Pedagogía social/Mary O. Graham

MARY O. GRAHAM[1]
13 de agosto de 1847 — 10 de marzo de 1902


La maestra que Sarmiento donó a su ciudad natal al decir, en 1879: — "he dado a San Juan todo lo que podía, mandándoles a Miss Mary O. Graham",— por rara coincidencia fundó, en 1888, la Escuela Normal de La Plata un 13 de Agosto, aniversario de su natalicio, y dejó de vivir un 10 de Marzo, día lunes, en que se reabrían las clases de su escuela.

Murió como había vivido: Educando.

Ese segundo lunes de Marzo de 1902, alegre vocerío infantil llenaba la planta baja de esta Escuela Normal, en cuyo piso superior Miss Mary agonizaba. La vida que parecía haber abandonado ya el cuerpo exhausto de la 'luchadora, volvió a la Maestra con el amado y familiar eco de las voces infantiles y dirigiéndose a la herma- na que jamás la abandonó : "¿Qué ruido es ése?", balbuceó Miss Mary. "Son los niños que entran", alcanzó a oir la Maestra al cerrar para siempre los ojos.

Miss Mary... Cuántos recuerdos evoca su solo nombre...

Era la Maestra, la modeladora de almas, la forjadora de caracteres, la buriladora de individualidades. Su enseñanza, su escuela toda no tuvo sino un fin: despertar en cada uno de sus alumnos la clara conciencia de que cada ser humano es una nueva fuerza en la naturaleza; de que nuestro deber, nuestro deber único, es descubrir esa fuerza, esa energía característica de lo individual, para conocerla y encauzarla.

Inculcaba así a sus alumnos la confianza exclusiva en el propio ser, en las propias fuerzas. Cada uno de nosotros, bajo su sabia, materna1 vigilancia, sentíase fuerza activa, cooperadora en la producción de humana universal energía.

El falso estímulo externo, la envidia rastrera, eran desarraigados natural y fatalmente : Ocupado en bucear dentro del propio ser para descubrirse a sí mismo, el alumno no se preocupaba de compararse con los demás sino con él, siempre y exclusivamente con él mismo.

Excluíase, en la fecunda labor, el desaliento: Hacíanos ver, la maestra admirable, que el hombre ha errado el camino en la vida por haber dado a la inteligencia el supremo valor sin ver, en su vanidoso deslumbramiento, que la inteligencia es una resultante de las fuerzas vivas, amor y voluntad.

Faro es la inteligencia que ilumina el campo de la afectividad, nos decía: Si la luz está sola, ¿a qué sirve? Preocúpase el hombre en desarrollar únicamente su inteligencia, — comentaba con sabia amargura: No ve que, siendo una resultante, no se la consigue sin avivar las energías que la producen.

La educación anti-humana actual, nos predecía la Maestra, trata de modelar un hombre a imagen y semejanza de lo que su sola inteligencia concibe, sin comprender que es más grande y más divino el hombre que el sentimiento intuye o que la voluntad forja inconscientemente. Olvida, la razón, que en su origen fué y sigue siendo amor y voluntad; créese causa de sí misma y a su imagen y semejanza quiere forjar un hombre unilateral.

De ese ideal equivocado, de esa mentira vital, nace la actual escuela anti-humana donde se pretende cultivar tan solo la inteligencia del hombre y aun, de esa inteligencia, por consecuencia natural, la memoria mecánica, dejando de lado, casi en absoluto, el cultivo de la sensibilidad y de la voluntad.

Las ideas no se reflejan ni se reproducen, afirmaba la educadora: Son el resultado de un largo e individual proceso. Educar no es inculcar: Es desarrollar. Y no se desarrolla sino lo que cada uno trae como capital humano heredado al nacer. Ese capital de sensibilidad, de voluntad y de inteligencia combínase en cada uno de nosotros en forma personalísima. Cuidado nuestro es descubrir esa forma individual para perfeccionarla y acrecentarla. De ahí que el primero de nuestros deberes y quizás el único, es amarnos a nosotros mismos para que, amándonos, nos perfeccionemos y podamos recién ofrecer a los demás lo mejor de nuestro ser interno. Y la genial maestra hacíanos comprender el íntimo significado de la máxima cristiana: "Ama a tu prójimo como a tí mismo": Es decir: Amate primero a tí mismo, conócete, perfecciónate para, recién, tener el derecho de ofrecerte como don a tus semejantes.

Despertado ese amor hacia uno mismo, nacía, fuerte y sana, la confianza en las propias fuerzas. Y, si al estudiamos a nosotros mismos, notábamos que nuestra inteligencia era débil, no nos preocupábamos de ello hasta convertirlo en impotente desaliento sino que, por el contrarío, seguros de la compensación, buscábamos, en lo más profundo del ser, la fuente viva de amor o de voluntad que debería individualizarnos. — En esa veta, de sentimiento o de carácter está la vía que conduce hacia la fuente de eterna renovación, hacia la vida misma que anima a lo creado, nos decía, alentándonos en la lucha tenaz, esa mujer fuerte que nunca desmayó. Y cantaba con amor inmenso, con fe de iluminada, la felicidad de sentirse causa activa colaborando, en la renovación eterna, con la causa universal, con la energía, cuya síntesis más elevada es la que mueve al hombre.

El genio es genio, nos decía, porque descendió, buceando en su propio ser, hasta dar con la veta humana común a todo lo creado y, al reflejar lo íntimo de él mismo en la obra maestra, refleja a todo y a cada uno de nosotros.

Con cuánto cariño recogía hasta el más humilde producto de cada inteligencia... — Si Vd. piensa, siente o quiere así, nos decía, convénzanos... Y se dejaba convencer con humildad de sabio.

En su Escuela no se recitaba ni se repetía: Se comentaba, se criticaba, se descubría. Con profundo respeto a la verdad, aprovechaba toda ocasión de propio error para ponerlo en evidencia y hacernos comprobar cuán poco valor merece una afirmación si no le atribuimos más mérito que el fundado en la autoridad adquirida por quien la sustenta. — La verdad es verdad ante la propia razón, nos decía. No acepten dogmas. Pregúntense, si esa verdad creen, porque la creen. Y criticaba con nosotros los autores predilectos. Hacíanos constatar las fallas, los defectos; hacíanos sentir que los grandes eran humanos, eran débiles, como nosotros, y que, en cambio, nosotros, si a la obra nos poníamos, debíamos llegar, en el campo de la propia actividad, a ser grandes como ellos lo fueron.

Genial maestra, la vida emanaba de su enseñanza. Exigía mucho de cada uno y, cuanto más exigía más acrecía nuestro orgullo de vivir. Sabíamos que sólo obligaba al trabajo a aquel que podía y era íntimo el regocijo de saber, tácitamente, que Miss Mary nos creía llamadas a creer. Exigía entonces con severidad: El valor, la perfección misma eran exigidos por la Maestra como cosas normales.

Raro o único era en su boca el elogio; y la indulgencia no cabía: — Merecen compasión, nos decía, los incapaces, los pobres de espíritu, los que nada pueden dar: Demos nosotros por ellos y démoslo ampliamente. Pero no permitamos jamás que se nos coloque en esa categoría y que nada se exija de nosotros. Es legítimo orgullo y es virtud el orgullo de vivir dignamente la vida, de crearnos a nosotros mismos, de sentirnos causa activa colaboradora de la energía universal.

Si, llegado el caso, un castigo se imponía, su severidad era única también, y era tanto mayor cuanto más altamente colocado estaba en su estima el autor de la falta.

Aprendíase con ella a obedecer y a mandar pero, sobre todo, a obedecer y a mandarnos a nosotros mismos. En su Escuela no había celadoras. — Necesitan vigilantes, nos decía, despertando en nosotros el orgullo de vivir dignamente la vida, necesitan vigilantes, los amorales, los inmorales, los abú1icos, los dementes, los imbéciles, los degenerados... Que quien se coloque a sí mismo en cualquiera de esas categorías lo pida y la clase se lo concederá.

