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Satiricón
Capítulos 26,7 - 78 (Cena de Trimalquión)

de Petronio


[LA CENA DE TRIMALQUIÓN, capítulos 26,7 - 78]

Se aproximaba ya el día fijado por Trimalcio [Trimalquión] para manumitir a unos cuantos esclavos suyos, fiesta que celebraba con una esplendida. cena. Volvimos a nuestro albergue a poco, y curamos nuestras heridas con vino y aceite, tendiéndonos en los lechos. Sin embargo, como habíamos dejado a uno de nuestros raptores moribundo en la calle, pasábamos grandes angustias e inquietudes, imaginando el modo de conjurar la tormenta. En esto, un criado de Agamenón vino a interrumpir nuestras tristes reflexiones: -¿Y qué, dijo, no sabéis lo que se hace hoy? Trimalcio, ese hombre opulento que tiene en el triclinio un reloj que le advierte por medio de un esclavo con bocina cuánto pierde de vida, os espera a cenar-. Oído esto, y olvidando nuestras fatigas, nos vestimos apresuradamente, y Gitón, que seguía voluntariamente sirviéndonos, recibió la orden fe acompañarnos al baño.

CAPÍTULO XXVII. Comenzamos a errar loqueando, y llegamos a un círculo de histriones, en el que vimos a un viejo calvo, vestido de una túnica roja, y jugando a la pelota con jóvenes esclavos de cabellos largos y flotantes. Admirábamos la belleza de los esclavos y la agilidad del viejo, y vimos que en cuanto una pelota tocaba el suelo, era rechazada fuera del círculo; un siervo, con una cesta elegante llena de pelotas, proporcionaba las necesarias para el juego. Entre otras novedades, notamos dos eunucos colocados en los dos extremos del círculo, de los cuales, el uno tenía en la mano un vaso nocturno de plata y el otro contaba las pelotas, no las que los jugadores se lanzaban unos a otros, sino las que caían al suelo y eran desechadas. Cuando admirábamos tanta magnificencia, llegose a nosotros Menelao, y -He ahí, dijo, el que os obsequia. ¿Y qué? ¿No veis ya en esto un buen preludio de la cena?- Iba a proseguir Menelao, cuando Trimalcio hizo sonar sus dedos, y a esta señal aproximose a el uno de los eunucos con la bacinilla en la mano. Descargó en ella su vejiga Trimalcio, indicó con un gesto que se le sirviera agua, mojó ligeramente sus dedos y los secó en los cabellos de uno de los esclavos.

CAPÍTULO XXVIII. Muchas fueron las singularidades que nos sorprendieron; así que entramos en el baño, pasando del caliente, que nos hizo sudar bastante, al frío. Nos tomaron por su cuenta los frotadores. Ya Trimalcio acababa de ser perfumado y frotado, y los paños con que frotaron su cuerpo no eran de lino, sino de lana suavísima. Tres siervos, en presencia suya, escanciaban el Falerno; disputábanse a quien bebería más, y por ello derramaban al suelo bastante. Trimalcio les dijo: -Bebed, bebed a mi salud.- Lo envolvieron en una, túnica escarlata, lo colocaron en una litera precedida de cuatro lacayos con libreas magníficas, a pie, y de una silla de manos en que se figuraban las delicias de Trimalcio por medio de un joven prematuramente avejentado y deforme. Mientras lo conducían, se acercó a él un músico con una flauta, e inclinándose hacia su oído como si fuera a comunicarle algún secreto, comenzó a tocar, no cesando en todo el camino de hacerlo. Seguimos en silencio, ya cansados de admirar tantas cosas, y llegamos con Agamenón a la puerta del palacio, en cuya parte superior leímos esta inscripción:
Cualquier esclavo
que sin permiso del Señor saliere
con cien azotes sea castigado.
En el vestíbulo hallábase el portero con túnica verde que sujetaba un cinturón de color de cereza, y el cual desgranaba guisantes en una fuente de plata. Una jaula de oro suspendida del techo encerraba un jilguero que saludaba con sus trino s a los visitantes.

CAPÍTULO XXIX. Admiraba yo todo con la boca abierta, cuando vi a la izquierda y cerca de la portería un enorme perro encadenado y encima de su caseta escrito en letras mayúsculas esta advertencia: ¡MUCHO CUIDADO CON EL PERRO! Los compañeros míos rieron de mi miedo, pues me temblaban las piernas a la idea de tener que pasar junto al perro... que era pintado solamente. Recobré el ánimo y pasé a examinar los demás frescos que adornaban las paredes; uno de ellos representaba un mercado de esclavos, los que llevaban sus títulos colgados del cuello, y en otros se representaba a Trimalcio mismo, los cabellos al viento y con un caduceo en la mano, entrando en Roma conducido por Minerva, más lejos estaba tomando lecciones de filosofía y luego hecho tesorero. El curioso pintor había tenido buen cuidado de ayudar con minuciosas inscripciones la inteligencia del espectador. En un extremo del pórtico, otro cuadro representaba a Trimalcio cogido de la barba por Mercurio y colocado por el dios en el sitial más elevado de un alto tribunal; cerca de él, la Fortuna con enorme cuerno de abundancia, le ofrecía sus dones, y las tres Parcas, con finísimos hilos de oro, tejían su destino. Vi otro cuadro en el cual un tropel de esclavos ejercitábale en la carrera; y a un lado del pórtico contemplé un gran armario que encerraba, en un magnífico relicario, varios dioses Lares de plata, una estatua de Venus de mármol y una caja de oro bastante grande que contenía, según dijeron, la primera barba de Trimalcio. -¿Qué representan, pregunté al portero, esos cuadros de ahí en medio? -La Ilíada y la Odisea, respondió, y a la izquierda un combate de gladiadores.

CAPÍTULO XXX. No era posible examinar despacio tantas preciosidades. Llegamos a la sala del festín, en cuyo dintel nos esperaba de pie el maestresala. Sobre la puerta, sorprendiome ver dos águilas sobre hachas de acero y con especie de espuelas en las garras, de las que colgaba una placa de bronce donde se leía en mayúsculas: A CAYO POMPEYO QUE SUFRIÓ AUGUSTO AL TESORERO DE TRIMALCIO, CINNAMO. <A GAYO POMPEYO TRIMALCIÓN, SEVIR AUGUSTAL, CINAMO SU ADMINISTRADOR>
Para alumbrar bien esta inscripción se habían colocado ante ella dos lámparas; y a ambos lados de la puerta tablitas, una de las cuales, si mal no recuerdo, tenía escrito:
El día III y la víspera de las calendas de Enero Cayo, Nuestro Señor, cenó en esta casa.
Y en la otra se representaban el curso de la luna, los siete planetas y los días fastos y nefastos, indicados con puntos de diferentes colores. Ya hartos de contemplar maravillas íbamos a entrar en la sala del festín, cuando un esclavo encargado de ello, nos gritó adviniéndonoslo: -¡Del pie derecho!- Tras un momento de confusión y temerosos de que alguno de los convidados echase primero el pie izquierdo, al fin entramos como se nos había advertido, y apenas en el comedor, un esclavo vino a echarse a nuestros pies implorando misericordia. Su falta, según dijo, había sido leve: dejar perder el traje del tesorero de Trimalcio mientras aquel funcionario estaba en el baño. El esclavo nos aseguró que el traje extraviado no valía diez sestercios. Salimos del comedor, siempre del pie derecho, y fuimos en busca del tesorero, que se hallaba en su oficina contando oro, suplicándole perdonase al esclavo. -No me mueve tanto la pérdida, dijo, como la negligencia de ese negadísimo siervo. El vestido que me ha hecho perder, añadió orgullosamente, era un vestido de festín que me regaló por mi cumpleaños uno de mis clientes; era, sin duda, de púrpura de Tyro, pero había sido ya lavada. Sin embargo, ¿qué importa? Os doy al reo.

CAPÍTULO XXXI. Reconocido por tan gran beneficio, cuando de nuevo entramos en el comedor, acudió a nosotros el mismo esclavo por quien acabábamos de rogar, y agradeció nuestra humanidad cubriéndonos de besos con gran estupefacción nuestra. -Ahora conoceréis, dijo, que no habéis obligado a un ingrato. Mi obligación es la de escanciar el vino del señor-. Cuando después de todos esos retrasos nos colocamos por fin en la mesa, esclavos egipcios nos vertieron en las manos agua de nieve; luego otros nos lavaron los pies y nos limpiaron con admirable destreza las uñas, cantando mientras lo hacían. Curioso por saber si todos los demás esclavos imitaban a éstos, pedí de beber, y el esclavo, que me sirvió acaloradamente, acompañó ese acto con un canto agrio y discordante; así hacían todas las gentes de la casa cuando se les pedía algo. Creeríais hallaros entre un coro de histriones, no en el comedor de un padre de familia. Habían servido ya el primer plato, verdaderamente suculento, y todo el mundo hallábase en la mesa, menos Trimalcio, cuyo lugar, según costumbre, era el sitio de honor. En una fuente, destinada a los entremeses, había un pollino esculpido en bronce de Corinto, con una albarda que contenía de un lado olivas verdes y de otro negras. En el lomo del animal dos pequeños platos de plata tenían grabados; en el uno, el nombre de Trimalcio, y en el otro, el peso del metal. Arcos en forma de puente sostenían miel y frutas; más lejos, salsas humeantes en tarteras de plata, ciruelas de Siria y granos de granada.

CAPÍTULO XXXII. Estábamos anegados en ese océano de delicias, cuando estalló una preciosa sinfonía y a sus acordes entró Trimalcio llevado por esclavos, que le colocaron dulcemente sobre un lecho guarnecido de magníficos cojines. A su imprevista aparición, no pudimos menos de reír aturdidamente. Su cabeza calva, brillaba bajo el velo de púrpura, y llevaba anudada al cuello una riquísima servilleta que cubría sus magníficos vestidos por delante y de la cual pendían dos franjas que defendían sus costados. En el dedo meñique de la mano izquierda llevaba un gran anillo dorado, y en la falange superior del anular de la misma mano, otro anillo más pequeño, según me pareció de oro purísimo y sembrado de estrellas de acero. No es eso todo; como para deslumbrarnos con sus riquezas, descubría en su brazo derecho un precioso brazalete de oro esmaltado con pequeñas láminas del marfil más brillante y mejor bruñido.

CAPÍTULO XXXIII. Mientras se limpiaba los dientes con un alfiler de plata: -Amigos, nos dijo, a seguir solamente mi gusto, no hubiera venido tan pronto al festín, entretenido en una partida por demás interesante para mí; pero por no retardar vuestros placeres con mi ausencia, la suspendí. ¿Me permitís que termine el juego?- Seguíale un niño, en efecto, llevando en la mano un tablero de damas de terebinto y con las casillas de cristal, sorprendiéndome mucho que en vez de los peones ordinarios blancos y negros, jugaban con monedas de oro y plata. Mientras que jugando se apoderaba de todos los peones de su adversario, se nos sirvió sobre una fuente una cesta en la que había una gallina de madera tallada que, con las alas abiertas y extendidas, parecía empollar huevos. A los acordes de la eterna cantilena, dos esclavos se aproximaron, y escarbando en la paja, sacaron huevos de pava real que distribuyeron entre los convidados. Esta escena atrajo las miradas de Trimalcio: -Amigos, exclamó, supongo que la gallina no habrá empollado los huevos de la pava, ¡Por Hércules, que pudiera haber sucedido!; pero vamos a probar ahora si podemos comerlos-. Al efecto se nos sirvieron unas cucharas que no pesaban menos de media libra, y abrimos los huevos cubiertos de una ligera capa de harina que imitaba perfectamente la cáscara. Estuve a punto de tirar el mío, porque creí ver moverse en su interior al pollo, cuando un viejo parásito me dijo: -No sé lo que hay aquí que debe ser muy bueno-. Reparo bien, y me encuentro con un papafigo sepultado entre yemas de huevo deshechas.

CAPÍTULO XXXIV. Dio por terminado el juego Trimalcio y se hizo llevar de todos los manjares que se nos habían servido, anunciándonos en alta voz que si alguno quería cambiar de vino o continuar con el mismo, lo dijese con franqueza; en seguida, a una nueva señal, se comenzó la música. En medio del tumulto del servicio cayose al suelo un plato de plata, y un esclavo jovencillo, queriendo acertar, lo levantó. Advirtiolo Trimalcio e hizo dar al chiquillo un vigoroso sopapo por su oficiosidad, ordenando que se dejara el plato donde había caído para que el sirviente lo barriera con los otros desperdicios. Entraron seguidamente dos etíopes de larga cabellera, llevando pequeños bolos, parecidos a los que sirven para regar la arena del circo, y en vez de agua nos echaron vino en las manos. Como se elogiara entusiastamente este exceso de lujo, exclamó nuestro anfitrión: -Marte ama la igualdad-. En consecuencia, pidió que cada convidado se sirviera a sí mismo, añadiendo: -De ese modo, no amontonándose aquí los esclavos, nos molestarán menos-. En seguida trajeron unos frascos de cristal cuidadosamente lacrados, del cuello de cada uno de los cuales colgaba un marbete con esta inscripción:
FALERNO OPIMIANO DE CIEN AÑOS
Mientras leíamos el rótulo, Trimalcio, golpeando las manos satisfecho, dijo: -¡Ay!... ¡Luego es cierto que el vino vive más que el hombre!... Bebamos hasta saciarnos; el vino es la vida. El que os ofrezco es verdadero opimiano. No era tan bueno el que puse ayer sobre la mesa, aunque me acompañaban a ella más encopetados personajes-. Mientras que, sin dejar de saborear el exquisito néctar admirábamos cada vez más la suntuosidad del festín, un esclavo colocó sobre la mesa un esqueleto de plata, tan bien hecho, que las vértebras y articulaciones podrían moverse en cualquier sentido. El esclavo hizo funcionar el mecanismo, moviendo dos o tres veces los resortes para hacer tomar al autómata diversas actitudes y Trimalcio declamó con énfasis estos versos:
¡Ay de nosotros míseros! ¡Qué corta,
frágil y deleznable es la existencia!...
Un paso de la tumba nos separa...
¡Vivamos, pues, con el placer por lema!

