Recuerdos de la campaña de África: 11

Capítulo X
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Recuerdos de la campaña de África Gaspar Núñez de Arce


Desde lo alto de la Alcazaba observamos allá a lo lejos en dirección al Fondah, una larga caravana de fugitivos que no habían querido permanecer en Tetuán, y que iban como en peregrinación a buscar un refugio en los escabrosos montes o en las ciudades vecinas. Para desordenarlos, disparáronse contra ellos las mismas piezas de artillería que días antes habían apuntado contra nuestras huestes, y en efecto, vímoslos alejarse en dispersión, abandonando en el camino la mayor parte del botín que habían recogido en la ciudad durante las tremendas horas del saqueo. Afortunadamente para aquellos bandidos, fue preciso suspender el fuego, porque el edificio, tan caduco y carcomido como la civilización del Corán, se resentía y agrietaba, amenazando ruina. A esta circunstancia debieron su salvación, que de otra manera hubiera sido imposible, o por lo menos, muy dudosa.

La primera disposición del general Ríos, apenas ocupó la ciudad, fue la de nombrar una especie de ayuntamiento escogido entre los moros y hebreos que no habían abandonado la población; componíanle el celebrado Hache er-Abeir, alcalde; Merod Ben-Sacar y Yudah Abecasis, encargados de dar a conocer las calles y edificios públicos más importantes; Yudah-Abendoshan, del aseo de la ciudad, que bien lo necesitaba; Menahem Aluf y Yahia Andoy, de recoger los cadáveres judíos y darles sepultura; Hemarty-el-Berdhy de la misma comisión con respecto a los cadáveres moros; Mosé Abeis, Mosé Benymes e Isahac Abecasis, del alumbrado. Estos funcionarios entraron inmediatamente en el ejercicio de sus funciones municipales, bajo la dirección del gobernador de la Plaza para cuyo cargo fue nombrado el coronel del regimiento de Iberia.

En Tetuán pude ver con espanto los dolorosos resultados de la opresión, del despotismo y de la iniquidad de los fuertes. Allí en la desgraciada raza judaica, tan abyecta, tan humilde, tan postrada; pero en cuya fisonomía se observan todavía las huellas de un gran pueblo, puede estudiar las consecuencias de la humillación que la veja, del poder que la oprime y de la maldición que la aísla, haciéndola falsa, baja, desconfiada, cobarde, interesada, falaz y codiciosa; y en la población mahometana, tan atrasada, tan ignorante, tan bárbara, los efectos de una autoridad sin límites, que nada respeta ni a nada atiende; que busca sólo su propio engrandecimiento; que no conoce hombres ni ciudadanos, sino esclavos, víctimas y parias. Todo en Tetuán se resiente del sello que han impreso en ella la servidumbre y la tiranía; las casas, aun cuando sean magníficas por dentro, ofrecen exteriormente un aspecto mezquino y hasta inmundo; porque es menester ocultar la fuerza y la riqueza al emperador que acecha con avarientos ojos, con los ojos de sus rapaces consejeros, ¿dónde está el presagio, dónde la grandeza, dónde el oro? Las calles, como he dicho, son estrechas, tortuosas y oscuras, exacta imagen del recelo que sobrecoge a estos desdichados hijos de Mahoma; que ven en cuantos les rodean, o un espía, o un ladrón, o un verdugo. Las puertas interiores de las casas, son anchas y espaciosas; las que comunican con la vía pública, reducidas, fuertes y tenebrosas como boca de caverna. Sólo el barrio de los judíos tiene las calles rectas y casi tiradas a cordel, lo cual es una prueba, más de la desconfianza que roe el alma de los musulmanes, pues quieren tener sin defensa alguna a la pobre y desgraciada raza de que son cruel y vergonzoso azote.

