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Nota: Poema publicado en el libro En las orillas del Sar (1909).


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 Sed de amores tenía, y dejaste
Que la apagase en tu boca
¡Piadosa samaritana!
  Y te encontraste sin honra,
Ignorando que hay labios que secan
  Y que manchan cuanto tocan.

 ¡Lo ignorabas!..., y ahora lo sabes,
Pero yo sé también, pecadora
  Compasiva, porque a veces
  Hay compasiones traidoras,
  Que si el sediento volviese
  A implorar misericordia,
  Su sed de nuevo apagaras,
  Samaritana piadosa.

   No volverá, te lo juro;
  Desde que una fuente enlodan

 Con su pico esas aves de paso,
 Se van a beber á otra.

*
* *

 Sintiéndose acabar con el estío
  La desahuciada enferma,
  — ¡Moriré en ei otoño! —
Pensó entre melancólica y contenta^
Y sentiré rodar sobre mi tumba
  Las hojas también muertas.

 Mas... ni aun la muerte complacer la quiso,
  Cruel también con ella:
Perdonóle la vida en el invierno,
Y cuando todo renacía en la tierra
La mató lentamente, entre los himnos
Alegres de la hermosa primavera.

*
* *

 Una cuerda tirante guarda mi seno,
Que al menor viento lanza siempre un gemido.
Mas no repite nunca más que un sonido
Monótono, vibrante, profundo y lleno.

 Fué ayer y es hoy y siempre:
  Al abrir mi ventana.

Veo en Oriente amanecer la aurora,
Después hundirse el sol en lontananza.
  Van tantos años de esto,
  Que cuando a muerto tocan,
Yo no sé si es pecado, pero digo:
— ¡Qué dichoso es el muerto, o qué dichosa!