Recuerdos de la campaña de África: 04

Capítulo III
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Recuerdos de la campaña de África Gaspar Núñez de Arce


Preocupado con la desgracia que parecía perseguir a todos mis amigos en las costas africanas, monté a caballo y recorrí el campamento cristiano hasta sus últimos límites, para distraer mi imaginación fatigada y dar nuevo rumbo a mis ideas. Todavía se estaba trabajando en los reductos, a fin de aumentar su fortaleza, y empezaban a levantarse los parapetos del conocido con el nombre del rey Francisco de Asís, donde tan valerosamente se luchó después en la memorable acción del día 9 de diciembre. Enmarañados bosques de alcornoques, por donde apenas podían pasar las cabalgaduras llevadas del diestro, embarazaban el camino de los reductos, casi perceptible, y hubiérame sido difícil dar con ellos, porque las sinuosidades del terreno y la frondosidad de la arboleda los ocultaban, sino me hubiesen guiado las voces de los soldados y el golpeo de las herramientas de construcción, que traía hasta mis oídos el viento. Con religioso silencio contemplaba yo las lomas y cañadas cubiertas de áspera vegetación, donde tanta sangre había ya embebido la tierra y tantos cadáveres, devorado; la tierra que, como el mar, guarda sus víctimas y tesoros en el seno de sus entrañas, y que semejante a la ambición humana, no se sacia nunca, ni se saciará jamás. De pronto se plantó mi caballo, relinchó, y un ligero extremecimiento agitó su cuerpo; miré en torno mío y vi en primer término los despojos ensangrentados y rígidos de otro caballo, muerto sin duda en uno de los anteriores combates, y algunos pasos, más allá los mal enterrados restos de un hombre que asomaba, por entre la tierra húmeda y desligada, el lívido y desfigurado rostro, el herido pecho y una mano amarillenta, contraída, ¡sólo Dios sabe si por la agonía o la desesperación!

Tal vez aquel polvo humano, pronto a confundirse con el del noble bruto que a su lado yacía, habría sentido germinar en el transcurso de su vida grandes pensamientos y poderosas ambiciones. Acaso habría soñado con coronas de triunfo en su paso por el mundo y con faustuosos mausoleos para cuando desapareciera de la sociedad; con el amor de una mujer, con los goces de una familia, con la fortuna o con la gloria. ¿Todo para qué para encontrar la muerte en una oculta vereda y servir de pasto a la voracidad de hambrientos buitres. ¡Cómo juega el destino con los hombres!

Nuevamente impresionado con el espectáculo que se había ofrecido a mi vista, aceleré el paso y me aparté de aquel sitio de horror y lástima, no sin que desgarrasen mis vestidos los matorrales y abrojos que obstruían el sendero. De vez en cuando llegaba hasta mí el sordo rumor del hacha de los soldados, que escondidos entre la espesura del monte se entretenían en cortar leña para avivar por la noche las hogueras del campamento; y también turbaba el silencio de aquellas soledades, la voz lejana de algún desdichado -que quizás cantaba por última vez- acordándose de los paternos lares, donde no faltaría de seguro quien llorase su ausencia.

Entregado a mis varios pensamientos, llegué no sin fatiga a uno de los reductos, donde con la contemplación del vasto panorama que se extendía delante de mí, pude dar paz al ánimo y descanso al cuerpo. Desde allí veíase el tenebroso Boquete de Anghera, estrecha y pavorosa cortadura abierta a través de imponentes selvas y escarpadas rocas, a la conclusión de un angosto valle, o mejor dicho, de una extendida cañada, en cuyo centro se alzaban dos o tres rústicos caseríos abandonados, que algunos días después había de consumir el incendio. Y más allá del tajado Boquete, alzando su cresta árida hasta las nubes, divisábase la cordillera de Sierra-Bullones, agreste y salvaje como los bárbaros que en sus escabrosidades y quebraduras se guarecían, acometiendo y huyendo constantemente, siempre derrotados y siempre rehechos.

Sobre los cerros más cercanos, dibujábanse algunas tiendas morunas esparcidas aquí y allá, y que resaltaban entre la verde alfombra como copos de nieve heridos por el sol. Algunas veces, cuando el viento nos era favorable, llegaba hasta nuestras avanzadas, que vigilaban ocultas fuera de los reductos, el grito iracundo y prolongado de nuestros invisibles, aunque próximos enemigos, mil veces repetido por los ecos de las montañas. Los soldados que guarnecían el fuerte, observaban con tranquila indiferencia, de pechos sobre el parapeto, basta el movimiento de los árboles agitados por la brisa, sin que nada se escapara a su recelosa penetración.