CAPÍTULO XXXV. Esta especie de elegía fue interrumpida por la llegada del segundo servicio, hacia el cual volvimos todos los ojos, y que no correspondió por su magnificencia a nuestra expectativa. Bien pronto sin embargo atrajo nuestra admiración una especie de globo en torno del cual estaban representados los doce signos del Zodiaco, ordenados en círculo. Encima de cada uno de ellos se habían colocado manjares que por su forma o por su naturaleza tenían alguna relación con dichas constelaciones: sobre Aries, hígado de cordero: sobre Tauro, un trozo de buey; sobre Géminis, riñones y testículos; sobre Cáncer, una corona; sobre Leo, higos de África; sobre Virgo, una matriz de marrana; encima del signo Libra, una balanza que en un lado tenía una torta, y en el otro peso una galleta; sobre Escorpión, un pescado marino; sobre Sagitario, una liebre; una langosta sobre Capricornio; sobre el Acuario, una oca, y sobre Piscis, dos truchas. En el centro de este hermoso globo, un cuadrado artístico de mullido césped sostenía un rayo de miel. Un esclavo egipcio, dando vuelta a la mesa nos iba ofreciendo pan caliente en un horno de plata, y mientras sacaba de su ronca garganta un himno extraño, en honor de no sé qué divinidad. Nos disponíamos tristemente a atacar manjares tan groseros, cuando Trimalcio: -Si queréis creerme, nos dijo, cenemos. Tenéis ante vosotros lo mejor de la cena.

CAPÍTULO XXXVI. En cuanto hubo pronunciado estas palabras, y al son de los instrumentos, cuatro esclavos se lanzan hacia la mesa y, bailando, arrebataron la parte superior del globo. Esto descubrió a nuestra vista un nuevo servicio espléndido: aves asadas, una teta de marrana, una liebre con alas en el lomo figurando el Pegaso, etc. Cuatro sátiros en las esquinas de aquel arcón tenían en las manos unos odres por cuyas bocas salía el agua engrosando la del estanque y formando en él olas por entre las cuales nadaban verdaderos peces. A la vista de esa maravilla todos los esclavos aplaudieron y nosotros les imitamos, atacando con verdadero júbilo tan exquisitos manjares. Trimalcio, encantado como nosotros de esta sorpresa que habíanos preparado su cocinero. -¡Trincha! exclamó-. Y el maestresala se apresuró a obedecerle cortando todas las viandas al compás de la música, y con tal precisión que se le hubiese tomado por un conductor de carros recorriendo la arena del circo al compás de un órgano hidráulico. Trimalcio seguía diciendo con las más dulces inflexiones de su voz: -¡Trincha!, ¡trincha! Sospechando yo alguna broma en aquella palabra tan a menudo repetida, pregunté al comensal que más cerca tenía y él, que frecuentaba la casa: -¿Ves, repuso, al encargado de trinchar? Se llamaba Trincha; y así cada vez que Trimalcio exclama: ¡Trincha! con la misma palabra le llama y le ordena.

CAPÍTULO XXXVIl. No pudiendo ya probar bocado me volví hacia mi vecino de mesa para conversar con él, y después de unas cuantas preguntas, sin otro objeto que entablar la conversación, pregúntele quién era una mujer que iba y venía de una parte a otra toda la noche. -La esposa, me dijo, de Trimalcio, la cual se llama Fortunata y no podía tener mejor nombre, porque ha sido ciertamente afortunada. -¿Y cómo ha sido eso? -Lo ignoro. Sólo sé que antes no hubiera querido recibir de ella ni el pan. Ahora no sé cómo ni por qué es la mujer de Trimalcio, quien sólo ve por sus ojos, al extremo que si al medio día le dijere que era de noche, lo creería. Él mismo no sabe lo que tiene: pero ella cuida y administra admirablemente su fortuna, y está siempre donde menos se piensa. Sobria, prudente, de buen consejo, tiene empero una lengua viperina, que corla como un sable; cuando ama, ama; pero cuando aborrece, aborrece de veras. Trimalcio posee vastísimos dominios que cansarían las alas de un milano que los recorriese. Amontona el oro de tal manera que se ve más dinero en su portería del que cualquiera otro puede reunir con todo su patrimonio. En cuanto a esclavos ¡oh!, ¡oh!, ¡por Hércules! No creo que la décima parte de ellos conozca a su amo. Sin embargo, le temen todos, al extremo de entrar a una seña imperativa suya por un agujero de ratones.

CAPÍTULO XXXVIII. No tiene necesidad, como podríais haber supuesto, de comprar nada, porque nada falta en sus dominios: lana, cera, mostaza y hasta leche de gallina si se te antojara podría servirte. Sus ovejas le daban una lana no buena e hizo traer carneros de Tarento para mejorar sus rebaños. Con objeto de poseer miel ática hizo traer abejas de Atenas, confiando en que la mezcla de sus abejas con las de Grecia mejoraría el producto de los enjambres. Estos días ha hecho escribir a la India pidiendo semilla de setas; y no hay mula en sus cuadras que no sea hija de un onagro. ¿Veis estos lechos? No hay uno solo cuya lana no esté teñida de púrpura o de escarlata. ¡Tanta es la dicha de ese hombre!...
En cuanto a esos libertos, no vayas a menospreciarlos, Nadan en la opulencia. ¿Ves aquel del extremo de la mesa? Hoy posee sus ochocientos dobles sestercios; de la nada salió; solía llevar leña a cuestas para vivir. Aseguran (no lo sé, pero así lo he oído) que tuvo la destreza de apoderarse del sombrero de un íncubo y encontró en él un tesoro. Si algún dios le ha hecho ese presente, yo no le envidio. No por ello es menos liberto reciente; pero no lo quiero mal. Últimamente ha hecho grabar sobre la puerta de su casa, esta inscripción: CAYO POMPEYO DIÓGENES DESDE LAS CALENDAS DE JULIO ALQUILA LA CASA PORQUE QUIERE COMPRAR OTRA. -¿Quién es el que ocupa la otra plaza destinada a los libertos? ¡Qué bien se cuida! -No le reprocho por ello. Había ya decuplado su patrimonio, pero sus negocios se torcieron, y ahora no tiene un solo cabello en la cabeza que le pertenezca. Pero, ¡por Hércules!, no es culpa suya, pues no hay hombre más honrado. Culpa es de algunos bribones que lo han despojado de todo. Ya se sabe que cuando la marmita se vuelca y la fortuna se pierde, también los amigos desaparecen. -Y ¿qué honrada ocupación tenía cuando le sobrevino tal percance? -Esta: empresario de pompas fúnebres. Solía comer tan bien como un rey. En su mesa se veían jabalíes enteros, platos de repostería, aves, ciervos, pescados, liebres; más vino se derramaba en su mesa que el que guardan otros en sus bodegas. -Fantástico, no racional. -Cuando se torcieron sus negocios, temiendo que sus acreedores le hiciesen cargo por su lujo, hizo fijar en su puerta este cartel: JULIO PRÓCULO VENDERÁ AL MEJOR POSTOR LO SUPERFLUO DE SU CASA.

CAPÍTULO XXXIX. Interrumpió Trimalcio la agradable charla, cuando ya se habían llevado el segundo servicio, y habiendo excitado el vino la hilaridad de los convidados habíase hecho general la conversación. -Ahí tenéis vino, dijo, bebed para cobrar nuevas fuerzas y hasta que los pescados que hemos comido puedan nadar en los estómagos. Os ruego, sin embargo, que no penséis que me contento con los manjares que se nos han servido. ¿No conocéis a Ulises? ¿Cómo es eso?... Oportuno me parece sin embargo que mezclemos al placer de la mesa el de sabias o discretas disertaciones. ¡Que las conizas de mi bienhechor descansen en paz!... A él debo representar el papel de hombre entre los hombres. He aquí por qué no puede sorprenderme como novedad nada que se me sirva. Por ejemplo, puedo explicaros, queridos amigos, la alegría que encierra ese globo que acaban de servirnos. El cielo es la mansión de esas doce divinidades de las cuales toma la forma sucesivamente. Tan pronto está bajo la influencia de Aries, y todos cuantos nacen al amparo de tal constelación poseen numerosos rebaños, y abundante lana, siendo testarudos, impúdicos, farsantes, signo que preside el nacimiento de la mayoría de los estudiantes y declamadores (aquí aplaudimos entusiastas la ingeniosa sutileza de nuestro astrólogo anfitrión); tan pronto bajo la del Toro (Tauro) que viene inmediatamente a reinar en el cielo. Entonces nacen los libertinos, glotones y borrachos, todos los que sólo se aplican a satisfacer sus apetitos brutales. Los que nacen bajo el signo de Géminis, buscan el acoplarse, como los caballos del carro, los bueyes de carreta, los dos órganos de la generación, que enardecen igualmente a los dos sexos. Como yo he nacido bajo la influencia de Cáncer y marcho, como ese anfibio, con varios pies, extendiéndose mis posesiones por los dos elementos, he colocado sobre tal signo una corona, con objeto de no desfigurar mi horóscopo. Bajo Leo nacen los grandes comedores y aquellos a quienes gusta dominar; bajo Virgo, las mujeres, los afeminados y poltrones destinados a la esclavitud; bajo Libra, los carniceros, los perfumistas y cuantos venden sus mercancías al peso; bajo Escorpión, los envenenadores y los asesinos; bajo Sagitario, los estrabones, que parecen contemplar las legumbres y se llevan el tocino; bajo Capricornio, los farderos cuya piel encallece con el trabajo; Acuario preside el nacimiento de tenderos y gentes que tienen vueltos los sesos agua; y Piscis, los cocineros y los retóricos. Así da vueltas el mundo como una muela y siempre produce algún daño a los hombres que nacen y mueren. En cuanto al césped que veis en medio del globo y al rayo de miel que lo cubre, no ha sido hecho sin una razón. La Madre Tierra, redonda como un huevo, que ocupa el centro del universo, tiene en sí misma todo lo bueno que existe, como la miel.

CAPÍTULO XL. Todos los comensales le aclamamos, elevando las manos al cielo, y juramos que ni Hipaseo <Hiparco> ni Asato <Arato> merecían ser comparados a Trimalcio. En esto entraron algunos sirvientes que extendieron sobre nuestros lechos tapices bordados en los que se representaban episodios diferentes de caza. No comprendimos el significado de esto, pero de repente oímos fuertes ladridos y grandes perros de Laconia se precipitaron en la estancia, corriendo alrededor de la mesa. Dos esclavos les seguían llevando una fuente sobre la cual erguíase un jabalí de gran tamaño, con un gorro de liberto, y de cuyos colmillos pendían dos cestillos de palma:
uno lleno de dátiles de Siria y otro con dátiles de la Tebaida. Dos lechones, hechos de pasta cocida al horno, a ambos lados del animal, parecían colgarse de sus mamas, indicándosenos así el sexo del jabalí. Los convidados a quienes se les ofreció obtuvieron el permiso de guardar los jabatos. Esta vez no fue el Trincha que habíamos visto trinchar antes quien se presentó a efectuar la disección del jabalí, sino un zagalón de larga barba, y vestido de cazador; el cual, sacando de la cintura un cuchillo de caza, rasgó de un tajo el vientre del jabalí, escapándose de él un tropel de tordos que intentaron en vano escapar revoloteando en todas direcciones, pero que fueron atrapados al instante por los esclavos, quienes ofrecieron uno a cada convidado, siguiendo las órdenes de Trimalcio, quien -Mirad, exclamó, cómo ese glotón jabalí habíase engullido todo el ornato de la selva-. Después los esclavos desocupan las canastillas suspendidas de los colmillos y nos distribuyen, a partes iguales, todos los dátiles de Siria y la Tebaida.

CAPÍTULO XLl. Entre tanto yo, algo separado de los demás comensales, me entregué a un cumulo de reflexiones sobre aquel jabalí a quien se había adornado con un gorro de liberto. Después de pensar y rechazar mil conjeturas, me atreví a preguntar al respecto a mi anterior interlocutor, exponiéndole la causa de mis cavilaciones. -Eso podría habéroslo explicado, me dijo, cualquier esclavo. No se trata de un enigma, sino de cuestión muy sencilla. Este jabalí mismo fue servido ayer al final de la cena, y los convidados lo rechazaron, hartos ya, sin querer probarlo; esto significaba devolverle su libertad; así que hoy reaparece con el gorro del liberto-. Corrido de mi ignorancia no quise preguntar más, temeroso de pasar por un hombre que nunca frecuentó la buena sociedad. Durante el corto diálogo, un joven esclavo, hermoso, coronado de pámpanos iba en torno de los convidados ofreciendo uvas y dándose a sí mismo y sucesivamente los nombres de Bromio, Lago <Lieo> y Eiro <Evio>, mientras cantaba con voz aguda una canción cuyos versos había compuesto su dueño. Al oírlo, éste, volviéndose hacia él: -Dioniso, le dijo, ¡sé libre -. El esclavo quitó al jabalí su gorro y se lo puso en la cabeza. Entonces Trimalcio, complacido, añadió: -No me negaréis que he hecho libre a mi padre. Aplaudimos la frase de Trimalcio y besamos todos al joven esclavo manumitido. Se levantó el anfitrión para satisfacer una necesidad apremiante, y libre del importuno tirano, reanimó nuestra charla. Uno de los convidados pidió al joven liberto uvas: -El día, exclamó, no es nada. Apenas tiene uno tiempo de volverse, cuando ya vino la noche; así que nada es mejor que pasar directamente del lecho a la mesa. Apenas se ha refrescado uno, y no tiene necesidad del baño para reaccionar. Para ello una bebida caliente es el mejor abrigo. He bebido mucho y no sé lo que digo. Mi vino se ha subido, a habitar en el cerebro.

