tuviese afuera; si no, que le mataría a pedradas. Como don Quijote prosiguiese adelante, el melonero arrojó su lanzón y puso una piedra poco mayor que un huevo en una honda, y, dando media vuelta al brazo, la despidió como de un trabuco contra don Quijote, el cual la recibió en el adarga; mas falsóla fácilmente, como era de sólo badana y papelones, y dio a nuestro caballero tan terrible golpe en el brazo izquierdo, que, a no cogelle armado con el brazalete, no fuera mucho quebrársele, aunque sintió el golpe bravísimamente. Como el melonero vio que todavía porfiaba para acercársele, puso otra piedra mayor en la honda y tiróla tan derecha y con tanta fuerza, que dio con ella a don Quijote en medio de los pechos, de suerte que, a no tener puesto el peto grabado, sin duda se la escondiera en el estómago.

Con todo, como iba tirada por buen brazo, dio con el buen hidalgo de espaldas en tierra, recibiendo una mala y peligrosa caída, y tal, que, con el peso de las armas y fuerza del golpe, quedó en el suelo medio aturdido. El melonero, pensando que le había muerto o malparado, se fue huyendo al lugar. Sancho, que vio caído a su amo, entendiendo que de aquella pedrada había acabado don Quijote con todas las aventuras, se fue para él llevando al jumento del cabestro, lamentándose y diciendo:

-¡Oh pobre de mi señor Desamorado! ¿No se lo decía yo, que nos fuéramos muy en hora mala al lugar y no hiciéramos batalla con este melonero, que es más luterano que el gigante Golías. Pues ¿cómo se atrevió a llegarse a él sin caballo, pues sabía en Dios y en su conciencia que no le podía matar sino metiéndole una aguja o alfiler de a blanca por la planta del pie?

Llegóse en esto a su señor y preguntóle si estaba malherido. Él respondió que no, pero que aquel soberbio Roldán le había tirado una gran peña y le había derribado con ella en tierra, añadiendo:

-Dame, Sancho, la mano, pues ya he salido con muy cumplida vitoria; que, para alcanzarla, bástame que mi contrario haya huido de mí y no ha osado aguardarme; y el enemigo que huye, hacerle la puente de plata, como dicen. Dejémosle, pues, ir, que ya vendrá tiempo en que yo le busque y, a pesar suyo, acabe la batalla comenzada. Sólo me siento en este brazo izquierdo malherido, que aquel furioso Orlando me debió tirar una terrible maza que tenía en la mano, y si no me defendieran mis finas armas, entiendo que me hubiera quebrado el brazo.

-Maza -dijo Sancho-, bien sé yo que no la tenía, pero le tiró dos guijarros con la honda, que si con cualquiera dellos le diera sobre la cabeza, sobre mí que, por más que tuviera puesto en ella ese chapitel de plata, o como le llama, hubiéramos acabado con el trabajo que habemos de pasar en las justas de Zaragoza. Pero agradezca la vida que tiene a un romance que yo le recé del conde Peranzules, que es cosa muy probada para el dolor de ijada.

-Dame la mano, Sancho -dijo don Quijote-, y entrémonos un rato a descansar en aquella cabaña, y luego nos iremos, pues el lugar está cerca.

Levantóse don Quijote tras esto y quitó el freno a Rocinante, y Sancho quitó la maleta de encima de su jumento, juntamente con la albarda; metiólo todo en la cabaña, quedando Rocinante y el jumento señores absolutos del melonar, del cual cogió Sancho dos melones harto buenos, y con un mal cuchillo que traía los partió y puso encima la albarda para que comiese don Quijote; si bien él, tras solos cuatro bocados que tomó dellos, mandó a Sancho que los guardase para cenar en el mesón a la noche.

Pero, apenas había Sancho comido media docena de rebanadas, cuando el melonero vino con otros tres harto bien dispuestos mozos, trayendo cada uno una gentil estaca en la mano; y, como vieron el rocín y jumento sueltos, pisando las matas y comiendo los melones, encendidos en cólera, entraron en la cabaña, llamándolos ladrones y robadores de la hacienda ajena, acompañando estos requiebros con media docena de palos que les dieron muy bien dados, antes que se pudiesen levantar. Y a don Quijote, que por su desgracia se había quitado el morrión, le dieron tres o cuatro en la cabeza, con que le dejaron medio aturdido y aun muy bien descalabrado. Pero Sancho lo pasó peor, que, como no tenía reparo de coselete, no se le perdió garrotazo en costillas, brazos y cabeza, quedando también atordido como lo quedaba su amo. Los hombres, sin curar dellos, se llevaron al lugar, en prendas, el rocín y jumento por el daño que habían hecho.

De allí a un buen rato, vuelto Sancho en sí, y viendo el estado en que sus cosas estaban y que le dolían las costillas y brazos de suerte que casi no se podía levantar, comenzó a llamar a don Quijote, diciendo:

-¡Ah señor caballero andante! (andado se vea él con todos cuantos diablos hay en los infiernos), ¿parécele que quedamos buenos? ¿Es éste el triunfo con que habemos de entrar en las Justas de Zaragoza? ¿Qués de la cabeza de Roldán el encantado que hemos de llevar espetada en lanza? Los diablos le espeten en un asador, plegue a Santa Apolonia! Estoyle diciendo sietecientas veces que no nos metamos en estas batallas impertinentes, sino que vamos nuestro camino sin hacer mal a nadie, y no hay remedio. Pues tómese esos peruétanos que le han venido y aun plegue a Dios, si aquí estamos mucho, no vengan otra media docena dellos a acabar la batalla que los primeros comenzaron. Álcese, pesia a las herraduras del caballo de San Martín, y mire que tiene la cabeza llena de chinchones y le corre la sangre por la cara abajo, siendo ahora de veras el de la Triste Figura, por sus bien merecidos disparates.