La clase... Jamás era ella la que juzgaba. Tribunal supremo eran las alumnas, las propias compañeras. Tribunal inapelable. Su opinión personal jamás pesó sobre nosotros. Sí, pesó la opinión, el juicio colectivo de la clase: Solidario era cada alumno de lo que el compañero hiciera, pensara o dijera. Si no corregía, si no criticaba, con su silencio apoyaba lo que sostenía el expositor.

Cuán íntima y sólidamente nos ataron esos lazos de solidaridad estudiantil; cómo se aguzó en la diaria lucha nuestro espíritu crítico; cómo se fortaleció alerta la inteligente atención.

Para Miss Mary no había, detalle fútil. Todo era motivo de humana enseñanza. Así, si por acaso, una palabra era empleada sin conocer su exacto significado, la genial educadora nos hacía sentir cuán inestimable valor intelectual encierra cada término del lenguaje; cómo la humana imaginación creó, adornó, vivificó la palabra; cómo la humana memoria la conservó y trasmitió; cómo la humana razón trabajó hasta hacer de ella su fin y su medio de desarrollo mental.

Vida adquiría esa palabra ante nosotros, vida humana. Y entonces, recién, la maestra hacía sentir la necesidad de sanar el lenguaje, de estudiarlo, de conservarlo puro, de afianzarlo, de hacer que por él circule siempre la idea. Y nos sentíamos solidarias con la humanidad toda al justipreciar ese poder mágicamente evocador de la palabra, ese don divinamente humano.

Amaba Miss Mary a los animales y a las plantas, "nuestros hermanos menores", y nosotros, sus alumnos, nos constituíamos en legítimos defensores y protectores natos de plantas y de animales. De medios sencillos y naturales se valía para despertar ese amor. Desde el Jardín de Infantes hasta el 4.° año Normal cada grupo de alumnos tenía en el horario tiempo destinado a jardinería, por ejemplo : Nosotros plantábamos y trasplantábamos; carpíamos y regábamos; enlazábamos bellamente las enredaderas; alineábamos las violetas o los geranios; disponíamos en artísticos mazos los crisantemos; cuidábamos la huerta, delineábamos canteros y glorietas. Las clases de observación las dábamos en los jardines, en la huerta. Cada 4.° año Normal, al egresar de la Escuela, dejábale un recuerdo vivo: Un árbol, un grupo de rosales, un macizo de plantas, una glorieta vestida de jazmines, una fuente surgiendo entre pervincas o geranios.

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La enseñanza era tan profunda, tan individual, tan personal que hacía de cada escolar un eterno alumno de la vida, en marcha hacia la verdad, hacia la bondad. —No es superior el que se adapta simplemente al medio, el que se deja teñir por él nos decía. Superior es el que obliga al medio a adaptarse a él, siempre que, adaptándolo, eleve la espiral de la vida.

Tal era el espíritu de su enseñanza.

Tan único y genialmente humano era que, hace 3 años, cuando, como Delegada Argentina, lo expuse ante el Tercer Congreso de Higiene Pedagógica reunido en París en 1910, una Asamblea de 3.000 Congresales escuchó absorta y conmovida, como ante un ideal futuro, el relato de lo que, para mí, era, desgraciadamente, una bellísima y fecunda realidad vivida ya.

Hoy sus discípulos perpetúan su recuerdo en las futuras maestras que esta Escuela Normal forme.

¡Fuerte y animosa mujer; maestra, forjadora de almas; madre amantísima y justa, al instituir estos dos premios unen tus discípulas tu nombre al nombre de tu escuela! ¡Vele siempre tu ejemplo sobre ella!


  1. Discurso pronunciado el 13 de Agosto de 1913, siendo presidente del «Centro Mary O. Graham», al instituir el premio «Sarmiento» destinado a la Escuela de Aplicación anexa a la Normal y el premio «Mary O. Graham» destinado a la mejor alumna egresada del cuarto año normal.