CAPÍTULO XLII. Interrumpiéndole Seleuco tomó parte en la conversación: -Y yo, dijo, no me baño tampoco todos los días. Eso es cosa de locos. El agua tiene dientes que desgastan poco a poco nuestro organismo; pero cuando he bebido bien, me burlo del frío. Hoy no pude bañarme porque tuve que asistir al entierro de un buen amigo, de ese excelente Crisanto que acaba de morir. Me llamaba hace poco y aún me veo hablando con él. ¡Ay! Somos odres llenos. Más insignificantes que las moscas somos, pues siquiera ellas tienen algunas cualidades; nosotros sólo somos glóbulos. ¡Qué sucedería si no nos abstuviéramos?... Durante cinco días no ha entrado en su boca una gota de agua ni una miga de pan, y sin embargo murió. Los muchos médicos lo perdieron, o más bien su destino adverso, porque el médico sólo puede levantar el ánimo. De todos modos, puede decirse que ha sido enterrado con los mayores honores, sobre su lecho de festín, envuelto en preciosas túnicas, siguiendo al cortejo gran número de plañideras; se manumitieron algunos esclavos; no obstante, su esposa apenas aparentó derramar algunas lágrimas. ¿Qué fuera si él no le hubiera dado óptimo trato? Pero ¿qué son las mujeres? Nada de bien se les debe hacer, porque, como los milanos, no lo agradecen. Para ellas un amor antiguo se convierte en molesta cárcel.

CAPÍTULO XLIII. Fue Pílero <Fíleros> quien exclamó: -Acordémonos de los vivos. Crisanto tuvo la suerte que merecía. Honrado vivió y honradamente le enterraron. ¿De qué tiene que quejarse? No tenía nada cuando empezó y hubiera cogido de un estercolero un óbolo con los dientes. Así creció y creció como la espuma. Podía decir ¡por Hércules! que ha dejado cien mil sestercios y todo en dinero contante. Y también, con toda franqueza, y en verdad, os diré que tenía la palabra áspera, que era hablador y la personificación de la discordia. Su hermano, en cambio, era un hombre de corazón, amigo de sus amigos, de mano abierta y mesa franca para todo el mundo, Al principio andaba por malos pasos, pero se rehizo cuando la primera vendimia; vendió su vino a como quiso, y lo que le enderezó del todo fue una herencia, de la que sacó más partido del que le correspondía. Por esto enojáronse los dos hermanos, legando Crisanto a un tercero sus bienes. Muy lejos se va quien de los suyos huye; pero como escuchaba a sus esclavos como al oráculo, ellos lo llevaron a ese terreno. Nunca podrá obrar discretamente quien se deja con facilidad persuadir, sobre todo si es comerciante. Sin embargo, ha hecho buenos negocios, aunque ha recibido lo que no le correspondía alguna vez. Fue un niño mimado de la fortuna; convertíase en sus manos el plomo en oro y le venía todo a pedir de boca. ¿A qué edad creéis que ha muerto? Tenía ya más de setenta años; pero su salud era de hierro, y no los representaba; tenía el cabello negro como el cuervo. Yo lo conocí muy licencioso, y aun de viejo calavereaba, no respetando ni edad ni sexo. ¡Por Hércules! ¿Quién lo censuraría? El placer de haber gozado es todo lo que puede uno llevarse a la tumba.

CAPÍTULO XLIV. Tal dijo Pílero; y Ganimedes: -Todo lo que habéis contado, exclamó, no interesa ni al cielo ni a la tierra; y entre tanto no os curáis de lamentar el hambre que nos amenaza. ¡Por Hércules! No he podido hoy encontrar pan que llevarme a la boca. ¿Y por qué? Porque la sequía persiste: y ya me parece que hace un año que estoy ayuno. Los ediles (¡malditos sean!) se entienden con los panaderos: sírveme y te serviré. Así el pueblo bajo padece para que esos sanguijuelas celebren sus Saturnales. ¡Oh, si tuviéramos aquellos leones que aquí estaban cuando volví del Asia!... Aquello era vivir. Lo mismo sucedió a la Sicilia interior; también allí la sequía estropeó las mieses de tal modo, que no parecía sino que pesaba sobre aquellos campos la maldición de Júpiter. Pero entonces vivía Safinio, de quien me acuerdo bien, aunque yo era un niño; vivía cerca del acueducto viejo; más que hombre era el aquilón, devastaba todo a su paso; pero recto, veraz, buen amigo, leal, honrado y noble. Pues, ¿y en el foro? Trituraba a sus adversarios como en un mortero, y no gustaba de circunloquios ni rodeos; iba derecho al asunto, hablando claro y firme. Cuando abogaba en los estrados, su voz se hacía sonora como si hablase con bocina, y ni sudaba nunca ni escupía. Puedo decir que tenía temperamento asiático. Y ¡qué afable! Devolvía siempre los saludos, llamando a cada cual por su nombre, como cualquiera de nosotros lo hace. Así, cuando él fue edil, los víveres costaban casi nada. Los hombres hambrientos no podían entonces comerse del todo un solo pan de dos óbolos; hoy, los que se nos venden al mismo precio, no son más grandes que el ojo de un toro. ¡Ay! ¡Ay! ¡Cada día estamos peor en este país que progresa hacia atrás... Pero, ¿cómo no? Tenemos por edil a un hombre que vendería por un óbolo nuestra vida. Así aumenta su hacienda; recibe en un día más dinero que tenían otros como patrimonio. Yo conozco algún negocio que le ha valido mil denarios de oro; pero si nosotros tuviéramos un poco de sangre en las venas, no nos trataría así. Ahora el pueblo es león en su casa y fuera de ella zorra. En cuanto a mí, ya me de comido el precio de mis vestidos, y si continúa la escasez, tendré que vender todos mis trastos. ¿Cuál será nuestro porvenir si ni los dioses ni los hombres se compadecen de esta colonia? Así me ayude el cielo, como creo que todo es causa de la impiedad actual. Nadie piensa ya en los dioses, ni se cura de ayunar; no se hace caso alguno de Júpiter; pero todos, con los ojos muy abiertos, cuentan su dinero. Antes, las mujeres iban con los pies desnudos, los cabellos despeinados, cubiertas con un velo, y con el alma pura, a implorar de Júpiter la lluvia; así que el agua caía a torrentes, lodo el mundo estallaba de alegría. Ahora ya no sucede así; olvidados en sus templos, los dioses tienen los pies envueltos en lana, como ratones, y como no somos religiosos, los campos mueren.

CAPÍTULO XLV. -Te ruego, dijo Equio <Equión>, hombre de pobre aspecto, que hables mejor. Todo no es más que dicha o desdicha, como dijo el rústico que había perdido varios cerdos. Lo que no sucede hoy, acaecerá mañana; tal es la ley de la vida. No; ¡por Hércules! no habría país mejor que éste si lo habitaran hombres; si sufre ahora, no es el solo país que sufre. No debemos ser tan delicados; que el sol luce para todos. Si estuvieses en otra parte creerías que aquí andaban por las calles los cerdos cocidos. Dentro de tres días vamos a presenciar un espectáculo soberbio: un combate, no de simples gladiadores, sino de libertos. Y Tito, mi señor, que es un hombre magnánimo, calvo, y a quien conozco bien, pues pertenezco a su casa, nos ha de hacer ver cosas sorprendentes, de un modo u otro. No se trata de una farsa; se darán hierros afilados a los luchadores; no se les permitirá la fuga, y veremos en el anfiteatro una verdadera carnicería. Tito puede hacerlo, pues ha heredado de su padre treinta millones de sestercios. Aunque derrochase cuatrocientos mil, no se resentiría su fortuna, y se le llamaría sempiternamente generoso. Ya tiene dispuestos los caballos y la conductora del carro, y ha tomado al tesorero de Glico [Glicón], el cual fue sorprendido por éste los brazos de su señora. Reiréis al ver cómo el pueblo toma partido en este asunto íntimo, los unos a favor del marido burlado y los otros al del favorecido amante. Glico, que es un sestercio de hombre, furioso, hizo arrojar a las fieras a su tesorero. Era pregonar el escándalo. Además, ¿qué culpa podía tener el tesorero cuando quizás no hizo sino obedecer las órdenes de su señora? Más merecedora era ella de ser descuartizada por toros; pero el que no puede al asno pega a la albarda. ¿Qué otra cosa podía esperar Glico, que fuera buena y honrada, de una hija de Hermógenes? Pretender otra cosa era como querer cortar las uñas a un milano en lo más alto de su vuelo. Lo que se hereda no se hurta. Glico se echó tierra a los propios ojos, así que, mientras viva, llevará un estigma que sólo las Parcas pueden borrar. Menos mal que las faltas son personales. Pero yo saboreo ya de antemano el festín con que nos va a obsequiar Mamea, que me dará dos denarios de oro para mí y los míos. ¡Y ojalá suplante Mamea en el favor público, si tal hace, a Norbano y marche con vuelo rápido en alas de la fortuna! ¿Qué bien nos ha hecho a nosotros? Nos ofrece una fiesta de miserables gladiadores, ya decrépitos, que con un soplo serían derribados. Yo he visto atletas más temibles morir devorados por las fieras a la luz de las antorchas; pero esta parecía una riña de gallos. Uno estaba tan gordo, que no podía moverse; otro, patizambo; un tercero, reemplazante del muerto, estaba medio muerto, pues tenía los nervios cortados. Uno sólo, tracio de nacionalidad, tenía buena presencia, pero parecía que luchaba al dictado. Por fin, se rasguñaron mutuamente para salir del paso, pues eran gladiadores de farsa. Y aun al salir del circo se atrevió a decirme Norbano: - Os he dado un buen espectáculo. -Y yo te he aplaudido, le repuse. Ajusta la cuenta y verás que te he dado más de lo que he recibido. Una mano lava la otra.

CAPÍTULO XLVI. Me parece, Agamenón, oírte decir: -¿Qué nos declama ese hablador importuno? Pero, ¡por qué no hablas tú que sabes hablar bien? Tienes más instrucción que nosotros y te ríes de nuestros discursos. Ya sabemos que te enorgulleces de tu saber. ¿Por qué? Cualquier día acaso te persuada para que vengas al campo y visites nuestra casucha; encontraremos qué comer: pollos, aves... No lo pasaremos mal, aunque este año las tempestades han destrozado las cosechas, pues hemos de hallar cómo satisfacer nuestro apetito. A propósito; ya está bastante crecido mi Cícaro <"Cicerón">, tu discípulo; sabe ya cuatro partes de la oración; si viviere lo tendrás a tu lado como un esclavo pequeño, pues en cuanto tiene un instante de huelga, no levanta la cabeza del libro; es ingenioso y dócil; tiene pasión por las aves. Ya le he matado tres cardelinas, diciéndole que se las había comido el hurón; pero ya se ha proporcionado otras. También gusta mucho de hacer versos. Ya ha dejado el griego y se aplica al latín, aunque su maestro es un pedante voluble, que no tiene constancia para nada; no le faltan luces, pero no quiere trabajar. Su otro maestro, aunque no sea un doctor, sino un erudito, enseña con mucho cuidado lo que no sabe bien. Suele venir a mi casa los días de fiesta, y se contenta con lo que le doy. Hace poco compré para mi hijo libros de Derecho, pues quiero que lo conozca un poco para dirigir bien la casa. ¡Hay que ganar el pan!... Por las bellas letras no tiene inclinación. Si aprovecha el tiempo es mi propósito que aprenda una profesión útil, como la de barbero, pregonero, o a lo menos abogado; un oficio, en fin, de esos que sólo la muerte puede hacer perder. Así le repito cotidianamente: "Primogénito, créeme; lo que aprendes, para ti lo aprendes. Mira al abogado Pílero <Filerón>; si no hubiese aprendido, hoy se moriría de hambre. Poco, poco ha, no tenía nada; y hoy rivaliza en fortuna con el mismo Norbano. La ciencia es un tesoro y el que posee un oficio nunca muere de hambre.

CAPÍTULO XLVII. De este modo conversábamos, cuando entró Trimalcio, se enjugó la frente, lavose las manos con perfume y en seguida: -Dispensadme, dijo, amigos; hace ya muchos días que mi vientre no funciona regularmente, y los médicos no atinan con la causa; algún provecho, sin embargo, me ha hecho últimamente una infusión de corteza de granada y acederas en vinagre. Espero que la tormenta que rugía en mis entrañas se disipe; si no mi estómago retumbaría con ruidos semejantes a los mugidos de un toro. Así que si alguno de vosotros padece por la misma causa haría mal en reprimirse, pues nadir está exento de una dolencia semejante. No creo que haya tormento mayor que el contenerse. El mismo Júpiter nos ordenaría vanamente semejante esfuerzo. ¿Ríes, Fortunata? Y sin embargo sueles no dejarme dormir a la noche con tus flatosidades. Siempre he concedido entera libertad a mis convidados; hasta los médicos prohíben el contenerse, y si se trata de algo más, el que lo necesite encontrará, además de agua y silla, un guardarropa completo. Creedme, cuando el flato se reconcentra al cerebro, todo el cuerpo se resiente. Sé de muchos que perecieron a causa de ello, por no atreverse a decir la verdad-. Dimos gracias por su liberalidad e indulgencia a nuestro anfitrión, y rienda suelta a la risa para que no nos sofocase al comprimirla. No sospechábamos que apenas habíamos llegado a la mitad de tan espléndido festín. En efecto, en cuanto desocuparon la mesa al compás de la música, vimos entrar en la sala tres cerdos blancos, enmantados y con cascabeles. El esclavo que los guiaba nos hizo saber que el uno tenía dos años, el otro tres y el otro era más viejo. Al verlos entrar me figuré que eran cerdos acróbatas, amaestrados, que nos iban a mostrar sus habilidades; pero Trimalcio disipó nuestra incertidumbre: -¿Cuál de los tres, nos preguntó, queréis comer? Los cocineros del campo están guisando un pollo, un faisán y otras bagatelas; pero los míos están asando una vaca entera. Hizo llamar al cocinero, y sin esperar nuestra decisión ordenóle matar al más viejo; y levantando la voz: -¿De qué decuria eres?, le preguntó. -De la cuadragésima, respondió el cocinero. -¿Naciste en casa o has sido comprado? -Ni uno ni otro, replicó el cocinero; pertenezco a ti por el testamento de Pansa.-Mira, pues, dijo, de servirme con diligencia ese cerdo, si no te relegaré a la decuria de los corrales-. Y el cocinero, conociendo la fuerza de la advertencia, se lanzó rápidamente a la cocina, arrastrando tras sí al cerdo.

CAPÍTULO XLVIII. Trimalcio entonces, volviendo hacia nosotros el rostro benigno: -Si no os agrada, dijo, este vino, lo cambiaremos; si lo halláis bueno hacedle los honores. Por otra parle, yo no lo compro. Todo lo que aquí halaga vuestro gusto se recoge y procede de mis posesiones suburbanas que no conozco todavía. Dícenme que se hallan en los confines de Tarracina y de Tarento. A propósito, tengo ganas de juntar la Sicilia a algunas tierras que en esta parte poseo, con objeto de que cuando tenga el capricho de pasar al África, pueda hacerlo sin salir de mis dominios. Pero cuéntame tú, Agamenón, qué controversia sostuviste hoy. Aquí donde me veis, si no abogo en los estrados, he aprendido las bellas letras por afición, y no creáis que he perdido ya el amor al estudio; por el contrario, tengo tres bibliotecas, una griega y dos latinas y me gusta saber. Dime, pues, si quieres complacerme, lo que declamaste. Apenas había exclamado, Agamenón: "El rico y el pobre eran enemigos". Cuando dijo Trimalcio: -¿Quién es el pobre? -Urbano, respondió Agamenón, y no sé qué controversia explanole. Trimalcio replicó inmediatamente:-Si se trata de un hecho real, no cabe controversia; y si no es un hecho real, no es nada-. Al prodigarle nosotros los elogios por su argumentación: -Te ruego, mi carísimo Agamenón, dijo cambiando de tema, que me digas si te acuerdas de los doce trabajos de Hércules o de la fábula de Ulises, de qué manera el Cíclope lo abatió... ¡Cuántas veces leí eso en Homero cuando era niño! ¿Creerás que he visto con mis propios ojos a la Sibila de Cumas suspendida de una escarpia, y cuando los muchachos la interrogaban: -"Sibila, ¿qué quieres?" contestaba ella: -"¡Quiero morir!"
No había terminado la declamación de todas sus extravagancias Trimalcio, cuando se nos sirvió un enorme cerdo sobre una gran bandeja que cubrió gran parte de la mesa. Después de elogiar la diligencia del cocinero, jurando todos que cualquier otro hubiera necesitado más tiempo para guisar un pollo, nos causó gran sorpresa al reparar que era el cerdo que se nos servía de mayor tamaño que el jabalí anterior; entre tanto Trimalcio lo examinaba con atención creciente: y -¡Cómo! ¡Cómo! exclamó; ¿este cerdo no ha sido destripado! No, ¡por Hércules!, no lo han limpiado. Llama, llama inmediatamente al cocinero-. Cuando se aproximó a la mesa, el cocinero, triste y turbado, confesó que se olvidó de limpiarlo. -¡Cómo, olvidado! exclamó Trimalcio. Al oírlo cualquiera creería que se trataba de haberle echado cualquier especia. ¡Fuera ese vestido! El culpable, despojado de sus vestidos al punto, hallose entre dos verdugos. Su faz triste y acongojada enterneció a la asamblea y todos nos apresuramos a implorar su perdón. -No es la primera vez que ocurre esto; perdónale por hoy, y si otra vez le ocurre, ninguno de nosotros intercederá, por él-. Yo estaba indignado por tal olvido, considerándolo digno de severo castigo e inclinándome hacia Agamenón, le dije al oído: -Este esclavo debe ser un bestia. ¿Olvidarse de destripar un cerdo? ¡Por Hércules! No le perdonaría que se hubiese olvidado de limpiar un pececillo-. Mientras tanto, habiendo reflexionado Trimalcio, se calmó y: - Puesto que tan mala memoria tienes, dijo sonriendo, destripa al instante ese cerdo a nuestra vista-. El cocinero recobró su túnica, cogió un cuchillo y, con mano temblorosa, abrió por varios sitios el vientre del animal. De pronto, arrastradas por su propio peso, rastros de morcillas, longanizas y salchichas aparecen por las aberturas, que el cocinero ensanchó más, retirándose.

CAPÍTULO L. A la vista de tal prodigio todos los esclavos aplaudieron, exclamando: ¡Viva Cayo! El cocinero tuvo el honor de beber en nuestra compañía y recibió una corona de plata. Como la copa en que había bebido era de Corinto y Agamenón se puso a examinarla de cerca, Trimalcio le dijo: -Soy el único en el mundo que posee verdaderos vasos de Corinto-. Esperé que con su petulancia e impertinencia habituales iba a decir que hasta los vasos de noche para su uso eran de Corinto, pero fue más discreto de lo que sospeché. -Vais a preguntarme, dijo, como es que yo solo poseo en el mundo vasos y copas de verdadero Corinto; ¿no es así? Pues es muy sencillo. El esclavo que las fabrica se llama Corinto. Luego ¿quién podrá vanagloriarse de poseer verdaderas obras de Corinto si no es aquel que cuenta a Corinto entre sus esclavos? Pero no vayáis a tomarme por un ignorante. Sé tan bien como vosotros el origen de ese metal. Después de la loma de Troya, Aníbal, hombre astuto y diestro ladrón, se apoderó de todas las estatuas de cobre, oro y plata, las fundió y de su mezcla resultó ese metal incomparable. Fue una mina que explotaron desde entonces los plateros para fabricar platos, fuentes, copas, etcétera. Así el bronce, de Corinto resultó de la mezcla de los tres metales mencionados, y no es, sin embargo, ni oro, ni plata, ni cobre. Permitidme deciros que yo proferiría para mi uso vasos de vidrio, aunque no es tal la opinión general. Si no fuera el vidrio frágil, yo lo preferiría hasta al oro; ahora, tal como es, se le desprecia.

CAPÍTULO LI. Hubo, sin embargo, en otro tiempo un obrero que fabricó un vaso de vidrio que no se podía romper. Se le concedió el honor de que lo ofreciese al César, Después de habérselo regalado, tomole de manos del emperador y lo arrojó al suelo con fuerza. El César asombrose grandemente de tal acción; pero el obrero recogió el vaso y viose entonces que el golpe no le había causado sino una ligera abolladura, como si estuviera fabricado de metal. El obrero entonces, sacando de su cintura un martillito, sin apresurarse, corrigió el defecto, devolviéndole su forma anterior. Esto hecho, creyose transportado al Olimpo con Júpiter, y más al oír que el César le dijo: -¿Algún otro que tú posee ese secreto? Piensa bien y contéstame francamente-.El obrero contestó negativamente, y Cesar lo mando degollar, pretextando que si se propagase ese arte de fabricar el cristal metalizándolo para evitar su fragilidad, el oro perdería todo su valor.

CAPÍTULO LII. En cuanto a mí, soy muy aficionado a las obras de plata. Tengo copas próximamente del tamaño de una urna, en las cuales está grabada Casandra al degollar a sus hijos, los cadáveres de los niños están de modo tan admirable, que parecen naturales; poseo una jarra que legó a mi patrono Mys, y en la que se representa a Dédalo encerrando en el caballo de Troya a Níobe; tengo también copas en las que el cincel ha grabado los combates de Hermero y Petracto <Hermerote y Petraite>; todos de gran peso, porque entended que lo que he comprado no lo cedo ya por ningún precio-. Mientras así divagaba, un sirviente dejó caer al suelo una copa; Trimalcio volviose, y: -¡Pronto!, dijo, castígate tú mismo por tu aturdimiento-. Iba el muchacho a abrir la boca para implorar perdón, y él: -¿Qué me pides?, dijo. No te tengo mala voluntad; sólo te aconsejo que no seas otra vez tan aturdido-. Por fin, cediendo a nuestros ruegos, le perdonó. No bien hubo salido el esclavo, cuando Trimalcio, levantándole, comenzó a correr alrededor de la mesa, gritando: -¡Afuera el agua! ¡Adentro el vino! Celebramos con aplausos la ocurrencia de nuestro huésped, sobre todo Agamenón que sabía cómo debía uno portarse en aquella casa para ser siempre del número de los invitados; y animado por nuestros elogios, Trimalcio bebió hasta ponerse medio ebrio: -¿Nadie de vosotros, exclamó, invita a mi Fortunata a bailar? Creedme, nadie lo hace con más gracia-. Luego él mismo, levantando los brazos más arriba de su cabeza y remedando los gestos del bufón Siro comenzó a cantar, coreándolo la servidumbre: -"¡Oh, Zeus, admirable; oh, Zeus!" -Se hubiera puesto a saltar si Fortunata, acercándose a él no le hubiera dicho al oído, probablemente, que era indigno de un hombre de su importancia tales tonterías. No vi carácter más voluble; tan pronto se contenía gravemente por respeto a Fortunata, como tornaba a sus extravagancias peculiares.

CAPÍTULO LIII. En el momento en que parecía dominado por la pasión del baile entró un actuario que con la misma gravedad con que hubiera recitado las actas de la ciudad, leyó: "El VII de las Calendas de Julio, en los predios de Cumas, que pertenecen a Trimalcio, nacieron treinta varones y cuarenta hembras. Se han transportado de las granjas a los graneros quinientas mil bolsas de trigo y se han aparejado quinientos bueyes. El mismo día fue puesto en la cruz el esclavo Mitridates, por haber blasfemado contra el genio tutelar de Cayo, nuestro señor. El mismo día se depositaron en la Caja diez millones de sestercios sobrantes. El mismo día estalló en los jardines de Pompeya un incendio que tuvo origen en la cabaña de Nasta. -¿Cómo es eso?, interrumpió Trimalcio. ¡Desde cuándo son míos los jardines de Pompeya? -Desde el año pasado, respondió el actuario; por eso no te han sido presentadas aún las cuentas-. Enfureciose Trimalcio, y -Cualquier dominio que se me compre en adelante, dijo, si no se me da aviso dentro del plazo de seis meses, pondré el veto en las cuentas a la partida correspondiente. El actuario leyó en seguida las ordenanzas de los ediles y los testamentos de los guardabosques, que desheredaban a Trimalcio, excusándose. Siguió luego la relación de los colonos, la del repudio de una liberta, a quien habían sorprendido en los brazos de uno de los empleados en el balneario; la causa del destierro de Bayo; cómo habíase hecho reo de malversación el tesorero; el juicio o sumaria instruido a consecuencia de hechos producidos por sirvientes varios... Interrumpiendo la lectura entraron varios bailarines; uno de ellos, insípido y ridículo, enderezó una escalera de mano y ordenó a un muchacho que subiera por ella hasta el último escalón danzando y cantando; le hizo saltar a través de aros encendidos, y le obligó a sostener una ánfora con sus dientes. Trimalcio sólo admiraba esas habilidades, lamentándose que un arte tan hermoso estuviese tan mal retribuido. Para el sólo había dos espectáculos dignos de verse en todo el mundo: el acrobático y el de las luchas de codornices; los demás, bufones inclusive, son verdaderos engañabobos. -Compré una vez una compañía de comediantes, pero he querido que se limitasen a representar farsas romanas y di orden a mi jefe del coro de que no cantasen más que canciones latinas.

CAPÍTULO LIV. En el momento en que Trimalcio parecía más engolfado en su necia charla, el chiquillo del acróbata cayó sobre él. Todos los siervos presentes comenzaron a lamentarse con grandes gritos, y los comensales los imitaron, no por lástima a hombre tan impertinente, pues cada uno de ellos hubiera deseado que le rompiesen la cabeza, sino por temor de que el festín acabara de modo tan triste, y por no verse obligados a llorar en el entierro. Trimalcio gemía débilmente y miraba su brazo como si hubiese recibido una herida grave. Los médicos acudieron, pero llegó más pronto Fortunata, los cabellos sueltos y una poción calmante en la mano, lamentándose de ser la más miserable, la más infortunada de las criaturas. En cuanto al niño, cuya caída había causado tal trastorno, se abrazaba a nuestras rodillas, pidiéndonos que implorásemos su perdón. No me conmovían sus ruegos, sospechándome que se trataba de otra comedia que tendría un desenlace ridículo, pues no había olvidado el episodio del cocinero que olvidara limpiar el cerdo. Así que miraba a todos lados, esperando se entreabriesen las paredes para dar paso a alguna aparición inesperada. Lo que me confirmaba en mi opinión es que había visto castigar a un esclavo, porque al vendar el brazo de su señor había usado lana blanca y no roja. No tardaron en confirmarse mis sospechas; en vez de decretar la pena al niño, Trimalcio decretó su manumisión, para que no se dijere que un personaje como él había sido lastimado por un esclavo.

