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Satiricón
Capítulos 78-final

de Petronio


CAPÍTULO LXXIX. No teníamos antorchas para guiarnos y vagamos a la ventura; era medía noche, y el silencio que reinaba por todas partes no nos dejaba ninguna esperanza de encontrar alguien que nos pudiese procurar luz. Para colmo de desventura estábamos ebrios y no conocíamos los caminos, que en aquel sitio son difíciles de conocer, aun en pleno día. Así sólo después de una hora de viaje, a través de guijarros y espinos que nos ensangrentaban los pies, la destreza de Giton nos, sacó al fin de este mal paso. En efecto, la víspera, en pleno día y temiendo extraviarse, había tenido la discreta precaución de marcar con tiza todos los pilares y columnas por donde pasábamos, y la blancura de las señales indicó a Giton el camino, Llegamos a la posada, y nuevo contratiempo. La posadera, que había estado bebiendo con unos viandantes, estaba tan profundamente dormida que ni aspándola hubiese despertado; y fuerza nos hubiera sido pernoctar en la calle, sin la llegada de uno de los mensajeros de Trimalcio, hombre rico por su casa, pues poseía diez carros, y el cual se dejó pronto de llamar y rompiendo la puerta nos hizo entrar por la brecha. En cuanto llegamos al dormitorio me metí en el lecho con mi querido Giton. La cena suculenta que había comido, encendió mis venas con un fuego devorador que sólo podía apagar un océano de lujuriosas voluptuosidades:
¡Que noche aquella, oh Venus!
La voluptuosidad nos invadía
y al ardor de los besos, todo fuego,
nuestras almas en una se fundían.
El supremo placer es ¡oh, mortales!
morir de amor en brazos de la orgía...
Pero me congratulaba sin motivo; pues en cuanto satisfecha un poco la lujuria, los vapores del vino aletargaron mi cerebro. Ascylto, siempre fértil en invenciones para mortificarme, arrebató a Giton de entre mis brazos adormecidos y lo llevó a su lecho, usurpando sin escrúpulo alguno los placeres que a mí me correspondían, sin que el muchacho advirtiese (ó fingió quo no lo advertía) la substitución injuriosa para mí. Busqué en vano al despertarme al objeto de mi amor junto a mí y lo vi en los brazos de Ascylto. Para vengarme de ambos perjuros estuve tentado de atravesarlos con mi espada, haciéndoles pasar del sueño a la muerte; pero siguiendo más prudente consejo, desperté a Giton a gritos y arrojé a la faz de Ascylto estas palabras: -Puesto que con tu vergonzoso atentado has violado todas las leyes de la amistad, toma lo tuyo, vete y deja de manchar estos lugares con tu presencia—. Consintió Ascylto, pero después que partimos entre los dos nuestro haber: —¡Alto! dijo; ahora dividamos al muchacho!

CAPÍTULO LXXX. Tomé a broma sus palabras, mas él, empuñando el acero fratricida: —No gozarás solo, dijo, esa prenda sobre la cual quieres tener derechos tú solo. Necesito mi parte, o si no, esta espada me la dará —. Lo mismo hice yo, arrollando mi manto alrededor del brazo izquierdo y poniéndome en guardia- Mientras nos entregábamos a tan miserable demencia, el infelicísimo niño abrazaba nuestras rodillas suplicándonos que no hiciésemos a aquella taberna teatro de una nueva Tebaida, que no manchásemos de sangre fratricida nuestras manos, que poco ha estrechábanse al impulso de la más tierna amistad. —Si es preciso, exclamó, que uno muera, he aquí mi cuello desnudo; ahogadme, degolladme con vuestras espadas. Yo debo morir, pues soy la causa de que se haya terminado vuestra amistad—-. A sus súplicas, envainamos las espadas, haciéndolo primeramente Ascylto. — He encontrado un recurso, dijo, para evitar discordias: Que Giton elija al que prefiera; dejémosle que escoja libremente al que le plazca más de nosotros dos para querido[1] Confiado en la antigüedad de mis relaciones amorosas, que parecían unirme a él con una especie de parentesco, acepté el partido y me remití al fallo de Giton; pero él sin vacilar, sin parecer titubear un solo instante, escogió por querido a Ascylto. Fulminado por ese fallo, no tuve ni la idea de disputarle a Giton y me dejé caer en el lecho, donde me hubiera dado la muerte a no contenerme el pensamiento de aumentar con ello el triunfo de mi rival. Orgulloso por el éxito, Ascylto salió, llevándose el trofeo de su victoria, dejando a su antiguo camarada, compañero en la próspera y en la adversa fortuna, solo y sin recursos, aunque todavía el día anterior me llamaba su amigo, en país extraño.
La amistad ya no existe. La reemplaza
hoy día el interés. Todos son cálculos
como en el ajedrez. Si la fortuna
alegre te sonríe, tendrás tantos
amigos como quieras; si la pierdes,
te volverán la espalda con descaro.
Solo amigos se ven en las comedias,
mas no hay amigos fuera del teatro.

CAPÍTULO LXXXI. No dejé correr mucho mis lágrimas, y, temiendo que viniese Menelao, nuestro huésped, y me hallase solo, hice un hato de mis útiles y me trasladé a otro albergue en un barrio poco frecuentado y próximo al mar. Allí estuve tres días sin salir. El recuerdo del abandono e ingratitud de Giton estaba siempre presente en mi pensamiento; me golpeaba el pecho., sollozos desgarradores exhalando, y exclamé en mi violenta desesperación más de una vez: — ¿Por qué no se abrirá la tierra para tragarme? ¿Por qué la mar, tan funesta hasta para los inocentes, me respeta? Maté a mi huésped y escapé al castigo; me salvé de la arena donde me dejaron como muerto y, por premio de tanta audacia, heme aquí abandonado como un mendigo, como un desterrado, en una taberna de esta miserable villa griega. ¿Y quién es el que me impone esta soledad? Un adolescente manchado con toda clase de crímenes que, según confesión propia, ha merecido ser desterrado de su país; que debe su libertad, su manumisión, a las más vergonzosas complacencias, sodomita, cuyos favores fueron vendidos al que más caro los pagaba, y que fue comprado para servir de mujer. ¿Qué más? ¡Oh, dioses! De ese otro que tomó los vestidos de mujer a la edad en que otros toman la toga viril; que desde su más tierna infancia renunció
a su sexo; que, en una prisión, hizo de hembra por placer de viles esclavos; que, después de haber pasado de mis brazos a los de un rival, como una prostituta, desata los lazos de nuestra amistad y ¡sin pudor!, cual lamas vil de todas las mujerzuelas, en una sola noche sacrifica todo a una nueva pasión... Ahora yacen juntos todas las noches como amantes cariñosos, y acaso en este momento, dando treguas al placer, se burlan de mi abandono. O yo no soy hombre, y hombre libre, o yo lavaré mi afrenta con su infame sangre.

CAPÍTULO LXXXII. Dicho esto, me ceñí la espada, y temiendo que mi debilidad apagase mi furor, para aumentar mi vigor comí más copiosamente que de costumbre y me salí decidido del albergue, recorriendo como un loco, a grandes pasos, todos los pórticos. Iba con aire extraviado, gesticulando amenazadoramente, no respirando más que sangre y matanza; a cada instante llevaba mi mano a la espada, a la espada vengadora, cuando un soldado reparó en mí; ignoro si era un vagabundo o un ladrón nocturno; y: -¿Quién eres tú?, me preguntó. ¿A qué legión perteneces? ¿De qué centuria eres?—Sin turbarme fórjeme al instante una legión y una centuria para salir del paso. —Dime, ante todo, replicó, ¿es que en el ejército vuestro los soldados se pasean con esa clase de calzado?—El rubor de mi rostro y el temblor de mis miembros me vendieron. Fui despojado de mi arma y deshice el camino, retirándome al albergue. Mi cólera se calmó poco a poco y no tardé en agradecer al soldado aquel rasgo de audacia que me privó del homicida acero.

CAPÍTULO LXXXIII. Entre tanto, el gusanillo de la venganza no satisfecha me tuvo intranquilo y desvelado la mitad de la noche; hacia el amanecer, por calmar mi agitación y olvidar la injuria que tanto lamentaba, salí del albergue y recorrí de nuevo todos los pórticos, entrando en una galería adornada con varios cuadros muy notables. Los vi de Tenxido [Zeuxis] que resistían aún lozanos la injuria del tiempo; examiné los ensayos de Protógenes, que rivalizaban en verdad con la naturaleza misma y que no me atreví a tocar sino con un estremecimiento de religioso respeto, y vi también tablas del divino Apeles, del género que llaman los griegos monocromo. Tanta era la verdad del dibujo y lo acertado del color que se hubieran creído imágenes vivientes animadas por el genio del pintor. Acá se elevaba sublime al cielo un dios cabalgando sobre una águila: allá el puro Hilas rechazaba las caricias lascivas de una Náyade; más lejos Apolo, deplorando el asesinato cometido por su mano, adornaba su lira, recogiéndola de sobre un jacinto recién abierto. En medio de tales maravillas, y olvidando que me hallaba en un paraje público, exclamé: —¿Luego el amor no perdona ni a los dioses? Júpiter, no hallando en el cielo beldad que le satisficiese, baja en busca de su amor a la tierra, pero a nadie agravia con ello. La Ninfa de Hilas hubiera acallado su pasión si su ventura hubiese impedido de algún modo la de Hércules. Apolo hace revivir en una flor al hijo que adoraba, y todas las fábulas, en fin, están llenas de amorosas relaciones no estorbadas o rotas por rivales. Sin embargo, yo he recibido en mi compañía un huésped más cruel que Licurgo. Mientras lanzaba al viento mis inútiles quejas, entró en la galería un anciano de cabellos blancos, de rostro reflexivo y que parecía prometer algo grande, pero de poco cuidadoso aspecto. Su exterior revelaba uno de estos literatos que suelen ser despreciados por los ricos; se llegó a mi lado, y: —Yo, dijo, soy poeta, y me congratulo de no serlo malo, si he de creer a las varias coronas públicas que me han discernido, aunque es cierto que muchas veces se conceden a los necios por complacencia. ¿Por qué, pues, me dirás, vas tan mal vestido? Por eso mismo; el amor a las letras no enriquece a nadie.
Al mar desafiando se encuentra la fortuna;
el oro del vencido se embolsa el vencedor;
quien vende sus favores a bellas, se enriquece;
y a costa de los necios oí vil adulador;
sólo vive muriendo, y miserable,
el que de artista tiene vocación.

CAPÍTULO LXXXIV. No dudes que es así; el que, enemigo de todos los vicios, insiste en marchar por el camino derecho, más pronto o más tarde, sus costumbres, distintas de las generales, le atraen el odio de la mayoría (¿quién podría, en efecto, aprobar lo contrario de lo que le place hacer y hace comúnmente?). Después, los que solo se preocupan de amontonar riquezas, no quieren que ningún hombre sea considerado sino en relación a su fortuna, así que por más que se jacten, dicen los ricos, de su talento literario como don superior, ellos no tienen más remedio que ceder el paso a los hombres adinerados. - No sé por qué, le dije, sucede siempre que el talento es hermano de la pobreza.—Suspiré, y: —Haces bien, dijo el anciano, en dolerte de la suerte de los literatos. —No es eso, contesté, lo qué me hace suspirar. Mi dolor procede de otra causa mucho más grave.—Y por esa propensión humana a la confidencia relaté mi aventura, le conté mis cuitas y me dolí de la perfidia de Ascylto, pintándola con los más sombríos colores. -¡Ojalá, gemí, que el pérfido huésped que me obliga a la continencia fuese capaz de dolerse de mi situación!, pero es un criminal encallecido, doctor en iniquidades.—Vista mi ingenuidad. trató de consolarme, y para disipar mi tristeza me contó una aventura galante de su juventud en los siguientes términos:

CAPÍTULO LXXXV. Cuando fui a Asia, formando en la comitiva de un cuestor, acepté la hospitalidad de un vecino de Pérgamo, con singular agrado, no sólo por lo elegante y cómodo de las habitaciones, sino por la hermosura del hijo de mi huésped; y para que no sospechara el padre el amor que me inspiraba el muchacho, recurrí a este expediente: cuantas veces, de sobremesa, se trataba de las costumbres sodomitas tan generalizadas, tan vehementemente censuraba ese infame comercio, con tal indignación apostrofaba a esas gentes, y con tono tan severo protestaba de que se tuvieran esas conversaciones obscenas que herían mis castos oídos, que todos, y en particular la madre del niño, e consideraban como a uno de los siete sabios. Muy pronto fui encargado de dirigir los estudios del muchacho, de darle lecciones y de conducirlo al gimnasio. Sobre todo, aconsejaba yo siempre a los padres de mi discípulo que no admitiesen en su casa a ninguno de esos seductores de la juventud. Un día de fiesta que reposábamos en los triclinios por la pereza de no subir, después de una copiosa comida, a nuestros dormitorios, advertí, cerca de media noche, que el chiquillo velaba. Entonces, con tímido murmurio, pero claro, para que me, oyera, hice este voto: —¡Oh, Venus! Si yo puedo besar a mi discípulo sin que él lo sienta, hago voto de regalarle mañana un par de palomas.—Oído el precio de mi voluptuoso deseo, el muchacho se puso a roncar; y mientras él fingía dormir le di varios besos. Contento con este principio, me levanté temprano al día siguiente y elegí un buen par de palomas que le llevó para cumplir mi voto.

CAPÍTULO LXXXVI. A la noche siguiente, animado por el éxito de la anterior, mudé de deseo, y: —Si mientras, dije, recorro con mi mano todas las partes de su cuerpo no se despierta, dos gallos hermosos de pelea regalaré a mi discípulo.—A este voto el muchacho pareció quererse acercar a mí, temiendo, sin duda, que yo pudiera dormirme; pero yo acudí solícito y mi mano voluptuosa recorrió con placer lúbrico incomparable todo su cuerpo. Después, en cuanto llegó el nuevo día, me apresuré a cumplir mi promesa, colmando de júbilo al muchacho. A la tercera noche, cada vez mas audaz, acercándome al oído del niño: —¡Dioses inmortales!, exclamé, si logro llevar a término el coito pleno y delicioso sin que mi discípulo lo sienta, prometo darle mañana una hermosísima jaquita macedónica—. Nunca Febo había favorecido a mi
discípulo con un sueño tan profundo. Primero acariciele ávidamente con las manos, después lo
cubrí de ardientes besos, y al fin gusté y saboreé mi completa dicha, colmando mis votos todos. Sentado en su dormitorio, al día siguiente, esperaba el niño mi regalo. Ya comprendes que no es tan fácil regalar una jaquita como un par de palomas o de gallos de pelea; fuera de la diferencia de precio, por el temor fundado que me entró de que tal generosidad fuera sospechosa a los padres. Así, pues, después de pasearme algunas horas volví a casa con las manos vacías y, como único presente, di un beso a mi amiguito. El saltó a mi cuello para abrazarme, y mirando a todos lados con ojos investigadores:—Te ruego, seños, me dijo, que no me hagas penar, ¿dónde está la jaca? —La dificultad para encontrar una a mi gusto, le contesté, me ha hecho diferir el regalo, pero dentro de pocos días cumpliré mi palabra.
El niño comprendió lo que significaba mi respuesta, y su rostro traslució el descontento que la
evasiva le produjo.

CAPÍTULO LXXXVII. Aunque esta ofensa me cerró el corazón del muchacho, que yo había sabido abrirme con las supercherías relatadas, no tardé mucho a volverme a tomar con él las mismas libertades. En efecto, .algunos días después una feliz casualidad me proporcionó la ocasión que yo acechaba, y en cuanto vi al padre profundamente dormido rogué al querido niño que hiciera las paces conmigo, dejándome, procurarle placer tan grande como el que yo iba a experimentar; en fin, empleé todo cuanto argumento me dictó mi lujuria. Empero él, rencoroso y enojadísimo, no me contestó más que estas palabras: O duerme o se lo digo ahora mismo a mi padre—. Nada hay tan audaz como un deseo lúbrico. Entonces dije: —Llama a tu padre, si quieres,—y echándome en su lecho le arranqué los favores que me rehusaba. Opuso él sólo una débil resistencia, condoliéndose de que, por mi falta de palabra, le había hecho la irrisión de sus condiscípulos, con quienes se jactaba de mi generosidad. —Para que veas, me dijo luego, que no soy como tú, si quieres repetir, repite.— Aproveché, su invitación, puesto que habíamos hecho las paces, y me dormí en sus brazos. Mas no se satisfizo con la repetición el muchacho, madurado ya para el placer, y a quien el ardor de la edad excitaba, y despertándome súbitamente: ¿No repites?, me dijo—. Sentí aún un resto de vigor y acometí por tercera vez, aunque sin entusiasmo, y llegando al final sudoroso y sin aliento casi. Al fin, agotado ya por el triple esfuerzo, me dormí. Pero no habría transcurrido una hora cuando el chiquillo me despertó de nuevo para preguntarme: -¿Ya hemos terminado?— Entonces colérico por haber sido despertado y sin ganas de nuevos placeres aquella noche, repetí sus anteriores palabras con airada voz: —O duerme ó se lo digo ahora mismo a tu padre.

CAPÍTULO LXXXVIII. Reanimado por este relato, interrogué al anciano, más instruido que yo, respecto a la edad de varios cuadros y sobre el argumento de algunos que me era desconocido; interroguele también acerca de la causa de la decadencia de las bellas artes en nuestro siglo, sobre todo por lo que respecta a la pintura, de la que parecen no quedar ya ni vestigios. Entonces él: — La concupiscencia del dinero, dijo, es la causa principal. Antes, cuando sólo el verdadero mérito era ensalzado, florecían las bellas artes, y los hombres a porfía se disputaban la gloria de transmitir a las generaciones venideras todos los descubrimientos útiles. Asó viose a Demócrito, nuevo Hércules, destilar el jugo de todas las plantas conocidas, para conocer a fondo las propiedades vegetales y consumir su vida toda en tales experiencias; Eudoxo envejeció subido a la sima de altísima montaña para contemplar más de cerca los movimientos del cielo y de los astros; Crisipo tomó tres veces elébor[2] para purificar su alma y hacerse más apto para nuevos descubrimientos. Pero, limitándonos al arte plástica, Lisipo murió de hambre por ceñirse y dedicar su vida a perfeccionar los contornos de una estatua, y Myrón, que hizo, por decirlo así, pasar al bronce el alma humana y el instinto de los animales, no encontró heredero. Por el contrario, nosotros, entregados a la voluptuosidad y a la embriaguez, no osarnos ni elevarnos al conocimiento de las artes; aunque censores de la antigüedad, sólo enseñamos y cometemos toda clase de vicios.
¿Qué hemos hecho de la dialéctica? ¿Dónde está la Astronomía? ¿Adónde hemos relegado la moral, ese camino hermoso de la sabiduría! ¿Quién, añadió, va hoy al templo, y hace votos por lograr la elocuencia? ¿Quién pide a los dioses que le descubran las fuentes de la filosofía? Ni siquiera se les pide la salud. Toda esa multitud que sube al Capitolio, antes de pisar los umbrales del templo, unos prometen, ofrendas si tienen la dicha de enterrar a un pariente rico; otros si descubren un tesoro; estos si logran amontonar antes de morir treinta millones de sestercios. El mismo Senado, arbitro del honor y la justicia, suele votar mil denarios de oro al Capitolino, y no vacilan en fomentar de este modo la concupiscencia, comprando los favores de Jove. No te lamentes, pues, de la decadencia de la pintura, ya que los dioses y
los hombres hallan mayor placer en contemplar un lingote de oro que en las obras maestras que Apeles, Fidias y los demás griegos locos hicieron. Pero veo que absorbe por completo tu atención esa tabla en la cual se ha representado el sitio de Troya; voy, pues, a tratar de darte la explicación de tan magno asunto en verso:

CAPÍTULO LXXXIX
Tras diez años de sitio encarnizado
que conmueven a Frigia,
Troya resiste aún, e irreductible
el valor de los griegos desafía.
Pero estos, escuchando del oráculo
la prudente consigna,
construyen un caballo gigantesco
donde mil combatientes se avecinan.
Ya la flota de Atrida dispersada
¡oh, Patria! crees que a la paz caminas,
y esperas el presente que a tus dioses
ofrecen y propician
tus sitiadores desleales. Pero
Laocoón, que aquella farsa presentía,
amonesta valiente a los troyanos
y a deshacer aquel caballo excita.
Para dar el ejemplo lanza un dardo
que a los pies queda de la mole equina
y aplauden los troyanos;
mas el prudente Laocoón afila
el hacha, y con golpe asaz certero
quebranta al monstruo griego, que vacila;
y mal seguros ya considerándose
los mil guerreros que en su vientre hacina,
dan un grito espantoso, que los frigios
creen precursor de males sin medida.
En efecto; el caballo apenas dentro
de los muros de Troya, el mar se agita,
se encrespa y se alborota con rugidos
indócil a Neptuno que lo guía.
La turba amedrentada
más y más se contrista al ver surgir del seno del océano,
donde Ténedos álzase, en la orilla,
dos monstruosas serpientes que hasta el cielo
levantan las espumas y salpican.
Causan horror y espanto con sus ojos,
que semejan a brasas encendidas,
y sus lenguas terribles
que como el filo de la espada brillan.
Dos niños, dos gemelos, del Pontífice
dulces prendas queridas,
que se hallaban tranquilos y contentos
en la playa jugando, son las víctimas
de los feroces monstruos, sin que el padre
que los ve perecer, triste, consiga
salvarlos, desdichado, del anillo
de las serpientes furias asesinas.
En esto, cuando toda
la turba conmovida
el dolor del Pontífice comparte,
se rompe el vientre de la mole equina,
y los guerreros griegos aparecen
y a los tristes sitiados acuchillan,
exterminando todo cuanto alcanza
con sus filos de acero la homicida
espada que cabezas de troyanos
siega como la hoz a las espigas.
Del sueño pasan a la muerte todos
los hijos de la Frigia,
y Troya es incendiada
y muy pronto a cenizas reducida.

