Pedagogía social/Degeneración

DEGENERACION

Visitaba en Bicêtre la sección de niños anormales. Después de recorrerla toda, pasadas horas de horas entre esos pobres miserables seres, llegué a la enfermería. Miraba a un infeliz que, atado como un perro rabioso, al caño de la estufa, daba vueltas y vueltas gruñendo y babeando, cuando un gritito jubiloso, un "¡Mamán!" lleno de amorosa alegría me hizo volver: de pie sobre la cunita, rubio y rosado, los rulos ocultando, a medias la cara sonriente, los bracitos tendidos hacia mí, un niño de dos años me llamaba.

— ¡Pero ese no es un anormal! — dije, sorprendido, al médico que me acompanaba.

Vacilante al principio, trémulo de indignación después, me refirió el hecho: el niño, hijo de madre soltera, había sido criado como una bestezuela por campesinos bretones que no le enseñaron a hablar ni a caminar, que le dieron sobras de no importa qué, desde que el pequeño pudo devorarlas. Así ingresé al servicio de Anormales de Bicêtre, el vientre hinchado, las piernecitas débiles y flácidas, sin saber dar un paso, sin hablar palabra. En tres meses, alimentado humanamente, revivió.

— ¡Y su madre lo oculta como un crimen! — me decía el médico de guardia...

¡Crimen crear, crimen transmitir la vida! Para mí tan sólo es criminal, quién sabiéndose indigno de crear, crea. Pero, ¿es acaso crimen menor el deformar una vida, el de ahogar una inteligencia embruteciéndola primero por culpable abandono y confinándola después entre seres deformes o monstruosos?

¿Saben las madres orgullosas y felices que en Buenos Aires el número de abortos provocados es desalentador? ¿Han oído hablar de cierto comercio muy lucrativo, del transporte de angelitos a la vecina orilla, para poblar la "Cuna" de Montevideo, con los hijos sin madre de la ciudad que pretende prohijar extranjeros? ¿No se sienten culpables por no saber inculcar en sus hijos, unido al respeto sagrado hacia la procreación, el primero de todos los deberes: "no harás daño", mucho más práctico y útil para sí mismo y para los demás que el utópico: "harás bien"?

No sé si a todos atrae con curiosidad ansiosa la conversación de los adolescentes cuando se creen en libertad, seguros de no ser oídos. A veces sigo cuadras y cuadras a chicos que se desbandan al analizar las clases o finjo esperar un tranvía que nunca llega al lado de un grupo de vende-diarios.! Lo que dicen, esos labios que todavía saben a leche! No hay término soez que no empleen ni madre que quede pura al pasar por esas bocas. (Por cierto que a veces los encargados de conducirlos a la Comisaría "por faltar al respeto" dictan cátedra hasta agotar el tema cuando se las han con un carrero o con un mayoral).

Dos cosas preocupan a nuestros chicos hasta llevarlos a inventar términos para pintar lo que tan profundamente sienten: la cuestión sexual y las carreras de caballos. Los jueves, al anochecer, es de verlos midiendo, sobre las fotografías impresas en los diarios de la tarde, cuantos centímetros de delantera llevó el ganador al que ellos eligieron. Discuten admirablemente informados, sin trocar nombres de potrancas ni término de deporte, sabedores de quiénes fueron los padres y los abuelos de cada uno de los caballos en moda. Verdad es que aprovechan el ejemplo de sus mayores. No hay, más que pasar por Florida los jueves a la tarde. Frente a las pizarras anunciadoras del resultado de las carreras, el público hace cola de una acera a otra acera. ¡Cómo extrañar que los chicos crean natural y necesario "para el porvenir de una de las industrias más importantes de la Argentina el cultivar un vicio de tan tristes consecuencias!

¿Corregiremos el mal criticándolo? No lo creo. Ya el comercio serio cierra sus puertas a los empleados carreristas. Pero, cómo practicar el respeto hacia la generación, ¿cómo sentir la responsabilidad del procrear? Difícil es que, en este caso, baje el progreso del hombre a la mujer: fisiológica y socialmente nosotras llevamos el peso de la maternidad: luego, nosotras debemos tener el derecho de desearla y de aceptarla. Pero, para ejercer un derecho hay que tener conciencia de él por la práctica de los deberes que le son inherentes. Y toda mujer no cumple con los deberes que, como madre, humanamente debe llenar.

