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SESION DE 29 DE JULIO DE 1835

sejo, que no se piensa en escluir base alguna. El Gobierno de los Estados Unidos, que tiene mui buenos medios de saber lo que pasa i de sondear los planes políticos del Gabinete español, lo ha entendido así. Los Ministros de las Repúblicas americanas en Paris i Londres han formado el mismo concepto. ¿No es esto suficiente para salvar al Gobierno de la nota de lijereza? No censuramos el escepticismo de El Filopolita. Dude enhorabuena. Nosotros tampoco prestamos una fé ciega a la diplomacia europea. Lo que decimos es que, aun considerando como dudoso el resultado de las negociaciones, no hai motivo para rechazarlas. Si tienen buen éxito, ganamos; si no lo tienen, no perdemos; al contrario, pondremos nuestra causa de mejor semblante; el enemigo habrá dado una prueba mas de su terquedad e injusticia; i nosotros, tratándole decorosa i cortesmente, mereceremos la aprobacion de El Filopolita mismo i de todo hombre que sepa distinguir entre la dignidad modesta i la plebeya altanería, entre el patriotismo verdadero i aquel otro simulado i falso, cuyo distintivo es la jactancia i la fanfarronada.

No insistiremos sobre lo dicho en nuestro número anterior, acerca de la importancia de España. Las hostilidades no tienen por único objeto la conquista. Una provincia, una plaza, una isla desierta son prendas de mucho valor en la guerra, aun cuando no se piensa en establecimientos permanentes. La fortuna de las armas estará siempre a nuestro favor; no lo dudamos. ¿Pero se puede en buena política o en buena moral desperdiciar la coyuntura de una paz honrosa por la esperanza de una victoria, cualquiera que sea su brillo?


Núm. 119


legacion a españa[1]

Aunque en el número anterior dimos por concluida esta materia, el discurso que nos dirije el último Araucano, nos obliga a volver a tratarla. Su bien merecido prestijio, su reconocida superioridad i las calidades que la han elevado a una eminencia a que nosotros no podremos llegar, pueden hacer que nuestras razones aparezcan débiles, sin tener mas diferencia de las suyas que el brillo de la elocuencia, aunque en el fondo puedan ser de la misma o mayor fuerza. Profesando con El Araucano unos mismos principios orijinarios de patriotismo, discordamos en otros secundarios, que para nosotros si tienen alguna relacion con este asunto, no la creemos de importancia. El Araucano respeta mucho aquellas fórmulas establecidas por la diplomacia, sin las que las Naciones no obtienen el título de independientes en el concepto de los políticos europeos. De aquí parten todos sus argumentos i todas sus observaciones; i así es que si él abandonara este principio, de hecho, seguramente pensaría como nosotros que no damos mas título de lejitimidad a nuestra Independencia que el derecho para emprender su restablecimiento i la victoria con que la obtuvimos. El Monarca español adquirió la dominacion de América por solo la fuerza, i los americanos se la arrancaron por ésta i por la razon, sin quedar obligados a ninguna consideracion con él. Por esto no tienen eficacia sobre nosotros las reflexiones de El Araucano, dirijidas todas a ajustar un convenio en que el Gobierno español se desprenda de los títulos de señorío de que los diplomáticos le consideran todavía en posesion.

No tendríamos embarazo en conformarnos con la opinion de El Araucano, si el lenguaje de las comunicaciones, que a su modo de ver ha sido suficientemente esplícito, no fuera tan dudoso para nosotros. Nada hallamos en ellas que nos indique con seguridad que el Gobierno español está animado de principios liberales. Verdad es que se ha franqueado a entrar en negociaciones para salir cuanto ántes de una situacion incierta fijando definitivamente la suerte de estos vastos territorios. Pero ¿no se conoce por estas espresiones, el carácter de superioridad con que el Gobierno español está dispuesto a tratar con los americanos? Aquella frase al final de la comunicacion del Ministro Martínez de la Rosa al de los Estados Unidos, "EI importante objeto... a saber la mútua reconciliacion de las partes interesadas, i la terminacion definitiva de sus desavenencias, en términos ventajosos i honoríficos para entrámbas" es lo mas esplícito que hallamos, mas no nos es suficiente para decidirnos por la opinion de El Araucano, porque las palabras reconciliacion de desavenencias en términos ventajosos i honoríficos para entrámbas nos infunden recelos. Concebimos mui bien que, solicitando los americanos el reconocimiento de la Independencia, recibe el Gobierno español la honra de ser rogado para conceder una cosa que no puede negar, i la ventaja de entrar a la participacion de nuestro comercio por medio de los correspondientes tratados; mas, para nosotros no resulta mas utilidad que el borrar la idea asustadora del estado de guerra nominal, i el llenar las fórmulas diplomáticas. El apego a estas i el, respeto que tributa El Araucano a las instituciones monárquicas, le hacen dar tanta importancia a esas comunicaciones; i si no, respóndanos con toda la sinceridad i buena fé que tantas veces ha acreditado ¿daría a una carta de un Ministro de algun Gobierno americano tanto valor como el que considera en la que dirijió el Ministro Martínez de la Rosa a don José Jestal? Creemos que nos dirá que nó, i nosotros le confesaremos, que, a nuestro juicio, ámbos documentos serían insignificantes por la instabilidad del Gobierno

  1. Este artículo ha sido trascrito de El Philopolita, número 3, de 19 de Agosto de 1835. —(Nota del Recopilador.)