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Patriarca
de Godofredo Daireaux



-La bendición, tata.

-Dios te haga bueno, hijo.

-Tata, aquí está un señor que dice que quiere hablar con usted.

El anciano, gaucho alto y fornido, de ancha barba blanca, erguido todavía, en su traje criollo, a pesar de sus 80 años, se levantó de la silla de paja, desde la cual, en el umbral de la puerta principal de la casa, seguía con cariñosos ojos, algo velados ya por el crepúsculo de la noche eterna, cuya hora paulatinamente se acercaba, los infantiles juegos de la cuarta generación de su sangre.

-Pase usted adelante, señor -le dijo al visitante-, y tome usted asiento. Marianito, tráete una silla. Ana, un mate.

Y el forastero, comerciante del Azul, introducido por el hijo menor del anciano, hombre ya de veintiocho años, se acercó, saludó, se sentó, y, ofreciendo al viejo un cigarro, prendió otro y empezó a fumar, callado, pensativo, y como cortado.

Es que la sola vista del patriarca, el aspecto de la modesta morada, repleta de familias, desbordando de muchachos de todas edades, hormigueando de humanidad, le hacían súbitamente parecer como peregrina la idea que había tenido de venirle a proponer al viejo don Ceferino La Cueva de comprarle el campo.

Y no se atrevió a hablarle de lo que, en realidad, lo había traído, comprendiendo que al roble secular no se le cambia de sitio. Se contentó con preguntarle por el precio que iba a pedir por la lana, cuando hubiera esquilado; si tenía cueros para vender, y otras cosas por el estilo, que el viejo le declaró que ya no eran de su incumbencia, sino de la de su hijo menor, Anselmo, ahí presente; él era quien hacía de mayordomo y corría con la administración de los bienes de la familia, por ser el que mejor entendía de cuentas, habiendo tenido la suerte de nacer cuando se empezaron a fundar escuelas.

De los otros catorce hijos que le quedaban vivos, algunos se habían desparramado, un poco en todas partes; muchos ocupaban puestos en el mismo campo, cuidando a interés haciendas de su propiedad; otros se habían ido a buscar la vida en las estancias vecinas, de capataces, unos, de mayordomos, dos o tres, y hasta de peones, los que más no habían podido. Al fin, a todos y a cada uno les había proporcionado parte de lo que Dios le había dado, según los tiempos y las circunstancias, soltándolos a todos, a medida que las alas les iban creciendo y ayudándolos siempre, según sus propias fuerzas.

Y seguían ellos haciendo lo mismo con sus propios hijos, numerosa prole que se extendía en los campos adyacentes, con diferentes condiciones de fortuna, de tal modo, que un solo pulpero de los alrededores tenía dadas a personas del mismo apellido «La Cueva», ¡treinta y ocho libretas!

-Y ¿cuántos años hace que está usted en este campo? -preguntó el comerciante.

-Cuarenta, más o menos. En el sesenta, el patrón, en casa del cual me había criado y estaba yo de capataz, y que era hombre de posición, me hizo conseguir del Gobierno esta suerte de estancia, tres cuartos de legua, que valían entonces poca plata, como pajonales que eran y siempre expuestos a algún malón de los indios.

»Tenía bastante familia, y ya que, a pesar de lo poco segura que era entonces la vida, había podido escapar a la muerte, tanto en las guerras civiles que presencié, como en las expediciones contra los indios que me tocó hacer, juré que, sosegado ya, de aquí no salía más.

»Y así fue. Tampoco tenía mayor ambición que criar la familia que Dios me mandara. Me la mandó, señor, numerosa, como usted ve. Cuando murió mi pobre finada -que en paz descanse-, en el 82, teníamos ya treinta y cinco nietos.

»Los haberes, es cierto, aunque todavía pocos, iban en aumento; las haciendas empezaban a tomar bastante valor, y el campito, refinado, podía soportar otra cosa que las cuatro mil ovejas y las mil vaquitas de antaño. Pero, señor, una familia tan larga come y gasta, y pasaron, hace mucho, los tiempos en que los terneros nacían de las pajas, y en que la carne sobraba.

»Aunque comprendo lo que es el progreso, encuentro que los campos están ya por demás tupidos de gente; y me es difícil no echar de menos el tiempo en que, para hacerse de un lazo bueno o de una cincha blanca, había que andar poco, antes de encontrar algún animal de marca desconocida que se lo proporcionara.

-Pero también, señor, insinuó el visitante, justamente por esa población, es que su campo hoy vale una fortuna. Mire que son dos mil veinticinco hectáreas, que representan, por lo menos, cincuenta pesos cada una.

-No sé, señor, lo que valdrá, ni quiero saberlo. No entiendo de hectáreas, y sólo sé que son mil doscientas cuadras bien pobladas de hacienda, y donde pueden vivir, con sus familias, todos los de mis hijos que así lo quieran. Cuando descanse yo en la tierra, los muchachos se arreglarán. Dicen que será difícil porque son muchos, y que algunos han muerto, que otros andan desparramados; pero, entre mis nietos, no dejará de haber alguno capaz de componer las cosas, y de tratar de que puedan echar raíces algunos, siquiera, de los retoños, en el sitio donde vivió tanto tiempo el árbol viejo.

¡Cuán pocos han sido, en tierra argentina, los árboles así clavados en el suelo, bastante arraigados y firmes para conservar intacta, a través de los años, la cuna familiar, salvándola de la destrucción que, para el gaucho pobre, siempre han traído consigo los vicios, la dejadez, el despilfarro y las trampas!


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Nota de WSEditar

Este cuento forma parte de los libros: