San Sebastián, coso taurino : 01

Capítulo I

-«¡Che!» ¿«É» lindo mi «camote» verde?

Julito, riendo y matizando las palabras con dejo chulesco, asintió:

-¡Ha estado pero que «mu» bueno!

Mientras, Daniel Roncal, «el Gauchito», excitado por los aplausos, habíase aproximado al toro, e hincando la rodilla en tierra, ofrecía a la fiera el rojo trapo. Así, envuelto en las áureas reverberaciones del traje de matador -oro y grana-, el rostro un poco salvaje y otro poco pueril, de indio joven, iluminado por una sonrisa de inconsciencia suprema, tenía una gracia bárbara de héroe o semidiós azteca y una gran simpatía generada en su arrojo ante el peligro y en aquella petulante confianza en sí mismo, hecha de valor temerario y de ignorancia del riesgo.

El amplio circo refulgía en maravilloso incendio de sol. Comparada con las corridas madrileñas o sevillanas, la fiesta de toros en la Plaza nueva de San Sebastián es más cosmopolita, más elegante, más indiferente; uno de tantos espectáculos donde matar el tiempo, nota de color que intercalar en la monotonía de las excursiones en automóvil, de los concursos de «tennis» o tiro de pichón, de las regatas de balandros y, sobre todo, de los conciertos clásicos y de los terribles «caballitos». El público no es el concurso de aficionados que se entusiasma o protesta; es una reunión de gentes que buscan ocasiones de exhibirse, de hombres que se reponen de los descalabros del tapete verde sosteniendo queridas, de aventureras que van en busca del mirlo blanco, y de mujeres honradas que quieren robar sus amantes a las aventureras, gentes que pasan la vida en un perpetuo embarque con rumbo a Citerea.

Bajo los arábigos arcos de herradura que cierran los palcos, las pamelas dejaban caer sus enormes alas, agobiadas de rosas, de lilas y de orquídeas, sobre rostros de blancura artificial en que brillaban las pupilas garzas, negras o azules, cernidas de falsos libores, o erguíanse empenachadas de absurdas plumas sobre cabelleras pintadas de matices inverosímiles. Cuerpos de ondulosa elegancia moldeábanse bajo los encajes de los atavíos veraniegos, y cuellos de cisne, ceñidos de fabulosas perlas, se doblaban tronchados por las noches de insomnio. Todas las elegantes de Madrid y Biarritz atalayábanse en sus palcos; allí Lina Monreal, en el ocaso (noche cerrada, según la mayor de las Campanadas) de su belleza, flirteaba aún (¡!) con Jesús Valtierra, mientras María Montaraz, nostálgica tal vez de sus amores con «el Arrojadito», flechaba con los anteojos a Daniel, ignorante de tales avances. En el palco de al lado, Casimira Pereira, entregada al cosmopolitismo desde que Julito le había convencido de que el cosmopolitismo era cosa muy «chic», lució a Madame Ofir-Wan-Honnerdoff, una judía presidenta de no sé cuántas asociaciones católicas, esposa del famoso millonario Ofir. Era una estrafalaria que esculpía sus delgadeces, realmente esqueléticas, con los más costosos y extravagantes atavíos que pueden inventarse. Contábanse de ella historias fantásticas, unas verdaderas, otras no, y ponían en sus labios frases de un impudor cínico realmente admirable. Decíase, por ejemplo, que, sorprendida en Turquía por una de las matanzas de armenios, las turbas furiosas la habían violado, y que cuando, meses después, y ya de vuelta en París, preguntábale una amiga suya, entre grandes aspavientos de horror: «¿Y tú qué decías cuando esos bandidos te forzaban?», la dama, sonriendo enigmática y entre dos suspiros de añoranza, respondió: «¿Yo?... Pues... ¡bandidito mío !»

Dos palcos más allá, las de la Campanada reían y alborotaban, como siempre, sin importarles un ardite de las miradas furibundas con que pretendía anonadarles la condesa viuda de San Serenín, que, muy fea bajo aquella torta de cerezas que sobre sus pintados cabellos hacía las veces de sombrero, presidía el palco de niñas casaderas que Julito había bautizado el «Club de las solteras».

Rosaura, muy pálida, en la boca florentina una sonrisa de Gioconda y en los negros abismos de sus pupilas un ensueño, languidecía, como siempre, en su blanco atavío de novia muerta, mientras Paca, risueña, inquieta, turbulenta, fumaba cigarrillos de cuarenta y cinco y decía procacidades a Monsieur y Madame Bourgeois, un matrimonio que veraneaba en Biarritz. A la condesa de la Campanada aquel «menage dernier cri» no le encantaba. Su españolismo, plantado en los tiempos de Goya, repudiaba el cosmopolitismo imperante en la buena sociedad; pero aquellos señores vivían en el «Palais» de Biarritz; allí se comía a maravilla, y ante aquella y otras varias razones sentimentales-alimenticias, hacía de tripas corazón y transigía con la amistad de «las chicas». La pareja era por demás pintoresca. Ella semejaba con su cutis de nieve, sus ojos de cielo y sus cabellos de miel, una figurita de «biscuit». Estaba enamorada del «Bomba», pero no como suelen enamorarse las hembras de su tierra de los toreadores, con una pasión violenta, sedienta de emociones fuertes, sino con un amor romántico, lleno de melancolías y sentimentalismos. El marido sonreía bondadoso ante los desvaríos de su amada consorte y se consolaba de ellos con una lagartona que «hacía» las mesas del «Boulaut». Era un hombre amable, correctísimo, siempre impecable en su británica elegancia y su ramito en el ojal. Julito habíale bautizado don Corniflor.

Abajo el espectáculo era más pintoresco, más alegre, más bullanguero. En las gradas reclinábanse, como en los frescos de la Florida, la flor y nata de las bellas, recargada en sus jacareras personas; la elegancia de las damas de los palcos hasta los lindes de la caricatura, pero no de la bárbara y agresiva caricatura española, sino más bien de esos finos dibujos llenos de humorismo de las modernas revistas francesas. Y era de ver, bajo las abracadabrantes plumas de un Rembrant, el desgarro de la chulesca sonrisa -sangre y nieve- de Lolita Acuña, o en el impertinente alalí de interminable pluma verde, la castiza gracia de la Sevilla, o bajo la monería pueril de una pamela de encajes, la frágil y aniñada belleza de la Navarrita. Luego, a los pies de aquellas señoras, los caballeros hacinábanse en los tendidos en un confuso bullir de gentes de todas castas y países. Dominaban los señoritos con ternos veraniegos y sombreros de paja, y confundidos con ellos, algunos chulos y toreros con el clásico cordobés; luego venían los estirados ingleses, que se indignaban de la barbarie del espectáculo; los franceses de rubicundo rostro; los rusos, los alemanes, los griegos, y hasta algunos sacerdotes de allende el Pirineo, con sus baberos blancos y sus negros tricornios y por fin en una barrera muy parisiense, muy bonita, un poco artificiosa y otro poco afectada, la «Fornarina» aplaudía al «Bomba» con sus dedos enjoyados como los de bizantino icono.

Pero ni las damas de los palcos, ni las bellas de la grada, ni los ingleses y los rusos, ni aun siquiera los curas toreros, constituían el número sensacional de la tarde. La atracción, lo que robó desde un principio la atención del público, aquello que cautivaba todas las miradas, era la presencia en barrera de Eloísa Roldán de Cienfuegos.