Oyéronse de pronto dos detonaciones a larga distancia en el campo contrario, y un cazador, que estaba a mi lado exclamó al oírlas: -¡Vaya! Apuesto a que tenemos hoy broma. ¡Me alegraré!

-¿Por qué lo dices? -Le pregunté con verdadera curiosidad.

-Porque esos tiritos -contestó- indican que los moros se reúnen para atacar nuestras posiciones.

-Vosotros los venceréis. ¿No es cierto?

-¡Si señor! -repuso haciendo una mueca desdeñosa. -¡Bah! Pues no sería poco. Aun cuando a decir verdad, esos condenados ni temen ni deben. ¡Si viera usted como acometen los indinos! Cuando menos se piensa ¡zas! cátelos V. en los fosos dando aullidos, que no parecen sino lobos hambrientos o chicos descalabrados. Pero nosotros a bayonetazo limpio y ¡tente perro! les seguimos hasta sus huroneras que es un primor. ¡Así lo fuera tanto a la vuelta!

-¿Pues que sucede?

-¡Toma! ¿Qué ha de suceder? A la vuelta, como esos condenados, a quienes les ha nacido la espindarga en la mano, no desperdician tiro, se parapetan detrás de los árboles y peñas, y apunta por aquí y dispara por allá, a este quiero, a este no quiero, nos hacen cada desgarrón en las compañías, que tiembla el misterio. Mire V. en la gresca última, murieron siete a mi lado en un santiamén. Aquello no fue visto ni oído.

-¿Tanto fuego hicieron?

-¡Uy! Si llovían las balas a chaparrones, y como nosotros no hemos traído paraguas....

-¿Parece que te preocupa la idea de un nuevo combate?

-¡Eh! no señor. ¿Qué importa?

Esta sencilla frase trajo a mi memoria recuerdos de otros tiempos, cuando Dios cansado del penoso letargo de España, le turbó con una catástrofe. Entonces renació nuestra patria del seno de su abatimiento secular, luchó, cantó, legisló y venció; tuvo Tirteos, Cides y Guzmanes, y humilló la soberbia del primer conquistador del mundo, a las órdenes del mismo general que medio siglo después debía reanimar el corazón del soldado en los arenales de África: del general ¡No importa!

¿Quién no le conoce? Cuando en la guerra de la independencia, el soldado de la patria caía sobre la madre tierra acribillado de heridas, miraba al espirar a sus hermanos, y exclamaba: ¡No importa! Y cuando el padre encontraba el cadáver de su hijo abandonado en el campo de batalla, arrancaba de manos de la víctima el arma vengadora y corría a la pelea deshecho en lágrimas, pero gritando: ¡No importa! Y cuando la suerte volvía la espalda a nuestras bisoñas tropas, los vencidos acudían a organizar la resistencia a la cumbre de las montañas, o entre los árboles de la llanura, murmurando con inquieta ira: ¡No importa! Y cuando el ejército del usurpador penetraba en nuestras ciudades, entregándolas al saqueo y al incendio, las mujeres, los niños, los ancianos, -los hombres no, porque todos se hallaban al pie de su bandera- morían gritando, seguros del triunfo de su sagrada causa: !No importa! ¡No importa!

Este general se hallaba á la vez en todas partes: en Bailén, en Zaragoza, en Gerona, en Valencia, en Rioseco, en las victorias, en las derrotas, en las aldeas, en los conventos, en el sol, en el aire, en la naturaleza toda. ¡Ay! ¿Quién habla de sospechar que le encontraríamos aun en las soledades de África, bajo la humilde tienda de nuestros soldados, en los campos de batalla, en los hospitales, lejos de la patria, allí donde no podían oírse los gemidos de las víctimas ni verse los grandes arranques del heroísmo?

Repetidos disparos de fusilería hacia la parte del reducto de Isabel II, vinieron a interrumpir mi amistoso diálogo con el cazador.-¡Ya está armada! dijo éste alegremente encaramándose sobre el parapeto con ánimo de escudriñar los alrededores del fuerte; y notando después que el fuego se acrecentaba, añadió: -Hoy nos vamos a divertir de veras-.

La gente del reducto se puso en seguida en movimiento. Unos salieron de sus tiendas, donde dormían o escribían; otros tomaron las armas, y todos se prepararon a la defensa. Yo me aparté de allí, donde nada tenía que hacer entonces, deseoso de presenciar la acción, y enderecé mis pasos, siguiendo los de un oficial de Estado Mayor, que había venido a comunicar órdenes, hacia el sitio donde se oía el fuego, cada vez más vigoroso y nutrido.

