Recuerdos de la campaña de África: 07

Capítulo VI
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Recuerdos de la campaña de África Gaspar Núñez de Arce


Como estaba de antemano dispuesto, al amanecer del día 1º de enero el ejército expedicionario, a excepción del cuerpo de vanguardia que quedó guarneciendo los fuertes con el general Echagüe a la cabeza, emprendió la marcha en dirección a Tetuán por el camino abierto hacia los Castillejos. Salió primero la división mandada por el conde de Reus, siguió el segundo cuerpo a las órdenes del conde de Paredes con el cuartel general, y cerró la retaguardia el tercer cuerpo, a cuyo frente iba el general Ros de Olano, conde de la Almina.

Antes de llegar el general Prim al sitio que se le había designado para hacer alto y acampar, encontró las alturas inmediatas a los Castillejos pobladas de moros que se lanzaron furiosamente contra nuestras tropas en recia sacudida. La escasa división de reserva no sólo resistió sola este primer ataque, sino que animada de belicoso entusiasmo tomó una por una a los marroquíes todas las posiciones que todas las posiciones ocupaban, luchando con un arrojo, con un encarnizamiento imposibles de describir. Desde las ocho a las dos estuvieron las fuerzas dirigidas por el general Prim combatiendo denodadamente contra una muchedumbre de moros que cada vez iba en aumento, como si surgieran de la tierra por entre las cañadas y por las cumbres de los cerros. A eso de las dos y cuarto, la posición del conde de Reus era tan crítica, casi envuelto por el número de sus enemigos, que pidió refuerzos con toda premura, viniendo en su auxilio el regimiento de Córdoba, del segundo cuerpo, cuyos soldados, dispuestos para la marcha, llegaron rendidos con el peso de la mochila, en la cual, además de las prendas de su equipo, llevaban raciones para siete días.

El general Prim dispuso que dejasen este estorbo en un mogote seco y pelado situado a retaguardia del campo de batalla y que sobresalía entre todos los que le rodeaban, llenos de áspera y robusta vegetación, por su esterilidad inexplicable. Diríase que estaba creado de antemano por la naturaleza para teatro de un gran acontecimiento.

Ya desembarazados de la mochila, siguiendo valerosamente a su general, nuestros soldados se lanzaron decididamente contra las huestes marroquíes, cada vez más osadas y emprendedoras; pero a pesar del empeño de nuestra gente, los moros, fuertes por su número, no cejaron un paso, antes bien se precipitaron como una nube sobre los batallones españoles, fatigados de la larga duración de un combate desigual y mermados considerablemente por las pérdidas que habían sufrido.

La resistencia fue tan enérgica y vigorosa, que nuestras tropas se vieron obligadas a retirarse de casi todas las posiciones que habían ocupado. La morisma caía sobre nosotros con la violencia y el estrépito de una avalancha que rueda de lo alto de las cumbres al fondo de los valles, y era tal su frenesí que ni a pedradas pudieron contener nuestras guerrillas su ímpetu siempre creciente. El general Prim a duras penas podía sostenerse en la primera posición que había conquistado y desde la cual, si la hubiera perdido, las turbas mahometanas habrían destruido sin remedio su cuerpo de ejército, ya bastante quebrantado; como que la posición disputada era un cerro que dominaba todos los inmediatos hasta la playa. La situación no podía ser más grave; pero hubo un incidente que la hizo más conmovedora.