CAPÍTULO XC. Declamado esto, los que se paseaban por el pórtico hicieron llover sobre Eumolpo una lluvia de piedras. Empero Eumolpo, acostumbrado ya a ser de tal manera aplaudido, cubriose la cabeza y huyó del templo. Temiendo que me tomaran también a mí por poeta, lo seguí de lejos hasta la orilla del mar. Así que me vi a salvo de pedradas, me acerqué a Eumolpo; y: —Dime por favor, exclamé, ¿es que padeces una enfermedad? Menos de dos horas hace que nos conocemos, y no como hombre, sino como poeta, en verso, me has hablado. No me sorprende que te persiga el pueblo con piedras. Yo también voy a hacer provisión de cantos, y cada vez que te acometa ese acceso voy a hacerte sangre en la cabeza—. Sacudió la suya y: —¡Oh, joven! repuso: No es hoy la primera vez que esto me sucede; lo mismo me pasa en el teatro cuando recito algo: empezar y apedrearme suele ser inmediato. Sin embargo; para no rifar contigo, consiento en privarme de tal placer durante todo el resto del día. —Pues de ese modo, le dije yo, si te comprimes todo el día, tendremos una buena cena—. Encargué a mi huéspeda que nos preparase la comida, y nos fuimos luego al baño.

CAPÍTULO XCI. Allí vi a Giton, triste y confuso, recostado contra la pared y teniendo en la mano unas toallas de baño. Se adivinaba que no estaba satisfecho con su servicio, y mientras yo le miraba para convencerme de que era él mismo, advirtió mi presencia y volvió hacia mí su rostro, en el que resplandecía la más viva alegría. —Compadécete de mí, exclamó, amado mío; aquí no brillan las armas y puedo hablar con franqueza: Líbrame de ese ladrón cruel, aunque castigues duramente ese servicio; por más que bastante castigado estoy al verme privado de tu afecto—.Le ordené que cesara de quejarse para no atraer sobre nosotros la atención de los curiosos, y dejando a Eumolpo en el baño, declamando uno de sus poemas, por tenebrosos y fétidos lugares, saqué de allí a Giton y llegué con él a mi albergue. En él sequé con ardientes besos las lágrimas que bañaban su rostro, y durante algún tiempo la emoción nos impidió pronunciar una sola palabra. Los sollozos quebrantaban el pecho de Giton: —¡Qué hombre tan indigno soy!, exclamé. Te amo a pesar de tu abandono, y al buscar en mi pecho la herida que me produjiste, ni la cicatriz hallo. ¿Por qué amores peregrinos me olvidaste? ¿Merecía yo semejante injuria?—Viéndose amado Giton tomó una actitud más audaz. —Pero, proseguí yo, no quise otro árbitro que tú mismo para fallar quién de los dos, Ascylto o yo, te merecía, Sin embargo; ya no me quejo; todo lo olvido si tu arrepentimiento es sincero.—Dicho esto, gemí derramando un torrente de lágrimas. Giton secándolas con su manto: —Sé justo, amado Encolpio, me dijo; apelo a la fe de tu memoria. ¿Te abandoné yo, o me traicionaste tú? Con toda franqueza lo confieso: cuando os vi armados a los dos, me puse del lado del más fuerte—. Al oír una respuesta tan sensata, arrójeme a su cuello y besé su boca; y para probarle que había vuelto a mi gracia y que le amaba tan tiernamente como antes, le prodigué mis más dulces caricias.

CAPÍTULO XCII. Ya era plena noche y la mujer encargada de nuestra cena había cumplido mi encargo, cuando Eumolpo llamó a la puerta. - ¿Quién eres?, pregunté, y por el agujero de la cerradura miré por si venía Ascylto. Viendo al anciano solo, le abrí al momento. Él se tendió en un lecho, y al ver a Giton arreglar la mesa, movió la cabeza, y: --Te felicito, dijo, por tu Ganimedes; esta noche hemos de divertirnos—. No me agradó tan curioso principio, temiendo haber recibido en mi compañía un nuevo Ascylto. Eumolpo no se detuvo ahí. pues habiéndole ofrecido Giton de beber: —Te amo más, dijo, que todos los muchachos que he visto en el baño—. Luego, vaciando el vaso de un trago:— Nunca he sufrido tanto, dijo; porque para entretener a los que estaban sentados alrededor del baño comencé a recitar versos, y fui arrojado del baño como tantas veces lo fui del teatro. Entonces comencé a buscarte por todas partes, llamando Encolpio, Encolpio, cuando del lado opuesto, un joven desnudo y que había perdido sus vestidos, salió también gritando: ¡Giton, Giton! Pero de mí se burlaban todos, remedándome, y a él le aplaudía la multitud llena de respetuosa admiración. Tenía tan desarrollados los atributos de la virilidad, que, ciertamente, más que un hombre, parecía el dios de la lubricidad. ¡Oh, joven potentísimo! Creo que podría sostener sin agotamiento, durante dos días seguidos, el combate del amor. Así, muy pronto, llegose a él no sé qué caballero romano, conocido, según me dijeron, por un infame estupro, y al verlo correr desnudo lo cubrió con su manto y lo llevó a su casa, sin duda para asegurarse el monopolio de tan buena fortuna. En cuanto a mí, no hubiera podido retirar mis ropas del vestuario si no hubiese buscado un testigo que afirmó me pertenecían. Tanta verdad es que se hace más caso de los dotes corporales que de las dotes intelectuales—. A cada palabra de Eumolpo cambiaba de color mi rostro; pues si la mala pasada hecha a nuestro enemigo nos alegraba, entristecionos el temor de que se volviese la partida en contra. Como si fuese extraño por completo a Ascylto, guardé silencio y luego enumeré a Eumolpo los manjares, bastante comunes, pero substanciosos y nutritivos, que íbamos a cenar. El famélico poeta comió con avidez, y, cuando se vio harto, comenzó a moralizar, desatándose en invectivas contra esos hombres que desdeñan cuanto es común y vulgar y sólo estiman y apetecen lo raro.

CAPÍTULO XCIII. Por una depravación deplorable, exclamó, se reputan como viles los goces fáciles y sólo apasionan y seducen los ilícitos:
No se ama lo que abunda, ni se estima
la victoria que fácil se consigue;
así el faisán ha desterrado al pato,
de la mesa del rico, que se engríe
con su riqueza, y los manjares caros
y de tierras lejanas comer pide.
[El grajo que salvara al Capitolio
de los furores galos] ya no sirve
sino para una mesa de plebeyos;
el rico de la suya le despide.
Lo más costoso lo mejor resulta,
lo más difícil es lo que se quiere;
a la esposa suplanta la querida;
se desprecia la rosa como a Sirte,
realzando a la anémona,
sin más que porque lejos se cultive.
—¿De tal modo, exclamé, cumples tu promesa de no hacer hoy versos? ¡Por los dioses! No nos mortificarás a nosotros que nunca te apedreamos. Ten en cuenta, que si alguno de los que viven en este albergue te oye, concitará contra ti todos los vecinos y lo pagaremos todos, pues nos creerán tus cómplices. Ten compasión de todos; recuerda lo que te ha sucedido en el templo y en el baño. Censurome ese lenguaje Giton, niño naturalmente compasivo, y me representó que se trataba de un hombre de más edad que yo, a quien debía consideración y respeto, sobre todo siendo mi huésped y convidado. Así siguió censurando mi proceder con moderadas y decentes razones que tenían gracia encantadora en boca de aquel precioso niño.

CAPÍTULO XCIV. ¡Feliz, díjole Eumolpo, la madre que te echó al mundo! ¡Sé siempre tan virtuoso! Sé ejemplo de la feliz unión de la sabiduría y la belleza. No has tomado en vano mi defensa, me has convertido en tu adorador, y voy a cantar tu elogio en verso. Yo seré tu maestro, tu custodio, y te seguiré por donde vayas, sin que trate de estorbarlo Encolpio, que ama a otro-. Felizmente para Eumolpo, el soldado aquel me había quitado la espada; de otro modo toda la furia que me había producido la traición de Ascylto, se hubiera vuelto contra el viejo, y la hubiese aplacado vertiendo su sangre. Giton, comprendiolo así, y so pretexto de ir a por agua, abandonó el cuarto. Su oportuna salida apaciguome un poco, y más calmado: —Prefiero aún, le dije, tus versos a tu prosa, cuando en ella expresas semejantes deseos. Tú, libertino; yo, arrebatado e iracundo; ve, pues, que no podernos congeniar. ¿Te parezco, quizás, un furioso? Evita, pues, los accesos de mi locura o, más claro, márchate en seguida y que no te vea yo más.—Aturdido por este apostrofe, el viejo, sin pedirme explicaciones, sale del cuarto, atrae hacia si la puerta, la cierra con doble llave, mete ésta en su bolsillo y se va con Giton dejándome encerrado. No me esperaba yo acción semejante, y en mi desesperación resolví ahorcarme.
En consecuencia, ya había juntado el lecho contra la pared, y ya iba a echar el nudo fatal a cuello, cuando abriendo la puerta apareció en la estancia Eumolpo con Giton, volviéndome a la vida. Al comprender Giton mi designio, exhaló un gran grito de rabia y dolor; me tomó en sus brazos, y echándome en el lecho, a la inversa: —Yerras, Encolpio, me dijo, si has podido creer que morirás antes que yo. Antes que tú, yo busqué una espada en casa de Ascylto, pues había resuelto morir si no me reunía pronto contigo; y para probarte que la muerte no desdeña a quien la busca, vas a gozar del espectáculo que quisiste proporcionarnos. Dicho esto, arrancó a un sirviente de Eumolpo una navaja de afeitar que llevaba en la mano, y pasó dos veces el corte por su garganta para degollarse. Sobrecogido de espanto, lánceme sobre el cuerpo de Giton y apoderándome del arma homicida, resuelvo morir con él. Mas el acero no me hace ni un simple arañazo y ni él ni yo sentimos dolor alguno. En efecto; la navaja era una de las que se dan a los aprendices de barbero para adiestrarlos. Por eso el sirviente no habíase conmovido al ver a Giton llevar el arma a su garganta. Eumolpo había considerado con sangre fría aquellos suicidios mímicos.

CAPÍTULO XCV. Para desenlace de la comedia, el hostelero abrió la puerta trayéndonos el segundo servicio, y viéndonos tendidos por el suelo, a los dos que habíamos representado el papel de amantes: —Decidme, os ruego, exclamó; ¿sois borrachos o vagamundos o ambas cosas a la vez? ¿Quien enderezó este lecho, recostándolo en el muro? ¿Qué maquinación estáis urdiendo? ¡Por Hércules! vosotros sin duda queréis escaparos esta noche sin pagar el hospedaje; pero no lo haréis impunemente. Ya os haré ver que esta casa no pertenece a una viuda sin amparo, sino a Marco Municio. —¡Te atreves a amenazarnos? exclamó Eumolpo; y descargó inmediatamente un vigoroso bofetón al hostelero. Este, casi embriagado por haber bebido con todos sus huéspedes, arroja una vasija de barro a la cabeza de Eumolpo, hiriéndole en la frente; y en seguida huye rápidamente. El poeta, furioso, se apodera de un candelabro, persigue a Marco Municio, y le devuelve con usura el golpe recibido. Criados y buen número de borrachos acuden al ruido. Yo, aprovechando la ocasión, y para vengarme de la encerrona de Eumolpo, me encierro con Giton y lo abandono a su suerte, resuelto a gozar sin rivales de mi cuarto y del placer que me promete la noche. Entonces los marmitones y todos los huéspedes del albergue, caen con saña sobre el infeliz a quien he cortado la retirada; uno amenaza saltarle los ojos con unas parrillas recién retiradas del fuego; otro se cuadra ante él en actitud belicosa, con un gancho de colgar carne; y una asquerosa vieja, sucia y fea, vi que arrastraba con una cadena a un enorme perro, azuzándolo contra Eumolpo; pero éste paraba diestramente con su candelabro, todos los golpes.

CAPÍTULO XCVI. Contemplábamos toda la trifulca por un agujero hecho por Eumolpo poco antes en la puerta, de la que hizo saltar el picaporte; y yo aplaudía cada golpe recibido por el anciano; sin embargo Giton, siempre compasivo, opinaba que debíamos salir y socorrer al poeta en aquel trance. Como mi resentimiento no se había disipado aún, para castigar a Giton por su intempestiva piedad, le apliqué un solemne puñetazo en la cabeza. El pobre muchacho, deshecho en llanto, fue a tenderse sobre el lecho, y yo seguí aplicando la vista para no perder detalle de la escena, y gozaba viendo maltratar a Eumolpo, lo cual apaciguaba mi cólera. De repente aparece Bargates, el procurador del distrito que había interrumpido su cena para restablecer el orden, y comenzó con voz terrible a denostar a los borrachos y vagabundos. Se había hecho llevar en una litera por estar baldado de ambas piernas. Luego, reconociendo a Emulpo: —¡Cómo!, exclamó; ¿eras tú ¡oh flor de los poetas! tú la víctima de esos miserables? ¿Y han osado levantar la mano sobre ti? ¿Y todavía no han escapado a esconderse donde yo no los vea?—Después, al quedarse solos, aproximándose más al poeta: —Mi mujer, dijo con aire sumiso, me desdeña. Así que, si me amas, haz una sátira contra ella para que se avergüence de su conducta.

CAPÍTULO XCVII. Mientras hablaba en secreto Eumolpo con Bargates, entró en el establecimiento un pregonero seguido de un siervo público y de gran número de curiosos; y sacudiendo al aire una antorcha que esparcía más humo que luz, leyó esta proclama:
Un adolescente acaba de extraviarse en el baño público: tiene cerca de dieciséis años; pelo crespo: hermoso de rostro; aspecto delicado; se llama Giton. El que lo devuelva o indique el lugar donde se halle, recibirá mil escudos.
No lejos del pregonero, estaba Ascylto con túnica de varios colores y llevando en una fuente de plata la recompensa prometida. Sin perder instante, ordené a Giton echarse al lecho y ocultarse entre la ropa revuelta, como en otro tiempo Ulises se ocultó en el vientre de un carnero. Como se lo ordené, Giton colgose de manos y pies en las barras del lecho, tapándose tan bien que Ulises se hubiera confesado vencido por nuestra astucia. Yo, para evitar toda sospecha, eché mis vestidos en desorden sobre el lecho, y me acosté un momento para imprimir en él la forma de mi cuerpo. Mientras tanto Ascylto, después de haber visitado todos los cuartos con el sirviente del pregonero, se paró ante el mío, concibiendo tanta mayor esperanza al ver que estaba cuidadosamente cerrada la puerta. El sirviente introduciendo su pica por el quicio de la puerta, hizo saltar la cerradura. Entonces, echándome a los pies de Ascylto, conjúrele, en nombre de nuestra antigua amistad y recordando los días tristes que pasamos juntos, que me dejase ver por última vez al querido niño cuya ausencia lloraba. Y para dar más verosimilitud a mis hipócritas lamentos: —Conozco, dije, Ascylto, tus intenciones. Has venido a matarme. ¿No lo demuestra así el venir con hombres armados? Sacia tu furia; he aquí mi cuello; derrama mi sangre; tus investigaciones son sólo un pretexto—. Ascylto, indignado por tal sospecha, juró que no tenía otro objeto que reatrapar al fugitivo; que no buscaba la muerte de nadie, y menos la de aquél en quien no podía menos de reconocer, aunque separados por una enojosa cuestión, un carísimo amigo.

CAPÍTULO XCVIII. Mientras el esclavo que acompañaba a Ascylto registró bien todos los rincones y con un palo reconoció el lecho. Por fortuna Giton, conteniendo la respiración, evitó diestramente todos los golpes. En cuanto salieron, Eumolpo, aprovechando que la fractura de la puerta no permitía dificultar a nadie la entrada, se precipitó en el cuarto, y transportado de júbilo: —¡He ganado mil escudos!, exclamó. Voy a correr tras el pregonero, y para vengarme de la mala pasada que me has hecho, le declararé que Giton está en tu poder—. Al ver que persistía en su resolución, supliquele que no se complaciese en matar a moribundos, y: —Merezco, le dije, esa venganza si pudieras realizarla. Pero ¡ay! ahora entre la turba ha desaparecido el muchacho, sin que pueda sospechar dónde está. Por tu fe, Eumolpo, ayúdame a buscar al querido niño, aunque lo entregues después a Ascylto—. Mientras yo lo persuadía con estas palabras, Giton, no pudiendo ya resistir su incómoda postura, estornudó tres veces seguidas, y el anciano, levantando las ropas, vio a nuestro Ulises, al que un Cíclope, aun en ayunas, hubiese compadecido. Volviéndose a mí: —¿Cómo es esto, dijo, bandido? Cogido in fraganti, ¿todavía negarás la evidencia? Pues bien, ni los dioses, árbitros de las cosas humanas, permiten la impostura; ellos han impedido, forzando a este niño a descubrirse, que yo errara ahora buscándolo por toda la población—. Mientras tanto Giton, con más trastienda que yo, había empezado a curar, valiéndose de telas de araña y aceite, la herida que Eumolpo había recibido en la frente; luego reemplazó con su propio manto el desgarrado que llevaba el poeta, y al ver que éste empezaba a calmarse, lo besó, y: —Tú eres, le dijo, tú eres, queridísimo padre, nuestro mejor guardián. Si amas a tu Giton, sálvale. Yo, que soy el único motivo, la sola causa de todos estos sucesos, debía ser devorado por las llamas, engullido por el mar tempestuoso, y mi muerte reconciliaría a los dos amigos que por mí dejaron de serlo—. Eumolpo, conmovido por mí y por Giton, enternecido sobre todo por las caricias que le prodigaba este amable niño: —Ciertamente, sois un par de imbéciles, dijo. Podéis ser felices, pues tenéis méritos para ello, y no obstante pasáis miserables con inquietudes continuas la existencia, y cada día os creáis nuevos tormentos.