CAPÍTULO LV. Elogiamos ese acto de clemencia, y recordamos la inestabilidad de las cosas humanas. -Así es, dijo Trimalcio, y un incidente como este no pasará sin alguna inscripción que lo recuerde. Dicho esto, pidió sus tablillas, y sin gran esfuerzo de pensamiento, escribió y leyó los versos siguientes:
"La Fortuna, que guía nuestros pasos,
lo que menos pensamos nos concede.
¡Bebamos, pues, Falerno, y alegrémonos
sin pensar en cuál sea nuestra suerte!"
Estos versos llevaron la conversación hacia los poetas, y tras largo debate, acordose conceder la palma a Marcio <Mopso> de Tracia. Trimalcio entonces, dirigiéndose a Agamenón: -Dime, te ruego, maestro, dijo: ¿Qué diferencia encuentras entre Cicerón y Publio <¿Publilio?>?... A mi parecer, el primero es más elocuente, pero el segundo es más moral. ¿Cómo se puede expresar mejor que en estos versos la idea de ellos?
De Marte las legiones invencibles
por la lujuria subyugadas fueron,
haciendo esclava a la ciudad augusta
que señora del mundo fue otro tiempo.
El lujo, la molicie y la lujuria
a Roma convirtieron
en lupanar y en centro de las orgías,
festines y banquetes opulentos.
En cabañas vivían y comían
sobre platos de barro en otro tiempo;
hoy en palacios viven suntuosos,
gastan vajillas de oro y alimentos
costosos, cual gallinas de Numidia,
pavos reales, cigüeñas, miel de Himeto
y vinos delicados.
Hoy las matronas y doncellas veo
que pasean sus lúbricos ardores
a veinte amantes entregando el cuerpo,
cuyos encantos tapan y no encubren
ricos, costosos y sutiles velos.
(Y el marido lo sabe,
pero aparenta digno no saberlo.)
Último resto del pudor perdido,
¿se mostrarán al fin sin esos velos?

CAPÍTULO LVI. ¿Qué oficio podremos reputar el más difícil, continuó diciendo, después del de las letras? Yo creo que la medicina y la banca. El médico, que sabe lo que el hombre tiene en su cuerpo y cuándo debe declararse la fiebre; lo que no impide que yo odie a esos doctores que me prescriben a menudo caldo de pato; el banquero, que descubre la mezcla del cobre en la plata. Hay dos clases de animales mudos muy trabajadores: el buey y la oveja; el buey, a quien debemos el pan que comemos; la oveja, cuya lana nos proporciona estos vestidos de que estamos tan orgullosos. ¡oh, hecho indigno! El hombre, sin embargo, se come a la oveja, a quien debe su túnica, También reputo como animales divinos a las abejas, que fabrican la miel, aunque algunos, dicen que de Júpiter la reciben; pero también producen picaduras muy dolorosas, lo que prueba que siempre, aun la mayor dulzura, va mezclada de alguna amargura-. Ya se había intrincado en sutiles filosofías Trimalcio, cuando un esclavo circuló alrededor de la mesa con una vasija que contenía billetes de lotería. Un niño leía en alta voz los lotes con que habían sido agraciados los convidados: "¡Plata vil!" y trajeron un jamón sobre el cual había una aceitera; "¡Corbata!", y trajeron una cuerda fuerte; "¡Amarguras y afrentas!", y le dieron fresas silvestres, un gancho y una manzana: "¡Verrugas y melocotones!", y el agraciado recibió un látigo y un cuchillo; "¡Gorriones y caza moscas!", y le trajeron uvas secas y miel ática; "¡Traje de festín y traje de calle!", y le entregaron galleta y tablilla para escribir; "¡Canal y pedal!", y recibió el convidado una liebre y una pantufla; "¡Ratón y carta!", y entregaron al agraciado una rata atada a una rana, formando tronco. Reímos mucho de tan extraños lotes y de mil otros parecidos, de los que ya no me acuerdo.

CAPÍTULO LVII. Ascilto, no obstante que se reía hasta saltársele las lagrimas, burlábase, sin recatarse, de todas aquellas tonterías, lo que provocó las iras de uno de los libertos de Trimalcio, de aquel mismo que estaba a mi lado en la mesa: -¿De qué ríes, le dijo, imbécil? ¿Es que no te agrada la magnificencia de mi señor? ¿Acaso eres mas rico que él y tratas mejor a tus convidados? Así me ayuden los Lares de esta casa, como si estuviera cerca de ti, ya te hubiera impedido burlarte. ¡Hermoso aborto para reírse del prójimo!. Tiene todo el aspecto de un vagabundo nocturno que no vale ni la cuerda que servirá para ahorcarlo. En suma: si yo dejase cerca de él algo de lo que me sobra, no sabría por dónde escapar. ¡Por Hércules! No suelo enojarme fácilmente; pero en la carne inerte nacen los gusanos. ¡Ríe! ¿Qué hay para que ría? ¿Puede uno escoger a su padre? Por tu túnica, eres ciudadano de Roma. Pues yo soy hijo de un rey. ¿Que por qué serví entonces? Porque yo mismo elegí la servidumbre, prefiriendo la ciudadanía romana a la realeza tributaria; pero ahora espero vivir de tal modo que nadie se mofe de mí. Soy un hombre que marcha entre hombres con la cabeza levantada y no debo nada a nadie, ni he recibido nunca salario. Nunca un acreedor me ha dicho en el foro: "Devuélveme lo que me debes". He comprado tierras; tengo lingotes en mi caja; mantengo diariamente veinte bocas, sin contar a mi perro; he rescatado a mi esposa para que un hombre no tenga derecho a enjugarse las manos en su cabello; fui hecho Sevir, sin sueldo, y espero, cuando muera, no tener de qué avergonzarme. Y tú, si tan honrado eres, ¿cómo no te atreves a volver el rostro? ¿En tu vecino ves un piojo, y sobre ti no ves un escorpión? ¿Y tú eres el único que nos reputa ridículos?
He aquí a tu maestro, hombre de más edad que tú, y que, sin embargo, se complace con nuestra sociedad. Eres un chiquillo, a quien, si apretaran la nariz, le saldría la leche materna. ¿Quieres callarte, vaso frágil, pellejo mojado, que por más ligero no es mejor? ¿Eres más rico que Trimalcio? Pues come dos veces y cena otras tantas. Yo estimo más mi conciencia que todos los tesoros. En suma, ¿me han reclamado nunca dos veces una deuda? He servido cuarenta años; pero, ¿quién podrá decir si he sido esclavo o libre? Era un muchacho y tenía larga cabellera. En esa
época no se había construido el templo. Hice cuanto pude por satisfacer los deseos de mi señor, hombre poderoso y gran dignatario, cuyas uñas valían más que toda tu persona; había en su casa quienes trataban de indisponerme con él;
pero, gracias a mi genio tutelar, triunfé de todas las envidias y enemistades. Triunfé, si; porque es más fácil nacer libre que alcanzar la libertad por el propio esfuerzo. ¿Por qué permaneces callado como un chivo ante la estatua de Mercurio?

CAPÍTULO LVIII. Cuando concluyó de hablar, Gitón, que estaba a sus pies y hacía rato pugnaba por contener la risa, estalló en una carcajada tan fresca, que el antagonista de Ascylto, volviendo toda su cólera contra el chiquillo: -¿Y tú también, le dijo, te ríes, bribonzuelo? ¡Oh, las Saturnales! ¿Acaso, dime, estamos en diciembre? ¿Cuándo has pagado el impuesto del vigésimo para ser libre? ¿Para cuándo son las cruces y cuándo se da su pasto a los cuervos? Ya Júpiter se indigna contigo y con tu señor, que no te ordena callar. Así pierda el gusto del pan como te habría dado tu merecido, a no ser por el respeto que me inspira nuestro huésped, mi antiguo compañero; sin su presencia, ya te hubiese castigado severamente. Estamos bien aquí; menos el sinvergüenza de tu amo, que ni sabe hacerte callar. Con razón se dice: "A tal amo, tal criado". A duras penas me contengo, pues soy arrebatado por naturaleza, y cuando me ciego, ni a mi misma madre reconozco. Bueno, yo le encontrare en otra parte, reptil, gusano. ¡Así pierda mi fortuna si no he de obligar a tu señor a esconderse en un nido de ratones! Y no descuidaré el asunto, ¡por Hercúles! Aunque clames a Júpiter Olímpico, he de alargarte una vara el cabello. Tú y tu digno amo llevaréis vuestro merecido. O no me conozco, o no han de quedarte ganas de burlarte de los hombres, cuando tengas una barba de oro como nuestros dioses. Los maleficios de la hechicera Sagana [Athana] se dirigirán contra ti y contra el que principió tu educación. No he aprendido yo la Geometría, la Lógica y otras bagatelas pero conozco el estilo lapidario; sé la división en cien partes, según el metal, el peso y la moneda. En fin, si quieres, hagamos una apuesta sobre el asunto que tú quieras. Quiero convencerte de que tu padre ha perdido el dinero que le hayan costado tus estudios, aunque sepas retórica. ¿Quién de nosotros viene lentamente y va lejos? Págame y te lo digo. ¿Quién de nosotros es el que corre, sin moverse de su sitio? ¿Quién de nosotros cuanto más crece mas pequeño se hace? Te agitas, estúpido, y como un papanatas quedas sin saber qué responder; cállate entonces, y no molestes a un hombre mejor que tú, y que ni siquiera había advertido que tú estabas en el mundo. ¿Crees acaso imponerme con tus sortijas relucientes, que acaso robaste a tu querida? Que Mercurio nos sea propicio: vamos ambos a la plaza y emprestemos dinero; verás si este anillo de hierro que yo llevo vale más dinero que tus sortijas. ¡Bah! ¡Bella cosa es una gorra mojada!... Así gane tanto dinero y muera tan honrado que todo el pueblo bendiga mi memoria como he de perseguirte por todas partes hasta que te haga condenar por los magistrados. ¡Otro que tal el que te ha educado!
Mufrio, nuestro maestro (porque también nosotros hemos estudiado), decía: "¿Cumplisteis vuestro deber? Pues id directamente a vuestras casas sin mirar a vuestro alrededor, sin injuriar a los mayores de edad, con circunspección. De otro modo no se va a ninguna, parte". En cuanto a mí, doy gracias a los dioses por haber sabido conducirme bien hasta ocupar la jerarquía que ocupo.

CAPÍTULO LIX. Comenzó Ascylto a replicar airado, pero Trimalcio, encantado por la elocuencia de su antiguo compañero: -Dejad, dijo, las injurias a un lado y sed suaves en vuestras palabras, no acordándoos más que de gozar; y tú, Hermero <Hermerote>, dispensa a este adolescente, cuya sangre bulle; puesto que eres mayor de edad, da ejemplo de cordura y prudencia; muéstrate más razonable, En esta clase de cuestiones, siempre es el que se vence a sí mismo el vencedor. Cuando tú tenías sus años, querido, no eras más razonable que él. Creo que será mejor reanudar nuestro palique alegre, y esperemos a los homeristas. Al mismo tiempo, una compañía de estos comediantes, hicieron retumbar los escudos al choque de las lanzas. Trimalcio, para mejor escucharlos, se sentó en el suelo, y cuando los homeristas, como de costumbre, comenzaron a recitar versos griegos, se levantó y comenzó, por un nuevo capricho, a leer en alta voz versos latinos de un libro. Después, haciendo guardar silencio a los cómicos: -¿Sabéis, nos dijo, que fábula representan? Diómedes y Ganimedes eran dos hermanos; Elena era su hermana; Agamenón la robó y la convirtió en una sierva que debía ser inmolada ante el altar de Diana. Así Homero en ese poema canta las guerras de troyanos y pasentinos <tarentinos>. Triunfó Agamenón, y dio su hija Ifigenia en casamiento a Aquiles. Esta unión fue causa de que Ájax perdiera la razón, como van a explicarnos ahora-. Aún hablaba Trimalcio, cuando los homeristas lanzaron un grito estridente y acudieron unos es clavos llevando sobre una enorme fuente un ternero cocido con un casco sobre la cabeza. Detrás venia Ájax con la espada desenvainada y demostrando en sus gestos una locura furiosa, cortó el ternero en muchos pedazos que fue distribuyendo entre los maravillados comensales.

CAPÍTULO LX. Apenas tuvimos tiempo de admirar su destreza, cuando crujió el techo con tal estruendo, que toda la sala del festín tembló. Me levanté espantado, temiendo que algún otro acróbata cayese sobre mí; y los demás convidados me imitaron levantando los ojos para ver qué nueva maravilla llegaba por el techo. De repente el techo se entreabre, desapareciendo la cúpula, y bajan a nosotros coronas de oro y vasos de alabastro llenos de perfumes. Invitados a aceptar tales presentes, miramos a la mesa, y, como por encanto, la hallamos cubierta por una enorme fuente llena de pastas de diferentes formas; una de ellas, mayor que las restantes, figuraba al dios Priapo, ocupando el centro de la fuente; según costumbre, llevaba una gran fuente llena de uvas y frutas de todas clases. Ya extendíamos una mano ávida hacia tan espléndidos postres, cuando una nueva diversión vino a reanimar nuestra alegría lánguida; de todas aquellas pastas, de todos aquellos frutos, salían al más ligero contacto chorros de un licor azafranado que nos inundaba el rostro dejándonos un sabor ácido. Persuadidos de que debíamos hacer algún acto religioso antes de arrebatar sus frutos a Priapo, hicimos devotamente las libaciones de costumbre, y después de desear felicidades eternas a Augusto, padre de la patria, todos nos apresuramos a coger los sabrosos dulces y apetitosas frutas, sobre todo yo, que creía no poder dar abasto a la insaciable gula de Gitón. Entre tanto entraron tres esclavos vestidos con túnicas blancas, dos de los cuales depositaron dos dioses Lares sobre la mesa. El tercero, con una copa de oro llena de vino en la mano, dio la vuelta a la mesa, pronunciando en alta voz estas palabras: A los dioses propicios. Luego nos dijo que dichos dioses llamábanse Cerdo, Felicio y Lucro. Después hicieron circular una imagen muy parecida a Trimalcio, la cual imagen era besada reverentemente por los convidados, cosa que nosotros tuvimos buen cuidado de imitar.