Un regimiento, el de Córdoba, tenía empeñada su honra en esta empresa; su honra que era la del ejército, la de la nación entera. Los moros en su irresistible acometida llegaron hasta el mogote o cerrillo en que el regimiento indicado había dejado las mochilas. Dos veces nuestras tropas animadas por la desesperación, le reconquistaron y las dos volvieron a perderle, acorraladas por el número cada vez mayor de sus contrarios. En tan solemne momento, el conde de Reus arenga a los soldados; pero éstos vacilan. Sólo un rasgo de heroísmo podía evitar a nuestras armas la ignominia de una derrota, y el general no duda un solo momento. Arranca la bandera de Córdoba de manos del oficial que la conducía, y, volviéndose a los soldados, exclama con voz enronquecida por la fatiga y el coraje: -«En esas mochilas está vuestro honor, venid a recobrarlo; sino yo voy a morir entre nuestros enemigos y a dejar en su poder para mayor vergüenza vuestra, la bandera que tantas veces os ha guiado a la victoria.» -Y esto diciendo, pica espuela a su caballo y se mete denodadamente, tremolando la bandera, por medio de las filas marroquíes y detrás de él al grito de ¡viva la Reina! las tropas entusiasmadas, ciegas, dispuestas a morir con su general o a vencer. El espectáculo que entonces ofrecía el campo, no se explica, se siente y se admira; los más valientes, los que primero habían acudido al llamamiento del conde de Reus, cayeron acribillados de heridas; la bandera estaba agujereada por mil partes; el caballo del general herido. Aquello era la boca del infierno; las balas silbaban a millares en un reducido espacio, y rodaban en todas direcciones moros y cristianos revueltos y confundidos. La lucha se trabó cuerpo a cuerpo, hasta que después de una resistencia vigorosa, heroica, los marroquíes tuvieron que abandonar el campo, y el regimiento de Córdoba rescató con sus mochilas su bandera, que es ya un monumento histórico, un título de gloria para los que la salvaron.

No contribuyó poco a este resultado la aparición repentina del bizarro general Zabala con algunos batallones de su mando. Con el valor imperturbable de que tantas pruebas ha dado en las difíciles y peligrosas ocasiones de su brillante vida militar, avanzó a caballo hasta los puntos más comprometidos, donde permaneció con la mayor indiferencia en medio de una lluvia de balas, sin querer resguardarse del fuego enemigo. Él era, acompañado de sus ayudantes que no se apartaban de su lado ni un solo momento, la única figura que se destacaba en aquel campo de exterminio y muerte, donde los soldados para no presentar blanco estaban sentados y escondidos tras de los árboles. De milagrosa puede calificarse la circunstancia de que no le hirieran, mucho más, cuando a su lado cayeron el coronel Guerra, gobernador de su Cuartel General, el teniente coronel García Tassara y el capitán de caballería D. Ramón Zabala, sobrino del conde de Paredes. El Cuartel General del segundo cuerpo que en la notable jornada del día 9 de diciembre había tenido cuatro bajas, quedó reducido con la pérdida del día 1.º de enero, a su más mínima expresión; y bien puede decirse que los oficiales pertenecientes a él que salieron ilesos, se salvaron del naufragio en una tabla, pues las balas menudeaban como no es posible formarse idea, y el combate fue tan empeñado en algunos puntos, que apenas habría veinticinco pasos entre las tropas españolas, y las marroquíes, nunca tan resueltas y atrevidas.

Mientras que los generales Prim y Zabala reconquistaban tan animosamente las posiciones antes perdidas, los húsares de la Princesa daban una carga brillantísima, y arrastrados por su valor, penetraban violentamente, sufriendo un horroroso fuego, hasta el mismo campamento enemigo. Allí los moros, resguardados detrás de sus tiendas, causaron en las filas de nuestra caballería pérdidas de consideración; entre otras, la de dos jefes que la mandaban, ambos heridos, y la de un joven oficial muerto el mismo día que cumplía años y entraba por primera vez en acción. Entonces fue cuando el cabo Mur arrancó con la vida a un alfaquí la bandera amarilla que en los días anteriores había hondeado al frente de nuestros contrarios.

Nuestras pérdidas, en la gloriosa batalla de los Castillejos, pasaron de mil hombres muertos y heridos. El general en jefe, cuando todavía el fuego era vivísimo, se adelantó hasta las primeras guerrillas de la reserva, convertida este día en vanguardia, con la espada en la mano, infundiendo nuevo aliento a los soldados. Avanzó tanto, que el general Prim se creyó en la obligación de detenerle en su camino diciéndole amistosamente, pero con tono resuelto: -Mi general: aquí mando yo y no le permito a V. pasar adelante. El duque de Tetuán comprendió la razón que asistía al conde de Reus para estorbarle el paso, y aunque de mala gana, se retiró no lejos del peligro; pero sí a donde no pudiera tan fácilmente alcanzarle una bala y comprometer con una catástrofe la suerte del ejército.