La ciudad era un montón de basura; tenia, como decía con mucha gracia el alcalde moro, una contra de trescientos años. Empleáronse los primeros días de la ocupación en limpiarla, reconocer todas las posiciones, y alojar las tropas que debían de quedar de guarnición en Tetuán. Bautizáronse con nombres españoles las siete puertas de la ciudad; el Fédah o plaza principal de la población, recibió el nombre de Plaza de España; diose a cada calle, para que los soldados no se perdieran tan fácilmente en aquel laberinto de callejones y pasadizos, la denominación de un cuerpo de los que tomaban parte en la contienda; comenzose a habilitar una iglesia y adaptáronse, en fin, cuantas providencias se creyeron conducentes al aseo y conservación de la plaza conquistada. Yo, en alas de mi curiosidad, me dediqué sólo a investigar y recorrer el pueblo, que tenía para mí un encanto desconocido, y a hacer observaciones sobre las costumbres tradicionales de dos razas tan íntimamente unidas a la nuestra como las que viven en Tetuán: ambas descienden de los judíos y moriscos expulsos de España; ambas conservan todavía grandes recuerdos de su antigua patria, y llevan apellidos que en vano querrán ocultar su origen. En Tetuán hay una multitud de familias moras que se llaman Vargas, Fernández, Garcías, Barradas y Bohorques, así como entre los hebreos que hablan el castellano anticuado en sus giros y corrompido con algunas locuciones árabes, no faltan Sotos, Enríquez, Alvaredas y Gómez. No podría fácilmente expresar el efecto que produjo en mí la vista de estos desgraciados hijos de Abraham, que al cabo de más de trescientos años de destierro, todavía guardan con religioso respeto el idioma, que hablaron sus padres en los fértiles llanos de Castilla, y en los escabrosos montes de Aragón. ¡Cuánta fuerza de resistencia se necesita para cruzar a través de los siglos y de las generaciones sin perder ni el carácter, ni el lenguaje, ni la tradición, ni el recuerdo de la patria perdida! La raza hebrea que vegeta en las costas africanas, es una especie de río español que ha cruzado el Estrecho sin confundir sus aguas con las del mar, y cuyas ondas repiten todavía el murmullo de los bosques donde han nacido, y esparcen aún el perfume de las primeras flores que han regado.

Yo habité en Tetuán en el barrio de los moros, en una casi saqueada antes de nuestra entrada por los moros o judíos, porque este punto será siempre dudoso. Grandes patios embaldosados con menudos azulejos; largas y estrechas habitaciones mal ventiladas, llenas de espejos de labrados marcos, rotos por la barbarie de los bandidos que la asaltaron, muchos arcos de herradura, los de los cuartos o salones, acanalados, mesitas, arcones, baúles descerrajados y destruídos, tales eran los accidentes del cuadro que presentaba mi vivienda y que ofrecían, sobre poco más o menos, todas las casas de Tetuán.

En mis excursiones por la Plaza, procuré en vano penetrar en una Mezquita. Respetando como era debido el sentimiento religioso de los moros, el general en jefe había prohibido la entrada en los templos mahometanos a todos cuantos no profesasen la ley del Profeta y practicarán su culto. Hizo bien, porque nada más digno de consideración que la fe de los pueblos y el santuario de la conciencia; y aun cuando la determinación suya me privó del gusto de conocer los ritos de los creyentes, no cesaré de aplaudirla, porque debió revelar a los ojos de Europa que no veíamos aún como en pasados tiempos a arrancar la creencia de ningún corazón con la punta de la espada.

Por fuera, la apariencia de las mezquitas está muy lejos de ser suntuosa. Una puerta de madera más o menos alta; unas paredes blanqueadas; un minarete cuadrado, esbelto, pero indudablemente no tan majestuoso como las torres de algunas de nuestras aldeas; unos cuantos devotos que con un rosario de gruesas cuentas en la mano, se pasan largas horas en honda meditación acurrucados en el umbral del templo: he aquí el carácter que ofrece una mezquita para los profanos que no pueden penetrar en su misterioso recinto. Cinco veces al día el muezzin encargado de la conservación de la chuma, sube a lo alto del minarete para congregar a los fieles a la oración; al rayar el alba, a la salida del sol, al medio día, a la caída de la tarde, y en ese momento solemne y religioso para todos los pueblos en que la sombra de la noche se extiende por el espacio, llenando nuestro corazón de inefable melancolía. Entonces desde lo alto de la torre, volviendo la cara al Oriente hacia el sitio donde está la Meca, y parándose en los cuatro ángulos del minarete, rompe el aire con una voz grave y monótona que proclama al buen muslim la grandeza de Dios y las excelencias del Profeta. Nada más fantástico que ver en los últimos instantes del crepúsculo vespertino la extraña figura del muezzin dibujándose caprichosamente en el espacio, tibiamente alumbrado todavía con los postreros resplandores de la luz moribunda. Tiene algo de patética esta escena que recuerda al corazón español y cristiano el toque de la campana al Ave María, en esa hora en que todo es vago e indefinible, luz y sombra, memorias y pensamientos, y que, según Byron, se consagra a la invocación en lo interior del alma de todo cuanto hemos querido y perdido en el mundo.