CAPÍTULO XCIX. Yo siempre y en todas partes he vivido como si cada día en que gozaba hubiera de ver el último de mi existencia; esto es, sin preocuparme nunca del mañana. Si queréis imitarme, levantad vuestro espíritu y desterrad de él toda intranquilidad, Ascylto os persigue aquí; huid de él, y seguidme en mi peregrinación a regiones extrañas, En el navío en que yo voy a partir esta noche podéis venir. El patrón me conoce y seréis bien recibidos. Prudente y acertado me pareció tal consejo, que me libraba de las persecuciones de Ascylto y me prometía una más venturosa y tranquila existencia. Vencido por la generosidad de Eumolpo, me arrepentí de mi comportamiento con él y me reproché los celos que fueron causa le todo; pedile luego perdón, y con lágrimas en los ojos prometí, aunque sea muy difícil comprimir los celos, que jamás le diría cosa que pudiera ofenderle, y por último, le rogué que él, como filósofo, no hiciera caso de mi cólera, ya que su edad le permitía mayor calma y reflexión. Las nieves permanecen en tierras resquebrajadas y que baña un sol tibio y flojo; pero en tierra compacta y unida, trabajada por el arado, no cuaja, y así la cólera germina en los ánimos groseros e ignorantes, pero no en los ilustrados y cultos. — Para demostrarte, respondió Eumolpo, que pienso del mismo modo que tú, he aquí mi ósculo de paz. ¡Ahora lo que sea sonará! Y ahora apresurad vuestros preparativos, pues ya es tarde—. Aún estaba hablando el poeta cuando empujaron rudamente la puerta, que se abrió dando paso á. un marino de barba enmarañada, quien: —¿A qué esperas, exclamó, Eumolpo? ¿Ignoras que es preciso apresurarse?—Nos levantamos enseguida; el anciano despertó a su criado, que dormía hacía rato, le ordenó tomar nuestro equipaje y marcharse. Giton y yo hicimos un paquete con lo que quedaba, y después de una ferviente plegaria a Neptuno y los dioses de la navegación, fuimos a bordo.

CAPÍTULO C. Nos colocamos en un lugar apartado cerca de la popa, y como no amanecía aún, Eumolpo se durmió. A mí me fue imposible conciliar el sueño. Reflexionaba tristemente en la imprudencia cometida al aceptar en nuestra compañía a Eumolpo, rival más peligroso todavía que Ascylto; su presencia me inspiraba las más vivas inquietudes, hasta que llame resueltamente a la razón para triunfar de mi tormento. Es triste, me dije, que este niño agrade a nuestro compañero; pero las bellezas de la naturaleza, ¿no son acaso comunes a todos? El sol brilla para todos. La luna, con su incomparable cortejo de estrellas, no rehúsa su luz ni a los animales que buscan en la noche su pasto. ¿Qué puede compararse en belleza a las aguas? Sin embargo, corren para todos los habitantes de la tierra. ¿Sólo el amor ha de ser producto del robo o secuestro y no premio al mérito?... No obstante, sólo acostumbramos a apreciar debidamente los bienes que los demás nos envidian. Un rival y anciano no es grave. Aun cuando quisiera poseerlo, perdería el tiempo y el aliento. Al reflexionar acerca de lo poco verosímil de una tentativa así por parte de Eumolpo, me tranquilicé, y cubriéndome la cabeza con el manto, traté e dormir: pero en el mismo instante, como sí la inconstante Fortuna me persiguiese, oí sobre cubierta una voz de sobra conocida que exclamaba: —¿Soy acaso objeto de irrisión?— Los ecos varoniles de esta voz me aterraron. Pero llegó a su colmo mi espanto cuando oí una voz de mujer, que parecía también muy furiosa, que decía: —¡Si algún Dios pusiera entre mis manos a Giton, qué buen recibimiento le haría!— Este encuentro imprevisto nos heló a los dos la sangre en las venas, Yo, sobre todo, como bajo el imperio de atroz pesadilla, no pude en mucho rato decir palabra. Al fin, sacudiendo a Eumolpo para despertarlo: —Por tu fe, le dije, anciano: ¿á quién pertenece este navío? Dime, te lo ruego; ¿sabes qué pasajeros van en él?— El poeta, de mal humor por haberle interrumpido el sueño: —¿Es para no dejarnos dormir, contestó, para lo que has elegido el sitio más solitario de la nave?... ¿Qué puede importarte? ¿Qué adelantarás con que te diga que es el amo de este navío Licas de Tarento, y que lleva a esa ciudad a una viajera llamada Trifena?

CAPÍTULO CI. Tales palabras me fulminaron, e inclinando la cabeza con desaliento: —Alguna vez, exclamé, habías de vencerme por completo, Fortuna:— Giton cayó sobre mi pecho desvanecido, y cuando un abundante sudor nos devolvió el conocimiento, abrazando las rodillas de Eumolpo : —Apiádate le dije, de dos moribundos, y líbralos de la vida con tus manos. La muerte llega, y si no eres tú el que nos la traes, dejarás que otros sean los ejecutores de sus designios—. Aturdido por mis apostrofes, juró Eumolpo, por los dioses todos, que no comprendía el motivo de nuestra alarma; que nos ha tendido ningún lazo, y que de buena fe nos llevó al navío en el cual había tomado pasaje mucho tiempo antes de conocernos. —¿Qué peligros teméis?, exclamó. ¿Qué nuevo Aníbal navega en este barco? Licas de Tarento es hombre honradísimo, y no sólo es señor de esta nave, que él mismo gobierna, sino también de otras; posee vastos dominios, y lleva a bordo un gran número de esclavos para venderlos en Tarento. Tal es el cíclope, el pirata que nos da pasaje en su navío; y también Trifena va a bordo, hermosísima entre todas las mujeres, a quien gustan extraordinariamente los viajes por mar. —De ellos es, exclamó Giton, de los que huimos. Y contó inmediatamente a Eumolpo los motivos de odio que ellos tenían contra nosotros y los peligros que nos amenazaban. Confuso y no sabiendo qué partido adoptar: —Figuraos, dijo, que estamos en el antro de Polifemo, de los Cíclopes. Que cada uno dé su parecer, y concertemos los medios de salir para salvarnos del peligro, pues tirarnos al mar sería contraproducente. — Persuadamos al piloto, dijo Giton, a que nos desembarque en el puerto más próximo, por supuesto pagándole lo que pida, con la excusa de que tu querido, atormentado por el mareo, hállase muy mal. Puedes, para convencerlo más fácilmente, presentarte al piloto afligido y lloroso. —No es posible. Un gran navío como el nuestro, repuso el poeta, entra con dificultad en la mayoría de los puertos. Además, es inverosímil que en tan poco tiempo el mareo haya podido relajar tanto una salud. Añade a esto que Licas, por oficiosa cortesía, querría visitar al moribundo. Ved si os conviene atraer hacia vosotros al mismo señor de quien huís. Pero supongamos que sea fácil torcer el rumbo del navío; supongamos que Licas no visite a sus enfermos; ¿de qué modo podremos salir del navío sin que os conozcan? ¿Saldremos con la cabeza cubierta o descubierta? ¿Cubierta? Todo el mundo querrá ver los estragos hechos por la enfermedad en aquellos rostros. ¿Descubierta? Sería ponernos en la boca del lobo.

CAPÍTULO CII. —¿A qué esos paliativos y términos medios, exclamé, cuando sólo la audacia puede salvarnos? ¿Tenemos más que embarcarnos en la chalupa, cortar el cable y abandonarnos al azar? No quiero, sin embargo, forzarte, Eumolpo, a que compartas con nosotros el peligro. ¿Sería justo que compartieses, siendo inocente, con nosotros semejante riesgo? Por satisfecho me daría si lográramos así salvarnos. —No es despreciable el consejo, replicó Eumolpo, sí pudiera realizarse. ¿Cómo no habían de advertir nuestra fuga? Pero el piloto, que vigila siempre y pasa las noches estudiando el curso de los astros, estorbaría nuestro plan. Y aunque dormitara, no podría dejar de vernos, a no ser que escapáramos por la parte opuesta a donde él vigila; y no es a la proa, sino a la popa, donde se halla el cable, cerca del timón, y por la popa tenemos que huir. Además me sorprende, Encolpio, que no hayas hecho alto en que un marinero custodia día y noche la chalupa, dentro de ella, y sólo matándole o arrojándolo al mar a la fuerza, podríamos apoderarnos de ese barquichuelo. Interroga a tu audacia para ver si te sientes capaz de esa hazaña. En cuanto a mí, estoy pronto a seguiros sin temor a riesgo alguno, siempre que haya probabilidades de salvación. No creo a nadie bastante loco para exponer su vida sin ninguna esperanza ¿No te parece así?... Otro medio se me ocurre. Os meteré en dos grandes valijas, como si formarais parte de mi equipaje; cerrarélas con las correas, dejando una sola pequeña abertura para respirar y daros alimento, y mañana haré público que mis los esclavos, temiendo un cruel castigo, se arrearon al mar durante la noche. Así, cuando el viento nos haya conducido al puerto, os haré desembarcar entre mi equipaje, sin inspirar sospechas. —No estaría mal pensado, exclamo yo, si fuéramos cuerpos sólidos que pueden ser encerrados a voluntad, a quienes el vientre no hace traición nunca; ¿pero no hemos de estornudar o roncar alguna vez? Se te ocurre esta estratagema, porque la [...] empleado una vez con éxito? Te concedo que podamos estar todo un día así empaquetados; ¿qué adelantaríamos? Si la calma o los vientos contrarios nos retienen en el mar mucho tiempo, ¿qué haremos? Como los vestidos consumidos por las arrugas, o como libros que el exceso de presión hace ilegibles, jóvenes como somos y no acostumbrados a ese género de fatiga, ¿hemos de poder convertirnos en estatuas? Busquemos otro recurso de salvación. Eumolpo, como literato, debe tener su provisión de tinta. Tiñámonos de negro desde la cabeza a los pies, y pasaremos por esclavos egipcios, y haciendo de etíopes nos consideremos felices, con tal de evitar el riesgo temido, pues que despistaremos a los enemigos con el cambio de color. — ¡Eso, dijo Giton, o nos circuncidamos para pasar por judíos, o nos agujereamos las orejas para parecer árabes, o nos embadurnamos con clarión el rostro para que nos tomen por galos! Como si al cambiar de color cambiásemos también de facciones, Eso no basta; es preciso que todo esté de acuerdo para sostener nuestro papel. Supongamos que el menjurje con que hemos de embadurnarnos el rostro dure bastante tiempo, y que el agua que por casualidad nos caiga no borre la pintura, o a lo menos produzca alguna mancha; que la tinta no manche nuestros vestidos, lo que es frecuente, hasta cuando no ha sido compuesta con goma; decidme: así y todo, ¿podremos engrosarnos los labios como los etíopes? ¿Rizar nuestros cabellos, tatuarnos el rostro, como ellos, engarrosar nuestras piernas y cubrirnos de lana la barba para imitarlos bien? Créeme, Encolpio; este color artificial no hará más que mancharnos el cuerpo sin cambiarlo. Escucha el consejo que me dicta la desesperación; envolvámonos la cabeza con nuestras túnicas y arrojémonos al mar.

CAPÍTULO CIII. —¡Que los dioses y los hombres os preserven de una muerte tan miserable!, exclamó Eumolpo. Haced más bien lo que voy a deciros. El criado mío, a quien cogisteis la navaja hace algunas horas, es barbero; el os rasurará en un momento, no sólo la cabeza, sino las cejas; después yo pintaré diestramente en vuestras frentes una inscripción como las que se impone a los desertores, y esos estigmas disfrazarán vuestro rostro y despistaran a los que os persiguen. Prevaleció este consejo, y púsose en seguida manos a la obra. En un extremo de la nave, adonde nos dirigimos a paso de lobo, el barbero nos peló la cabeza y las cejas con su navaja; entonces Eumolpo, con mano segura, nos cubrió la cara de letras, con las que se marca de ordinario a los esclavos fugitivos. Por desgracia, uno de los pasajeros que en un costado del navío aliviaba su estómago descompuesto por el mareo, nos vio al resplandor de la luna, cuando el barbero nos afeitaba, y comenzó a maldecirnos, tomando nuestra acción por presagio funesto, pues sólo en caso de naufragio evidente, los marineros y navegantes hacen el sacrificio de su cabellera, retirándose a su camarote. Nosotros, aparentando no comprender sus imprecaciones, nos retiramos tristes y silenciosos, y pasamos en un sueño aguadísimo el resto de la noche... A la mañana siguiente, en cuanto Eumolpo supo que Trifena se había levantado, entrose en el camarote de Licas, y después de hablar de lo feliz de la navegación y de la calma que auguraba el cielo, dijo Licas a Trifena:

CAPÍTULO CIV. Priapo se me apareció en sueños esta noche, y me dijo: —Encolpio, a quien tanto buscas, ha sido conducido por mí a tu navío—, Trifena, sobresaltada, exclamó: —¡Se diría que nos habíamos acostado en la misma almohada! Esa estatua de Neptuno, que tanto admiré en el templo de Baya, se me apareció también y me dijo: —Encontrarás a Giton en el navío de Licas—. —Eso os demostrará, exclamó Eumolpo, que Epicuro era un hombre divino, que tenía razón en condenar a los que creen en los ensueños:
El ensueño, que juega con la mente
turbada, no descubre los secretos
designios de los dioses; sólo el hombre
baraja sus acuerdos,
cuando al sueño, rendido, no le sirve
la labor muscular de contrapeso.
Con escenas cercanas o remotas,
mezcladas a ilusiones y deseos,
pinta sus cuadros vivos,
que siempre al despertar resultan muertos.
El conquistador sueña
que avasalla ciudades con su ejército;
el abogado salva sus clientes
y gana al fin sus pleitos;
el avaro, tesoros mil encuentra,
y la esposa liviana ve en sus sueños
que solicitan sus favores todos
cuantos galanes compra con dinero;
el piloto se salva del naufragio;
el cazador persigue y caza al ciervo;
el perro ladra a la perdiz dormido,
y cada cual, en sueños,
o goza o sufre, que la noche al cabo
redobla la alegría o sufrimiento.
Sin embargo, Licas, después de haber hecho las abluciones necesarias para espiar el sueño de Trifena: —¿Quién nos impide, dijo, visitar el navío, para no despreciar las advertencias de los dioses?—El pasajero que nos había sorprendido disfrazándonos por la noche, Heso, era su nombre, entró furioso en la cámara de Licas, gritando: —¿Quiénes son esos miserables que anoche a la luz de la luna se afeitaban la cabeza? Es un pésimo ejemplo ¡vive Hércules!, pues he oído siempre decir que no está permitido a nadie cortarse ni las uñas, ni el cabello, a bordo, salvo que el viento esté muy irritado contra la mar.

CAPÍTULO CV. Irritose Licas al oír estas palabras, y: —¿Es posible, exclamó, que alguien se haya rapado los cabellos en mi navío y en noche tan hermosa? Que traigan a los culpables para que su sangre purifique la nave. —Yo he ordenado, contestó entonces Eumolpo, que se les rapase. He querido volverme favorable los auspicios, pues que tengo que hacer el viaje con ellos. En castigo de sus crímenes llevaban los cabellos largos y enmarañados, y a fin de no convertir en cárcel el navío, ordené a mi barbero que los afeitase, queriendo además que los estigmas infamantes estampados en sus frentes no se ocultaran por la amplitud de su cabellera, a un de que todos puedan leer en sus rostros su castigo. Entre sus varias obras, hacían la de comerse mi dinero en compañía de una meretriz querida de ambos; allí los sorprendí la noche última perfumados con esencias y borrachos perdidos. En suma, creo que acabarán por arruinarme —. Sin embargo de esto, Licas, para purificar su navío nos condenó a recibir cuarenta latigazos. La ejecución siguió inmediatamente a la sentencia. Dos marineros, armados de gruesas cuerdas, se precipitaron sobre nosotros ansiosos de aplacar sus divinidades tutelares con el derramamiento de nuestra abyecta sangre. Yo recibí con espartana nobleza los tres primeros azotes; pero Giton, al primer golpe, lanzó un grito tan penetrante, que Trifena se conmovió, creyendo conocer ella y sus damas la voz del paciente. Los mismos marineros, condolidos y desarmados por la hermosura del muchacho, suspendieron los azotes, abogando por él, con la mirada, ante Licas. Las sirvientas de Trifena, que se habían lanzado hacia el niño al oírle gritar, exclamaron con grandes voces: —Es Giton, ¡Giton!, suspended los crueles azotes. ¡Giton es, señora: socorredlo!— No bien hubo herido este nombre el oído de Trifena, siempre se cree con facilidad lo que se desea, voló al lado del niño. Licas, que me conoció perfectamente, no tuvo necesidad de oír mi voz para acudir a mi lado, y sin pararse a examinar ni las manos ni el rostro, miró atentamente más abajo de mi cintura, reconoció el sitio con sus manos y asegurose, de que era yo. —¡Salud, Encolpio!, me dijo. No de otro modo la nodriza de Ulises reconoció al hijo del rey de Itaca, después de veinte años de ausencia, por una ligera cicatriz. Así, como hombre prudente, reconoció Licas, por un pequeño indicio, a su fugitivo. Trifena, deshecha en lágrimas, creyó verdadero nuestro suplicio, tomando por reales los estigmas grabados en nuestras frentes y nos preguntaba afligida:— ¿A qué prisión os arrojaron por vagabundos? ¿Qué crueles manos os infligieron tan terrible suplicio? En verdad, merecíais un castigo, ingratos, por haber desdeñado nuestros beneficios.

CAPÍTULO CVI. Transportado de furor, Licas: —¡Oh, mujer infeliz!, dijo. No creas que esos estigmas han sido estampados a fuego. ¡Ojalá fueran esas inscripciones una mancha! ¡Podríamos solazarnos por completo! Ahora mismo estaban tratando de burlarnos con una indigna comedia, y esas inscripciones postizas son una nueva irrisión—. Trifena, feliz por no haber perdido enteramente a su amado, se inclinaba a la indulgencia; pero Licas, que me guardaba rencor por mis relaciones con su esposa Doris y por la afrenta que en los pórticos de Hércules le hicimos, inflamado el rostro por la ira, exclamó: —Los dioses inmortales que gobiernan todas las cosas humanas son los que han traído a nuestro barco a estos infames; ellos nos advirtieron también de su presencia por medio del ensueño, y no podemos perdonarlos sin atraernos un castigo. Yo no soy un bárbaro, pero perdonándolos temería atraer sobre mí las iras de los dioses—. Estas supersticiosas razones cambiaron el parecer de Trifena, quien declaró que no se oponía, y aun consentía de todo corazón en tan justo castigo, añadiendo que había recibido los mismos ultrajes que Licas y que la habíamos expuesto a la vergüenza pública con proposiciones infames contra su honor. Licas, al verse secundado en sus propósitos por Trifena, dio nuevas órdenes para hacer más cruel nuestro suplicio; lo que, oído por Eumolpo, trató de apiadarlo.