En esta jornada hicimos bastantes prisioneros, siendo el más importante y el más extraño de todos, uno a quien llamaban sus compañeros alcaide de Larache. Era de fisonomía inteligente y viva; su cabeza medusina, cubierta de asquerosos y enredados cabellos, producía un efecto difícil de expresar, una singularísima mezcla de admiración y espanto. Contaría escasamente treinta años; era moreno, de facciones regulares, de ojos ardientes y mirada altanera; alto, enjuto y vigoroso. Había, sin embargo, en aquel rostro, casi hermoso, un sello de ferocidad que repelía; una sombra moral, por decirlo así, que destruía en mucha parte la simpatía que su desgracia inspiraba. Mostrábase poco resignado con su suerte, y pasaba los días rezando o riñendo con una exaltación fanática, a los demás marroquíes prisioneros, heridos también.

El que lo estaba más levemente era un moro de rey, capitán, según decía, de cien caballos. No desaprovechaba ocasión en que manifestarse agradecido, y alargaba la mano con sumisión y respeto a cuantos le visitaban, entablando con ellos por medio de una mímica expresiva y continuada, diálogos animados y curiosos.

Un soldado de la fuerza que los custodiaba, compadecido de él le colgó al cuello un escapulario de la virgen del Carmen para que, por la santa intercesión de María, le libertase Dios de todo riesgo y abriera a la luz de la fe los ojos y la inteligencia del infiel; rasgo de caridad sencillo, pero nacido del corazón, que me hizo recordar aquel verso de un notabilísimo drama español:

-¡Lástima que este moro no se salve!-

Terminada la acción, cuyas consecuencias fueron incalculables, nuestras tropas acamparon en los mismos sitios con que tanto encarnizamiento nos habían disputado los marroquíes: la división Prim, más allá de la Casa de Morabito, rústico albergue de un santón retirado del mundo, situado sobre un cerro no muy distante de aquel en que fue más reñida la batalla; el Cuartel General en el Cerro de la Condesa, cuyo nombre ignoro qué origen tendrá, y cubriendo la retaguardia, el tercer cuerpo de ejército.

A la mañana siguiente se supo con dolor en nuestro campo, que el general Zabala, cuyo heroico comportamiento en la batalla del día anterior había sido tan justamente encomiado, había amanecido con una pierna completamente baldada. La enfermedad, menos piadosa que las balas, salió a detenerle en el camino de su gloria. El conde de Perales, con una desesperación tan grande que hacía más vivo el sentimiento de cuantos le conocían, no sin haber hecho antes pruebas repetidas para ver si podía sostenerse en pie, tuvo que volver a Ceuta, víctima de los más acerbados dolores, así morales como físicos, y en aquella ciudad estuvo algunos días, consumido por la impaciencia y contando con ira las horas que pasaba lejos de sus soldados de quienes era tan respetado y querido.

Verdad es que para un hombre de su temple, este estado era en efecto terrible. El ejército se encontraba en un momento apurado y peligroso. Cuando las comunicaciones por tierra se habían interrumpido y sólo podía esperar socorro y víveres por el mar, una furiosa tempestad vino a desvanecer sus esperanzas. Los buques que estaban en la ensenada de Cabo-Negro tuvieron que largarse a toda fuerza de vapor y vela, marchándose unos a Puente-Mayorga y otros a la bahía de Ceuta. Cuatro días estuvo el ejército incomunicado, sin que la borrasca calmase. En este tiempo los víveres empezaron a escasear; la raciones que los soldados habían llevado para el camino estaban agotadas, y mesa de general hubo donde el último día de la tormenta, se comieron sólo, en vez de pan, algunas migajas de galleta. A la vista casi del ejército, pareció la goleta Rosalía que, por orden superior, se había quedado aguantada en la costa africana, salvándose con mucha dificultad la tripulación. En Algeciras se fue también a pique el vapor de guerra Santa Isabel, arrojado contra una peña de la playa por un golpe de mar, y en Ceuta mismo estuvo a punto de desaparecer con toda su gente la lancha cañonera núm. 8 que tan buenos servicios había prestado contra los marroquíes.