Confieso que cuando llegué cerca del lugar del combate, me costó trabajo distinguir las diseminadas fuerzas marroquíes, que avanzaban nuestros batallones, en grupos de dos a tres hombres; de árbol en árbol y de maleza en maleza. El color terroso de sus sucios jaiques contribuía en gran parte a que yo no alcanzara a verlos bien, y a que se confundiese mi vista inútilmente buscándolos entre las grietas de los peñascos donde se escondían o detrás de los apiñados troncos que les servían de muro. Por fin, merced a mi paciencia y a un anteojo, pude reconocer la tenacidad del enemigo, que renacía de cada derrota más osado e impetuoso, y comprender su manera de guerrear, desordenada, pero incansable. Su línea de batalla ocupaba una larga extensión, para tantear sin duda el lado débil del ejército cristiano, y distraer de paso su atención por muchas partes a la vez. La gritería que levantaban los moros era espantosa; veíaseles bullir, acercarse, aparecer y desaparecer por entre los accidentes del áspero terreno en que se luchaba; aproximarse a los reductos con iracunda saña y salir luego escapados como jabalíes perseguidos, amparándose en las vecinas crestas contra el cañón de los fuertes y el hierro de los soldados.

No es mi ánimo, ni cabe en los estrechos límites de la tarea que acometo, la descripción de todas las acciones que he presenciado, sino sólo de aquellas de verdadera importancia por sus consecuencias o sus incidentes. Pero no puedo prescindir en esta ocasión de recordar el efecto que produjo en mí la primer carga a la bayoneta de que fui testigo, si es que merece este nombre, quien presenció tan conmovedora escena sin dominio alguno sobre su corazón; lleno de entusiasmo y con lágrimas en los ojos.

Cuando la acción parecía pronta a terminar, vi caer sobre una de nuestras guerrillas avanzadas, desde una enmarañada colina próxima, buen golpe de moros dando feroces alaridos y disparando sus armas con certera mano sobre nuestra gente. La guerrilla era poco numerosa y su posición comprometida; necesitábase acudir a su auxilio, y una compañía de Simancas recibió la generosa y heroica misión de salvar a sus hermanos. Al bélico sonido de la corneta, yo la vi salir rápida y ordenadamente, desconociendo el peligro, salvando barrancos y desafiando el mortífero fuego enemigo; vila precipitarse como una fiera herida sobre los marroquíes; trabar con ellos una lucha encarnizada; acorralarlos, dispensarlos, perseguirlos: todo en menos tiempo del que se requiere para dar cuenta del suceso. La guerrilla amenazada quedó libre, y la compañía de Simancas, algo mermada, pero con la satisfacción de haber respondido noblemente a la voz del deber, volvió, no sin ser hostigada a traición por los moros, a sus antiguas y bien mantenidas posiciones.

Vencidos siempre; pero siempre obstinados, los hijos de Mahoma estuvieron hostilizándonos hasta bastante tarde, y es posible que la acción se hubiera prolongado aún más, si el vendaval y la lluvia no hubiesen interrumpido el combate. ¡Qué noche la del 30 de noviembre! El cielo estaba cubierto de un velo impenetrable y el viento mugía como una legión de espíritus malignos, en el hueco de las rocas, en el tronco de los árboles, en el mar que resonaba allá a lo lejos con acento inextinguible. Una lluvia abundantísima, incesante y apresurada, inundaba el campamento, cuyas tiendas en su mayor número había arrancado la invisible mano de la tempestad, amenazadora y rugiente. Hubiérase dicho que África quería vengar con todos los rigores de su clima, la nueva derrota de sus hijos, y que lanzaba contra nuestras huestes para amedrentarlas el horrendo furor de sus mil tormentas.

¡Inútil empeño! Envueltos en sus mantas, calados de agua hasta los huesos, sin abrigo ni tienda que les cobijara, nuestros soldados sufrieron con resignación cristiana la furia del agua y del viento en aquella funesta y pavorosa noche; y la siguiente aurora cuando la tempestad calmó, hallolos tranquilos como si nada hubiera pasado, enjugando sus mantas al rededor de las hogueras, que hasta entonces no habían podido encenderse; cantando y bailando al son de las alegres dianas, conforme el fuego iba reanimando sus desmayadas fuerzas; limpiando, en fin, sus armas para luchar, si preciso fuera, contra las feroces cabilas de Anghera Ben-Yusuf y Cabo-Negro como habían combatido horas antes con los elementos desencadenados.

Las consecuencias de la tormenta fueron, sin embargo, terribles y desastrosas. La epidemia se desarrolló con mayor fuerza, y por espacio de algunos días se cebó cruelmente en nuestro ejército como un tigre en su presa.

En cambio, los moros nos dejaron en paz.


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