CAPÍTULO CVII. Los infelices, dijo, que has resuelto hacer perecer para vengarte imploran, ¡oh, Licas!, tu piedad. Sabiendo que no soy un desconocido para ti, me han escogido por abogado, rogándome los reconcilie con tan queridos y antiguos amigos. No puedes creer que la casualidad los haya conducido a tu nave; no hay un solo pasajero que se embarque sin informarse, ante todo, del nombre de aquel en cuyas manos pone su existencia. Satisfágate esta declaración y conmuévate lo bastante para dejar navegar en paz a hombres libres. El amo más cruel e implacable olvida sus resentimientos cuando el esclavo fugitivo se echa a sus pies arrepentido. ¿Qué más quieres? ¿Qué más pides? Ante vosotros, suplicantes hállanse dos jóvenes honrados e ingenuos y que, sobre todo, han vivido con vosotros hace poco en la más estrecha intimidad. ¡Por Hércules! Si hubiérante robado el dinero, si te hubiesen hecho traición, estarías bastante vengado con el castigo que lees en sus frentes, marcas de servidumbre que los excluye de la sociedad—. Licas, interrumpiendo la defensa, exclamó: —No quieras embrollar la cuestión, y pongamos las cosas en su punto. En primer lugar, si ellos vinieron aquí de buen grado, ¿por qué se han afeitado la cabeza? El que disfraza su rostro, engaño medita y no satisfacciones. Después, si querían por tu intermedio conseguir nuestra gracia, ¿a qué ese empeño en ocultarse? No pretendas desarmar nuestro encono, proclamando que son hombres libres e ingenuos. ¿Qué hacer cuando ellos mismos se presentan al alcance de la venganza del hombre ofendido? ¿Que fueron nuestros amigos, dices? Pues mayor castigo merecen. Porque el que ofende a un desconocido es un canalla; pero herir al amigo es casi un parricidio. - Replicó Eumolpo retrucando el argumento de este modo: — Comprendo, dijo, que el mayor reproche que haces a estos desgraciados jóvenes es el de haberse afeitado el cabello durante la noche; de ese hecho deduces que el azar y no su voluntad les ha traído a esta nave. Voy a explicaros el hecho con tanta sencillez como ha sucedido. Querían ellos tonsurarse antes de embarcar; pero, los vientos, precipitando su partida, se lo impidieron. Una vez aquí han creído que podían aligerarse de ese fardo inútil igual que en cualquier otro lugar, ignorantes del presagio funesto que se quiere deducir de esa acción y las leyes de a bordo, y llevaron inocentemente a cabo su propósito. —¿Que necesidad tenían de afeitarse la cabeza para aplacar nuestro resentimiento? ¿Acaso es más digna de compasión una cabeza pelada? Pero ¿por que perder el tiempo buscando la verdad de las palabras de un intérprete? ¿Qué dices tú, bandido? ¿Qué salamandra quemó tus cejas? ¿A qué dios sacrificaste tu cabello? Responde, impostor.

CAPÍTULO CVIII. El temor del suplicio había paralizado mi lengua y convencido por la evidencia, no encontraba una palabra para justificarme. Turbado y confuso por mi fealdad, parecíame que con una cabeza tan calva, como una rodilla y con las cejas tan lisas como la frente, no podía decir ni hacer nada. Pero cuando pasaron una esponja por mi rostro, inundado de lágrimas; cuando la tinta diluida confundió todos los caracteres dibujados en mi faz, y una máscara negra, un borrón, me cubrió el rostro, la cólera que me invadía se trocó en furor. Mientras tanto, Eumolpo declaraba enérgicamente que no toleraría que se atormentase a hombres libres y rechazaba las amenazas de nuestros verdugos con la voz y con el gesto. Era secundado por su sirviente y uno o dos pasajeros, componiendo una ayuda tan débil, que más bien podían servir para consolarnos que para salvarnos. Demasiado furioso para implorar merced, amenazo con mis uñas a Trifena y declaro en alta voz que si aquella prostituta, merecedora de ser azotada a la vista de toda la tripulación, hace el más leve daño a Giton, haré contra ella uso de todas mis fuerzas. Mi audacia redobló la rabia de Licas, quien se indigna de que yo olvide mi propia defensa para defender a otro; y Trifena, no menos exasperada por mis ultrajes, se entrega a parecidos transportes de furor. Por fin, todo el pasaje se divide en dos bandos. Por una parte, el barbero de Eumolpo adelanta con una navaja de afeitar, después de proveernos de todos los instrumentos cortantes y punzantes que poseía; por otro lado, los esclavos de Trifena, remangándose los brazos, se disponen a manejar sus puños. Las sirvientes mismas, a falta de armas, excitan con sus gritos a los combatientes. Solo y tranquilo en su puesto, amenaza, en vano a todos, el piloto con abandonar el timón si no cesa la trifulca que la liviandad ha ocasionado. La lucha se prolonga con el mismo encarnizamiento con que se inició. Licas y los suyos luchan por vengarse; nosotros por defender nuestra vida. Ya de un bando y de otro habían caído varios campeones medio muertos de espanto, y el mayor número, cubierto de sangre y de heridas, se retiraba de la pelea, sin por eso amenguar la saña del combate; cuando Giton, aproximando valerosamente su navaja a los órganos genitales, amenazó con despojarse de sus atributos viriles. Trifena, empero, haciéndole esperar la reconciliación, se opone. Yo también había llevado el arma a mi cuello con tantas ganas de degollarme como Giton de hacerse eunuco. Sin embargo, él representaba su papel con más atrevimiento, bien que sabía que no exponía nada, porque su navaja era aquella sin filo que ya en nuestro albergue había probado la noche antes. Los dos ejércitos continuaban frente a frente, y el combate iba a reanudarse con mayor furia, cuando el piloto obtuvo a duras penas que Trifena fuera el heraldo de paz, proponiendo una tregua. Aquella, pues, con su ramo de olivo, del cual había despojado al dios tutelar del navío, adelantose audaz hasta el medio de los combatientes y exclamó:
¿Qué furor es el que la paz en guerra
convierte? ¿Quién ha armado nuestras manos?
No una Hélena liviana, ni tampoco
nueva Medea mata a su hijo amado,
sino que de vengar necios desdenes
de amor, locos tratamos.
¡Ay, que sólo una víctima perezca!
¡Matadme a mí, inhumanos,
y no aumentéis la furia de las olas
vuestra sangre en los mares derramando!

CAPÍTULO CIX. Estos versos, declamados con voz hueca, que traslucían la emoción de Trifena, pareció calmar algo el ardor de los combatientes, y Eumolpo, como jefe de uno de los bandos y aprovechando la ocasión, después de censurar fuertemente a Licas, redactó los artículos de un tratado de paz cuyas fórmulas principales eran:
«Trifena consiente de buen grado en olvidar todos sus resentimientos con Giton, comprometiéndose a no dirigirle reproche alguno, a no vengarse ni perseguirlo en adelante, así como a no exigir de él ni caricias, ni besos, ni otros favores más tiernos, so pena de pagarles cien denarios por cada contravención.
«Ítem: Licas, voluntariamente se compromete a no vengarse de Encolpio, ni maltratarlo, ni ponerle mala cara al perseguirlo con propósitos lúbricos, yendo a buscarlo por la noche a su lecho; y si así no se hiciere se compromete a pagar doscientos denarios de oro por cada tentativa injuriosa de violación.»
Concluido y aceptado el tratado, depusimos las armas; y para que no fermentase levadura alguna de odio en nuestras mentes, después del juramento de rigor, para ratificar el completo olvido del pasado, nos dimos el ósculo de paz. Calmados los odios, el campo de batalla se transformó en triclinio, y el banquete alegre acabó de conciliar los espíritus. Toda la nave resuena con nuestros alegres cánticos; y como, una, repentina calma interrumpe nuestra marcha, algunos echan ganchos al mar para pescar como con arpón, otros cubren sus anzuelos de pérfida envoltura y tiran su presa, que trata de escapar en vano; algunas aves marinas, que se posaron sobre las antenas del navío y pegadas en ellas por las patas, se dejan coger con las manos; el aire lleva su pelaje, mientras sus plumas, más pesadas, caen al mar y se confunden con las espumas... Ya Licas y yo nos reconciliábamos; ya Trifena, loqueando con Giton, le manchaba con vino el rostro, cuando Eumolpo, completamente embriagado, empezó a burlarse de los calvos y de los tiñosos. Después de haber agotado sus bromas, en prosa, soplole la musa, y nos declamó, esta especie de elegía a la pérdida de los cabellos:
¿Do fueron tus cabellos, juguetes de las auras,
que sombreaban tu frente con áureo esplendor?
Cayeron cual las hojas del árbol en otoño,
y las desnudas ramas invierno cruel secó.
¡Falaz naturaleza! Los años más hermosos,
los años juveniles duran lo que una flor,
son los primeros que huyen, por ser los más dichosos,
los años del amor.
De Febo ayer rival, de las hermosas
a quienes conquistaste te burlabas;
pero hoy, cuando contemplan tu calvicie,
estallan en burlona carcajada.
¡Rosa que arranca el viento de su tallo
tiene vida precaria!...

CAPÍTULO CX. Todavía iba a continuar, creo, recitando versos, cuando una de las doncellas de Trifena volvió con Giton completamente transformado. Habíase ido con él a uno de los extremos del navío, y después de lavarle bien el rostro y de colocarle una peluca corta de su señora, le colocó unas cejas postizas, con tal habilidad, que parecían naturales. Encontrando entonces Trifena al verdadero Giton con todos sus encantos se conmovió, derramando algunas lágrimas, y cubrió de besos su rostro. Yo, no menos satisfecho que ella de ver a Giton con todo el brillo de su hermosura, comprendí todo lo repugnante de mi fealdad y ocultaba mi rostro, en lo posible, viendo que hasta Lícas desdeñábase de dirigirme la palabra. Pero la misma doncella vino en mi amparo y disipó mi pena. Me llevó aparte; me cubrió el casco con una cabellera no menos hermosa que la de Giton, y me puso cejas postizas también. Mi rostro, así, resultaba aún más agradable que antes, porque mi peluca era rubia. Mientras tanto, Eumolpo, nuestro defensor en los momentos de peligro, el autor de nuestra reconciliación, queriendo fomentar nuestra alegría con su agradable charla, comenzó a burlarse de la ligereza de las mujeres, de su versatilidad, de la facilidad con que se inflaman, y de la prontitud con que cambian de amante; sosteniendo que no hay mujer, por púdica que sea, a quien una nueva pasión no lleve a los mayores excesos. —No tengo necesidad para probarlo, añadió, de recurrir a las tragedias antiguas y citar nombres famosos; voy a contar una historia ocurrida en nuestros días—. Todos nos volvimos hacia él, que empezó así su relato:

CAPÍTULO CXI
—Había en Éfeso una matrona[3] con tal reputación de casta y honrada, que todas las mujeres de las demás gentes vecinas iban a verla curiosas como a una maravilla. Esta mujer, cuando perdió a su marido, no se contentó con las ordinarias manifestaciones del dolor: con seguir el cortejo fúnebre con los cabellos en desorden y golpeándose el desnudo pecho ante todos los asistentes; quiso acompañar al difunto en su última morada, guardarle en la cueva en que se le depositó según la costumbre griega, y llorar día y noche sobre su cadáver. Su aflicción era tanta que ni amigos ni parientes pudieron disuadirla de su propósito de dejarse morir de hambre en aquella cueva donde reposaban los restos del amado esposo; y hasta los magistrados que quisieron hacer la última tentativa tuvieron que retirarse sin lograr reducirla. Todo, el mundo lloraba como muerta a una mujer que ofrecía tan raro ejemplo de fidelidad conyugal y que había pasado ya cinco días sin querer tomar alimento alguno. Una sirvienta fiel la acompañaba en su triste retiro, mezclando sus lágrimas con las de la viuda y cuidando la lámpara que alumbraba el féretro para evitar que se extinguiese la luz. No se hablaba de otra cosa en la ciudad que de tan sublime abnegación, y se citaba como un raro ejemplo de castidad y amor conyugal. Por aquellos días hizo crucificar el gobernador de la provincia a varios malhechores en un sitio muy próximo a la cueva donde la viuda infeliz gemía; y a la noche siguiente el soldado que guardaba loa cuerpos de las víctimas para que no les dieran sus parientes sepultura, vio una, luz que brillaba entre las tumbas y oyó unos gemidos que excitaron su curiosidad en alto grado. Descendida la cueva para satisfacerla, y al ver a aquella hermosísima mujer quedó extático, paralizados por el terror sus miembros, creyendo <tener> ante sus ojos una aparición sobrenatural; pero se dio cuenta pronto de la realidad al observar el cadáver tendido sobre la losa, el rostro de la divina matrona bañado por las lágrimas y su cuerpo y uñas ensangrentados; comprendió que se trataba realmente de una viuda que no podía consolarse de la pérdida de su esposo y se apresuró a bajar a la cueva su pobre cena de soldado. Luego exhortó a la viuda a no desesperarse, ya que la muerte es el término natural de todo lo que existe y la tumba el último lecho de los nacidos; y agotó todos los lugares comunes para calmar el profundo dolor de alma tan profundamente herida. Mas los consuelos que aquel desconocido le ofrece, irritan más y más a la viuda, redoblando su desesperación; se desgarra, pues, furiosa con las uñas el mórbido pecho, se arranca los cabellos, que deposita sobre el cadáver y prosiguen sus sollozos amarguísimos. No se arredra por ello el centinela, y reitera, con nuevas instancias, su ofrecimiento de partir la cena con ellas. Al fin, la sirvienta, seducida por el olor del vino, alarga la mano a los manjares, y en cuanto se repone un poco de su debilidad comienza a tratar de vencer los escrúpulos de su señora, reforzando los argumentos del soldado: «¿De qué va a servirte a ti, le dice, dejarte morir de hambre, sepultarte aquí en vida, si no puedes volver a ella a tu marido? ¿Por qué ese empeño de ofrecer al Hado una alma que no quiere recibir aún?
¿Vas a servir del muerto así a los manes?
Créeme; vuelve a la vida; arrepiéntete de tu error, muy común en nuestro sexo; y mientras puedas, goza de la vida. Este cadáver te demuestra cuál es el premio de nuestra existencia». Nadie cierra los oídos testarudamente al que le da a escoger entre vivir o morir de hambre. Así, pues, la afligida matrona, extenuada por tan larga abstinencia, dejose vencer y bebió y comió con la misma avidez que la sirvienta, quien se había rendido la primera.

CAPÍTULO CXII
Ya sabéis que un apetito satisfecho suele despertar nuevos y humanos apetitos. El soldado, animado por el éxito de la primera tentativa, empleó para triunfar de la virtud de la matrona toda, su elocuencia, y bien advirtió la viuda que no era ni deforme de cuerpo, ni menguado de inteligencia. La doncella, seducida por el militar, se puso de su parte, y repetía a su señora:
«¿Por qué al amor en resistir te empeñas?
A galán tan rendido, ¿a qué desdeñas?»
En fin, para abreviar, la desconsolada viuda no defendió mejor su cuerpo que había defendido su vida, y el soldado obtuvo una doble victoria. Folgaron, pues, ambos, no sólo aquella noche, que fue la de sus nupcias, sino las dos siguientes, teniendo, empero, cuidado de cerrar las puertas de la cueva para que algún pariente o amigo de la matrona no los sorprendiese en sus entretenimientos amorosos. El soldado, orgulloso de poseer una tan hermosísima mujer, compraba a su querida todo lo mejor que permitíanle sus medios, y en cuanto llegaba la noche iba presuroso a obsequiarla. Mientras tanto, los parientes de uno de los malhechores crucificados robaron el cuerpo, viendo que no estaba custodiado, para darle sepultura. Afligiose grandemente el descuidado centinela cuando, a la mañana siguiente, tras la tercera noche de placer, encontrose una cruz vacía. Asustado por el castigo que le espera, baja a ver a su amante, a quien cuenta su malaventura: «No, exclama desesperado, no esperaré la sentencia fatal del magistrado, y este acero castigará mi negligencia y me librará del suplicio. Dígnate solamente, cuando yo no exista, concederme un puesto en esta tumba para que tu amante repose junto a tu marido». «No permitan los dioses, contestó la ejemplar matrona, tan compasiva como casta, que tenga yo que llorar al mismo tiempo la pérdida de dos personas tan queridas, y prefiero colgar al muerto para que no perezca el vivo». Luego de pronunciar tan hermosas palabras exigió que se sacara del féretro el cadáver de su llorado esposo y que lo colgasen en la cruz, vacía. Apresurose el centinela a seguir el prudente consejo de tan discreta mujer, y al mediodía, las gentes de la ciudad, no pudiendo concebir cómo un cadáver sepultado saliera de su tumba para colgarse de nuevo en la cruz, atribuyeron el hecho a intervención de los dioses.

CAPÍTULO CXIII
Este relato, que hizo reír mucho a los marineros y ruborizó a Trifena, la cual, para ocultar su rubor, inclinose a besar el cuello de Giton, no fue del agrado de Licas, quien meneando con aire descontento la cabeza: -Si el gobernador de Éfeso hubiera hecho justicia, habría debido restituir a su tumba el cuerpo del difunto, colgando en la cruz a la viuda. Sin duda en aquel instante volvía a su memoria el recuerdo de mis amores con Doris, de nuestra fuga y del pillaje a Isis en el navío encallado; pero las cláusulas del tratado oponíanse a que me dirigiera recriminación alguna; y, por otra parte, la alegría que se había apoderado de todos los espíritus le impedía dar rienda suelta a su cólera. Entre tanto, Trifena, siempre acostada con Giton, cubrió de besos su rostro y arreglaba en su frente los bucles de la postiza cabellera. Yo, enojadísimo por tales caricias, estaba tan impaciente y nervioso que no me era posible comer ni beber nada. Lanzaba a ambos miradas terribles. Los besos y las caricias de aquella mujer impúdica a Giton, eran para mí otras tantas puñaladas. Al fin no sabía realmente contra quién de los dos revolver toda mi furia, si contra Giton, que me robaba la querida, o contra Trifena, que pervertía a mi querido. Ambos me ofrecían odioso espectáculo, más triste que mi cautividad pasada. Para colmo de rabia, Trifena evitaba mi conversación y afectaba no conocer en mí al amigo, al amante que tan caro le era poco antes. Por su parte Giton, tal vez temiendo enconar más y más la herida en el amor propio de Trifena, no se dignó siquiera brindar por mí, como hacía siempre en los festines a que asistíamos, y me hablaba como a cualquiera otro de los pasajeros. Traspasado de dolor comencé a derramar amargas lágrimas y pensé ahogarme al pretender sofocar los gemidos. Sin embargo, con mi cabellera rubia debía de estar hermoso aun en tales momentos, porque Licas, cuya pasión por mi se había encendido de nuevo, echábame ardentísimas miradas y trataba de hacer conmigo lo que Trifena hacía con Giton. Al hablarme no tenía el tono de un señor, sino el de un amante apasionado. Ya en mi camarote, Licas me suplica que acceda a sus deseos. ¡En vano! Viéndose rechazado tan obstinadamente, su amor se trueca en ira y quiere conseguir por fuerza lo que de grado no obtiene; pero en ese momento entra inesperadamente Trifena, que fue testigo imprevisto de su brutalidad. Al verse sorprendido se turba, se arregla la túnica y el manto y huye. Este incidente reaviva y enciende de nuevo los deseos lúbricos de Trifena: —¿Qué pretendía, preguntó, Licas con sus petulantes ataques? Le conté lo sucedido y, enardeciéndose por mi narración, y recordando nuestras antiguas familiaridades, quiso excitarme a las antiguas escenas de voluptuosidad; pero yo, fatigado por mis últimos excesos, rechacé sus caricias. Entonces ella, presa de verdadero delirio amoroso, me abrazó frenéticamente, arrancándome involuntario grito de dolor. Una doncella acude, y creyendo verosímilmente que trataba yo de arrebatarle los favores que, en realidad, le rehusaba, se lanza a nosotros y nos separa. Trifena, furiosa por haber sido repudiada sin haber logrado conmoverme, ni haber podido satisfacer sus deseos, me llenó de injurias y salió amenazándome con ir a contarlo a Licas para excitarlo aún más contra mí y agobiarme con el peso de la común venganza. Recordaréis que la doncella de Trifena había concebido una pasión por mí en la época de mis relaciones con su señora; así que ahora, afligida por haberme sorprendido en aquella situación, dejaba escapar hondos suspiros; la apremié para que me dijera la causa, y después de alguna resistencia, su dolor se expresó en estos términos: —Si conservas algún sentimiento de honradez, no debes hacer caso de Trifena; si fueras hombre, no buscarías las caricias de una ramera.
Todo esto me causaba inquietud vivísima; pero nada tanto como el que Eumolpo, al saber el hecho, tuviese la desdichada idea de vengarme componiendo una sátira contra Trifena, pues su celo ciego me hubiera cubierto de un ridículo cuya sola idea me hacía temblar. Estaba reflexionando en los medios de ocultarle todo, cuando le vi entrar. Estaba al corriente de todo por haber confiado la historia a Giton la misma Trifena, que había querido, a expensas del muchacho, indemnizarse de mi repudio. Esto excitaba tanto más la cólera del anciano, cuanto que esas culpables violencias eran flagrantes contravenciones a las cláusulas del tratado de paz que acabábamos de pactar. El oficioso Eumolpo, advirtiendo mi tristeza, pareció compartirla y me ordenó que le contase cómo había acaecido el hecho. Al ver que estaba instruido de todo, le confesé, francamente todos los detalles de los brutales ataques de Licas y las lascivas impetuosidades de Trifena. Eumolpo juró vengarnos, declarando que los dioses no podían dejar impunes tantos crímenes.