CAPÍTULO LXI. Después que todos los comensales nos hubimos mutuamente deseado la salud del cuerpo y la del cerebro, Trimalcio volviose hacia Nicero <Nicerote> y -Tú solías, le dijo, ser ocurrente y locuaz en los festines; ¿por qué callas hoy y no pronuncias palabra? Te ruego, si quieres complacerme, que nos cuentes alguna de tus aventuras-. Nicero, complacido por la afabilidad del amigo: -Que no me favorezca la fortuna, respondió, si no he gozado grandemente en este festín, al contemplar vuestra satisfacción. Entreguémonos a la alegría franca sin temor a los sarcasmos de los escolásticos. Narraré también lo que me pides, aunque se burlen. ¿Que se ríen de mí? Que se rían. Es mejor sufrir las burlas que burlarse.
Y cuando esto hubo dicho... comenzó su relato así: -Cuando yo servía, habitábamos en la calleja angosta (en la ahora casa de Gavilla), donde yo me enamoré, por la voluntad de los dioses, de la mujer de Terencio el tabernero. Habéis conocido a Melisa de Tarento, el más hermoso nido de besos que haya, en el mundo; pero no vayáis a creer ¡por Hércules! que era el amor carnal, el atractivo del placer material lo que me seducía más en ella; sus buenas cualidades me atraían. Nunca me negó cosa alguna que le pedí; al contrario, adelantábase a mis deseos; le confié mis economías, y jamás tuve que arrepentirme de mi confianza. Su marido murió en el campo, y yo torturé mi mente para conseguir reunirme con ella, convencido de que en las circunstancias angustiosas es cuando se conocen los verdaderos amigos.

CAPÍTULO LXII. Por feliz casualidad, mi amo había marchado a Capua con objeto de vender algunos útiles de fácil venta. Aprovechando la ocasión, persuadí a nuestro huésped de que me acompañara unas cinco millas de distancia; era un militar, valiente como Plutón <el Orco>. Partimos al primer canto del gallo (la luna brillaba diáfana y se veía tan claro como al medio día), y llegamos a un cementerio. Mi hombre, de repente, se pone a conjurar los astros; yo me siento, y entonando una canción, me pongo a contar las estrellas; me vuelvo luego hacia él, y le veo que se desnuda y deposita sus vestidos a la orilla del camino. Atemorizado, quedé inmóvil como un cadáver. Júzguese de mi espanto cuando le veo orinarse alrededor de sus ropas y en el mismo instante transformarse en lobo. No creáis que me bromeo; no mentiría por todo el oro del mundo... ¿Pero en qué iba yo de mi relato?... ¡Ah! Ya recuerdo. En cuanto convirtiose en lobo, se puso a aullar y huyó al bosque. Yo, en primer lugar, ignoraba dónde me hallaba; luego, al buscar las ropas de mi compañero para llevármelas, las encontré convertidas en piedras. Si alguna vez un hombre ha debido morir de miedo, ese hombre fui yo. Tuve ánimo para sacar la espada y dando tajos al aire en todas direcciones, para ahuyentar los malos espíritus, pude llegar a casa de mi amante, más muerto que vivo, cubierto de un sudor frío que me corría por todo el cuerpo. Costoles trabajo hacerme entrar en reacción. Mi querida Melisa atestiguome su sorpresa al verme llegar a una hora tan avanzada y en tal estado: -Si hubieras venido más temprano, me dijo, hubieras podido prestarme un gran servicio. Un lobo ha penetrado en la majada y ha degollado todos nuestros carneros: una verdadera carnicería; pero, aunque ha logrado escapar, no han de quedarle ganas de volver, pues uno de los sirvientes le ha atravesado de parte a parte el cuello con su lanza. Calculad si yo me asombraría de este relato; y como acababa de amanecer, corrí a todo escape hacia nuestra casa, cual si me persiguieran asesinos. Cuando llegué al sitio en que yo había dejado los vestidos convertidos en piedras, no encontré más que grandes manchas de sangre; pero al llegar a mi casa, mi valeroso soldado yacía en el lecho sangrando como un buey, y un médico hallábase muy ocupado en coserle el cuello. Comprendí entonces que era el lobo de Melisa, y desde tal día, antes me habrían matado que hacerme comer con él un pedazo de pan. Los que crean que miento y no conozcan mi modo de ser, allá ellos; pero que los genios tutelares de tu casa me agobien con su cólera si no he dicho verdad.

CAPÍTULO LXllI. EL relato precedente dejonos a todos atónitos de admiración: -Creo fiel tu narración, que ha hecho ponerse de punta mis cabellos, dijo Trimalcio, quien conozca a Nicero no pondrá en duda un ápice de su relato, pues es hombre veraz y poco hablador. Yo también, añadió, voy a contaros algo horrible, y tan extraordinario como ver un burro pasearse por un tejado. Yo llevaba aún larga la cabellera (pues desde niño hice vida voluptuosa), cuando Ifis, que era mi encanto y mi delicia, murió. ¡Por Hércules! Era un niño hermoso como una margarita, una verdadera alhaja. Mientras la mísera madre lloraba y nosotros con ella atestiguándole nuestro dolor, oyose de pronto un estruendo semejante al que producen los perros persiguiendo a una liebre. Estaba con nosotros un capadocio, hombre de alta estatura, fuerte complexión y un valor a toda prueba; hubiera sido capaz de luchar contra Júpiter armado de sus rayos destructores. Sacando, pues, su espada con aire resuelto y arrollando con cuidado su túnica al brazo izquierdo, sale de la casa, tropieza con una bruja, y la pasa de parte, a parte con su sable, como quien se bebe un vaso de agua. Un gemido intenso oímos, pero en honor de la verdad, no vimos a las brujas. Al entrar nuestro valiente, tendiose desfallecido en un lecho. Todo su cuerpo estaba cubierto de manchas violáceas, cual si le hubiesen azotado sin piedad con una verga, como si le hubiese tocado una mala mano. Cerramos la puerta y volvimos a nuestras piadosas funciones cerca del difunto; pero cuando la madre quiso abrazar el cadáver de su hijo, tocó y vimos todos que había sido sustituido por un maniquí relleno de paja que no tenía ni corazón, ni entrañas, ni nada humano. Sin duda las brujas se habían llevado el cuerpo de Ifis, dejando en cambio aquella ridícula figura. Os ruego que, en vista de hechos como éste, me digáis si puede uno atreverse a negar la existencia de las brujas ya burlarse de los maleficios que todo lo trastruecan. Nunca ya volvió a recobrar su valor natural nuestro gran capadocio después de este suceso, y después de pocos días, murió atacado de delirium tremens.

CAPÍTULO LXIV. Nos miramos asombrados unos a otros; y creyendo ambas relaciones, nos apresuramos a besar religiosamente la mesa para conjurar a las brujas a quedarse en sus casas y no molestarnos a nuestro regreso a los respectivos domicilios. Tan ebrio estaba yo, que veía multiplicadas las luces hasta lo infinito y cambiar de aspecto toda la sala del festín, cuando Trimalcio: -A ti te digo, exclamó, Plocrimio <Plócamo> ¿nada cuentas? ¿Nada recuerdas para deleitarnos? Sin embargo, tu solías ser un agradable narrador, cantabas admirablemente y recitabas con gran arte diálogos en verso. ¡Ay! El encanto de aquellas sobremesas desapareció ya. -Ya, respondió aquel, la gota detuvo mi carrera. En otro tiempo, cuando era joven, cantaba hasta ponerme ronco. Pues ¿y bailar?, ¿y declamar?, ¿y en los juegos de destreza?, ¿qué rival he tenido, fuera de Apeles?-. A estas palabras, metiéndose dos dedos en la boca, produjo un silbido estridente, que nos dijo luego que era una imitación de los griegos. Trimalcio, a su vez, después de haber tratado de parodiar a los flautistas, volviose hacia el objeto de sus amores, al cual llamaba Creso, y que era un niño legañoso, de dientes desiguales y negros. El chiquillo se divertía en aquel momento envolviendo con una cinta verde a una perrilla negra, gordísima y asquerosa, a la cual hacía arrastrar por el lecho y a la fuerza un pan de media libra. Esto hizo que Trimalcio se acordase de su famoso perro Seila <Escílax>, el guardián de su casa y de los suyos, y ordenó que se lo trajeran. Un instante más tarde vimos entrar un perro de enorme talla, a quien llevaba de la cadena el portero. Al llegar al lado de Trimalcio, un puntapié de su conductor, advirtió al perro que debía echarse a los pies de su amo. Así lo hizo el animal, y Trimalcio le dio pan blanco y exclamó: -No hay nadie en mi casa que me quiera más que este animal-. Creso, picado de tales alabanzas, puso en tierra a la perra azuzándola contra Seila, quien, por instinto de raza, comenzó a ladrar fuertemente, repercutiendo en toda la sala sus atronadores ladridos, y poco faltó para que despedazara a la Perla (que tal era el nombre de la antipática perrilla), pero el tumulto no se limitó a esto: de pronto, una de las grandes lámparas de cristal que daban luz a la sala y colgaba sobre la mesa, cayose a ésta y aplastó platos, y quebró vasos y manchó de aceite a varios convidados. Trimalcio, para aparentar que no le afectaba tal pérdida, abrazó a Creso y le ordenó que se montase sobre sus espaldas. Tan pronto dicho como hecho; el chiquillo se puso a caballo y comenzó a dar palmadas en los hombros a su cabalgadura. Después en la espalda con el dedo escribe riendo bulliciosamente: ¡Cuernos! ¡Cuernos! Cuántos son?...- Después de sufrir algunos minutos esa especie de penitencia, Trimalcio ordenó que se llenase de vino un gran vaso y que se diese de beber a lodos los esclavos que estaban a nuestros pies. -Si alguno de ellos, añadió, no quisiera beber, échesele su parte por la cabeza. Durante el día soy severo, pero ahora quiero que reine la alegría.

CAPÍTULO LXV. Después de este acto de familiaridad sirvieron a cada uno de nosotros unos huevos de oca y unos pollos, que, según Trimalcio, estaban deshuesados. Aquí estábamos del festín cuando llamaron a la puerta y entró un nuevo convidado, vestido de blanco y seguido de un gran cortejo lucidísimo. Sobrecogido de un temor respetuoso al aspecto de ese personaje, que creí el pretor, y pensaba ya en largarme a la calle, cuando Agamenón me dijo, riendo por mi apresuramiento en levantarme: -No te molestes, hombre estultísimo; es nada más que el Sevir Habinas <Habinnas>, de oficio marmolista y que pasa por ser el mejor artífice de monumentos fúnebres-. Tranquilizado por estas palabras, volví a ponerme de codos sobre la mesa, no sin admirar la majestuosa entrada del Sevir, que estaba ya a medios pelos y para sostenerse apoyábase en el hombro de su esposa. De su frente, adornada con varias coronas, corrían ríos de perfume, que caían sobre sus ojos; se colocó, sin cumplidos, en el sitio de honor y pidió vino y agua tibia. Encantado de su desembarazo, Trimalcio pidió también otra copa más grande de vino y se informó de cómo lo habían tratado en la casa de donde venia. -Lo pasamos muy bien, dijo Habinas, y únicamente a ti eché de menos, porque mi corazón estaba aquí. ¡Por Hércules! Buena estuvo la fiesta, Seissa <Escisa> ha celebrado con magnificencia la novena de Miselo, uno de sus esclavos, a quien manumitió in articulo mortis. Fuera del impuesto del vigésimo que el se gana, ha encontrado una buena sucesión, pues no se estima en menos de cincuenta mil escudos la fortuna del difunto. Hemos tenido una cena muy agradable, aunque nos haya sido preciso verter sobre los huesos del difunto la mitad de nuestro vino.

CAPÍTULO LXVI. -¿Qué os dio para cenar?, preguntó Trimalcio. -Te lo diré si puedo, contestó el interrogado; porque tengo tan buena memoria, que frecuentemente olvido hasta mi nombre. Tuvimos primero un cerdo coronado de morcillas y rodeado de salchichas, y pepitoria muy bien hecha, cucurbitáceas, pan casero (que prefiero al pan blanco, porque es más fortificante, laxante y me hace ir adonde sabes sin dolor alguno), después, una torta fría, rociada con deliciosa y caliente miel de España; pero no he tocado a la torta; de miel, hasta tocármela con los dedos. Además, guisantes, alubias, nueces; pero sólo una manzana para cada comensal; sin embargo, yo cogí dos, las cuales llevo aquí, envueltas en la servilleta, pues si no llevase nada a mi esclavo favorito metería el pobre un escándalo. Mi esposa me recuerda ahora otro manjar de que ya me había olvidado: tuvimos ante nosotros un osezno en trozos, y al probarlo Scintila <Escintila>, sin saber lo que era, vomitó hasta los intestinos. Por el contrario, yo comí más de una libra y sabía muy bien. "Si los osos comen a los hombres, me decía yo, mucho mejor debe ser que los hombres coman a los osos". En fin, tuvimos un queso flojo, vino cocido, menudos, hígados, huevos rellenos, bizcochos, etc. Tuvimos también olivas, que algunos convidados se disputaron a puñetazos, y jamón, del que no hicimos caso alguno.

