Mala hierba/Parte II/I

Mala hierba
de Pío Baroja
I
II

I

Sandoval - Los sapos de Sánchez Gómez - Jacob y Jesús


Salieron juntos Manuel y Roberto de la estación del Norte.

-¡Y otra vez a empezar! -le dijo Roberto-. ¿Por qué no te decides de una vez a trabajar?

-¿En dónde? Yo para buscar no sirvo. ¿Usted no sabe algo para mí? En alguna imprenta...

-¿Te decidirás a entrar de aprendiz sin ganar nada?

-Sí; ¿qué voy a hacer?

-Si te parece bien, yo te llevaré al director de un periódico ahora mismo. Vamos.

Subieron hasta la plaza de San Marcial; luego, por la calle de los Reyes, hasta la de San Bernardo, y en la calle del Pez entraron en una casa.

Llamaron en el piso principal, y una mujer esmirriada salió a la puerta y les dijo que aquel por quien preguntó Roberto estaba durmiendo y no quería que se le despertase.

-Soy amigo suyo -replicó Roberto-; yo le despertaré.

Entraron los dos por un corredor a un cuarto oscuro, en donde olía a yodoformo de una manera apestosa. Roberto llamó:

-¡Sandoval!

-¿Qué hay? ¿Qué sucede? -gritó una voz fuerte.

-Soy yo, Roberto.

Se oyeron los pasos de un hombre desnudo que abrió las maderas de un balcón y luego se le vio volver a meterse en una cama grande.

Era un hombre de unos cuarenta años, rechoncho, grasiento, de barba negra.

-¿Qué hora es? -dijo, desperezándose.

-Las diez.

-¡Qué barbaridad! ¿Es tan temprano? Me alegro que me hayas despertado; tengo que hacer muchas cosas. Da un grito por el pasillo.

Roberto lanzó un «¡Ehl» sonoro, y se presentó en el cuarto una muchacha pintada, con aire de mal humor.

Anda, tráeme la ropa -la dijo Sandoval, y de un esfuerzo se sentó en la cama, bostezó estúpidamente y se puso a rascarse los brazos.

-¿A qué venías? -preguntó.

-Pues como el otro día dijiste que necesitabas un chico en la redacción, te traigo éste.

-Pues, hombre, tengo ya otro.

-Entonces, nada.

-Pero en la imprenta creo que necesitan.

A mí ese Sánchez Gómez no me hace mucho caso.

-Se lo diré yo; no me puede negar eso.

-¿Se te olvidará?

-No, no se me olvidará.

-¡Bah! Escríbele; es mejor.

-Ya le escribiré.

-No, ahora; ponle unas letras.

Mientras hablaban, Manuel observó con curiosidad el cuarto, de un desorden y una suciedad grandes. El mobiliario lo componían: la cama de matrimonio, una cómoda, una mesa, un aguamanil de hierro, un estante y dos sillas rotas. Sobre la cómoda y el estante se amontonaban libros desencuadernados y papeles; en las sillas, enaguas y vestidos de mujer; el suelo estaba lleno de puntas de cigarro, de trozos de periódicos y de pedazos de algodón utilizados para alguna cura; debajo de la mesa aparecía una jofaina de hierro convertida en brasero, llena de ceniza y de carbones apagados.

Cuando la muchacha pintada vino con el traje y la camisa, Sandoval se levantó en calzoncillos y anduvo buscando el jabón entre los papeles, hasta que lo encontró. Se fue a lavar en la palangana del aguamanil, llena de agua sucia hasta arriba, en la que nadaban remolinos de pelos de mujer.

-¿Quieres echar el agua? -dijo el periodista a la muchacha humildemente.

-Échala tú -contestó ella de mala manera, saliendo del cuarto.

Sandoval salió en calzoncillos al corredor con la palangana en la mano; después volvió, se lavó y fue vistiéndose.

Sobre los libros y los papeles se vela algún peine grasiento, algún cepillo de dientes gastado y rojo por la sangre de las encías; un cuello postizo con ribetes de mugre, una caja de polvos llena de abolladuras, con la brocha apelmazada y negra.

Después de vestirse, Sandoval se transformó a los ojos de Manuel: tomó un aire de distinción y elegancia, escribió la carta que le pedían, y Roberto y Manuel salieron de la casa.

-Se ha quedado maldiciendo de nosotros -dijo Roberto.

-¿Por qué?

-Porque es perezoso como un turco. Perdona todo menos que le hagan trabajar.

Salieron los dos nuevamente a la calle de San Bernardo y entraron en una callejuela transversal. Se detuvieron frente a una casa pequeña que salía de la línea, de las demás.

-Ésta es la imprenta -dijo Roberto.