CAPÍTULO CXIV
Mientras el profeta profería tales imprecaciones, el mar se embravece, las nubes se espesan y las tinieblas nos hurtan la claridad del día. Corren los marineros temblando a la maniobra y arrían las velas; pero el viento incierto hinchaba las olas en todas direcciones y el piloto no sabía qué rumbo seguir. Tan pronto éramos empujados hacia Sicilia, tan pronto el Aquilón, que reina soberano en las costas itálicas, arrojaba acá y allá la nave como débil leño; y para colmo del riesgo, la oscuridad era tan densa que el piloto apenas alcanzaba a ver la proa del barco.
Cuando la tempestad era más violenta, Licas, aterrorizado y tendiendo bacía mí sus brazos suplicantes, —Tú, Encolpio, exclamó: sé misericordioso y socórrenos en tan duro trance. Apiada a la divinidad tutelar de este navío devolviéndola el velo sagrado y el sistro que te llevaste. Por tu fe, compadécete de nosotros. Tu alma nunca fue sorda a la piedad—. Gritaba asustadísimo, cuando una ráfaga potente de viento lo arrojó al mar. Le vimos reaparecer un momento, ser el juguete un rato de las olas, y luego el golfo, hambriento lo engulló con avidez. Varios esclavos fieles arrebataron a Trifena y la embarcaron en la chalupa con la mayor parte de su equipaje y sus doncellas, salvándola así de una muerte inevitable. En cuanto a mi, acercándome a Giton, exclamé llorando: —Nuestro amor había merecido de los dioses que nos uniera la misma suerte; pero la fortuna, celosa, pretende rehusarnos ese consuelo. Ya sé disponen las olas a tragarse la nave; mira las olas irritadas que muy pronto quebrarán nuestros dulces placeres; Giton, si verdaderamente has amado algo a Encolpio, cúbreme de besos, es tiempo aún, y robemos a la muerte que se acerca este último placer— . Apenas dije esto, Giton, despojándose de su túnica, se tapó con la mía y aproxima al mío su rostro encantador; después, para que el furor de las ondas no pudiese fácilmente separarnos, nos atamos ambos con el mismo cinturón. —Si no nos queda otra esperanza, exclamó, a lo menos estaremos seguros de que el mar nos lleve mucho tiempo unidos; acaso condolido de nuestra suerte nos arroje juntos a la misma playa; y tal vez un pasajero cualquiera, por vulgar sentimiento de humanidad, cubra nuestros restos con alguna piedra o que por lo menos las olas, en su ciego furor, nos sepulten bajo un montón de arena—.Dejé a Giton apretar los últimos nudos; me parecía que me hallaba ya sobre el lecho mortuorio y esperaba la muerte sin temerla. Sin embargo, la tempestad acababa de ejecutar las órdenes del destino y dispersaba los despojos de la nave. Esta no tenía ya mástiles, ni timón, ni cable, ni palos. Todo había desaparecido, y el navío, convertido en grosera barcaza sin remos, rodaba empujado a discreción por las olas. Varios pescadores en sus barcas acudieron animados con la esperanza del botín; pero al ver sobre cubierta a varios pasajeros dispuestos a defenderse, cambiaron sus propósitos de pillaje en ofrecimientos de servicios.

CAPÍTULO CXV
De pronto llamó nuestra atención un murmurio extraordinario que se oía bajo la cámara del piloto, semejante a los berridos de una fiera que trata de escaparse de su jaula. Acudimos guiados por los gritos, y nos encontramos a Eumolpo, sentado, declamando a grandes voces los versos que escribía en un largo pergamino. Todos nos asombramos de ver a un hombre, amenazado de muerte tan cercana, ocupado en componer un poema, tranquilamente; y, no obstante sus protestas, lo sacamos de allí, exhortándole a dejarse de tales locuras en aquellos momentos. Él, furioso por haberle interrumpido en su labor: —Dejadme, decía, acabar mi pensamiento; estoy puliendo los versos finales—. Me apoderé de aquel loco, y llamando a Giton en mi ayuda, arrastrarnos con nosotros al poeta, que rugía colérico. Ya en la playa, tras la penosa expedición, entramos en la cabaña de un pescador, tomamos una ligera refacción, en la cual hicieron el gasto algunos víveres averiados, y pasamos allá la más triste de nuestras noches. Al día siguiente, mientras celebrábamos consejo para resolver hacia qué comarca nos dirigiríamos, vi flotar sobre las aguas un cuerpo humano que las olas empujaban hacia la orilla. Me entristeció tal espectáculo, haciéndome reflexionar acerca de la imprudencia de confiar al Océano nuestras vidas. ¡Ah!, exclamé; acaso en este instante una esposa amante y tranquila espérale en alguna comarca apartada. Acaso dejó hijos que ignoran su naufragio, y que recibieron de él, al partir, cariñosos besos que no sospechaban eran los últimos. Así son los designios de los mortales; así se realizan con frecuencia los más ambiciosos sueños!... ¡Infeliz!... ¡Oh! ¿No parece que nada, como si estuviera vivo? Hasta aquel momento creía yo interesarme por la suerte de un desconocido; pero las olas, depositando en la playa el cadáver, me mostraron sus facciones no desfiguradas por la muerte. Eran las de Licas; Licas era, poco ha tan terrible o implacable todavía el que estaba a mis pies. No pude retener las lágrimas, y golpeándome el pecho con dolor sincero: —¿Dónde está ahora, exclamé, tu iracundia? ¿Dónde tu poder? ¡Hete ahí expuesto a la voracidad de los cetáceos y las fieras, tú que hace poco tan enorgullecido estabas por tu poder! De tan gran navío no has podido conseguir siquiera una tabla para salvarte. ¡Aprended, insensatos mortales, a envaneceros con vuestros ambiciosos proyectos! ¡Fiaos del porvenir y preparaos a gozar por miles de años de las riquezas que conseguisteis por medio del fraude! También él disponía aún ayer del producto de sus rentas y calculaba el día en que había de regresar a su patria. ¡Dios de Dios! ¡Cuan lejos de su destino yace! Pero no es sólo el mar quien se ríe de la ciega confianza de los mortales. Unos, combatiendo, se creen protegidos por armas que les fallan. Otros hacen votos a sus Lares y Penates, y mueren aplastados por sus casas que se derrumban; éstos, glotones, mueren por indigestión; aquéllos, frugales, son víctimas de su abstinencia... Calculad bien todos los riesgos de la vida y hallaréis, doquiera, un naufragio. Pero, objetarán, el que cae al mar queda privado de sepultura. ¿Qué importa al cuerpo perecedero ser consumido por el agua, por el fuego o por el tiempo? Sea lo que fuere, el resultado es el mismo. Ese cadáver que va a ser devorado por las fieras, ¿ganará algo con que lo devoren las llamas? Sin embargo, el fuego es considerado como el más cruel suplicio que se puede aplicar a un esclavo para castigar sus crímenes. ¿Qué demencia es esa de arrostrarlo todo para conseguir que ninguno de nuestros restos quede insepulto, cuando los Hados, a pesar nuestro, disponen todo a su capricho y voluntad?—Después de tales reflexiones, rendimos los últimos honores a los restos de Licas, que fue quemado en una pira encendida por sus enemigos, mientras Eumolpo se preocupa de redactar el correspondiente epitafio, para lo cual levantaba al cielo los ojos como esperando la inspiración de los dioses.

CAPÍTULO CXVI
Cumplido nuestro piadoso deber para con Licas, proseguimos nuestro camino, y pronto subimos a una montaña, penosamente, y desde su cima vimos una ciudad próxima edificada sobre una loma. Nos dirigimos hacia allí sin saber qué ciudad era, y un campesino nos indicó que era Crotona, antiquísima ciudad y otrora la primera de Italia. Preguntárnosle entonces qué clase de hombres la habitaban y a qué género de industria se dedicaban preferentemente, después de las guerras que habían arruinado su poderío. —¡Oh, extranjeros, repuso el rústico. Si sois negociantes, mudad de propósito o buscar otro medio de ganaros la vida. Pero si sois personas de clase distinguida a quienes la obligación de mentir desde la mañana hasta la noche no asusta, corréis a la fortuna al dirigiros a la ciudad. Los crotoniatas no hacen caso de las bellas letras; no consideran en nada la elocuencia; y ni la frugalidad ni las buenas costumbres obtienen estimación o recompensa. Todos los que encontraréis en Crotona se dividen en dos clases: testadores y buscadores de sucesión. En esa ciudad nadie hace caso de los libertos, porque todo hombre que tiene herederos naturales, no es admitido ni en los festines ni en los espectáculos, y, privado de todos los atractivos de la vida, queda relegado a las últimas capas sociales. En cambio los que no han sido nunca casados y que no tienen parientes próximos, arriban a los primeros puestos, A juicio de esa gente, sólo los ricos y sin herederos tienen virtudes y talentos militares. En suma; esta ciudad os ofrecerá el aspecto de una campiña asolada por la peste; sólo veréis en ella cadáveres a medio devorar y cuervos que los devoran.

CAPÍTULO CXVII
Eumolpo, el más prudente de nosotros, reflexionó acerca de esa nueva especulación, y nos confesó que no le desagradaba. Creí al principio que se trataba de una broma y que el anciano hablaba así por una licencia poética; pero él añadió: —¡Ojalá pudiera exhibirme en una escena más grande, es decir, con vestidos más suntuosos, para que se diera crédito a la farsa que se me ha ocurrido! No llevaría yo mucho tiempo esta averiada túnica, ¡vive Hércules!, y os proporcionaría muy pronto la fortuna—. Le prometí, siempre que dividiéramos por mitad el lucro, la túnica de Isis y todo lo que habíamos robado de la quinta de Licurgo, y yo conservaba aún.— La Madre de los dioses, añadí, no dejará de procurarnos el dinero que por lo pronto necesitamos. —¿Qué tardamos, pues, interrogó Eumolpo, en formar el plan de la comedia? Si el negocio os place, hacedme el señor a mí—. Ninguno de nosotros hizo objeciones a una empresa en la cual no podíamos perder nada. Así que para que se guardase de la comedia el secreto más riguroso, prestamos ante Eumolpo el juramento, cuya fórmula nos dictó él mismo, de sufrir el fuego, la esclavitud, los azotes, hasta la muerte misma; en una palabra, toda lo que él ordenara, sin descubrir la farsa. En fin, juramos por todo lo más sagrado ser de él en cuerpo y alma, como gladiadores legalmente comprometidos. Llenada esta formalidad, nos vestimos como esclavos y saludamos como tales a nuestro amo y señor. Convinimos también en decir que Eumolpo acababa de perder a su único hijo, joven de mucho talento y grandes esperanzas; que después de su muerte el desgraciado padre se había desterrado de su villa natal por no ver a cada instante la tumba, los amigos y los clientes del hijo, que renovaban diariamente el manantial de sus lágrimas; que para colmo de aflicción, acabada de sufrir un naufragio en el cual había perdido dos millones de sestercios: pero que esta pérdida le importaba menos que la de sus servidores, la muerte de los cuales le impedía presentarse en Cretona con el brillo correspondiente a su clase; que poseía aún en África (bienes raíces y dinero contante colocado a interés) treinta millones de sestercios, y por último, que tenia tal número de esclavos, que podría formar con ellos un ejército bastante fuerte para tomar a Cartago. Nuestro plan convenido en esa forma, aconsejamos a Eumolpo que tosiera mucho, como hombre enfermo del pecho: que afectase disgusto por todo; que no hablase sino de plata y oro; que se lamentase con frecuencia de la esterilidad de las tierras y de lo escaso de su rendimiento: que se encerrase un rato cada día para hacer cálculos y cambiar cláusulas de su testamento, y, por último, que cuando nos llamase a cualquiera de nosotros, pronunciase varios nombres, como si nos equivocase, y hacer creer así que creía tener a su lado los esclavos ausentes. Cuando todo estuvo acordado, rogamos a los dioses nos concedieran pronto y feliz éxito, y continuamos nuestro camino. Giton se cansaba con un peso superior a sus fuerzas, y al ser recargado Corax, comenzó a murmurar descansando frecuentemente, y desatándose en improperios contra nosotros que le hacíamos caminar sobrado de prisa, por lo cual nos amenazaba con echarlo todo a rodar o escaparse con la carga: —¿Me habéis tomado, exclamaba, por un jumento o por un navío? Me he contratado con vosotros para hacer servicio de hombre y no de acémila; no soy menos hombre libre que vosotros, aunque mi padre no me haya dejado fortuna—. No contento con maldecir, levantaba al andar y de vez en cuando una pierna y producía un estrépito indecente que hería nuestro oído y nuestro olfato. Giton reía al oírlo y remedaba con la boca sus detonaciones.

CAPÍTULO CXVIII
Mientras tanto Eumolpo, volviendo a su manía poética: —Muchos ¡oh, jóvenes!, exclamó, han sido seducidos por la poesía; apenas han logrado medir un verso, ahogando un sentimiento tierno en un vano océano de palabras, se consideran ya en la cumbre del Helicón. Así muchos abogados, hartos de la labor forense, buscan un asilo en el templo de las Musas, como puerto más abrigado y tranquilo, y creyendo más fácil componer un poema que redactar un escrito vibrante de sentencias fosfóricas. Pero los espíritus cultivados no se dejan seducir tan fácilmente; saben que el poeta no puede concebir ni dar a luz una gran producción si no ha sido previamente fecundado con serios estudios. Es preciso evitar con cuidado las expresiones bajas y triviales y emplear los términos más nobles y ajenos al lenguaje de la plebe. Ya dijo Horacio:
¡Lejos de mí lo que profana el vulgo!
Es preciso, además, que los pensamientos brillantes no sean en el poema entremeses, sino platos del menú, es decir, que estén adheridos al cuerpo de la obra de suerte que no parezcan meros adornos postizos. Homero y los líricos griegos; Virgilio, gloria de la poesía romana, y Horacio, tan feliz en la elección de los vocablos, son la mejor prueba de ello. Los demás no han encontrado la ruta del Parnaso, o si la encontraron no acertaron a seguirla. El que quiso, por ejemplo, ocuparse de la guerra civil, fracasó por no haberse preparado para ello con profundos estudios[4], porque no es cuestión de poner en verso los acontecimientos como se produjeron, lo que pertenece a la historia, sino de demostrar la intervención de los dioses; es preciso que el genio, con libre vuelo, recorra el torrente de las ficciones fabulosas; en una palabra: que su inspiración semeje más bien a los oráculos, a los delirios profeticos, que a un historiador severo que apoya su relato en documentos fehacientes; que sea el verdadero vate. Con estas ideas he escrito un poema que voy a leeros a ver qué os parece. No está aún terminado del todo; falta que corregir mucho. Vosotros juzgaréis.

CAPÍTULO CXIX
LA GUERRA CIVIL. POEMA
El orbe entero habían domeñado,
invictos los romanos, mas no habían
su codicia saciado, pues botín y no gloria perseguían.
Así se ve en la tienda del soldado
junto a la espada el brillador diamante;
así, por la molicie al fin vencido,
del placer vil esclavo vergonzante,
perfumes de la Arabia ha conseguido
por precio de conquista tan brillante.
En la guerra y la paz siempre se excede,
y vivir ya no puede
sin ver correr la sangre, derramada
en el circo romano
por las garras de fieras o la espada,
del pueblo a los aplausos inhumano.
El crimen mina a Roma, y su caída
¡ay! no será sentida.
Venus reina e impera de tal modo,
que al placer ya se supedita todo.
El hombre fuerte y varonil otrora,
se adorna cual mujer coqueta ahora;
y al buscar al soldado
se encuentra al gladiador afeminado.
El rico en sus festines se corona
y de esclavos rodea su persona;
en un día empobrece al mundo todo,
para sobresalir de cualquier modo
de todos sus paisanos.
¡He ahí el mayor placer de los romanos!
Ya la Fócida agota de esta suerte
sus aves más preciadas, que la muerte
arrebata a sus selvas, donde sólo
ya el soplo se oye, rítmico, de Eolo.
¡Corrupción por doquier! En los comicios
virtudes trueca el oro por los vicios;
y al oro del tirano ¡oh pudicicia!
se venden el Senado y la Justicia.
Catón, triste y confuso, lucha en vano
por devolver el esplendor romano;
y viendo ya imposible su victoria,
huye, seguido sólo por su gloria;
y viendo desterradas, con dolor,
la libertad, las leyes y el honor
de Roma, vencedora, y hoy vencida,
previendo acaso su cruel caída.
Ya no hay nada seguro; la fortuna
misma, siempre voluble cual ninguna,
hoy empobrece y veja y arruina
al que ayer más ufano y orgulloso,
con sus riquezas, era un poderoso.
¡Roma, Roma! La guerra se avecina.
La guerra es tu elemento; pon empeño
en despertar de tu cobarde sueño,
y de Marte la espada vencedora
vuelva a hacerte tan grande como otrora.

CAPÍTULO CXX
Pero ya tus triunviros expiraron.
En el Eufrates, Craso; Pompeyo en el Egipto, junto al Nilo,
y César el invicto en el Senado.
Dispersas sus cenizas venerandas
que no cabían en el mismo osario,
tal fue el premio supremo que la gloria
a esos hombres tenia reservado.
La guerra se avecina; por doquiera
resuenan tristes cantos;
Partenópea y Cocyta envían ecos
sombríos, y fatídicos presagios.
Jamás frutos ni flores allí vense,
ni los hermosos y canoros pájaros
alegran esas selvas de cipreses
que entristecen el ánimo.
—¡Fortuna, aunque tu norma es la inconstancia,
presta a Roma tu amparo
y sálvala de su oro y su molicie,
para que libre al fin y sin cuidados,
recobre por la guerra su prestigio,
cubriéndose de gloria los romanos!
¡Oh diosa! salva a Roma.
Tu cólera ha dormido largos años,
y por ello quizás, por no vengarte,
han caído en la molicie los romanos.
Enciende al fin la guerra en el Imperio
y de este modo, diosa, al castigarlos,
por la muerte de César y los triúnviros,
los salvaras acaso.

CAPÍTULO CXXI
.Así dijo Plutón, rey del Averno,
a la Fortuna, que inconstante y varia
sonrió al contestar: —¡Oh, soberano
del imperio sombrío! Mi mirada
tiendo hacia el porvenir por complacerte
y a contar voy lo que mi vista alcanza
a leer en el libro del destino
para satisfacer así tus ansias. Roma orgullosa despreció mis dones
y mi amor trocó en odio. Mi venganza
será completa, pues estoy armando
a Roma contra Roma, y las espadas
fratricidas se afilan en la sombra,
para entrar en batalla.
Ya los veo bañándose en su sangre;
veo de luto que se cubre España;
ya el fragor del combate estoy oyendo,
y veo ya el incendio de Tesalia;
y en Libia y en Egipto oigo gemidos;
¡temiendo están las apolíneas armas!
Abre, Plutón, las puertas del infierno,
porque puedan entrar las nuevas almas;
y tú, Carón, para pasar tus muertos
una flota precisas, no una barca.
Pues te he de mandar tantos condenados
que tendrás que decirme al cabo: —¡Basta!