CAPÍTULO LXVII. -Pero dime, te lo ruego, Cayo: ¿cómo no ha sido de los nuestros Fortunata? -¿Y cómo? Tú la conoces, respondió Trimalcio, sin haber guardado el servicio y haber distribuido a los esclavos los postres de la cena, ella no es capaz de sentarse tranquilamente a beber un vaso de agua. -Ya lo sé; pero si no se pone en seguida a la mesa, me retiro-. Y, en efecto, ya hizo un movimiento para levantarse, cuando, a una seña de su señor, tres o cuatro esclavos salieron buscando a Fortunata en distintas direcciones. Llegó ésta, vestida con una ligera túnica de color de cereza, levantada y sujeta de un lado por un cinturón verde pálido, y que dejaba ver sus ligas de oro y sus muslos, cubiertos de bordados del mismo metal. Después de haberse secado las manos con el sudario que llevaba al cuello, se colocó en el mismo lecho que Scintila, mujer de Habinas, besándose ambas. -¡Cuánto me alegro, le dijo, de verte!- En seguida llegaron a un grado tal de intimidad, que Fortunata, desciñéndose los ricos brazaletes que adornaban sus rollizos brazos, ofreciolos a la admiración de Scintila; luego quitose también las ligas y hasta la redecilla con que sujetaba sus cabellos, y que aseguró era tejida de hilos del oro más puro. Trimalcio, entonces, hizo traer todas las joyas de su mujer. -¡Ved, dijo, lo que cuesta una mujer! ¡Así, necios, nos despojarnos por ellas! Esos brazaletes deben pesar seis libras y media; yo tengo para mí uno de diez libras, que he hecho hacer con los milésimos destinados a Mercurio-. Y para mostrarnos que no exageraba hizo traer una balanza, y todos los comensales fuimos obligados a verificar el peso de cada brazalete, Scintila, no menos vanidosa, descolgó de su cuello un gran medallón de oro puro, y al cual llamaba Felicio, del cual sacó dos preciosos pendientes, que hizo, a su vez, admirar de Fortunata. -Gracias a la magnificencia de mi marido, dijo, no hay quien los tenga mejores. -¿Qué?, dijo Habinas. ¿No te has arruinado comprando esas chucherías de vidrio? En verdad, si tuviera una hija la haría cortar las orejas. Si no hubiera mujeres en el mundo, despreciaríamos esos vidrios como la basura; hoy nos gastamos el oro en comprarlas-. A este punto, las dos amigas, ya aturdidas, por el vino, reían como locas y acabaron por echarse, ebrias de placer, una en brazos de otra, Scintila elogiaba los cuidados diligentes de Fortunata por el gobierno de la casa; Fortunata, la felicidad de que gozaba Scintila con los buenos procederes de su esposo. Cuando estaban más estrechamente abrazadas, rostro con rostro, Habinas se levanta sin ruido y llegándose al lecho de ambas, coge por los pies a Fortunata y la vuelve boca arriba.-¡Ah, ah!, exclama, viendo abierta por delante la túnica de ambas mujeres, que nos mostraron un instante su desnudez. ¡Ah, ah!... -Fortunata se cubrió inmediatamente y, cubriéndose el rubor que encendió su rostro con el sudario, volvió a echarse en los brazos de Scintila, que la recibió con placer manifiesto.

CAPÍTULO LXVIII. Algunos instantes después Trimalcio ordenó que sirvieran los postres. Los esclavos se llevaron inmediatamente todas las mesas y trajeron otras; en seguida esparcieron por ellas una especie de tintura de azafrán y bermellón y de piedra vítrea reducida a polvo, cosa que nunca había yo visto en ninguna parte. Entonces, Trimalcio, -Podía, dijo, contentarme con este servicio, porque tenéis ante vosotros la segunda mesa; pero si hay alguna friolera, que nos la traigan-. Entre tanto, un adolescente egipcio que servia el agua caliente comenzó a imitar el canto del ruiseñor; mas prontoTrimalcio grita: -¡Otra cosa!- y la escena cambia. Un esclavo que estaba sentado a los pies de Habinas, sin duda por orden de su dueño, declama con canora voz:
En medio del Océano, Eneas, indeciso,
siguió la ruta que Minerva quiso...
Nunca sonidos más agrios taladraron, mis oídos, pues además que el bárbaro bajaba o subía de tono, siempre a contratiempo, mezclaba versos atelianos, y entonces, por primera y única vez, me disgustaron los versos de Virgilio; cansose al fin, y al callarse exclamó entusiasmado Habinas:
-¡Y nunca ha estudiado! Se ha formado imitando a los pocos que ha oído declamar. Así no tiene rival cuando quiere imitar a los muleteros y charlatanes. En los asuntos dramáticos, sobre todo, es donde más resalta su genio. Además, es a la vez zapatero, cocinero, repostero; todas las musas le inspiran. No tiene más que dos pequeños defectos, sin los cuales sería un hombre completo: está circuncidado y ronca como un perro; también bizquea un poco; mas no importa: lo mismo mira Venus, y así me gusta a mí. Por mirar de ese modo no he pagado por él sino trescientos dineros.

CAPÍTULO LXIX. A este punto, fue interrumpido por Scintila, quien -No cuentas, exclamó, todos los servicios que te presta ese esclavo; es también tu querido;
pero yo me cuidaré de marcarlo con el estigma que le corresponde-. Rio Trimalcio y -Reconozco, dijo, en esa pintura a mi Capadocio; no se rehúsa nada, y ¡por Hércules! que le alabo el gusto, porque no tiene semejante. En cuanto a ti, Scintila, no seas celosa. Créeme a mí, que os conozco bien. Así los dioses me salven como es cierto que yo solía solazarme con Mamea, la esposa de mi amo, al punto que éste, receloso, me relegó a una de sus decurias del campo. Pero ¡basta, lengua!; demasiado te meneaste. -Creyéndose elogiado el imbécil esclavo, sacó de su vestido una especie de corneta y durante más de media hora imitó a los flautistas. Habinas, puestos los dedos sobre el labio inferior, le acompañaba silbando. Por último, saliendo al medio de la sala, ora con cañas hendidas imitaba a los músicos; bien, cubierto con una casaca y el látigo en la mano, imitaba en gestos y discursos a los muleteros; hasta que, llamándolo a sí Habinas, le besó, le ofreció de beber y -Cada vez mejor, dijo, Masa; te regalo unas cáligas-. No hubieran tenido término todas esas miserias, a no haber traído el último servicio, compuesto de pasteles de tordo, pasas de uva y nueces confitadas; en seguida vinieron unos lechones rodeados de cardos en forma de clavos, lo que le daba el aspecto de un erizo. Y aun esto era tolerable; pero luego nos presentan un nuevo manjar tan monstruoso, que era preferible morir de hambre a gustarlo. Cuando lo sirvieron creímos que era una oca enorme, rodeada de peces y aves de todas clases. Trimalcio nos desengaño diciéndonos: -Todo lo que veis ahí es hecho de la carne de un solo animal-. En cuanto a mí, como hombre corrido, comprendí pronto lo que era; y volviéndome a Agamenón, -Mira, le dije, y verás que todo eso es artificial o hecho de tierra cocida. He visto en Roma, durante las Saturnales, festines enteros representados de la misma manera.

CAPÍTULO LXX. No había concluido yo de hablar, cuando Trimalcio: -Así vea yo crecer, no mi cuerpo, sino mi patrimonio, como es cierto que mi cocinero ha hecho todo esto de carne de cerdo. No puede existir un hombre más precioso que él. Si quisierais os haría de la vulva de una cerda un pez; de la grasa, palomas; del jamón, tórtolas, de los intestinos, una gallina; por eso mi ingenio le ha adjudicado un nombre que le viene como anillo al dedo; le llamo Dédalo. Para recompensar su mérito le he hecho traer de Roma cuchillos magníficos de acero nórico-. Hizo traer inmediatamente esos cuchillos, los contempló con admiración y nos dio permiso de probar el corte en nuestras mejillas. En el mismo instante entraron dos esclavos que fingían haberse trabado de palabras en el lago; llevaban aún las ánforas suspendidas al cuello, y fue en vano que Trimalcio tratase de poner paz entre ellos, pues ni uno ni otro se conformaron con la sentencia, y cada uno de ellos con su fusta pegaba en el ánfora de su adversario. Sorprendidos grandemente de la insolencia de aquellos borrachos, mirábamos atentamente el combate, cuando vimos caer de sus ánforas rotas ostras y pececillos, que otro esclavo se apresuró a recoger y fue ofreciéndonos a la redonda de la mesa. El ingenioso cocinero, para completar esta magnificencia, nos sirvió sobre parrillas de plata asados deliciosos, cantando con voz trémula y bronca. Me avergüenza recordar los detalles siguientes: Por un refinamiento inaudito, esclavos adolescentes de larga cabellera trajeron ungüentos perfumados en barreños de plata y nos lavaron las pies y las piernas después de habernos enlazado éstas con guirnaldas; luego vertieron el sobrante en las ánforas del vino y en las lámparas. Ya Fortunata había empezado a danzar y Scintila aplaudía, demasiado ebria para elogiarla con palabras discretas, cuando Trimalcio: -Te permito, dijo, a ti, Filárgiro <Filargiro>, y a ti, Carrio <Carión>, mi famoso campeón, que os arriméis con nosotros a la mesa; di a tu compañera Minófila <Menofila> que baje también. Y a todos los demás, también-. Al momento llenaron la sala del festín todos los esclavos, y poco faltó para que nos arrojasen de nuestros lechos por acomodarse. Aquel mismo cocinero que de un cerdo había hecho una oca, se puso a mi lado, y lo reconocí en seguida por el olor a grasa que despedía. No contento con estar a la mesa, se puso a parodiar la tragedia de Efeso y quiso en seguida apostar con su dueño a que si él perteneciere a la facción verde de corredores, alcanzaría ésta el primer premio en las próximas carreras del circo.

CAPÍTULO LXXI. Satisfecho de este desafío, Trimalcio: -Amigos, nos dijo; los esclavos son hombres y han libado también la leche maternal, como nosotros, aunque el hado los haya tratado con mayor rigor que a nosotros; por mi salvación os digo que deseo que gusten todos ellos, en vida mía, el agua de los hombres libres. En suma: a todos ellos manumito en mi testamento, y lego además a Filárgiro un lote de campo y su esposa; a Carrio, una manzana de casas con el producto del vigésimo y un lecho guarnecido, de festín. En cuanto a mi querida Fortunata, la instituyo mi heredera universal y la recomiendo a todos mis amigos. Si publico anticipadamente mi testamento, es porque quiero que todos los míos me quieran desde ahora como si hubiese ya fallecido-. Todos los esclavos se apresuraron a dar las gracias a su señor; pero éste, tomando la cosa muy en serio, hizo traer su testamento y lo leyó de un extremo a otro, en medio de los sollozos de toda su gente. Luego, volviéndose hacia Habinas: -¡Qué dices de esto, exclamó, carísimo amigo! ¿Construyes mi monumento sepulcral con arreglo a mis instrucciones? Sobre todo, te ruego que no dejes de poner la imagen de mi perrita a los pies de mi estatua, y coronas y perfumes e inscripciones que recuerden mis combates, a fin de que deba a tu hábil cincel la gloria de vivir después de muerto. Quiero, además, que el terreno para mi sepulcro tenga cien pies sobre la vía pública y doscientos sobre el campo, porque deseo que alrededor de mi tumba se planten toda clase de árboles frutales y, sobre todo, mucha viña. Nada me parece tan absurdo como el que cuidemos tanto las casas en que vivimos unos cuantos años y descuidemos en absoluto las tumbas, casas en las cuales debemos de permanecer eternamente. Pero, ante todo, quiero que se grabe en la mía esto: Mi heredero no tiene derecho alguno sobre este monumento.
Por lo demás, ya tratare por mi testamento de que no puedan recibir mis restos injuria alguna, pues uno de mis libertos será nombrado custodio de mi tumba para impedir que la profanen los paseantes. No te olvides tampoco, Habinas, de representar en el monumento navíos navegando a toda vela, y a mí mismo, sentado en un tribunal, con ropa pretorial, con cinco anillos de oro en los dedos y distribuyendo al pueblo un saco de dinero; porque tú sabes que he dado una gran comida pública y dos dineros de oro a cada convidado. Si te parece, puedes representar varias salas de festines en las cuales el pueblo se entrega al placer. A mi derecha colocarás la estatua de Fortunata teniendo en la diestra una paloma y en la siniestra un lazo, con el cual guía a una perrita; luego, ánforas herméticamente cerradas para que no se derrame el vino, y puedes también representar una urna quebrada, sobre la cual un niño derrama abundantes lagrimas. En el centro del monumento trazarás un cuadrante solar, dispuesto de tal modo que todos los que miren la hora se vean obligados, aunque les pese, a leer mi nombre. En cuanto al epitafio, mira y estudia detenidamente si te parece bien así:
CAYO POMPEYO TRIMALCIO, ÉMULO DE MECENAS, AQUÍ YACE. EN AUSENCIA DE AQUEL, FUE NOMBRADO SEVIR; REHUSÓ VARIAS VECES EL HONOR DE UNA JERARQUÍA EN TODAS LAS DECURIAS. PIADOSO, VALEROSO, FIEL, SUPO DE LA NADA ELEVARSE A LOS PRIMEROS PUESTOS. DEJÓ TREINTA MILLONES DE SESTERCIOS. NUNCA QUISO APRENDER NADA DE LOS FILÓSOFOS. R. I. P. CAMINANTE: IMITA SU CONDUCTA.

CAPÍTULO LXXII. Al acabar la lectura de su epitafio, Trimalcio comenzó a derramar abundantes lágrimas; Fortunata le imitó; Habinas lloró también, y todos los esclavos, como si asistieran al entierro de su dueño, empezaron asimismo a deshacerse en llanto. Principiaba yo mismo a enternecerme, cuando Trimalcio, de repente: -Puesto que todos sabemos, dijo, que hemos de morir, ¡por qué no vivimos lo más alegremente posible? Ahora, para colmar nuestros placeres, vamos al baño. Lo he probado yo, y os aseguro que no os arrepentiréis. Está caliente como un horno-. Verdaderamente, es una notable idea la de hacer dos días de uno. ¡Que me place!- Y siguió a Trimalcio, con los pies desnudos, el entusiasmado Habinas, después de dichas tales palabras. Yo, volviéndome a Ascylto: -¿Qué hacemos?, le dije. Porque a mí la vista sólo del baño es capaz de hacerme morir de repente-. Asintamos, contestó él, y aprovechando el tumulto nos marchamos de aquí-. Como esto me pluguiese, conducidos por Gitón atravesamos el vestíbulo y ganamos la puerta; pero al ir a salir, un enorme perro, aunque encadenado, nos causó tal terror con sus ladridos, que Ascylto, por huir de él, cayó en un vivero, y yo, que, ayuno, había tenido miedo de un perro figurado, ahora, no menos ebrio que mi compañero, queriendo socorrerlo, caí corno él. Felizmente, el portero vino a libertarnos; su presencia bastó para hacer callar al perro, y nos sacó, todos temblorosos, del vivero. Gitón, más listo que nosotros, había encontrado un admirable expediente para garantirse contra los ataques del animal: le había echado algunos buenos pedazos de los que nosotros le habíamos dado durante la cena, y de ese modo el perro, ocupado en devorar su ración, se calmó súbitamenle. Transidos de frío, pedimos a nuestro libertador que nos abriese la puerta; pero -Os equivocáis, nos dijo; no creáis salir por donde habéis entrado. Los convidados de Trimalcio nunca pasan dos veces por la misma puerta. Se entra por un lado y se sale por otro.