Yo presencié este espectáculo desde un terrado vecino a la mezquita o chuma principal. ¡Qué cuadro tan magnífico! Negras y encapotadas nubes coronaban las nevadas y peñascosas cumbres del pequeño Atlas, envolviendo aquella empinada y majestuosa cordillera en la oscuridad tan salvaje como la naturaleza misma en que dominaba. Ningún pintor hubiera podido trasladar al lienzo los grandiosos efectos de aquel paisaje, que hubiera podido servir dignamente de ancho y terrorífico escenario a un sábado de brujas y espíritus malignos. La voz del muezzin en esta hora, parecía una imprecación, o más bien, la voz del genio impuro que congregaba para la nocturna y sacrílega ceremonia a los réprobos y a los malditos.

Entre las mezquitas que más crédito gozan en la ciudad, había una, no lejos de mi casa, que miran los moros con mucha veneración y respeto; la de Sidi-Said, santón de antigua y no interrumpida fama en Tetuán.

Cuéntase que en lucha con los cristianos, un moro natural de este pueblo, había sido hecho cautivo. Su anciana madre le esperó un año, otro y otro inútilmente; el prisionero no volvía. Cansada de esperar y de llorar -si una madre puede cansarse de esperar y llorar a su hijo, -acudió un día a la mezquita y allí pidió fervorosamente a Dios el regreso del desdichado que gemía entre las cadenas, ausente de su amor y de su patria. Dios, según la leyenda marroquí, no se mantuvo sordo a sus ruegos; y cuando la afligida madre salió de la chuma se encontró en el umbral de la puerta sentado al hijo de sus entrañas con los grillos puestos todavía: ¡había milagrosamente quebrantado los hierros de su mazmorra y llegando allí en la blanca yegua del Profeta! En acción de gracias colgáronse los grillos del cautivo rescatado en la parte interior de la mezquita, y desde entonces ha venido acrecentándose hasta el día la devoción de los habitantes de Tetuán hacia el santón Sidi-Said, cuyo sepulcro, cubierto con un paño encarnado, se alza e en medio del templo.

Esta es la historia que oí referir y que cuento tal como ha llegado a mi noticia.

Para entender el tiempo, pasaba yo algunas horas del día sobre el terrado de la casa en que había fijado mi residencia: Tetuán parece desde allí como sujeta a las últimas cumbres que a un lado y otro se elevan; diríase que era una paloma entre las fauces de una serpiente. Prolongase a sus pies la vega por donde habíamos ido, hasta perderse en el horizonte que a su vez se confunde en lontananza con el mar, envuelto entre húmedas brumas. El río, serpenteando por el valle, aparece y desaparece alternativamente, iluminado por los vívidos rayos del astro del día, que arranca, permítase la expresión, de las tranquilas ondas chispas de plata y fuego. A ambos lados de la ciudad, a la caída de las cumbres que la estrechan, divísanse infinitas casas de campo, perdidas entre el espeso follaje, casi todas en mal estado de conservación; pero que desde lejos atraen vigorosamente la vista, la imaginación y el deseo.

Éstos eran los términos más remotos del cuadro que desde mi azotea se admiraba. Antes de llegar a ellos, espaciábase la vista en un interminable laberinto de terrados, grandes y pequeños, altos y bajos, enlazados entre sí sin que se sepa cómo, e interrumpidos de vez en cuando por una calle o por un minarete, en que los adornos de azulejos, reemplazan a los calados de nuestras catedrales. En medio de todas las azoteas hay abierto un cuadrado que corresponde al patio de la casa, en unas resguardado con pretil, y en otras sin nada que defienda de una caída peligrosa, como no sea el débil enverjado de hierro, que sirve en el verano para sostener los toldos. Una mezquina puerta sin pintar ni pulir, situada en un extremo del terrado, pone a éste en comunicación con el resto de la casa, cuyo interior ligeramente he descrito en uno de los anteriores párrafos.

En la mayor parte de las azoteas hay un rincón con tiestos rotos y desportillados, donde crecen la luisa, la mejorana y en algunos la pudorosa violeta, a que se muestran muy aficionados los hijos de Mahoma.

La familia gatuna poblaba casi exclusivamente estas alturas. Por todas partes corrían y saltaban animales de la especie felina, de distintos tamaños y colores que se entretenían en tomar tranquilamente el sol como sus amos la sombra acurrucados en los huecos de las puertas.

Algunos militares curiosos o desocupados andaban también, por las azoteas con el deseo de columbrar de vez en cuando a alguna mora, y de romper, aunque sólo fuese a medias, el misterio en que las mujeres musulmanas viven.

En efecto, más o menos tarde veían satisfecho su deseo. La puerta de un terrado se abría y asomaba una cabeza indefinible, cubierta con una espesa tela blanca, azul o rosa. La cabeza miraba a todas partes con recelosa inquietud, y cuando quedaba satisfecha, parecía como que daba permiso al cuerpo de que era espía, para que a saliese y luciera. Después, en cumplimiento de esta autorización, mostrábase en el terrado una estrambótica figura, que así podía ser de hombre como de mujer. Llevaba generalmente los pies calzados con unas babuchas, la pierna desnuda hasta la rodilla donde terminaban unos pantaloncillos, no precisamente de seda y oro, como se lee en los cuentos orientales, sino de basto percal o grosera lana. Un justillo de manga corta sujetábala el talle; una larga y estrecha camiseta desairada y tosca, cubríala desde los hombros a las rodillas, y desde la cabeza al nacimiento del seno una mantilla o rebocillo con el cual se ocultaba casi enteramente el rostro. ¿Quién era? ¿Era hermosa? ¿Era fea? Esta rara figura recorría cautelosamente la azotea, mirando a todos lados; subía o bajaba gateando de un terrado a otro, colgaba o descolgaba la ropa, y cuando había concluido su faena se asomaba al cuadrado de un patio vecino y arrancaba del pecho una palabra áspera, dura y rajante. Si era desagradable en los labios de una mujer ¿cómo sería en los de un hombre? Otra voz femenina contestaba a la suya desde abajo; la conversación se animaba -porque hasta en Marruecos la mujer es habladora,- y poco a poco, preocupada con lo que hablaba u oía, descuidaba el rebocillo; primero caía de un lado, después del otro y por fin el misterio se rompía. ¡El sol brillaba sin nubes!

El curioso acechaba con ansiedad este instante. ¡Dichoso él sino le amargaba el desengaño; si el rostro que aparecía no era el de alguna vieja desdentada, desgreñada y sucia que se vengaba, descubriéndose, de los cristianos! Esto sucedía no pocas veces; pero otras resplandecía una cara risueña y alegre, de nariz fina y sonrosados labios, pálida, con esa palidez que engendra la falta del sol y del aire. Otras era una monstruosa negra, de boca disforme y nariz achatada, que podría servir de remedio contra todas las tentaciones del mundo.

Pero ¡cuán poderosa es la fuerza de la costumbre! Ella hace suaves y poco costosas las leyes más tiránicas y brutales. Apenas se apercibían de que las miraban, vieja asquerosa, joven agraciada, o negra inmunda, huían, lanzando un grito como el que se escapa del pecho de una europea a la vista de un ratón, a ocultarse en lugar seguro; si podían dentro de la casa o sino detrás del antepecho de la azotea, donde se arreglaban el caído rebocillo para poder desafiar impunemente las ávidas miradas del perro cristalino.

No hay, sin embargo, regla sin excepción, y quien hace la ley hace los infractores. De vez en cuando se encontraba alguna mora que no se escondía y que, con más o menos atrevimiento, fijaba sus ojos en los imprudentes observadores. Noté entonces que las que esto hacían eran bonitas. ¿No podían además estar celosas?

¡La hermosura y los celos pueden tanto en el corazón femenino!

Cuando más embebido estaba uno en la contemplación de los gatos que saltaban, de las mujeres que huían y de los chicos que jugaban en el terrado, la voz del muezzin, que sin ser sonora y fuerte, se extiende y dilata por el espacio, como la luz y el aire, llamaba la atención hacia otro punto. Izábase en los minaretes un pendón blanco que flotaba mientras el muezzin entonaba su plegaria; después él y la bandera desaparecían y todo quedaba en silencio.


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