CAPÍTULO CXXII
A estas palabras se encapota el cielo;
el relámpago brilla, cae el rayo
en la roca vecina y la reduce
a polvo en breve espacio.
La cólera de Jove, hace que escape
al infierno Plutón amedrentado.
El Averno estremécese; los dioses
nuestras discordias vengadores arman;
se eclipsa el sol; con círculo sangriento,
 aparece la luna mustia y pálida;
tiemblan los montes, y ábrense sus cumbres
vomitando feroces fuego y lava;
suena el clarín, en lo alto de los cielos,
que anuncia a los humanos las batallas;
y se encrespan las olas de los mares;
y llueve sangre; y de las tumbas se alzan
 sombras que gimen; y un cometa anuncia
en el cielo la guerra y la matanza.
Ya César enarbola el estandarte
de la guerra civil. Bravo a las Galias
habiendo domeñado, cruza el Alpe
por la primera vez, lleno de audacia.
Hércules lo ha guiado, de la nieve
a través, que en las montañas
alpinas es perpetua. Allí el sol luce
sin fuerza y no deshace las heladas,
que seculares son en esas cimas,
do nadie osó poner jamás la planta.
A los ojos de César aparece
Roma como una imperceptible mancha,
y lleno de ardimiento y esforzado,
la contempla, suspira, y así exclama:
—¡Omnipotente Jove! ¡Buen Saturno!
¡Que yo vea mis sienes coronadas
por el lauro del triunfo! Arma mi diestra
¡oh Marte! Y con mis brazos
me haré dueño del Orbe. Ya en España
es mi nombre famoso, y a los galos
lejos del Capitolio con mi esfuerzo
he vencido también, leyes dictando
a la orgullosa Albión, como he vencido
también a los germanos.
¡Y tú, Roma, lo olvidas, me destierras
y así me das el pago
por mis sesenta triunfos, que de gloria
nos cubrieron a mí y a mis soldados!...
¿Y quiénes me han proscrito? Advenedizos,
sin virtud, sin pudor, sin fe, sin alma.
Roma, madre para ellos, extranjeros,
es para mí madrastra.
¡Pues bien! ¡No lo consiento!
¡Que decida el valor! ¡Que hable la espada!
Y vosotros, mis bravos compañeros,
como quier que una misma es vuestra causa,
conmigo lucharéis. ¡Pues mis victorias
con tal ingratitud aquí me pagan,
y no he vencido sólo, que vosotros
tenéis parte en mi gloria tan odiada
por esos miserables que me envidian,
pero que hurtan el cuerpo a la batalla,
venid conmigo! Con vosotros
César invencible será.—Y a estas palabras
siguió feliz presagio; pues tres veces
sobre su frente se detiene un águila;
y tres veces del bosque los murmullos
se escuchan, y tres veces unas llamas
se encienden repentinas, y su disco
Febo en el cielo agranda.

CAPÍTULO CXXIII
Más valiente que todos, los conmueve
César, y los inflama su ardimiento,
contagiando al soldado
que lo sigue al combate sonriendo.
Continúan la marcha, y de repente
una roca estremécese y al peso
del valeroso ejercito, vacila
y luego se derrumba con estrépito.
Amontonados caen los batallones
sobre la blanca nieve y sobre el hielo,
dificultando el paso de las tropas
resbaladizos témpanos.
Muge Éolo colérico, y de pronto
llueve y graniza; formidables truenos
retumban en las cumbres y el relámpago
y el rayo con sus fuegos
alumbran en la noche tempestuosa
á medias los senderos.
Se hunde la roca o derrumbarse amaga;
y la tierra y las aguas y los cielos
conspiran contra aquellos batallones
que el fin del mundo cuentan ya por cierto.
César, tranquilo, apóyase en su lanza
y salva los escollos con denuedo
(cual Hércules del Cáucaso
descendió en otro tiempo,
venciendo a los Gigantes), con asombro
de Júpiter que rayos lanza y truenos.
La Fama, mientras César atraviesa
los Alpes con su ejército,
vuela a Roma, y sus trompas resonando:
—«Ya romanos, les dice, a César veo,
tinto en sangre germana, que se acerca,
invicto, vengador, gallardo y fiero.»
—Roma, al oírlo, en llanto se deshace,
presintiendo el pillaje y el incendio.
El desorden es grande
porque es muy grande el miedo,
y buscan los romanos en la fuga
sacar horros sus bienes y sus cuerpos.
Confusión por doquier; unos destiérranse;
otros buscan por mar seguro puerto;
la esposa, acariciando a su marido,
pide por él al cielo;
llora el niño también amedrentado;
clama miedoso el pueblo;
muchos, toman sus lares y penates,
y huyen de la mansión de sus abuelos;
contra César invocan la venganza
terrible de los cielos;
y cual, si ruge airada una tormenta
que conmueve el navío, el marinero,
se entrega desolado a la ventura
e iza la vela al viento
por ver si así el azar puede salvarlo
lanzándolo contra seguro puerto;
así, desesperados, huyen todos
a la ventura por salvar sus cuerpos.
¡El Gran Cónsul también! Terror de Hidaspa,
el que hizo estremecer en otro tiempo
al Ponto, a Egipto, al Bósforo,
a Roma tantas gentes sometiendo;
huye también! Y al vencedor entrega
con su fuga fatal, Senado y pueblo!...

CAPÍTULO CXXIV
El grán Pompeyo huyó... ¡Tan triste ejemplo
hace huir a los dioses de su templo!
Detestando de Marte los horrores
abandonan a Roma a sus furores;
la dulce Paz, de olivo coronada,
de Roma desterrada,
vuela al Olimpo con sus tres amigas:
con la Fe, la Justicia y la Concordia.
En cambio, abre sus fauces el Erebo
y llueven los azotes sobre Roma.
La Guerra, la Traición, la Muerte pálida,
el Terror, y la Rabia y la Derrota,
y el Furor, cuyo escudo centelleante
enciende con su vista más la cólera,
lleva una tea, que el voraz incendio
propaga por la tierra y la desuela.
Divídese el Olimpo, y mientra Apolo,
Mercurio, Febo y Hércules arrostran
de Júpiter las iras, por Pompeyo
peleando animosos, en su contra
Palas, Venus y Marte, con Minerva
del noble César el partido toman.
Las trompas suenan; de entusiasmo bélico
relinchan los caballos; la Discordia
ruge furiosa, y a su soplo infecto,
el cielo palidece y se encapota;
una víbora ostenta en su cabeza;
veneno y fuego de sus fauces brota;
y con su diestra, la encendida tea
fatídica enarbola.
Contempla los estados que ha infectado
con su aliento letal, sonríe y goza,
y: ¡A las armas!—exclama—; ¡acudid todos;
alzad el arma ahora!
Quien se oculte es vencido. Las ciudades
por el hierro o la antorcha
arrasadas serán de cualquier modo,
por haberlo dispuesto la Discordia.
¡Curión, subleva al pueblo! ¡Y tú, Marcelo,
la libertad defiende! ¡Tú, a la gloria,
¡oh Léntulo! conduce a tus cohortes!
¡César! ¿Qué tardas en llegar a Roma?
Y tú, Pompeyo, tu valor demuestra
venciendo a tu rival! Mas no; su gloria
relumbrará en Farsalia nuevamente,
y allí obtendrás tu postrimer derrota.
—Así habló la Discordia enardecida,
y encendió al Universo con su antorcha[5]. Eumolpo lanzó a borbotones su bilis al par que declamaba sus versos. Al terminar llegábamos a Cretona, y nos alojamos en una bastante miserable posada. Salimos al siguiente día para buscar mejor albergue, y tropezamos con una cuadrilla de esos buscadores de herencias que nos preguntaron quiénes éramos y de dónde veníamos. Respondimos a la doble pregunta de acuerdo con el plan que nos habíamos trazado, con tanta seguridad y tal número de detalles, que cayeron en la red y se apresuraron a ofrecer sus riquezas a Eumolpo, tratando todos a porfía de obtener su gracia por medio de atenciones y presentes.

CAPÍTULO CXXV
Tiempo hacía ya que vivíamos así en Cretona, y Eumolpo, henchido de felicidad, olvidó su anterior condición, alabándose con frecuencia de su poder omnímodo y jactándose de que podía salvar del castigo a cualquier delincuente si se le antojaba así. En cuanto a mí, aunque engordaba a ojos vistas en el seno de la abundancia que gozábamos y estuviese inclinado a creer que la Fortuna habíase cansado de perseguirnos, no podía sustraerme a mis cavilaciones acerca de nuestra nueva posición y su origen; pensaba que si cualquiera de aquellos intrigantes pedía informes de nosotros a África se descubriría nuestra farsa. ¿Qué sucederá, me decía, sí el criado de Eumolpo por envidia o por venganza descubre el enredo? Nos veríamos forzados, después de haber vencido a la pobreza, a caminar de nuevo errantes y mendigando... ¡Oh, dioses! ¡A lo que se exponen los que viven fuera de la ley! Viven en la continua zozobra del castigo a que se han hecho acreedores.
Haciéndome tan tristes reflexiones salí de casa para pasearme y tomar el aire; pero no había dado diez pasos por el paseo público cuando una joven de agradable aspecto me abordó, y llamándome Polienos, nombre que había adoptado desde mi metamorfosis, declarome que su señora deseaba hablarme, y me rogaba ir a donde me esperaba. —Te equivocas, le dije turbado, esclavo soy de un extranjero y no soy digno de tal favor.

CAPÍTULO CXXVI
— A ti, me replicó, me envían; pero sin duda vanagloriado con tus atractivos, vendes tus favores y no los concedes. ¿Por qué tus cabellos están tan artísticamente rizados? ¿A qué ese rostro brillante, esos ojos de mirada lasciva, ese andar acompasado y ese aspecto majestuoso? ¿No indican que expones tus atractivos para prostituirte, vendiéndote al mejor postor? ¿Me ves? No sé nada de augurios ni suelo curarme de los cálculos astronómicos, pero leo en el rostro de un hombre sus intenciones, y al verte andar así he adivinado las tuyas. Si vendes lo que deseamos, el comprador está pronto; si lo concedes, lo cual es más honrado, haz el beneficio que se te pide. Tu misma condición de esclavo que objetas aumenta los deseos que has encendido. Hay mujeres que gozan con lo abyecto; nada las enardece tanto como la vista de un esclavo miserable o la de un desharrapado lacayo; otras a quienes un gladiador, un muletero cubierto de polvo, un histrión prostituido, les excita vivamente el deseo. Mi señora es así; descendería hasta el foso del escenario para satisfacer sus deseos con el último tramoyista—. Encantado por la graciosa gentileza de la amable mensajera: —Dime, te lo ruego, exclamé: esa que me ama, ¿eres tú?—Mucha risa causó a la doncella esa fría pregunta: —No te amo, repuso: así, pues, no te engrías. Yo no he pertenecido nunca a un esclavo ni quieran los dioses que tal llegue a suceder, exponiéndome a ver crucificar a mi amante. Que lo vean esas mujeres que besan las cicatrices producidas por el látigo en las espaldas de sus amantes; yo no soy más que una sirvienta, pero nunca me entrego sino a caballeros—. No podía cansarme de admirar el contraste entre las dos mujeres, de condición evidentemente trastrocada, pues mientras la doncella podía ser por sus gustos e inclinaciones una soberbia matrona, la matrona parecía una miserable sirvienta. Después de algunos minutos más de agradable charla rogué a la doncella que condujese a su señora al vecino bosquecillo de plátanos, lo que pareció muy bien a la mensajera, que no me hizo esperar mucho tiempo, saliendo en seguida de su misterioso asilo con la dama incógnita, la cual se sentó a mi lado. Nunca produjo la escultura busto más bello y perfecto; me faltan palabras para describir tantos encantos reunidos en un solo cuerpo. Sus cabellos, naturalmente rizados y recogidos sobre su estrecha frente, caían sobre los hombros en innumerables bucles; sus cejas, en arco perfecto, casi se cruzaban, con una gracia infinita. Sus ojos, más brillantes que las estrellas de noche obscura; su nariz, ligeramente curva, y su diminuta boca recordaba la que el divino Praxiteles había concedido a su Venus; después, su barba graciosísima, su cuello de cisne, sus manos, sus pies graciosamente aprisionados en redecillas de oro; todo su cuerpo, en fin, de una blancura que envidiaría el mármol de Paros, me hizo olvidar para siempre los encantos de Doris, a quien tanto había amado.
¿Qué se hicieron tus rayos, dios Tenante?
Junto a Juno reposas, fatigado,
y ya no intentas nuevos amoríos
de los dioses con mofa y con escándalo.
Ahora debieras convertirte en toro
o en cisne amante de plumaje raro,
para tocar de esta Dánae el cuerpo
que encendiera de amor el tuyo helado.

CAPÍTULO CXXVII
Este apostrofe me valió tan amable sonrisa, que creí ver a la misma Diana mostrando su argentado disco a través de tenue nubecilla. Luego, acompañando sus palabras con gracioso mohín: —Si no desdeñas, dijo, a una mujer honrada que hace un año aún era virgen, acéptame, ¡oh, joven!, por querida. Tienes un querido, lo sé, y no me importa lo que he averiguado al respecto; pero ¿quién te impedirá tener también una querida? De buen grado me ofrezco a ello, y si te place puedes cuando quieras sellar con un ósculo nuestro convenio. —Más bien, repliqué yo, por tus divinos atractivos, te ruego que me admitas a mí, pobre extranjero, entre el número de tus adoradores. Permíteme que te adore con fervor religioso, y no juzgues que llego al templo del Amor sin ofrenda, quo estoy dispuesto a sacrificarte mi querido.—¿Cómo?, repuso ella. ¿Me sacrificas ese niño sin el cual no puedes vivir? ¿Aquel de cuyas caricias pende tu dicha, a quien amas tanto como yo quisiera que llegaras a amarme a mí?—Dijo esto con tal encanto, su voz era tan dulce y armoniosa, que sus palabras me parecieron cantos de sirena y creí ver resplandecer en torno de ella una aureola más brillante que la luz del sol. La tomé por una diosa y le pregunte cuál era su nombre en el Olimpo. —Así, pues, ¿No te ha dicho mi sirvienta que me llamo Circe? No soy, sin embargo, la hija del Sol, y nunca mi madre tuvo poder para detener a su antojo al astro del día; no obstante, me consideraré tan venturosa como una hija del cielo si nos unimos en amoroso lazo. También en esto veo la influencia secreta de una divinidad, y no sin causa una nueva Circe ama a otro Polienos; siempre una tierna simpatía ha de unir estos nombres. Ven a mis brazos si me amas, y no temas las miradas indiscretas; tu querido está lejos de aquí.—Dijo, y abrazándome ardientemente me arrastró sobre una alfombra de mullido césped esmaltada de mil brillantes flores.
Como floreció el Ida cuando Jove
enardecido se ayuntó con Juno,
brotando rosas, lirios y azucenas
en torno de los dos esposos lúbricos;
así propicia a mis amores Venus
 hizo más muelle el suelo,
brilló radiante el sol, y redoblaron
mi placer Febo y Venus de consuno.
Extendidos sobre el césped tupido preludiamos, con mil besos ardientes otra voluptuosidad mayor; pero al intentarla mis nervios fueron acometidos de súbita debilidad, y defraudé las esperanzas de Circe.

CAPÍTULO CXXVIII
Indignada por la injuria: —¿Qué, es esto?, exclamó. ¿Acaso mis ardientes besos te repugnan? ¿Mi cuerpo está quizá macerado por el ayuno? ¿Mi aliento ofende tu olfato o mi sudor te hace antipática mi persona? ¿O es que temes que Giton se entere, y el miedo paraliza tus miembros? - El rubor cubrió mi rostro y la vergüenza acabó de quitarme la poca virilidad que me restaba. Habíame quedado como paralítico. —No busques en ti, contesté, reina mía, la causa de mi defección. Soy sin duda víctima de algún maleficio—. Pero tan necia excusa no podía calmar la cólera impetuosa de Circe. Echó sobre mí una mirada de desprecio, y volviéndose hacia su doncella: —Crisis, le dijo, sé franca; ¿tan repugnante soy? ¿Estoy mal ataviada? ¿Tengo alguna deformidad que amengüe mi belleza? No ocultes la verdad a tu señora; yo ignoro qué reproche hacerme—. Viendo que Crisis callaba, le arranca el espejo, lo pasea por todas las partes de su rostro, sacudiendo después su túnica, algo arrugada, pero no tanto como suelen dejarla los amantes después de sus expansiones amorosas, y se precipitó bruscamente dentro del vecino templo, consagrado a Venus. Yo, semejante a un condenado y espantado como si hubiera visto terrible aparición, me preguntaba confuso si los placeres de que acababa de ser privado eran reales.
Juguete del ensueño, un indigente
halla un tesoro oculto, y se lo queda.
Sueña en llevarlo a casa,
 gozando de antemano tal riqueza,
y asustado vacila, porque teme
que recobre su presa
el dueño del tesoro; el sudor cubre
su rostro cuando el trance aciago piensa,
y lleno de angustiosa incertidumbre
el infeliz despierta,
y Creso imaginario de un momento
al despertar recobra su miseria.
Involuntariamente a todas partes
mira, buscando ansioso su riqueza,
 y durante un instante, todavía
acaricia su mente tal quimera.
Todo concurría a hacerme creer que mi infortunada aventura había sido un sueño, una verdadera alucinación; sin embargo, mi debilidad era tan grande, que durante algún tiempo me fue imposible levantarme; pero a medida que el agobiamiento de mi espíritu se disipaba fui recobrando mis fuerzas, y pude pronto volver a casa, acostándome en seguida con pretexto de una indisposición. Pronto entró en mi dormitorio Giton, entristecido por el anuncio de mi dolencia. Para calmarlo le dije que me había acostado porque tenia necesidad de reposo, contándole varias historias; pero sin aludir ni remotamente a mi infortunio, temiendo sus celos, y para disipar toda sospecha le hice acostarse conmigo, tratando de darle alguna prueba de mi amor; pero anhelante y sudoroso, tuve que desistir de mis propósitos. Levantose entonces furioso y reprochó mi debilidad, atribuyéndola a falta de amor por él, añadiendo que ya sabía él desde hacía tiempo que otra persona gozaba las primicias de mi virilidad. —Mi amor, le dije, no ha desaparecido ni amenguado; pero ahora, creciendo la razón con la edad, modera mi pasión y mis transportes. —De ese modo, dijo burlonamente, doite las gracias por amarme como Sócrates. Nunca salió Alcibíades tan puro como yo ahora del lecho de su amo.