Bajita, con una belleza admirable de criolla, el cutis moreno, los ojos negros, inmensos, tenebrosos, cobijados por largas pestañas de seda; los labios gruesos y rojos rasgados sobre el marfil de unos dientes perfectos, el pelo de azabache, corto y rizado, tenía en el goyesco atavío con que se vistiera para la fiesta un extraño encanto, algo como una excitación al deseo, aroma de sensualidad que turbaba a distancia. La mantilla de blonda blanca, sostenida apenas por la peineta de carey colocada al desgaire y por los rojos claveles reventones que resbalaban hasta apoyarse en su cuello, caía sobre la frente velando los fulgores de carbunclo de los ojos y tendiendo sobre el rostro entero una suave penumbra semiazulada que le daba esa rara transparencia de las figuras de cera, de que sólo escapaba, en estallido sangriento, la boca. Luego, los encajes resbalaban bordeando el duro y rebujado escote, que con la proximidad de las albas blondas dorábase aún más, ofreciendo su áureo fondo a las purpúreas flores que dormían sobre el pecho. El traje de liberti tabaco, con abalorios de oro y golpes de terciopelo rosa, ceñía su cuerpo de bien marcadas curvas, y completando la indumentaria, un poco pintoresca, resbalaba de uno de sus hombros, y desbordándose sobre la grada de piedra caía hasta el suelo, un soberbio mantón de Manila. Era como red de nardos y rosas, de geranios y jazmines; eran caireles de parra trenzados con almendros en flor, claveles que reventaban sangrientos entre la nieve de las azucenas; jardín de sol, parterre de ensueño donde nacían las flores que tejen las coronas triunfales de las epopeyas bárbaras de sangre y amor.

Eloísa Roldán de Cienfuegos era cubana. Según Julito Calabrés, había llegado a la metrópoli empaquetada en un cajón con un letrero que decía: «¡frágil!» Tenía un alma de niña y un desconocimiento absoluto del mundo. Su infancia y primera juventud transcurrieron, allá en el moderno paraíso, entre los bosquecillos de palmeras del «Ingenio» paterno. Huérfana desde muy niña, abandonada por su padre, que sólo pensaba en acrecentar sus millones en perpetua fiebre de especulaciones, habíase criado al cuidado de Niña Pancha, una mulata que fue su nodriza y que se miraba en ella. Un día había estallado la guerra, una cosa terrible que no sabía para qué era, ni de qué servía, pero que debía de ser algo muy malo que quemaba «Ingenios», asolaba campos y asesinaba hombres, y su padre la cogió y se la trajo a Europa. Al principio languideció de pena, y de nostalgia; en los grandes hoteles de París y Londres, mientras, acurrucada junto al fuego, tiritaba envuelta en costosas pieles, soñaba con las tardes del trópico cuando, semidesnuda, bajo las gasas de su traje, se adormecía al monótono sonsonete de las canciones que entonaban las negras, y era una sensación de lánguida dulzura, de bienestar infinito la que sentía. Pero pronto su juventud se sobrepuso; su alma salvaje tuvo como un deslumbramiento ante la magnificencia de las civilizaciones occidentales, y lanzose con entusiasmo en el ciego torbellino de la vida parisiense. Primero fueron las tiendas; los modistos, que resucitaban los fastuosos esplendores de Bizancio o las frívolas elegancias de la corte de Versalles; los joyeros, que imitaban los collares de los radjas de Oriente o fabricaban con prodigios de arte tiaras capaces de emular la de los viejos sátrapas; las sombrereras, que robaban a las aves sus plumajes y a la Naturaleza su secreto para fabricar las flores, y todos los días llegaban al hotel emisarios que traían fantásticas preseas para la cubanita. Después fue la literatura el refugio de los extraños deseos que torturaban su alma. Y leyó, leyó mucho, sin orden ni concierto; historias truculentas de robos y asesinatos, libros románticos, versos decadentes y novelas malsanas en que almas y cuerpos se torturan en inverosímiles aberraciones. Sué, Bécquer, Zorrilla, Espronceda, Pérez Escrich, Gastón Leroux, Rollinat, Moreas, Verlaine, Rodenbach, Poé, Oscar Wilde, Lorrain, Rachilde fueron pasando por sus manos o imprimiendo una huella en su espíritu, moldeable como la cera.

Después fue el arte; y corrió teatros, circos, «music-halls» y «cabarets», y un día, al volver de una representación de Sada Yacco y mirarse, ensayando una postura ante el espejo, creyó adivinar en sí una gran artista. Desde entonces acarició en su alma el ensueño de llegar y, por fin, un día confesó a su padre sus ilusiones. Él sonrió ante aquel nuevo capricho de la «niña», y en su residencia de los Campos Elíseos hizo construir un escenario donde, aleccionada por la gran Sara, Eloísa representaba ante amigos.

Después fue el amor el que la atrajo, y amó el amor por el amor, sin amar en el fondo a nadie, presa de extraña hiperestesia pasional. Y así, viviendo en una rara intensidad la vida, no sabía nada de la vida misma y veía las cosas como las cosas se ven en un teatro, entre bambalinas, con una luz especial, no diciendo cada personaje sino lo que debe decir, lo que la voz del apuntador le dicta, sin que jamás acertase a otear ni la más pequeña parte de la verdad.

Y de pronto sobrevino la catástrofe. Don José Ramón comenzó a preocuparse; su frente se ensombreció; súbitas ráfagas de ternura le llevaban a acariciar a su hija, y él, tan poco amigo de los mimos, la estrechaba largamente contra su pecho. Además, en contraste con su habitual reserva, comenzó a hablar de negocios ante Eloísa, que por primera vez en su vida oía barajar términos técnicos -«trust», obligaciones, alza y baja, dividendos-, y, por fin, comenzó a explicarse. Las cosas iban muy mal: la quiebra de un «trust» norteamericano le llevaba una buena parte de su fortuna; la baja de las obligaciones de no sé qué sociedad ponía en peligro el resto. Se decidió, y levantando la casa de París, embarcaron para América. Allí, la salud de don José Ramón, ya muy resentida por los disgustos y por una vida de perpetua lucha, acabó por desquiciarse, y un buen día murió casi repentinamente. Unos cuantos amigos, compadecidos de la huérfana, trataron de poner orden en los asuntos, y, por fin, después de dos años de perpetuo batallar, Eloísa embarcó para Europa con un centenar de miles de duros.

¡Estaba arruinada! Aquella fortunita, que en manos de una persona modesta era el bienestar, en las suyas significaba la miseria. Acostumbrada a la vida fastuosa y a no privarse de ningún capricho, con aquello no tenía ni para comenzar a vivir. Entonces se acordó del arte. ¿Por qué no había de ser una gran artista? Durante la travesía acabó de decidirse. Y en las noches azules, entre el mar y el cielo, en vez de meditar, soñó. Soñó que era una trágica portentosa que entre oro y aplausos recorría el mundo, y en ese mundo encontraba algo que hasta entonces no hallara nunca: amor.

Días después desembarcaba en el Havre como podía desembarcar un niño salvaje a quien la conquista del orbe se le antojase empresa fácil para sus flechas.

De pie ahora junto a Julito, que encantado en el fondo de hacer sensación aparentaba horrorizarse, Eloísa aplaudía exageradamente las proezas de «el Gauchito». Los ojos fulgurantes de entusiasmo, los labios entreabiertos, sonriente, estaba bella, con sana belleza hecha de amor y de entusiasmo.

Las negras pupilas del torero buscaban de vez en cuando las de la cubana, y a su vez sonreía con su fresca risa de salvaje.

Toque de banderillas.

«El Gauchito» cogió los palitroques, y yéndose al centro de la Plaza, citó al toro. Arrancó la bestia con ciego impulso, y el diestro, hurtando el cuerpo con rapidez y tendiendo los brazos, dejó un par al quiebro, elegantísimo. Aplausos. Volvió a coger los palos el torero y tornó a citar. Esta vez el monstruo, receloso, en vez de arrancar, escarbó la arena con la pata y luego quedó inmóvil; el muchacho acercose a él tres o cuatro pasos y tornó a retroceder; dió una patada en el suelo y alzó las banderillas en alto. Nada. Lentamente fue acercándose al toro, que, quieto, petrificado en medio del ruedo, parecía uno de esos viejos ídolos de bronce que se adoraron en remotos tiempos en los templos egipcios. El torero se acercó más aún; nada. Dio otro paso y, de pronto, la fiera arrancó de un bote formidable, y enganchando a su enemigo por la taleguilla, le arrojó en alto. En la Plaza sonó un alarido de horror; luego hízose un silencio expectante al ver alzarse al supuesto herido del suelo, y, por fin, brotó un clamoreo de entusiasmo al verle saludar sonriente, tranquilo, al público, y cogiendo de nuevo las banderillas, dirigirse a la bestia, que habíase vuelto al centro del ruedo. Eloísa, nerviosísima, perdido todo dominio de sí, reía, lloraba y aplaudía, en crisis de exaltación nerviosa.