CAPÍTULO LXXIII. ¿Qué hacer? Misérrimos mortales, desconocíamos por completo la salida de aquel nuevo laberinto. Aunque acabábamos ya de bañarnos, mal de nuestro grado, rogamos al portero que nos indicase el camino del baño; entregamos nuestras ropas a Gitón para que las secase y desnudos entramos en un estrecho pasadizo, semejante a una cisterna frigorífica, en la cual hallábase ya Trimalcio de pie y también desnudo, charlando con su acostumbrada fanfarria, frases insípidas que fuimos forzados a escuchar. Decía que no había nada tan delicioso como bañarse lejos de la turba importuna; que aquel cuarto había sido antes un horno; al fin cansado de estar derecho se sentó; pero desgraciadamente la sala donde estábamos tenía eco y le dio la idea de cantar, comenzando a hacer retemblar la bóveda con sus relinchos, entrecortados con el hipo de la embriaguez, canciones que según decían los que las entendían que eran de Menecrato <Menécrates>. Algunos de los comensales daban vueltas en torno de su baño con los pies en alto; otros se zambullían mutuamente dando gritos penetrantes que ensordecían; éstos, con las manos atadas, trataban de recoger del suelo anillos; aquéllos, con una rodilla en tierra, enarcaban el cuerpo hacia atrás, tratando de tocar con la cabeza el talón. Dejando a todos aquellos borrachos divertirse como podían, bajamos con Trimalcio a otro aposento, y cuando se hubieron disipado los últimos restos de nuestra embriaguez, entramos en otro comedor donde Fortunata estaba disponiendo todo para obsequiarnos con otra espléndida refacción. Las lámparas que adornaban el techo estaban sostenidas por figuritas de bronce, representando pescadores; las mesas eran de plata maciza; las copas de arcilla dorada, y ante nosotros había un odre de donde salía el vino en abundancia. Entonces Trimalcio: -Amigos, nos dijo; hoy cortan la primera barba a mí esclavo favorito; es un muchacho excelente a quien aprecio mucho. Bebamos, pues, como esponjas, y que el día al nacer nos encuentre todavía en la mesa.

CAPÍTULO LXXIV. Dicho esto, cantó el gallo. Todo desconcertado, Trimalcio ordenó a los esclavos que echasen vino inmediatamente sobre la mesa, y que regasen también con el mismo líquido las lámparas; asimismo paso su sortija de la mano izquierda a la derecha, y: -No sin causa, dijo, nos avisa ese heraldo del día. Su voz de alarma indica, si no me engaño, que va a estallar algún gran incendio en los alrededores, o que está por morirse alguno. ¡Lejos de nosotros tal presagio! Prometo una recompensa al primero que me traiga a ese profeta de la desgracia-. Apenas hubo acabado de pronunciar tales palabras, cuando le trajeron un gallo de la vecindad. Trimalcio lo condenó al fuego de las cocinas. Dédalo, ese hábil cocinero que había convertido el cerdo en peces y aves poco antes, lo corto en pedazos y lo echó en una caldera, y mientras lo regaba con agua hirviente, Fortunata, en un mortero de madera, reducía a polvo pimienta. Cuando se terminó este servicio, Trimalcio se volvió hacia los esclavos: -¿Y qué?, les dijo; ¿todavía no habéis cenado? Idos y que vengan otros a reemplazaros-. Una nueva falange de esclavos se presentó inmediatamente. Y mientras los que se iban exclamaban: -¡Salud, Cayo!-, los que entraban saludaban diciendo: ¡Ave, Cayo! He aquí que de pronto turbose toda nuestra alegría. Entre los recién venidos se hallaba un niño de atractivo porte, al cual atrajo desde luego a sí Trimalcio, cubriéndole de besos el rostro. Fortunata, reclamando entonces sus derechos de esposa, comenzó a injuriar a su marido, reprochándole con destempladas palabras sus extravíos voluptuosos y sus vergonzosas inclinaciones. Al fin, no sabiendo ya que calificativo adjudicarle, exclamó: -¡Perro!-. Trimalcio, confuso y exasperado por este ultraje, arrojó con fuerza una copa a la cabeza de Fortunata, que se puso a gritar como si la hubiese saltado un ojo, y se tapó el rostro con las manos, temblorosa. Scintila, consternada por este incidente, la recibió en sus brazos y la cubrió con su cuerpo como escudo; un esclavo oficioso se apresuró a presentar a Fortunata un vaso de agua helada para rociar la mejilla lastimada. La esposa de Trimalcio, la cabeza inclinada sobre el vaso, gemía, derramando un torrente de lágrimas. Por el contrario Trimalcio, furioso y sin conmoverse: -¿Qué?, dijo, ¿esa miserable olvida que yo la saqué del fango? ¿No es por mí por quien ocupa una posición en el mundo? Hela ahí que se infla como una rana. Escupe al alto y le cae la saliva en la cara. Es un leño, no es una mujer. Se percibe siempre cerca de ella el fango de donde la extraje. Así me sean propicios los genios tutelares míos, como yo abajaré el orgullo de esa Casandra, que quiere calzarse mis cáligas. Cuando yo no tenía un dinero he podido casarme con mujeres que tenían miles de sestercios. Tú sabes que es verdad, Habinas. Todavía ayer, Agato <Agatón>, llamándome aparte me dijo: -"Te aconsejo que no dejes que se acabe contigo tu raza." Mientras yo, por delicadeza, por no parecer voluble, me corto así brazos y piernas. Perfectamente; yo cuidaré de que a mi muerte remuevas la tierra con las uñas para volverme a ver, y para que desde hoy sepas el daño que a ti misma te causaste, te prohibo, Habinas, que coloques su estatua en mi tumba, porque quiero descansar en paz en mi último asilo. Además, para probarte que tengo poder para castigar a quien me ofende, no quiero que me bese después de muerto.

CAPÍTULO LXXV. Después que hubo de este modo desahogado su furor, Habinas lo conjuró para que se calmase: -Nadie, dijo, está exento entre nosotros de pecar;
hombre somos, no dioses-. También Scintila, llorando, dijo: -En nombre de tu genio tutelar, mi querido Cayo, conmuévete-. Trimalcio, no pudiendo ya retener las lágrimas: -Habinas, dijo, te ruego, por todos los votos que hago para que aumente tu fortuna, que me escupas al rostro si he sido culpable. Besé a este niño frugalísimo, no por sus buenas formas, sino por su inteligencia; sabe las diez partes de la oración; lee en un libro de corrido a primera vista; con lo que ahorra de su comida diariamente ha reunido con qué pagar su libertad y ha comprado además un armario y dos copas. ¿No es digno de mi afecto? Pero Fortunata lo prohíbe. ¿Quieres que sólo a ti te mire, licenciosa? Te persuado a que comas en paz los bocados que yo te di, en bien tuyo, pajarraco de rapiña, y no me hagas enrabiar demasiado, pues podría alguna vez hacer cualquier cabezonada. Tú me conoces y sabes que cuando resuelvo algo soy testarudo y me sostengo en mi resolución como un clavo donde lo ha fijado el martillo. Pero acordémonos de que vivimos. Os ruego, amigos míos, que volvamos a recobrar nuestra anterior alegría; no era yo más que un liberto como vosotros; pero mi virtud me ha hecho llegar a donde estoy. El corazón forma al hombre; lo demás nada vale. Compro bien, vendo bien; lo demás, alguno de vosotros lo dirá, en mi elogio. Gozo ahora, de felicidad ¿y todavía, tú, borracha, estás llorando? Ya cuidará el Hado de hacerte llorar. Pues, como os decía, mi buena conducta es la que me ha elevado a la fortuna. Cuando volví de Asia, no era yo más alto que ese candelabro. Cotidianamente me solía medir con él, y para que brotase más pronto mi barba, me frotaba fuertemente la cara con el aceite de una lámpara. Sin embargo, durante catorce años, haciendo de hembra de mi señor, fui su delicia; no me ruborizo al decirlo, porque mi deber era obedecer al amo. Al mismo tiempo era también el favorito de mi dueña. Ya comprendéis lo que quiero decir... y me callo, pues no soy vanaglorioso.

CAPÍTULO LXXVI
Al fin, por la voluntad de los dioses, llegué a ser amo de mi casa y comencé a vivir a mi gusto. ¿Qué más? Mi dueño nombrome su heredero conjuntamente con César y vine a recoger un patrimonio de senador. Pero nada satisface al hombre; se me antojó comerciar y, como sabéis, hice construir cinco navíos que cargué de vino; era entonces la época del oro en barras; los envié a Roma; pero como si hubiese estado así decretado, todas las naves naufragaron. Son hechos, no cuentos; en un día Neptuno se engulló mis treinta millones de sestercios. ¿Creéis que me arredré? No, ¡por Hércules!, tal pérdida me enardeció para probar de nuevo fortuna, y a pesar del fracaso volví a negociar e hice otras expediciones mayores, mejores y más felices. Sabéis que cuanto mayores son las naves mayor resistencia tienen. Cargué las mías de vino, tocino gordo, habas, perfumes de Capua y esclavos. En aquel trance Fortunata me dio una gran prueba de afecto: todas sus alhajas y todas sus ropas vendió y me puso en la mano cien monedas de oro que fueron la base de mi nueva fortuna. Lo que los dioses quieren sucede. En un solo viaje, gané diez millones de sestercios. Comencé por rescatar todas las tierras que mi amo me había legado y que estaban empeñadas por mí; construí después un palacio y compré bestias de carga para revenderlas. Todo lo que tocaba crecía como la espuma. Después que me vi yo sólo más rico que todos los propietarios del país juntos, abandoné el comercio y me contenté con prestar dinero a interés a los recientemente manumisos. Estaba por renunciar definitivamente a toda clase de negocios, cuando me hizo variar de pensamiento un astrólogo que vino por casualidad a esta colonia. Era griego, se llamaba Serapa y parecía inspirado por los dioses. Me recordó varias circunstancias de mi vida que tenía ya olvidadas, contándomelas con abundancia de detalles. Hubiera creído que leía en mis entrañas y me hubiese podido decir lo que cené la víspera. Parecía como si siempre hubiera vivido conmigo.

CAPÍTULO LXXVII
Creo que tú, Habinas, estabas presente cuando me dijo: "De menos que nada, te hiciste tú único dueño; no tienes suerte con los amigos, pues sólo obligas a ingratos; posees vastos dominios; alimentas en tu seno a una víbora". ¿Qué más os diré? Me aseguró que me quedaban aún treinta años, cuatro meses y dos días de vida, y que pronto tendría otra herencia. He aquí todo lo que yo he podido saber de mi destino; si puedo unir la Apulia a mis dominios, recibiré gran satisfacción. Mientras, por la protección de Mercurio, he hecho edificar este palacio. Antes, como sabéis, no era más que una choza y ahora es un templo: tiene cuatro comedores, veinte dormitorios, dos pórticos de mármol; y en el piso superior otro departamento, la cámara en que yo duermo, la de esta serpiente, y además una bonita habitación para el conserje y cien dormitorios para los amigos. En suma, cuando Scauro viene a este país, prefiere alojarse en mi palacio, mejor que en otra parte, a pesar de tener su padre un gran palacio a la orilla del mar. Hay además en mi casa varias otras piezas que voy a enseñaros. Creedme, tanto valemos cuanto tenemos; es uno tenido por lo que tiene. Así yo, amigos míos, que era rana, ahora soy como un rey. Entre tanto, Stico trae los vestidos con que han de sepultarme, y los perfumes y un poco del vino de esa ánfora, con la cual han de rociar mis huesos.

CAPÍTULO LXXVIII
No se demoró mucho Stico y entró bien pronto con una cubierta blanca y una túnica consular. Trimalcio nos las hizo tocar para que viésemos que estaban tejidas de rica lana, y añadió sonriendo: —Ten mucho cuidado, Stico, de que las ratas o los gusanos no la roan o manchen, porque si tal sucede te haré quemar vivo. Quiero ser sepultado con pompa, a fin de que el pueblo bendiga mi memoria—. Diciendo esto, rompió un tarro de esencia de nardo e hizo que nos perfumasen a todos. —Espero, dijo, que este perfume me cause tanto placer después de muerto como el quo experimento ahora al olerlo—. Después hizo echar vino en un gran vaso, y:—Figuraos, nos dijo, que habéis sido invitados a mis funerales—. Las frecuentes libaciones ya nos causaban náuseas, y Trimalcio, aunque borracho perdido, lo notó, haciendo entrar en la sala, para procurarnos un nuevo placer, a un coro; después, colocándose en un lecho de parada, la cabeza apoyada en una pila de cojines:—Suponed, exclamó, que estoy muerto, y hacedme una bella oración fúnebre.— Los coros empezaron una canción fúnebre y el favorito del lapidario Habinas, que era quizás el más honrado de la cuadrilla, comenzó a acompañarlos con sones agudos que pretendían imitar la flauta. Los guardias de la región oyendo aquellos berridos, creyeron que se había incendiado la casa de Trimalcio, y, llenos de celo, rompiendo puertas, se precipitaron de pronto en el comedor tumultuosamente con odres llenos de agua y hachas. Nosotros, aprovechando la oportunidad, y bajo un frívolo pretexto, nos despedimos de Agamenón, y nos escapamos a toda prisa, como quien huye de un verdadero incendio.


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