CAPÍTULO CXXIX
En vano le añadí: —Créeme, querido; no creo ser ya hombre; no siento. Muerta se halla ya aquella parte de mi cuerpo que hasta hace poco hacía de mí un Aquiles—. Convencido de mi impotencia y temiendo que al sorprender nuestra entrevista pudiéramos ser amonestados, Giton se arrancó de mis brazos y huyó, internándose en las habitaciones interiores. En cuanto salió el muchacho, entró Crisis en mi dormitorio y me dio un pergamino de su señora, en el cual había escrito lo siguiente:
CIRCE a POLIENOS, SALUD.
Si fuere yo libidinosa quejaríame de haber sido defraudada; pero al contrario, ahora doy gracias a tu impotencia, que ha venido a prolongarme la ilusión del placer. En vano me pregunto: ¿cómo han podido tus piernas sostener el cuerpo y llevarlo hasta tu casa? Porque los médicos niegan que se pueda andar sin nervios. Te prevengo, adolescente, que estás amagado de parálisis, y nunca he visto a ningún enfermo en tanto peligro como tú. ¡Perecer a la mitad del combate! Si el mismo frío invade tus rodillas y tus manos, te aconsejo que te prepares la tumba. ¿Qué remedio? Aunque he sido gravemente injuriada por tu falta de virilidad, me compadezco de ti y no quiero ocultarte la medicina. Si quieres sanar, retírate de Giton, y a los tres días de no dormir con tu querido recobrarás tu vigor. Por lo que a mí atañe, ni mi espejo ni mi fama me engañan, y no han de faltarme amantes. Salud, si te es posible recobrarla.
Cuando Crisis vio que había leído toda la mordaz epístola: —Suelen suceder, dijo, cosas de éstas en nuestra ciudad, en la que abundan brujas capaces de bajar la luna de su sitio. Así, pues, tu mal tiene remedio. Contesta amablemente a mi señora, tratando de reconquistarla con una confesión franca de tu culpa. En verdad, desde que sufrió tan injuriosa decepción, hállase completamente fuera de sí — . Siguiendo con gusto el consejo de la doncellita, escribí en el mismo pergamino:

CAPÍTULO CXXX
POLIENOS a CIRCE, SALUD
Confieso, señora, que he cometido faltas, ya que soy hombre y además joven. Pero hasta este día nunca cometí delito penable con la muerte. Ya tienes confeso y convicto al reo. Merezco el castigo que quieras imponerme. Soy un traidor, un homicida, un sacrílego. Inventa suplicios para tanto crimen. Si mi muerte deseas, yo mismo te entregaré el acero; si te contentas con azotes, yo te llevaré las cuerdas anudadas. Acuérdate, sin embargo, de que no fui yo, sino el instrumento, el culpable. Centinela, me encontré sin armas. No sé quién me las quitó. Por fuerza mi imaginación se adelantó a mi cuerpo; por fuerza la concupiscencia consumió la voluptuosidad. No comprendo lo que me sucedió. Dices asimismo que debo temer la parálisis. No sé cómo pueda proporcionarme mayor pesar que el de no haberme dejado poseerte. En suma: mi mejor excusa es ésta: permíteme que enmiende mi yerro y quedarás satisfecha. Salud.
En cuanto se despidió Crisis renovándome sus halagüeñas promesas, pensó seriamente en devolver el vigor a la parte debilitada. Prescindí del baño, limitándome a algunas ligeras fricciones. Tomé alimentos estimulantes y bebí poco vino. Después, preparado al sueño por un corto paseo, me acosté sin Giton. Tenía tal ansia de hacer las paces con Circe para poseerla, que temía hasta el menor contacto con mi querido.

CAPÍTULO CXXXI
Al siguiente día, como me levantase sano de cuerpo y alma, me dirigí al mismo bosquecillo de plátanos, y entré en aquel lugar que me había sido tan funesto, esperando bajo los árboles que Crisis viniera a conducirme al lado de su señora. Después de haberme paseado algún tiempo, acababa de sentarme en el mismo sitio que la víspera, cuando la vi venir acompañada de una viejecita: —¿Cómo está, dijo saludándome, hoy respecto a vigor ese cuerpo?—A estas palabras la vieja sacó de su seno un redecilla tejida con hilos de diferentes colores, me la puso como corbata al cuello: después escupió en su dedo lleno de polvo, y con ese lodo, a pesar de mi repugnancia, me signo en, la frente:

Si estás vivo, espera. ¡Y tú, Dios constante de flores y amores, ayuda a este amante!

Después de esta invocación a Priapo, me ordenó que escupiera tres veces y que otras tantas me echara en la túnica unos guijarros que había traído ella envueltos en una banda de púrpura. Hecho esto, llevó las manos a la parte enferma, y se operó el encanto rápidamente. El culpable levantó la cabeza en seguida y rechazó la mano de la vieja, estupefacta por la enormidad del prodigio. Transportada de gozo al contemplarlo: —Mira, dijo. Crisis mía; mira qué hermosa liebre acabo de levantar para otra y no para mí. —La cura era completa, y la vieja me restituyó a la joven, que parecía muy contenta de que su señora hubiera recuperado el tesoro que creía perdido. Me condujo, pues, prontamente junto a Circe, haciéndome entrar en un delicioso retiro en el cual parecía haber desplegado todos sus tesoros más preciados la naturaleza.
Sombra en él daban plátanos frondosos,
esbeltos pinos, trémulos cipreses,
que sobre arena de oro, su ramaje
siempre ostentan lozano, siempre verde.
Arroyos juguetones, bulliciosos,
serpean por el prado y lo embellecen,
prestándole frescura, y los amantes
aquel retiro encantador quisieren
para gozar con todos los sentidos
tendidos sobre el césped.
Encontré a Circe tendida sobre un lecho de oro, en el que apoyaba su cuello alabastrino; con su mano agitaba una rama de florido mirto. Al verme ruborizose un tanto, sin duda recordando la injuria de la víspera; pero cuando hubo hecho retirar a toda su servidumbre, y yo, obedeciendo su invitación, me senté a su lado, me puso ante la vista la ramita que tenía en la mano, y más audaz, no viéndome los ojos:—¿Qué tal, exclamó, paralítico? ¿Has venido hoy completo? —¿Preguntas, contesté yo, pudiendo probarlo?—Dicho esto me precipito en sus brazos, y no encontrando resistencia alguna, fruyo hasta la saciedad, cubriendo de besos su hermoso cuerpo.

CAPÍTULO CXXXII
La hermosura de su cuerpo me excitaba a poseerlo. Ya del choque de nuestros labios brotaban innumerables besos sonorosísimos; ya nuestras manos entrelazadas habían interrogado todos los órganos del placer; ya nuestros cuerpos, estrechamente abrazados, se estremecían de gozo, y ya iba a realizar la fusión completa de nuestras almas, cuando de repente, en lo mejor de la jornada del placer, me abandonan de nuevo las fuerzas y no puedo llegar al venturoso y anhelado término. Exasperada por tan inexcusable afrenta, Circe no piensa ya sino en vengarse de mí, y llamando a sus esclavos, ordénales que me azoten. Pero pronto este castigo le parece demasiado suave, y llama a toda su servidumbre, hasta a la encargada de los más bajos menesteres, para entregarme a sus insultos. Me limitó a taparme los ojos con las manos, y sin recurrir a la súplica ni pedir gracia, me dejé escarnecer convencido de que lo merecía, y me echaron de allí cubriéndome de golpes y de salivazos. La vieja Prosilenos fue también arrojada de la casa, y hasta Crisis sufrió el castigo de los azotes. Todos los sirvientes se preguntaban al oído la causa de la rabia de su señora. Volví a mi casa, el cuerpo lleno de contusiones y la piel más manchada que la de una pantera, y me apresuré a disfrazar las marcas de los, golpes recibidos, temiendo excitar con mi aventura las burlas de Eumolpo y la pena de Giton. Recurrí, pues, al único expediente que podía salvar mi reputación; me fingí enfermo, y tendido en mi lecho, dirigí mi furia contra la causa exclusiva de mi infortunio.
Tres veces empuñé con mano fuerte
la cuchilla fatal, mas desistiendo
de podarme, déjela. El miembro frío,
aún más frío que el hielo,
parecía buscar donde ocultarse
a la venganza del cortante acero,
y no pudiendo así sacrificarlo,
desbordo en llanto mi despecho ciego.
Apoyado sobre el codo, apostrofaba así al casi invisible contumaz. —¿Qué dices, oprobio de la naturaleza? Porque sería necedad darte un nombre serio. ¿Qué dices? ¿He merecido acaso que me precipitaras en el infierno cuando ya había logrado alcanzar el cielo? ¿Por qué en la primavera de mi vigor me transportas al invierno de la más decrépita vejez? Te ruego que me lo digas; ¿estás muerto del todo! Así estallaba mi ira.
Y él insensible, lacio, inconmovible,
mustio, como una flor que el tallo inclina
cubría su cabeza avergonzado,
como cierra sus hojas flor marchita.
Cuando reflexioné acerca de la indecencia de tales apostrofes, me arrepentí de haberlos proferido, experimentando secreta confusión por haber olvidado las leyes del pudor hasta el extremo de ocuparme de esa parte del cuerpo de la que nunca hablan, ni osan siquiera pensar en ella los hombres que se respetan. Golpéeme, pues, la frente con despecho: —Después de todo, pensé, ¿qué mal he hecho en aliviar mi dolor con reproches tan naturales? ¿Quién es el que no hace lo mismo alguna vez con su vientre, con su garganta, con su cabeza, cuando estos miembros le duelen? ¿Qué? ¿Acaso Ulises no hizo lo mismo con su corazón? Y también los héroes de tragedia maldicen a veces a sus ojos, como si éstos pudieran oírles. El gotoso maldice sus pies, el epiléptico sus manos temblorosas, el legañoso sus ojos; y cuando nos herimos algún dedo de la mano el dolor hace que castiguemos a nuestros pies golpeándolos contra el suelo.
¿Por qué arrugas, Catón, tu tersa frente?
¿Te hace mi obra, Catón, fruncir las cejas?
Las pláticas morales
me aburren al extremo por severas.
Del pueblo pinto las costumbres todas
y trato de que copia exacta sea.
¿Quién del amor ignora los transport;es?
¿Quién en mullido lecho, la pereza
no ha sentido? Creamos a Epicuro
que pinta de los dioses las miserias
y son, después de todo,
iguales a las nuestras.
Nada más ridículo que los juicios del necio; nada más absurdo que la severidad de los ineptos.

CAPÍTULO CXXXIII
Tras estas reflexiones, llamé a Giton y le dije: — Cuéntame, querido, pero con toda franqueza, si la noche que te sacó Ascylto de mi lecho llegó contigo hasta injuriarme o se contentó púdicamente con tenerte a su lado—. Llevando el niño las manos a sus ojos, me juró con vehementes palabras que no le había ultrajado Ascylto. Tan agobiado estaba yo por los acontecimientos del día, que no sabía dónde tenía la cabeza, ni me daba cuenta de lo que hablaba ¿A cuento de qué buscaba yo en el pasado nuevos motivos de aflicción? Al fin, más tranquilo, me preocupé de los medios de recobrar mi vigor. Quise hasta ofrecer mi cuerpo a los dioses, y salí, en efecto, para invocar a Priapo. Fingiendo una esperanza que casi no tenía, me arrodillé en el suelo del templo y dirigí a la divinidad que allí se adoraba esta plegaria:
¡Hijo de Baco y de la hermosa Venus,
numen de los jardines y las selvas!
¡Dios juguetón de lésbicos amores!
Ya que la Aurora en su carroza bella
 te eleva un templo por rendirte culto,
¡Priapo, escucha al mortal que aquí te ruega!
No soy un parricida ni un sacrílego;
no vengo, aquí manchada la conciencia
con crímenes sangrientos o terribles;
sino a pedirte más vigor y fuerza.
Una parte de mí quedose helada
cuando yo más necesitaba de ella.
Quien confiesa su culpa es menos reo.
Yo pequé, mas pequé por impotencia.
Lo que te sobra a ti y en ti admiramos,
concédeme, por reparar la ofensa
hecha al amor, o quítame al instante,
pues de nada me sirve, la existencia.
Si prolongar mi juventud, ¡oh, Priapo!,
concederme quisieras,
tres veces te prometo, alegremente,
ebrio de amor, dar a tu altar la vuelta.
Mientras yo dirigía al dios esta plegaria sin perder de vista a la parte difunta, entró la vieja Prosilenos, los cabellos en desorden y cubierta con una túnica deforme. Me tomó en sus brazos y me arrastró, tembloroso, fuera del pórtico.

CAPÍTULO CXXXIV ;
—¿Qué vampiros, exclamó, han devorado tus nervios? ¿Pasaste alguna noche callejeando y has pisado alguna entraña o algún cadáver? Ni con Giton has logrado vindicarte; flojo, débil, cansado, como caballo en el macelo, has perdido las fuerzas sin alcanzar el fruto; no contento empero con pecar tú, has atraído sobre mí la cólera de los dioses; ¿crees que no merece eso un castigo? Dicho esto me arrastró a la celda de la sacerdotisa, sin que opusiera yo resistencia alguna, y arrojándome en el lecho, tomó un palo que estaba tras de la puerta, comenzando a apalearme. Por fortuna el palo rompiose al primer golpe, sin lo cual, tal era su furor, creo que me hubiera roto brazos y piernas. No pronunciaba yo una palabra, pero me fue imposible contener un gemido cuando la vieja trató con sus rugosas manos de despertar lo que la naturaleza había adormecido. Vertí entonces un torrente de lágrimas, me recosté sobre la almohada y tapé mi cabeza con el brazo derecho. La anciana, por su parte, sentada a los pies de mi lecho, lloró también, acusando al destino de prolongar su inútil vida. Atraída por nuestros gemidos, presentose la sacerdotisa: — ¡Por qué habéis venido a mi celda, exclamó, como quien entra en una selva para lamentarse? ¡Y en un día de fiesta en que todos deben alegrarse!... —¡Oh, Enotea!, respondió la vieja; este joven que aquí ves, ha nacido con mala estrella; ya ni doncellas ni adolescentes pueden sacar partido de él. Nunca habrás visto hombre tan infeliz. Una vejiga de agua en vez de miembro tiene. En suma; ¿quién es el mortal que podría salir del lecho de Circe sin satisfacer sus voluptuosos anhelos?-Oído esto, Enotea se sentó entre los dos, y meneando la cabeza con aire de suficiencia: —Soy la única, dijo, capaz de remediar eso. Y no creáis que es jactancia; que este adolescente duerma conmigo una noche, y lo devuelvo tan vigoroso como un toro.
Para mí se engalana el Universo
o los campos se cubren de tristeza,
según mi voluntad. De rocas áridas
hago brotar el manantial, que riega
y fecunda el erial. Céfiro blando
se adormece a mis pies cuando yo quiera,
o se transforma en Aquilón que arrasa
cuanto a su paso encuentra.
La tigre hircana y los dragones fieros
tiemblan en mi presencia,
y la luna desciende a visitarme,
y se estremece de pavor la tierra,
y herido Febo su carroza para,
acatando mis órdenes severas.
Si el Toro guardó el rayo, obedeciendo
a la voz suplicante de Medea;
 si Circe convirtió los valerosos
griegos de Ulises en carneros; si esas
de Proteo admirables
transformaciones múltiples contemplas,
no te sorprenderá de modo alguno
que a tu miembro el vigor devolver pueda,
yo que puedo llevar a las montañas
el mar, dejando al aire sus arenas.

CAPÍTULO CXXXV
Me estremecí de horror al relato de tantas maravillas, y miraba admirado a la sacerdotisa, cuando: —Prepárate, dijo Enotea, a obedecerme. —Y lavándose curiosa las manos, se inclinó sobre el lecho y me besó dos veces. Después colocó una mesa vieja en medio del altar y la cubrió de brasas. Una escudilla de madera, deteriorada por la vejez, pendía de la pared; la sacerdotisa la descolgó, pero el clavo se vino al suelo. Compone la escudilla con una pasta resinosa, y sujeta luego el clavo en la ahumada pared. Ciñe después a su cintura un delantal cuadrado, pone al fuego una gran olla, descuelga con una horquilla un saco que, además de habas para su consumo, tenía un vetusto trozo de tocino rancio con mil heridas, y echa sobre la mesa una porción de aquellas legumbres, ordenándome que las pelase. Me apresuré a obedecer, y empecé a poner aparte todas aquellas que me parecieron podridas; pero Enotea, impaciente por mi lentitud, coge las habas que yo rechacé y con los dientes las desgrana, tirando la envoltura. La pobreza aguza el ingenio y el hambre hace progresar de singular modo a las artes. La sacerdotisa era viviente ejemplo de templanza. Todo en su casa respiraba economía, pareciendo aquella vivienda el verdadero santuario de la indigencia.
No había allí marfil, oro ni bronces,
ni se pisaba el mármol;
su lecho de reposo era de paja
un montón, dentro un saco;
varias cestas, pucheros y cazuelas;
de vidrio algunos tarros
con residuos de vino, forman todo
de la sacerdotisa el mobiliario.
Una estera de paja cubre casi
las paredes del cuarto,
y en el frente, con juncos y rosales
se ha formado una especie de santuario.
Tal fue el retiro, ¡oh, Hércules!,
que en Actea has gozado,
tú a quien las Musas tanto han aplaudido
cubriéndote de inmarcesibles lauros.

CAPÍTULO CXXXVI
Cuando acabó de limpiar las habas Enotea, se puso a chupar el pedazo de tocino y luego volvió a colgar el saco, ayudada de la horquilla; sube en una silla tan vieja como ella y que, se cae, no pudiendo sostener su peso, derribando a la sacerdotisa, que al caer derriba la olla, cuya agua apaga el fuego que comenzaba a encenderse. La vieja quemose también el codo con uno de los tizones, y su rostro se cubrió de una nube de ceniza. Asustado, acudo, la levanto sin reírme por el incidente y más bien temblando que éste no retardase el sacrificio que había de devolverme la virilidad, y ella corre a casa de una vecina a buscar fuego. Acababa de salir, cuando tres patos sagrados que sin duda solían recibir a aquella hora el alimento de manos de la vieja se lanzan sobre mí y me aturden con sus furiosos gritos. Uno desgarra mi túnica a picotazos, otro desata los cordones de mi calzado, y el tercero, que parecía el jefe, llevó su audacia hasta herirme la pierna con un pico más duro que el hierro. Colérico por el atrevimiento del volátil, me armo con una de las patas de la mesa a guisa de maza, persigo a mi ofensor y de un golpe certero lo mato.
Tal temiendo de Alcides valeroso
la ingeniosa y mortal estratagema,
se volvieron al cielo, en vuelo rápido,
los que a Hércules recrean,
y así los que mancharon el banquete
del gran Fineo con su baba infecta,
huyeron al aspecto de Galayo
el aire conmoviendo con sus quejas.
Los dos patos supervivientes se abalanzaron a las habas esparcidas por el suelo, devorándolas, y la muerte de su jefe fue sin duda lo que les decidió a refugiarse en el templo. Yo, orgulloso a la vez de mi victoria y del botín que me procuraba, arrojé el cadáver de mi víctima detrás del lecho y me curé con vinagre la pequeña herida que me había hecho en la pierna. Luego, temiendo los reproches de la vieja, me dispongo a escapar; pero apenas pisaba el umbral, la veo que viene trayendo fuego en un desvencijado hornillo. Vuelvo a subir las gradas del atrio, me quito el manto y me pongo de pie en la puerta del cuarto, como si esperase con impaciencia. La sacerdotisa comienza en seguida a encender el fuego, mientras se excusa de haber tardado tanto a causa de que su amiga no quiso dejarla marchar sin que hubieran hecho las tres libaciones de costumbre: —¿Y tú, exclamó, en mi ausencia qué hiciste? ¿Dónde están las habas?—Yo, que creía haber hecho cosa digna de loa, le conté el suceso, y para consolarla de la pérdida del pato le ofrecí comprar otro. A la vista de la víctima la sacerdotisa lanzó tan espantosos gritos, que no parecía sino que los tres patos habían entrado de nuevo en la estancia. Aturdido y no comprendiendo en qué consistía tan nuevo crimen, pregunté a la vieja por qué se apenaba tanto y concedía mayor importancia a la muerte del palo que a la herida de mi pierna.