Yo me hallaba a la sazón en Ceuta, a donde había regresado enfermo del campamento. Allí pude ver todo el horror de la tempestad desencadenada. Las olas enfurecidas y espumosas rebasaban el muelle arrastrando todo cuanto encontraban en su impetuoso camino. Las pipas de vino flotaban a merced del irritado mar que inutilizó a la vista de la población consternada más de treinta mil raciones de pan y harina. ¡Ya nuestros hermanos sentían los primeros amagos del hambre! La mayor parte de las bateas de desembarco, refugiadas en el puerto, se sumergieron chocando unas con otras. Oíase a larga distancia el rugido del viento como un gemido de dolor y rabia, y el estrepitoso rumor de las olas ensordecía el espacio. Divisábanse a lo lejos verdaderos montes de espuma que se acercaban tronando hasta la costa para saltar por algunos lados las fuertes murallas que resguardan a Ceuta por el mar. ¡Qué no pasarían en aquellos tremendos días los pobres convalecientes, recogidos en los barcos-hospitales y expuestos al agitado movimiento de las olas que levantaban y hundían las más poderosas naves como débiles aristas el aire!

¿Es extraño que el general Zabala sobrellevase en esta ocasión con impaciencia la dolorosa circunstancia que le separaba de sus queridos compañeros de armas? La suerte del ejército era entonces la preocupación constante de todos: recelábamos que se le acabasen las provisiones de reserva y encontrase solo, sin amparo, desprovisto de recursos, lleno de enfermos e incomunicado en país enemigo. Y nuestro temor aumentaba de hora en hora, sobre todo el último día de la tormenta, porque ésta, lejos de calmarse, parecía acrecentarse por momentos. La lluvia menuda y fría que había estado cayendo toda la mañana, se convirtió a media noche en un aguacero espantoso, acompañado de truenos, relámpagos y rayos.

Las calles de Ceuta parecían ríos desbordados; las casas, sin que haya exageración en cuanto digo, se calaban como si fueran de lona, y hubo en muchas necesidad de abrir cauce a las aguas que habían inundado completamente los zaguanes y patios. A todo esto, el viento seguía agitando tumultuosamente las olas, y más de una vez se confundió con el fragor del trueno, el estampido del cañón que demandaba auxilio.

Entretanto, el Conde de Lucena viendo que el templo arreciaba, había dispuesto que al siguiente día el general Prim con su división marchase a Ceuta por víveres. La necesidad era apremiante, y no tenía espera. En efecto, disponiéndose estaban para la expedición los batallones en quienes todo el ejército cifraba sus esperanzas, cuando el grito de: ¡un vapor! resonó en el campamento. Los soldados, rápidos como el pensamiento, corrieron hacia la playa, palmoteando y llenos de alegría como si nada hubieran sufrido, para observar desde allí con los ojos que animaba el deseo, los movimientos de un punto negro, que se divisaba a larga distancia, y que venía aproximadamente velozmente. No gritaron los compañeros de Colón al columbrar, en medio de las tinieblas de la noche, la luz misteriosa en la costa americana -¡Tierra! ¡Tierra!- con más entusiasmo que nuestros soldados, después de su penosa incomunicación con la madre patria: -¡un vapor! ¡un vapor!- extendiendo sus brazos hacia el mar. La confianza renació en todos los ánimos, y a pesar de que aquel día no pudo desembarcar nadie del Duero, que era el primer vapor que había llegado, se desistió de la proyectada expedición a Ceuta.

Aquella misma tarde llegaron a la escuadra y los demás vapores mercantes, amparados durante la tormenta en Ceuta o Puente-Mayorga.

Al día siguiente todos se habían olvidado del temporal; la calma había renacido otra vez en el mar y en los corazones.

Cuando yo, restablecido a medias de mi dolencia, volví a incorporarme al ejército, este acampaba sobre el río Azmir o Guad-el-Kebir, como, recordando sin duda, el que riega los campos de Córdoba y Sevilla, le apellidan los marroquíes. Aunque accidentado, el terreno en que nuestros soldados habían levantado sus tiendas, no ofrecía, sin embargo, las dificultades que la áspera Sierra-Bullones; sus colinas eran más despejadas y no tan pendientes como las que habíamos dejado atrás; no embarazaban ya nuestra marcha espesos alcornoques, ni copiosas encinas, y si bien pocas, veíanse algunas lomas completamente peladas, o donde sólo crecía el enano palmito de largas y esparcidas hojas.

