Mezclilla: 54


Carta tercera y última: IIEditar

Todo lo anterior, Sr. Quintilius, está escrito hace muchas semanas, y al volver hoy a tan enojosa materia, hágolo sin gusto, y sólo por terminar estas cartas en mal hora comenzadas. No es porque crea que la cuestión se ha hecho vieja, como puede hacerse La gran vía o cualquier asunto de esos de mucho ruido y pocas nueces; sino porque creo que es el asunto demasiado poco ameno para tratado minuciosamente en los periódicos diarios. Y así, para concluir luego, voy a abreviar lo más que pueda. Me creerá usted bajo mi palabra (y si no, no tiene más que ir a verlo), que lo mismo que sucede en el Diccionario con las preposiciones estudiadas hasta aquí, pasa con todas las demás, lo mismo con las que omite que con las pocas que incluye. Pondré sólo algunos ejemplos.

Día. Esta preposición inseparable no consta en el léxico oficial. Pero constan palabras españolas compuestas con ella, v. gr., diálogo, diacústica (de día, por, dice el Diccionario), y acústica.

Aquí tiene Quintilius otro ejemplo que prueba que la Academia no sigue, para incluir u omitir preposiciones, el criterio que él la atribuía piadosamente. Deténgome en dialecto.

El Diccionario: Dialecto (del gr. dialego, hablar). No hay tal cosa. Dialego no significa hablar, sino conversar, que no es lo mismo; en latín colloquor y no loquor. Pero he dicho mal: dialego no significa nada de eso, sino secerno, discerno, deligo; lo que significa colloquor es dialegomai.

Ya irá viendo Quintilius que la Academia traduce con poca exactitud. Veamos otro ejemplo de esto mismo. «Díptero, escribe, de dis, dos, y pteron, ala». Dis no significa dos, señora Academia; dis significa siempre, dos veces; es, lo mismo bis en latín. Decir que dis significa dos, es como decir que simul en latín significa uno. No hay modo de cohonestar este disparate. Quintilius tendrá que reconocer que traducir dispor dos, siendo tan fácil decir dos veces, es una falta mayúscula. Pero, claro, como los dípteros tienen dos alas... se dijo la Limpia: pues dis, dos. Así se acaba pronto; pero no se hace bien.

Ya se dijo que es una preposición que la Academia incluye en su Léxico, pero en mal hora. Dice: Peri (del gr. ) preposición que significa alrededor de. -No puede estar más claro: «significa alrededor de». Según lo cual, perigeo debe de significar alrededor de la tierra...; y en efecto, la Academia dice: «Perigeo, de peri, alrededor, y ge, tierra». Luego alrededor de la tierra. ¿Y cabe mayor disparate? No; tan grande es, que la misma Academia, olvidando la etimología señalada tan puntualmente con traducción tan absurda, dice: Punto en que un planeta se halla más próximo a la tierra. Podrá esto no estar bien, allá los cosmógrafos; pero al fin, no es el absurdo a que la etimología traducida académicamente conduce: alrededor de la tierra.

Y para que vea Quintilius que formal es su defendida, a los cuatro renglones dice el Diccionario: «Perihelio, del griego, peri, cerca de; y helios, sol». ¡A buena hora cae de su burro, más o menos gris, la esplendorosa Corporación! ¿Conque peri junto al sol significa cerca de, pero junto a la tierra significa alrededor? Si el Diccionario hubiera comenzado por no decir que peri significaba alrededor de, sin más, se hubiera ahorrado estas pruebas de su falta de formalidad. Y para no incurrir en peri sologias, no hablo más de esto.

Ni de nada.

Dejo en el tintero, convirtiéndolo en soto, cuantos gazapos greco-latinos me proponía cazar más adelante. Usted, Sr. Quintilius, me creerá bajo mi palabra, repito, si le digo que en lo que dejo sin notar en materia de preposiciones, así griegas como latinas, se observan los mismos defectos por parte de la Academia.

Yo tengo muchas más cosas que hacer que andar cogiendo preposiciones inseparables por el rabo. Respecto de la cuestión general, y casi casi filosófica a que aludía en mi extravagante, debo anunciarle que no la trataré ya en carta particular dirigida a usted, sino en uno de mis próximos folletos literarios. Si usted tiene gusto en leer lo que se me ocurra, le enviaré con mucho placer un ejemplar del opúsculo correspondiente (y eso que es una mala costumbre la de regalar libros), siempre y cuando que yo averigüe cómo se llama usted, y a dónde hay que dirigirse. Y nada más. Perdone usted, perdonen los lectores, y Dios perdone al Diccionario.