CAPÍTULO CXXXVII
Chocando con rabia las manos: —¿Aún hablas, dijo, asesino? No conoces la enormidad de tu crimen. Acabas de matar al favorito de Priapo: un pato que todas las matronas crotoniatas deseaban. Y no creas que tu falta es leve; si los magistrados conociesen tu crimen te harían crucificar. Has manchado de sangre mi domicilio, hasta hoy inmaculado, y me expones a ser arrojada del sacerdocio si algún enemigo mío me denunciase.
Dijo, y las hebras de plateados bucles
que su frente adornaban se arrancó,
luego arañose el arrugado rostro
y el llanto amargo sofocó su voz.
Como nieve deshecha en el estío
baja al valle veloz
convertida en torrentes, tal su llanto
su rostro anciano y trémulo inundó,
mientras el pecho palpitaba triste
a impulsos del dolor.
Entonces yo: —Te ruego que no te apesadumbres de tal cosa, le dije; yo té daré otro pato—. Ella, sin hacerme caso, seguía gimiendo, y en esto entró Prosilenos trayendo el dinero necesario para los gastos del sacrificio. Se informó de la causa de nuestra tristeza, y cuando vio el cadáver del pato rompió a llorar más fuerte que la sacerdotisa, compadeciéndose de mi suerte, como si hubiera yo asesinado a mi padre y no a un pato mantenido a expensas del público. Aburrido ya de oirías lamentarse: -Decidme, os lo ruego, exclamé; ¿no puedo expiar mi crimen, y aunque fuese un crimen mayor, con dinero? He aquí dos monedas de oro con las que podéis comprar a los patos y a los mismos dioses—. Cuando las vio Enotea: —Mi dolor, dijo, es por ti, joven; por cariño hacia ti y no por malignidad me desconsolaba. Haremos de modo que esto no se sepa. Tú ruega a los dioses que te perdonen.
El rico no naufraga; omnipotente,
dirige a la fortuna y la sujeta.
Si ama a Dánae cautiva, con el oro
la gozará, quebrando sus cadenas;
hace versos si quiere; es abogado
aún mejor que Catón; declama; enseña,
y en el Senado augusto y en el foro
manda como amo y todo lo gobierna.
En estos tiempos, ¡ay!, se compra todo,
todo al oro se entrega;
hasta a los dioses, hasta el mismo Júpiter,
de sus rayos el arca acaso venda.
Entre tanto Enotea se aprestaba para el sacrificio; colocó bajo mis manos una vasija llena de vino; cortó puerros y perejil; me hizo extender los dedos, que regó con aquel licor a guisa de agua lustral, y echó en el vino las hierbas, pronunciando palabras mágicas, y según que se hundían o flotaban aquéllas, parecía leer mí futura suerte. No me dejé engañar por esa superchería, sabiendo que los puerros vacíos flotan, mientras que las cebollas de éstos que están llenas se hunden. Después abrió el pato y le sacó el hígado, que estaba perfectamente sano, para predecirme lo porvenir. Al fin, para destruir toda huella de mi crimen, cortó en pequeños pedazos el ave y los puso a cocer, para obsequiar así, dijo, al que momentos antes quiso crucificar. Ahora las dos ancianas bebían a cual más y devoraban con apetito, a medio asar, algunos trozos del pato que poco ha motivó tanto llanto. Cuando no quedó ya nada comible, Enotea, medio borracha, se acercó a mí y exclamó: —Ahora acabaremos de practicar los misterios para que tus nervios recobren su antiguo vigor.

CAPÍTULO CXXXVIII
A estas palabras trae una jeringa, la llena de polvos de pimienta y ortigas picadas desleídas en aceite y me lo introduce poco a poco en el ano. Después la implacable vieja me frota los muslos con este licor estimulante. Mezclando después algunas plantas me pone una cataplasma en la parte enferma, y luego, con un manojo de ortigas verdes, me azota suavemente el bajo vientre. Causábame esta operación punzantes dolores, y para sustraerme a ellos emprendí la fuga. Furiosas las viejas me persiguen corriendo, y aunque aturdidas por la embriaguez, toman el mismo camino que yo, gritando como locas: —¡Detenedlo, detenedlo!—Consigo al fin que me pierdan de vista y llego a casa con los pies ensangrentados, efecto de tan rápida carrera, fatigado y molido, arrojándome en seguida sobre el lecho. No pude conciliar el sueño. Todos mis infortunios llamaban a mi mente y me hacían creer que nunca hombre alguno había sufrido tantos contratiempos. La Fortuna, pensaba yo, siempre en mi contra, ¿tenía necesidad de unirse al Amor para redoblar mis tormentos? ¡Oh, infeliz de mí! La Fortuna y el Amor conspiran juntos en contra mía. Ese mismo Amor que, amante o amado, nunca me fue propicio. ¡Ay! ¡Ahora Crisis me ama perdidamente y me persigue con ahínco! Ella, que trató de reconciliarme con su señora y que desdeñaba el amor de los esclavos, porque de esclavo llevaba yo el traje. Ella digo, Crisis, que despreciaba tanto mi condición servil y que ahora quiere seguirme con peligro de su vida. Acaba de jurarme, al descubrirme su violenta pasión, que me seguirá como mi sombra. Pero pertenezco a Circe por completo y todas las demás mujeres me son indiferentes. ¿No es ella la más hermosa de todas? Ariadna o Leda, ¿podían compararse con ella? Elena y la misma Venus, ¿reunieron nunca tantos encantos? Si Paris, al juzgar esas bellezas, hubiera podido ver los ojos incomparables de Circe, hubiera dado por ésta a Hélena y a las tres diosas. ¡Qué dicha si me fuera permitido robarle un beso y estrechar en mis brazos su divino y hermosísimo busto! Creo que recobraría todo mi vigor, y mis miembros, entumecidos por algún maleficio, toda su antigua virilidad. Sus. ultrajes no me hieren; ya no me acuerdo de los golpes recibidos. Me arrojó de su lado; no me importa. ¡Que me sea permitido volver a su gracia!

CAPÍTULO CXXXIX
Estas reflexiones, con la idea de la hermosísima Circe, me hacían estrujar el lecho, removerme en él como si tuviese entre mis brazos el objeto encantador de mis deseos, pero todo fue inútil. Tal encarnizamiento acabó con mi paciencia y me entregué a los más violentos reproches contra el maligno encantador que sin duda me había hechizado. Al fin, mi espíritu se calmó, y buscando entonces motivos de consuelo entre los héroes de la antigüedad que, como yo, habían sido perseguidos por los dioses, exclamé:
¡No sólo a mí los dioses me persiguen!
Juno hizo a Alcides sostener los cielos;
y también Pellas de la altiva diosa
sufrió de la venganza el duro peso.
Laomedonte fue muerto en los combates
por su perjurio, y de los dos gemelos,
inocente del crimen que le imputan,
fue víctima Télefo.
Ulises de Neptuno fue juguete.
Yo, de Venus y Priapo soy muñeco.
Torturado por esas inquietudes consumí la noche en la mayor ansiedad, y Giton, informado de que yo había dormido en casa, entró con el día en mi cuarto, quejándose con amargura de mi libertinaje. Según él, no se hablaba de otra cosa en la casa que de mi licenciosa conducta, pues que sólo se me veía en ella, y muy rara vez, a las horas de servició, y añadió que mis clandestinos negocios me iban a hacer enfermar muy de veras. Sus reproches me probaron que alguien en mi ausencia había venido a enterarse de mí y descubierto algo. Para asegurarme de ello pregunté a Giton si alguien había preguntado por mí. «Nadie hoy, respondió, pero ayer una mujer bastante bonita vino; después de hacerme varias preguntas concluyó por decirme que habías merecido el castigo y sufrirías más aún si la parte lesionada perseveraba en su queja». Esta noticia desesperome y me desaté de nuevo en imprecaciones contra la fortuna. No había agotado el repertorio de mis invectivas cuando se presentó ante mí Crisis, y, estrechándome en sus brazos con la más tierna efusión: «Ya te tengo, dijo, como lo esperaba. Tú, mi amor, mi deseo, mi dicha. No podrás apagar el fuego que me devora sino con tu sangre». Los extremos de Crisis me turbaban mucho, y para alejarla tuve que recurrir a las más tiernas palabras. Temía yo que el ruido que metía aquella loca llegase a los oídos de Eumolpo, quien, desde su prosperidad, nos trataba con el orgullo de un verdadero amo. Puse, pues, todo mi cuidado en calmar los transportes de Crisis; fingí corresponder a su amor y le dirigí las más cariñosas palabras. En suma, disimulé tan bien, que me creyó sinceramente preso en la red de sus hechizos.
Entonces le expuse los peligros a que estábamos expuestos. Le pinté a Eumolpo como un amo cruel que castigaba con rigor la menor falta. Oído esto se apresuró a marcharse, tanto más de prisa cuanto que vio volver a Giton, quien había salido de mi cuarto un momento antes de entrar ella. Acababa de salir cuando uno de los nuevos sirvientes de Eumolpo me dijo que el amo estaba furioso porque yo no había hecho mi servicio en los dos últimos días, y me aconsejó que buscase alguna excusa plausible, pues de no, era muy dudoso que se calmase su cólera antes de haberme hecho azotar. Giton me encontró tan triste, tan consternado por esta amenaza que no me dijo una palabra de Crisis, y sólo me habló de Eumolpo, aconsejándome que no tomase en serio, ante él, la cuestión, sino en broma. Me aproveché de su advertencia y abordé al señor con rostro tan risueño que su acogida, lejos de ser severa, fue de lo más alegre. Me felicitó burlonamente por mi buena estrella, me cumplimentó por mi buena faz y mi arrogante figura, que todas las damas crotoniatas se disputaban; y: «No ignoro, me dijo, que una dama hermosísima te adora y eso Encolpio, puede servirnos de mucho alguna vez. Sostén, hijo mío, el carácter del personaje que representas, como yo sostendré el mío».

CAPÍTULO CXL
Hablaba aún cuando entró una matrona de las más respetables, llamada Filomena, que había especulado en la juventud con sus encantos para conseguir varias herencias. Ahora ya, vieja y arrugada, llevaba sus hijos (varón y hembra) a casa de los ancianos ricos sin herederos y, sobreviviéndose a ella misma, continuaba su honesto negocio, especulando con los encantos de sus vástagos. Vino cerca de Eumolpo a confiárselos, recomendando a su prudencia y bondad las dulces prendas de su corazón. Según ella, Eumolpo era el hombre más sabio del mundo y el más capaz para guiar bien a la juventud. Acabó diciendo que los dejaba en casa de Eumolpo para que escuchasen sus lecciones, que eran la mejor herencia que podía legarles. Dicho y hecho, dejó en la cámara una bellísima joven y un adolescente, su hermano, y se fue con el pretexto de ir al templo a hacer votos por su bienhechor. Eumolpo, tan poco delicado a este respecto que hubiera hecho de mí su querido a pesar de su edad, no, perdió el tiempo o invitó a la joven a un combate amoroso. Pero como se había presentado en la ciudad como gotoso y medio paralítico, corría riesgo, si no sostenía su impostura, de desgraciar por completo nuestros proyectos; y para sostener su papel rogó a la joven que tomase el puesto del hombre, echándose sobre él, y luego ordenó a Corax que se pusiera a cuatro pies bajo el lecho para moverlo con su espalda. Obedeció Corax, y, con movimientos lentos y regulares, le hizo corresponder a los movimientos de la joven; pero cuando el momento del goce se aproximaba el viejo se puso a gritar como un loco, mandando a Corax que redoblase la velocidad. Al ver al anciano balancearse así entre el sirviente y la doncella no pudimos contener la risa. Terminado el acto, Eumolpo también rió de buena gana; pero repitió el juego con el mismo entusiasmo. En cuanto a mí, no queriendo dejar enmohecer mis facultades, testigo inactivo de tan dulce juego, invité al hermano de la joven, que miraba ávidamente por entre la cortina el ejercicio gimnástico de su hermana, a imitar la feliz pareja, y lo encontré bien dispuesto a ello. Prestose de muy buen grado a mis caricias; pero el dios celoso que me perseguía se opuso todavía a mi dicha. Sin embargo, este nuevo fracaso me afligió menos que los anteriores, porque al momento sentí recobrar todo mi vigor. Orgulloso, exclamé: «Los dioses mayores me han restituido a la integridad de mi ser. Acaso Mercurio, que lleva y trae las almas, me ha devuelto, bondadoso y magnánimo, lo que otra divinidad hostil me había robado, para convenceros que estoy tan bien dotado como Protésilo o cualquiera otro héroe de la antigüedad». A estas palabras levanto mi túnica y me muestro a Eumolpo y demás circunstantes en toda mi gloria. El anciano se asustó al principio, y luego, para convencerse de la realidad, acarició con una y otra mano aquel presente de los cielos. Esta maravillosa resurrección nos regocijó mucho y nos entregamos al placer a expensas del excelente acuerdo de Filomena, que, con la esperanza de una cuantiosa herencia, nos había entregado a aquellos adorables adolescentes, cuya experiencia precoz en esta clase de lances no debía, por esta vez, proporcionarles provecho alguno. Cuando hubimos gustado hasta la saciedad la copa del placer, esta infame manera de seducir ancianos me hizo reflexionar acerca de nuestra equívoca situación, y encontrando la ocasión propicia para tratar el caso con Eumolpo, ya que estábamos solos: «Todos nuestros actos, le dije, deben ser dirigidos por la prudencia. Sócrates, el más sabio de los mortales a juicio de los dioses y de los hombres, se jactaba a menudo de no haber pisado una taberna y de no haberse mezclado nunca en una asamblea demasiado numerosa. Tan cierto es que debe consultarse en todo a la sabiduría. Todo esto es indiscutible; y no lo es menos el que no existe persona alguna que corra más rápidamente a su perdición que aquella que especula con el bien ajeno. ¿Cuál sería la suerte de los vagabundos y de los pillos si no echaran como anzuelos a la multitud a quien quieren engañar bolsillos y aun sacos de dinero? Los peces se dejan pescar por el apetito del alimento, y los hombres por la esperanza; pero unos y otros necesitan tener algo que morder. Así los crotoniatas nos han alojado hasta hoy de la manera más espléndida; pero no viendo llegar de África ese barco cargado de dinero y de esclavos que tú les has anunciado, como los recursos de nuestros herederos se agotan y su liberalidad se cansa, van a llamarse pronto a engaño. O yo me engaño mucho, o la Fortuna comienza a cansarse de los favores que nos ha prodigado».

CAPÍTULO CXLI
—He ideado un medio para poner en gran aprieto a nuestros presuntos explotadores — . Y al
mismo tiempo, sacando las tablas en que había escrito su testamento, leyó: «Todos los favorecidos por este mi testamento, decía, con excepción de mis libertos, no podrán percibir sus legados sino con la condición expresa de cortar mi cuerpo en pedazos y comérselo en presencia del pueblo congregado al efecto. Esta cláusula no tiene nada que deba asustarles, pues hay una ley, vigente en varios pueblos de la tierra, qué obliga a los parientes de un difunto a comer su cuerpo: y es tan cierto esto, que en algunos de los países aludidos suele reprocharse a los moribundos el que dejen consumir su carne por la duración de una larga enfermedad. Este ejemplo debe excitar a mis amigos a devorar mi cuerpo con igual celo con que maldigan mi alma». Mientras leía las fórmulas y los primeros artículos entraron en la estancia algunos de nuestros herederos y los que antes habían salido de ella, y viéndole con el testamento en la mano pidieron oír su lectura, a lo que accedió Eumolpo, leyéndolo de punta acabo. Mal gesto pusieron todos al oír la cláusula formal que les ordenaba comer su cuerpo; pero la gran riqueza que se suponía poseer Eumolpo, cegaba de tal modo a aquellos miserables y los tenía tan esclavizados, que no osaron protestar contra esa condición inaudita hasta entonces. Uno de ellos, llamado Gorgias, hasta declaró que se sometía a esa condición siempre que los legados no se hiciesen esperar mucho. —No tengo, por qué temer recusaciones de tu estómago, replicó Eumolpo; ya sé yo que si lo prometes lo cumplirás; tras una hora escasa de disgusto, recompensada con mucho oro, vienen las satisfacciones múltiples que, durante muchos años os proporcionará la riqueza. No hay más que cerrar los ojos para hacerse la ilusión de que no se come uno los hígados de un ser humano, sino un millón de sestercios. Añadid a esto, que ya encontraréis modo de sazonar bien mi cuerpo, pues no hay manjar que sin sazón despierte el apetito. La manera de prepararlos puede disfrazarlos hasta el punto de quitarles toda repugnancia. Para probaros la verdad de este aserto, puedo citaros el ejemplo de los saguntinos que, sitiados por Aníbal, se alimentaron muchos días con carne humana, sin la esperanza de una herencia cuantiosa. Los perusinos, reducidos a extrema necesidad, hicieron lo mismo y se comieron a varios de sus conciudadanos sin más objeto que el de no morirse de hambre. Cuando Escipión tomó a Numancia encontró varios niños a medio devorar en el seno de sus madres. En fin, como el disgusto que inspira la carne humana, proviene sólo de la imaginación, no dudo que haréis cuantos esfuerzos son posibles para evitar esa repugnancia, a fin de recoger los inmensos legados de que dispongo en favor vuestro.
Hablaba Eumolpo tan sin orden ni concierto, con un tono entre declamatorio y burlón, que nuestros presuntos herederos comenzaron a sospechar de la realidad de nuestras promesas. Desde entonces se dedicaron a espiar cautelosamente nuestras palabras y nuestras acciones, y el examen acrecentó sus sospechas, convenciéronse muy pronto de que éramos unos vagabundos y bribones. Entonces, los que más habían gastado para honrarnos, decidieron castigarnos según nuestros méritos. Felizmente, Crisis, que era partícipe de todas esas maquinaciones, me advirtió de las intenciones de los crotoniatas, y al saberlas, de tal modo me asusté, que decidirnos fugarnos con Giton y abandonar a Eumolpo a su infausta suerte. Al cabo de algunos días supe que, indignados los de Cretona de que aquel viejo astuto hubiese vivido tanto tiempo como un príncipe a sus expensas, decidieron matarlo según las costumbres de Marsella. Para que comprendáis esto, sabed que siempre que aquella ciudad se ve asolada por la peste, se sacrifica uno de sus habitantes por la salud de todos, con condición de ser, durante un año entero, mantenido y tratado a cuerpo de rey. Al terminarse el plazo, adornada la frente de verbena y con vestidos sagrados, se le hace dar la vuelta a toda la ciudad a fin de que lo escarnezcan todos sus habitantes, atrayendo sobre él las iras celestes descargadas sobre el vecindario y se le precipita de cabeza al mar desde lo alto de una roca[6]

FIN

  1. Desde el cap. IX y en todo el curso de la obra desígnase a Giton con el apelativo de frater (hermano) y en los últimos Circe pide a Encolpio que la tenga a su lado como soror (hermana). Traduciendo, no la palabra, sino el significado de la misma, he escrito: querido y querida respectivamente, por ser las voces que en nuestro idioma equivalen a aquéllas (N. del T.).
  2. El elébor o eléboro es una planta de propiedades medicinales. El blanco o Vedegambre tiene propiedades estornutatorias, y el negro purgantes. V. el D. de la Academia Española. (N. del T.).
  3. Matrona quaedam Ephesi... Este hermosísimo cuento, que ha sido el primer fragmento del Satiricón que se descubrió, ha sido explotado por muchos escritores, la mayoría franceses, quienes lo dieron como suyo. Algunos lo pusieron en verso, como Lafontaine, que hizo un poemita precioso con el asunto, y hasta lo llevaron a la escena con música y todo. Todos los críticos doctos celebran en gran manera la gracia, la frescura y la corrección de estilo de esta historia. (N. del T.)
  4. Petronio alude a La Farsalia de Lucano. (N del T.)
  5. En este poema de la guerra civil que Eumolpo declama, como se comprenderá perfectamente, Plutón pide irónicamente a la fortuna que salve a Roma; por ello le ruega que encienda la guerra en el Imperio. Este capítulo es, en mi concepto, uno de los más difíciles de traducir de todo el Satiricón. a cada instante el dios del Averno parece contradecirse, y hay versos en que parece desear con toda seriedad la salvación y la mayor grandeza posible de Roma. (N. del T.)
  6. La frase del capítulo XXV, a la cual da Quartilla un sentido pornográfico, es un refrán latino, cuya origen cuentan así: «Milon, de Crotona, tuvo necesidad de cargarse a la espalda un novillo recién nacido, para llevarlo de una parte a otra, distante varios estadios. Como repitiera luego la operación varias veces, concluyó por transportar al mismo animal, fácilmente y del mismo modo, ya convertido en toro.» (N. del T.)


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