Don Quijote, volviendo en sí y sosegándose un poco, comenzó a decir:

-Rey don Sancho, rey don Sancho,

no dirás que no te aviso,

que del cerco de Zamora

un traidor había salido.

-¡Mal haya el ánima de Anticristo! -dijo Sancho-. Estamos con las nuestras en los dientes, y ahora se pone muy de espacio al romance del rey don Sancho. Vámonos de aquí, por las entrañas de todo nuestro linaje, y curémonos; que estos barrabases de Gaiteros, o quien son, nos han molido más que sal, y a mí me han dejado los brazos de suerte que no los puedo levantar a la cabeza.

-¡Oh buen escudero y amigo -respondió don Quijote-, has de saber que el traidor que desta suerte me ha puesto es Bellido de Olfos, hijo de Olfos Bellido.

-¡Oh, reniego de ese Bellido o bellaco de Olfos, y aun de quien nos metió en este melonar!

-Este traidor -dijo don Quijote-, saliendo conmigo mano a mano, camino de Zamora, mientras que yo me bajé de mi caballo para proveerme detrás de unas matas, este alevoso, digo, de Bellido, me tiró un venablo a traición y me ha puesto de la suerte que ves. Por tanto, ¡oh fiel vasallo!, conviene mucho que tú subas en un poderoso caballo, llamándote don Diego Ordóñez de Lara, y que vayas a Zamora; y, en llegando junto a la muralla, verás entre dos almenas al buen viejo Arias Gonzalo, ante quien retarás a toda la ciudad, torres, cimientos, almenas, hombres, niños y mujeres, el pan que comen y el agua que beben, con todos los demás retos con que el hijo de don Bermudo retó a dicha ciudad, y matarás a los hijos de Arias Gonzalo, Pedro Arias y los demás.

-¡Cuerpo de San Quintín! -dijo Sancho-. Si vuesa merced ve cuáles nos han puesto cuatro meloneros, ¿para qué diablos quiere que vamos a Zamora a desafiar toda una ciudad tan principal como aquélla? ¿Quiere que salgan della cinco o seis millones de hombres a caballo y acaben con nuestros bienes, sin que gocemos de los premios de las reales justas de Zaragoza? Deme la mano y levántese, y iremos al lugar, que está cerca, para que nos curen y a vuesa merced le tomen esa sangre.

Levantóse don Quijote, aunque con harto trabajo, y salieron los dos fuera de la cabaña; pero cuando no vieron a Rocinante ni el jumento, fue grandísimo el sentimiento que don Quijote hizo por él; y Sancho, dando vueltas alrededor de la cabaña buscando su asno, decía llorando:

-¡Ay, asno de mi ánima!, ¿y qué pecados has hecho para que te hayan llevado de delante mis ojos? Tú eres la lumbre dellos, asno de mis entrañas, espejo en que yo me miraba. ¿Quién te me ha llevado? ¡Ay, jumento mío, que por ti solo y por tu pico podías ser rey de todos los asnos del mundo! ¿Adónde hallaré yo otro tan hombre de bien como tú? Alivio de mis trabajos, consuelo de mis tribulaciones, tú solo me entendías los pensamientos, y yo a ti, como si fuera tu proprio hermano de leche. ¡Ay, asno mío, y cómo tengo en la memoria que cuando te iba a echar de comer a la caballeriza, en viendo cerner la cebada, rebuznabas y reías con una gracia como si fueras persona; y cuando respirabas hacia dentro, dabas un gracioso silbo, respondiendo por el órgano trasero con un gamaút, que mal año para la guitarra del barbero de mi lugar que mejor música haga cuando canta el pasacalles de noche.

Don Quijote se consoló diciendo:

-Sancho, no te aflijas tanto por tu jumento, que yo he perdido el mejor caballo del mundo, pero sufro y disimulo hasta que le halle, porque le pienso buscar por toda la redondez del universo.

-¡Oh señor! -dijo Sancho-, ¿no quiere que me lamente, ¡pecador de mí!, si me dijeron en nuestro lugar que este mi asno era pariente muy cercano de aquel gran retórico asno de Balán, que buen siglo haya? Y bien se ha echado de ver en el valor que ha mostrado en esta reñida batalla que con los más soberbios meloneros del mundo habemos tenido.

-Sancho -dijo don Quijote-, para lo pasado, no hay poder alguno, según dice Aristóteles. Y así, lo que por ahora puedes hacer es tomar esta maleta debajo del brazo y llevar esta albarda a cuestas hasta el lugar, y allí nos informaremos de todo lo que nos fuere necesario para hallar nuestras bestias.

-Sea como vuesa merced mandare -dijo Sancho, tomando la maleta y diciendo a don Quijote que le echase la albarda encima.

-Mira, Sancho -replicó él-, si la podrás llevar; si no, lleva primero la maleta y luego volverás por ella.

-Sí podré -dijo Sancho-, que no es ésta la primera albarda que he llevado a cuestas en esta vida.

Púsosela encima, y, como el ataharre le viniese junto a la boca, dijo a don Quijote que se la echase tras de la cabeza, porque le olía a paja mal mascada.