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Allá por los 1880, don Pedro Arce, recomendado a un señor Labat, tendero, que quería poblar ocho leguas de su propiedad, en el sur, se había costeado hasta Buenos Aires, y había recibido de su nuevo patrón instrucciones para comprar dos mil ovejas y quinientas vacas, con que debía instalarse en el campo, cuidándolas al tercio del producto.

Para don Pedro Arce, hombre de mucha familia y de ningún capital, era inesperada ocasión, y después de haber ido a conocer el campo que le destinaban, cosa de unos quince días de galopes, compró la hacienda, conchabó peones y la arreó, llevándose en el carro los trastes y la familia.

Y los años habían pasado: ¡siete!, sin que nunca se decidiera su patrón a emprender el viaje, para venir a ver sus intereses, a pesar de las muchas ganas que, de vez en cuando, escribía tener de hacerlo.

Pero ya una galera pasaba por allí, y esta vez, el anuncio fue formal: se venía, no más. Don Pedro Arce arregló el rancho como para recibir dignamente al dueño del campo, y compró en la pulpería un catre, dos sillas, media docena de platos de loza, tres vasos y varios otros artículos que, aunque siempre lo hubiera pasado perfectamente sin ellos, le parecieron de repente indispensables. Así cunde la civilización creando necesidades.

Y don Juan Labat llegó. Poco sabía andar a caballo, habiendo sido siempre tendero, de profesión, pero don Pedro tenía mancarrones mansos, y todo anduvo pronto muy bien. La novedad, el aire vivificante de la Pampa, tan embriagador siempre, en su propiedad, para los pulmones del dueño; el cansancio producido por los galopes y las recorridas, el apetito formidable que se apodera, al aire libre, del pueblero de buena salud, todo le hacía encontrar al señor Labat, blanda la cama, rica la comida, suntuosa la casa; y gozaba, al tratar de contar -cosa todavía imposible para él-, las ocho mil ovejas y las dos mil vacas que ya poblaban el campo, sin haberle dado más trabajo que el de pagar, al principio, algunos miles de pesos, vueltos a cobrar, desde entonces, unas cuantas veces, en lana, novillos y capones.

El único cálculo que entibiaba algo su placer era que la parte que tenía que entregar a don Pedro Arce por su tercio, fuera ya de 500 vacas y 2.000 ovejas, justamente el capital primitivo; y esto, aunque fuera el trato, le hacía cosquillas, porque está bien, ¿no es cierto?, que uno gane algo con su trabajo, pero ganar tanto, ya era por demás. Sobre todo que Arce había tenido su tercera parte de los otros productos. Bien reconocía que vivir en el desierto presenta sus peligros y sus sinsabores; pero esta gente está acostumbrada. A más, el capital de uno está muy arriesgado: supóngase que con él se haya mandado mudar el Pedro Arce, éste; en siete años, no hubiera sido muy extraño: esos gauchos, a veces... Pero Pedro Arce no se había mandado mudar; había cuidado bien y dado buena cuenta... Con todo, 500 vacas y 2.000 ovejas, amigo, es todo un capital.

Otra idea que, aunque atropellara, difícilmente entraba de lleno y con claridad, en la mente del señor Labat, a pesar de haber él recorrido ya bastantes leguas en su campo, era la de la extensión real que representaban las veinte mil hectáreas de que se encontraba dueño. ¡Veinte mil hectáreas!, no se da así no más cuenta cabal de lo que son, quien, en su tierra, hubiera considerado como sueño irrealizable, la posesión de un tablar de repollos.

Sentado, a la tarde, en un banquito de madera, bajo el alero de paja del rancho, saboreando el mate campestre, contemplaba la puesta del sol en sus dominios, con algo, en los ojos, de la mirada conquistadora de Carlos Quinto, y celebraba, en su interior, la magnitud de su inteligencia, atribuyendo a un pensamiento profético todo el origen de su fortuna.

No se quería acordar, o sencillamente se había olvidado, del trabajo que, en 1876, le había costado a un amigo suyo, simple corredor que sólo quería ganar su comisión, el convencerle que tres mil doscientos pesos fuertes, pagaderos en cuatro cuotas anuales, no eran nada, en el estado próspero de los negocios de su tienda, y que ocho leguas de campo, algún día, representarían un gran valor.

Tentado a veces, otras asustado por el compromiso, al fin cansado de luchar, había aflojado los ochocientos pesos de la primera cuota, remitiendo sólo seis mil francos y una mentira a su comisionista en París, en vez de los diez mil que le había prometido. Y después había luchado, economizado, con la idea no sólo de acabar de pagar el campo, sino también de poblarlo; a los tres años, lo había podido hacer, y esto lo había salvado de la tentación, fatal para muchos, y que no le faltó, en el curso de los años, de volver a vender la tierra, engañados por las apariencias de una soberbia realización.

No se acordaba que después de haber hecho el primer pago, cuando, atrasado en sus vencimientos, recibió de París cartas amargas, había tratado veinte veces, sin resultado, de deshacerse, perdiendo, de lo que él y los demás llamaban su clavo.

Fue entonces que, avergonzado de haberse caído en una trampa, imitó al zorro rabón, aconsejándoles a todos sus amigos de comprar también algún lote.

Pero los amigos se reían, se burlaban de él; le demostraban que era un robo del Gobierno, que las leguas eran sólo de dos mil quinientas hectáreas, en vez de dos mil setecientas que tenían las leguas españolas; que nunca se acabaría con los indios, y al fin, que debían de ser tierras inservibles.

Uno solo, uno, un peluquero que nunca había ido más allá de Morón, se dejó tentar y compró cuatro leguas, colocando así sus ahorros como quien toma un billete de lotería, cerrando los ojos y haciéndose retar en grande por su mujer.

Otro, más rico, quiso también hacer algo, pero en mayor escala, y hombre prudente, comisionó a un hacendado conocido suyo, criollo viejo de la Pampa, conocedor, como ninguno, de lo que era campo. Fue éste, con dos peones y una gran tropilla de caballos, recorrió la comarca indicada y volvió completamente desengañado, decía, asegurando que, para él, todo ese territorio no valía nada, que ni en cien años se iba a mejorar tanta puna; que las lagunas eran saladas, que había muchos médanos, que hasta las perdices eran flacas, en fin, que sólo un infeliz se podía meter en ese desierto.

Singular aberración, común, en aquel tiempo, a casi todos los hacendados que, en vez de ser los primeros en aprovechar la única y espléndida oportunidad, dejaron caer esas tierras en manos profanas de especuladores, que, sin haberlas visto jamás, sacaron de ellas, sin trabajo, fortunas enormes, inmerecidas. Por supuesto, se retiró el candidato prudente, ante semejantes informes, y compró cédulas, burlándose más que nunca de su amigo Juan Labat.

Apenas cinco años más tarde, vio llegar éste hasta su campo un ramal de ferrocarril que centuplicó su valor; y calculando que ya el jirón de pampa, ayer inculto y desierto, estaba en vísperas de hacerse un verdadero condado, se apresuró -con razón- en rescindir su contrato con Pedro Arce.


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