La práctica amplia y consciente de los deberes maternales — servicio obligatorio que la sociedad para bien de todos y especialmente para bien de la futura liberación femenina debe reclamar de la mujer — la transformará en ser humano completo.

Hasta hoy sólo el hombre es individuo: la mujer es y será género, mientras no comprenda que no puede reclamar derechos quién aún no ha cumplido con sus deberes.

Estos deberes materiales abarcan todo lo que la mujer puede hacer en pro del niño, aunque no lo haya engendrado. La maternidad fisiológica, bien entendida, es un premio que es preciso merecer y conquistar.

Aquellos que se pregunten con Nietzsche: — "¿Tengo el derecho de desear un hijo?" — no oirán la amarga reconvención que Homero pone en boca un dios: "Nací débil, mas de ello nadie tiene la culpa sino mis padres, que no debieron haberme engendrado".

¡Qué hijo no tendrá derecho de llorar sobre sus padres que pecaron por ignorancia criminal!

"Un ser humano completo se compone del hombre y de la mujer", dice una ley de Manú.

Aislados, sus esfuerzos se pierden para lo que debe ser el objetivo de la vida: superarse a sí mismos creando. Unidos, sin tener conciencia de esta finailidad, sus esfuerzos se malogran acentuando en lo creado los defectos del creador.

Siempre, al estudiar la degeneración, el factor responsabilidad paterna" me había parecido fundamental.

El que no haya visitado un patio de idiotas en los hospicios, las salas-cunas de un hospital de niños o esa mísera cloaca humana que se llama — ¡oh irrisión! — "la Cuna", debe hacerlo si es padre, debe hacerlo si es mujer.

Si al ver a un niño lo que más atrae es la luz gozosa de la mirada, qué no dicen contra el vicio que los engendró esos ojos dilatados por el dolor que nos siguen con pena infinita mientras visitamos la sala, que nos acompañan fuera, que peaparecen juzgando toda alegría, perturbando el sueño, mirándonos desde adentro en todas partes, a pesar de que el pobrecito enfermo, condenado desde antes de ver la luz, no conoció de la vida más que la cama del hospital o el cochecito del paralítico.

Quién los ha visto, no olvidará jamás los ojos de Angelita, de la niña epiléptica del "Patio Higuera", en nuestro hospicio. Grandes, serenos, bellos, saltan fuera de las órbitas: un intenso dolor, allá dentro, en la retina, una lesión sifilítica, obliga a la criatura a hundir sus deditos entre la órbita y el globo del ojo. La oyerais quejarse: un perro apaleado por su amo no aulla más lastimera y bestialmente. Cuando está tranquila, en sus raros momentos de reposo, levantamos su carita hacia el sol; la niña abre grandes y ansiosos los ojos y los fija estáticamente, caúmada bajo el suave calor; la cieguecita parece beber luz.

Mientras, sus compañeras, las idiotas, pasan sin verla. Hay muchas chicas, monstruos, apenas humanos, algunas contrastando con una que otra carita que parece respirar vida interior; seres apáticos, deformes, raquíticos; niñas que se arrastran como babosas pegadas a la pared, cerca de otras, más felices, que caminan vacilantes sosteniéndose mutuamente. En medio del "Patio Higuera", las idiotas profundas, clavadas en la silla, eterna compañera, ni miran, ni oyen, ni viven desde que el vicio o el dolor les engendraron.

Allí, cerca de la reja, de pie, las piernas abiertas, los brazos en jarras, meciendo el cuerpo en lento movimiento pendular, Dominga canturrea un extraño y eterno estribillo, junto a esa imbécil, que mira hacia ella, aunque no la ve, mientras chilla y gesticula como una poseída hincada sobre un banco ante Clodomira, la de los ojos bestiales, "la babosa", como la llaman en el Patio.

De allá lejos, del fondo del Patio, se acerca, como infernal teoría, una doble hilera de pobres miserables seres. Siguen a Valeria, a la ciega, jorobada y raquítica pero no idiota; siguen a Valeria porque canta. Al acercarse su voz suave y llena de sentimiento, deja oir... "con flores a María, que madre nuestra es"... ¡Madre de ellas la pura y bella!

Cuando el canto se perdió a lo lejos, hacia el jardín, donde la Hermana Josefa lleva a sus hijitas, oí la voz del doctor Oro, el médico del Patio, que hacía rato observaba.

— La esperaba. He reservado un curioso ejemplar de criatura humana para que usted lo vea. Un niño que anteanoche nació en el Hospicio y que hoy será transportado a la "Cuna".

Y, pasando delante para enseñarme el camino, me condujo a través de pabellones y jardines.

— Aquí tiene el nuevo ciudadano y futuro huésped de "Las Mercedes" — dijo señalando una cuna portátil digna de recibir a una hada. Tan sólo el instinto material no satisfecho, que lleva a tantas mujeres a ser madres del dolor ajeno, pudo preparar ese nido de encajes que recibe por breves horas a los hijos de las alienadas.

Al aproximarnos, una Hermana descorrió las cortinas. Entre un marco de puntillas y batistas ví la carita, más vieja, angustiada y miserable. El pelo negro, tupidísimo, invadía la arrugada frente, bordeaba las orejas, cubría la nuca. Un tajo horizontal en cuyo fondo brillaba la luz de una mirada vivísima indica el sitio de lo que hubieran de ser ojos. A la izquierda de la boca tenía hundida la mejilla como bajo violenta presión y, correspondiendo a ese hundimiento, un bulto redondo y morado aparecía a la derecha, en el cuello oculto a medias bajo la sábana.

Nuestra presencia despertó al niño, quien comenzó a llorar dando fuertes gritos como si protestara contra la luz, esa íntrusa que denunciaba su deformidad...

— Ahora, visitemos a la madre, — dijo selícito mi guía.

En una pieza vecina, descansaba la puérpera, una joven "hija del país", de tinte trigueño pálido, grandes y aterciopelados ojos, cabello negro y luciente, simpático conjunto.

Con cariñoso interés indagamos la historia del pequeño monstruo. Hela aquí: es la de un mal que nos aflige, que nos duele, a todos y muy de cerca. Temo no poder reflejar la inconsciente impudicia con que nos fué referida.

Sin manifestar el menor interés por la suerte del recién nacido hasta el punto de no preguntar qué nombre llevaría ni pedir verlo — sabiendo que iba a ser llevado a la "Cuna" — nos habló con voz monótona, indiferente y tranquila:

"Nací en Córdoba; hasta los ocho años corretié con mis hermanos pidiendo limosna. Cuando mi madre cayó presa, me emprestaron a una familia de Jesús María y cuando tuve quince años me conchabaron en Buenos Aires. Un día, un joven, hermano de la señora, "me tomó por zonza"... Al poco tiempo me dió el primer ataque (se trata de una epiléptica), hasta entonces yo era sana y muy fuerte. A los meses, tuve que salir del conchabo: aunque me ajustaba mucho, ya me hacían burla en la cocina porque se conocía que iba a tener un hijo. Lo tuve en el hospital y lo eché a la "Cuna". Después me tomaron como ama en una casa rica. De ahí me echaron porque me dió un ataque muy fuerte. En ninguna casa paraba. Todos me tenían miedo. Ultimamente vivía por "Las Ranas" con un hombre malo, que se emborrachaba y me pegaba fuerte. Cuando me trajeron acá yo no sabía que iba a tener otro hijo; me lo dijo la hermana y yo no lo quería creer... ".

La Crónica Policial trae a diario relatos de infanticidio perpetrados por sirvientas... y por "niños bien".

Deber de la aristocracia digna de ese nombre es el de servir al pueblo de ejemplo de vida sana y feliz.

Parece, a primera vista, deber fácil de llenar.!Quién no ama la salud y la dicha y no la ostenta ufano aunque más nos sea para exclusivo contentamiento!

Pero es que no se llene un deber sin especiales aptitudes. Para que esa clase llene su cometido, debe ser privilegiada, a la vez,—especialmente en la fase femenina—por la educación y por la vida de familia. Así será elemento útil, espejo de buenas costumbres, modelo de virtudes, representante el más alto del pueblo a que pertenece. Pero cuando se trata de una plutocracia—como, desgraciadamente, es el caso en nuestra Argentina—esa clase, colocada a mayor altura, sirve tan sólo, para difundir, aumentados, sus defectos. Es que el oro de la tierra es corruptor si no se alía el oro del espíritu.