-¿Has visto qué valiente? Como «el Gauchito»...

Calló de súbito; la sonrisa se apagó en sus labios, y sus ojos, como los de ciertas aves, que tiemblan ante el peligro, parpadearon rápidamente. Acababa de sentir una sensación opresora, la impresión de una mirada que buscaba su mirada, de unos ojos que pesaban sobre los suyos con extraña fuerza hipnótica. Pasado el primer impulso de miedo, buscó la causa de su turbación. Entre barreras había un hombre, y ese hombre la miraba fijamente. Debía de ser el mozo de estoques de «el Gauchito». Era un indio viejo, de rostro muy moreno, surcado de profundas arrugas, gruesos labios rojos y grasientos, y pelo espesísimo, crespo y plateado. Y en aquella cara vulgar, a que los labios daban expresión de bestial sensualidad, brillaban como antorchas dos ojos redondos, rojos; dos ojos circulares y sangrientos de alimaña feroz; dos ojos en acecho, fijos, fascinadores; dos ojos que lucían bajo las hirsutas cejas grises como los de un felino en las sombras de una caverna.

La cubana se había puesto muy pálida; sus dedos crispados se clavaban en el brazo de Julito, que atribuía tales nerviosidades al entusiasmo por el supuesto «camote», y tomaba buena nota para contarlo luego, hasta que ella murmuró, angustiada:

-¡Mira!

-¿Qué? -preguntó con extrañeza.

Eloísa, más tranquila al no sentirse sola en medio de la multitud, y distraída de la extraña fascinación por las palabras cambiadas con su amigo, murmuró:

-Ese hombre.

Julito rió, guasón:

-¡Ya! Un adorador.

-¡Los ojos! -musitó ella temerosa, sintiéndose nuevamente presa del extraño maleficio.

Calabrés, curioso de todo lo raro, de todo lo que rompía la monotonía de los hechos y las ideas, de cuanto salíase de los límites de lo corriente, comenzó a prestar atención, intrigado por el pánico de su amiga, pánico que él calificó como el terror que anuncia a las palomas la llegada del gavilán.

-Es verdad -habló al fin-; ese hombre tiene ojos de felino, ojos de tigre; deben de relucirle de noche -y añadió riendo-. Te mira como a una presa; parece que quiere saltar sobre ti -y como la viese estremecida, próxima a desmayarse, cambió el rumbo de sus palabras-. Debe ser un indio, un nieto de los Incas, el último rebelde que, refugiado en los bosques vírgenes, y acostumbrado a luchar con bestias feroces, a comer carne cruda y a dormir en los árboles, no siente la civilización europea; tal vez es un fascinador de serpientes. Debe ver la presa a kilómetros de distancia, oír el más ligero ruido en la noche y sentir trepidar el suelo al paso de las panteras. Además, debe saber de hechizos y leer en los intestinos de las bestias. Quizá...

Como la viese cada vez más pálida se interrumpió:

-¿Pero de veras lo tomas en serio y te da miedo?

Contestó con otra interrogación:

-¿Pero has visto cómo mira?

-¡Bah! -bromeó el otro-. No hagas caso. Se habrá enamorado de ti.

Y para distraerla añadió:

-Mira, ahí viene tu pasión.