A retaguardia, sobre nuestra derecha, alzábase un cerro, escaso de vegetación, pero temible por las enormes piedras que le coronan y que blanquean, destacándose, heridas por los rayos del sol, entre la yerba, como jaiques morunos en el campo, después de una batalla. El río Azmir, Azemir, o Guad-el-Kebir, porque cada uno le daba su nombre, corría, o más bien, se estancaba a nuestros pies. Sobre un lecho de arena, como el del humilde Manzanares, entre las vertientes de dos colinillas, manda el Azmir lentamente sus escasas aguas al mar, que a pocos pasos se extiende hasta confundirse con el horizonte. Río humilde y sin recuerdos hasta ahora, a nuestra expedición deberá el vivir en la historia, cuando apenas podía aspirar a vivir en la geografía. Allí, en sus tristes y solitarias márgenes, nuestros soldados lucharon dos veces contra sus enemigos, y por espacio de cuatro días contra la más espantosa borrasca que pueda surgir de aquellos mares tempestuosos. Atormentárosles las privaciones, y diezmoles la epidemia; pero ellos, con la esperanza puesta en Dios y el pensamiento en la patria, sobrellevaron con paciencia, huracanes, lluvias, cólera y hambre.

El mismo día de mi vuelta al campamento hubo otro nuevo combate. Desde por la mañana se habían visto aparecer por las quebraduras del terreno, grupos de moros, que se adelantaban silenciosamente hacia nuestras guerrillas avanzadas. Su número fue creciendo progresivamente, hasta que a eso de las doce y media o una, se trabó, por fin, la lucha. Nuestros soldados tenían orden de no hacer fuego sino cuando tuvieran muy cerca a sus astutos enemigos, y cumplieron con tanta exactitud cuanto se les había mandado, que algunas guerrillas sólo dispararon en ocasión en que podían haber hecho uso de las bayonetas. La artillería jugó en esta acción admirablemente: yo vi caer una granada sobre el cuarto trasero de un caballo tordillo, que caracoleaba en vanguardia de las filas mahometanas, y vi también rodar por la arena caballo y caballero, en medio de los nutridos aplausos de cuantos habían presenciado los efectos de la puntería. Pero, con nuevo asombro, vimos después de levantarse al jinete, acercarse a la mal herida cabalgadura, quitarla la silla encarnada, echarse los arreos sobre la cabeza, y marchar tranquila y reposadamente hacia donde, huyendo del estrago de los cañones, se habían retirado los suyos.

En la escaramuza de este día hicimos tres prisioneros. El primero que cayó en nuestro poder, fue un mancebo, a quien apenas apuntaba el bozo, de ojos vivos e inquietos, herido en un hombro y con una oreja casi colgando: llevaba la cabeza pelada a trechos, como si hubiera acabado de convalecer de una dolencia inmunda, y su traje era una repugnante cubierta de andrajos. Llegó por su pie hasta el Cuartel General, donde se entabló entre el conde de Lucena y el prisionero el siguiente diálogo:

- ¿De donde eres?

- De cerca de Orán.

- ¿Son muchas las cabilas que asisten al combate?

- Pocas.

- ¿Quién manda la acción?

- Muley-Abbas.

- Vaya, pues lo hace bastante mal. Vete a curar.

A todo esto, el pobre muchacho no había cesado un momento de dar mordiscos a una galleta, que le habían regalado, y se conocía que el hambre era en él superior al miedo.

El segundo prisionero vino en una camilla. Tenía completamente hecho pedazos el muslo derecho. Era un joven de rostro moreno, pero hermoso; alto, bien formado, robusto. Sufrió con resignación los dolores de la penosa cura que le hicieron, sin exhalar una queja; sólo revelaban su padecimiento la contracción nerviosa de los músculos de su rostro y el rechinamiento de sus dientes.

Después pidió pan, manifestando que no había comido en dos días, y devoró con ansia el pedazo que le dieron, a pesar de los grandes dolores, que debían atormentarle.

El tercer prisionero llegó al hospital de sangre, casi moribundo. Una bayoneta le había atravesado el estómago de parte a parte. Era viejo; pero no repugnante. Apenas le curaron, se envolvió en la manta, como César en su toga después de herido, y se sumergió tal vez en los últimos pensamientos; en esas últimas meditaciones que flotan entre la muerte y la vida, como el misterioso crepúsculo de la existencia que acaba, y de la eternidad que empieza.

La acción se prolongó hasta la noche; pero con poca resolución y energía por parte de los moros. Nuestros soldados prendieron fuego a dos casuchas, que se levantaban en un cerro, próximas al campamento enemigo, y que con sus rojizas llamas iluminaron nuestra victoria.


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