Era cierto. Entre las salvas de aplausos que saludaron su magistral faena con las banderillas, «el Gauchito» había cogido los trastos de matar, y con ellos en la mano se dirigía al sitio ocupado por Eloísa. Al fin llegó ante ella, y descubriéndose le brindó el toro:

-Brindo por las mujeres bonitas, por la nobleza y por la afición. -Y girando rápido, tiró la montera y lentamente encaminose al bruto. Eloísa se había incorporado. El corazón le azotaba el pecho hasta hacerle daño y sentía una honda corriente de simpatía ligarle a aquel niño que, como ella misma, nada sabía del vivir. Mientras la cubana seguía sus pasos anhelante, el matador se había acercado al toro y comenzado su faena.

El bicho, demasiado castigado en la suerte de puyas, había llegado receloso al último tercio. Por más que su enemigo trataba de alegrarle con la muleta, contentábase con escarbar la arena, sin arrancarse a embestir. Por fin, cuando el torero menos lo esperaba, dio súbita arrancada y, derribándole, alejose de aquel sitio. «Gauchito» alzose del suelo magullado y de mal talante, desconfiado ya, inquieto, y con presentimientos de un percance empezó a pasar de muleta bailando más de lo debido, y apenas vio cuadrado al toro entró a matar de lejos, dejando una estocada atravesada.

El público comenzó a protestar: ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Para eso pagaban ellos sus localidades, para que el indio aquel salvase el pellejo con una faena de novillero de feria! ¡Para eso alternaba con «Bombita» y «Machaquito» ! Y con la grosería colectiva de las multitudes comenzaron a chillar, unos furiosos, otros burlones, los más por el gusto de armar ruido.

Daniel palideció. ¡Maldita suerte! Aquello era el fracaso, el fracaso definitivo. Todas las gentes que le detestaban, que envidiosos de su valor, de su habilidad y su fortuna habían hecho los imposibles para hundirle, los que afirmaban que su encumbramiento era debido a la casualidad, los que esperaban con impaciencia la revancha, los mismos compañeros que a los odios profesionales unían un mal encubierto desdén por su nacionalidad, por su origen salvaje, harían de él leña. Sentía ganas de llorar ante aquel imprevisto desmoronamiento de sus ilusiones. Sin embargo, con un esfuerzo sobre sí mismo, se repuso y, ciego de coraje, se encaminó al toro, decidido a jugarse la vida, a vencer o morir en el empeño.

Acercóse, pues, al bicho decidido, entre la rechifla del público, y citole; arrancó el toro y pasó, llevándose en un pitón un alamar de la taleguilla; retrocedió la bestia y tornó luego a embestir con más furor; «el Gauchito» limitose a doblar un poco el cuerpo sin mover los pies del suelo. Hízose un silencio; el público, en expectación, comenzaba a dejarse dominar por el valor del diestro que, cada vez más dueño de sí y adivinando un triunfo próximo, hacía prodigios de arrojo. Dio un pase muy ceñido, después otro, otro aún y, apenas juntó el toro las patas, acostose sobre el morrillo en una estocada hasta la cruz.

El público en masa se había puesto de pie y aplaudía furiosamente al torero, como si quisiese indemnizarle de sus pasados desvíos, y el héroe, olvidado ya de los pretéritos sinsabores, dirigiose a la presidencia y luego ante la barrera ocupada por Eloísa. A su paso caían cigarros, sombreros, flores y hasta prendas de vestir en un loco desbordamiento de entusiasmo.

La Roldán, arrebatada en el común torbellino, aplaudía frenéticamente, sin preocuparse de la expectación que tales fervores despertaban. Al fin, «el Gauchito» llegó ante ella y sonriente saludó; entonces la americana, puesta de pie, llevose la mano a la boca y echó un beso con la punta de los dedos a su adorador. Oyéronse algunos «olés» irónicos y algunos aplausos de chunga. Las damas de los palcos intentaron ruborizarse ante la desfachatez de aquella grandísima loca, aunque en honor de la verdad precisa confesar que no lo consiguieron. Eloísa, sin hacer maldito el caso de tales aspavientos, seguía aplaudiendo. De súbito quedó inmóvil, las manos en alto; apagose la sonrisa en sus labios y sus ojos reflejaron un gran terror; con voz queda murmuró al oído de Julito:

-¡Esos ojos! ¡Esos ojos!