Manuel miró; ni letrero, ni muestra, ni indicación de que aquello era una imprenta. Empujó Roberto una puertecilla y entraron en un sótano negro, iluminado por la puerta de un patio húmedo y sucio. Un tabique recién blanqueado, en donde se señalaban las huellas impresas de dedos y de manos enteras, dividía este sótano en dos compartimientos. Se amontonaban en el primero una porción de cosas polvorientas; en el otro, el interior, parecía barnizado de negro; una ventana lo iluminaba; cerca de ella arrancaba una escalera estrecha y resbaladiza, que desaparecía en el techo. En medio de este segundo compartimiento, un hombre barbudo, flaco y negro, subido en una prensa grande, colocaba el papel, que allí parecía blanco como la nieve, sobre la platina de la máquina, y otro lo recogía. En un rincón funcionaba trabajosamente un motor de gas, que movía la prensa.

Subieron Manuel y Roberto por la escalera a un cuarto largo y estrecho, que recibía la luz por dos ventanas a un patio.

Adosados a las paredes y en medio estaban los casilleros de las letras, y sobre ellos colgaban algunas lámparas eléctricas, envueltas en cucuruchos de papel de periódico, que servían de pantalla.

En las cajas trabajaban tres hombres y un chico; uno de los hombres, cojo, de blusa azul larga, sombrero hongo, aspecto de mal humor, con los anteojos puestos, se paseaba de un lado a otro.

Roberto saludó al señor cojo y le entregó la carta de Sandoval. El cojo cogió la carta, y gruñó malhumorado:

-No sé para qué me vienen con estas comisiones. ¡Maldita sea la...!

-Éste es el chico a quien hay que enseñarle el oficio -interrumpió

Roberto fríamente.

-Como no le enseñe yo la... -y el cojo soltó diez o doce barbaridades y un rosario de blasfemias.

-Hoy estará usted de mal humor.

-Estoy como me da la gana..., tanto amolar..., porque me sale así de los santísimos... ¿Sabe usted?

-Bueno, hombre, bueno -repuso Roberto, y añadió en un aparte alto de teatro de los que oye todo el mundo-: ¡Qué paciencia hay que tener con este animal!

-Es una broma -siguió diciendo el cojo, sin hacer caso del aparte-;que el chico quiere aprender el oficio, ¿y a mí qué? ; que no tiene qué comer, ¿y a mí qué? Que se vaya con dos mil pares..., con viento fresco.

-¿Le va usted a enseñar o no, señor Sánchez? Yo tengo que hacer; no quiero perder el tiempo.

-¡Ah, usted no quiere perder el tiempo! Pues váyase usted, hombre; a bien que yo necesito que se quede usted aquí; que se quede el chico; usted aquí estorba.

-Gracias. Tú, quédate aquí -dijo Roberto a Manuel-; ya te dirán lo que tienes que hacer.

Manuel quedó perplejo, vio a su protector que se marchaba, miró a todos lados, y viendo que nadie le hacía caso, se fue acercando a la escalera y bajó dos peldaños.

-¡Eh! ¿Adónde vas? -le gritó el cojo-. ¿Es que quieres o no quieres aprender el oficio? ¿Qué es esto?

Manuel quedó nuevamente confuso.

-¡Eh, tú, Yaco! -gritó el cojo, dirigiéndose a uno de los hombres que trabajaban-. Enséñale la caja a este choto.

El aludido, un hombrecillo flaco y muy moreno, con barba negrísima, que trabajaba con una rapidez asombrosa, echó una mirada indiferente a Manuel y volvió a su trabajo.

El chico permaneció inmóvil, y viéndolo así el otro cajista, un joven rubio, de aspecto enfermizo, le dijo al compañero de la barba en tono burlón, con una canturia extraña:

-¡Ah, Yaco! ¿Por qué no le enseñas al muchacho las letras?

-Enséñale tú —contestó el que llamaban Yaco.

El de la barba arrojó a su compañero una mirada siniestra; el rubio se echó a reír; y le indicó a Manuel en dónde estaban las letras; después trajo una columna impresa que sacó rápidamente de un marco de hierro, y dijo:

-Ve echando cada letra en su cajetín.

Manuel comenzó a hacerlo con mucha lentitud.

El cajista rubio llevaba una blusa azul larga y un sombrero hongo, a un lado de la cabeza. Inclinado sobre el chibalete, con los ojos muy cerca de las cuartillas, el componedor en la mano izquierda, hacía líneas con una rapidez extraordinaria; su mano derecha saltaba vertiginosamente de cajetín a cajetín.

Con frecuencia se paraba a encender un cigarro, miraba a su barbudo compañero y le preguntaba una cosa, o muy tonta o de esas que no tienen contestación posible, en tono jovial, pregunta a la cual el otro no contestaba más que con una mirada siniestra de sus ojos negros.

Dieron las doce, dejaron todos el trabajo y se fueron. Manuel quedó solo en la imprenta. Al principio abrigó la esperanza de que le darían de comer: luego pudo convencerse de que nadie se había preocupado de su alimentación. Reconoció la imprenta; nada, por desgracia era comestible; pensó que quizá aquellos rodillos, quitándoles la tinta de encima, podrían ser aprovechados, pero no se decidió.

A las dos volvió Yaco; poco después el rubio, que se llamaba Jesús, y comenzaron de nuevo el trabajo.

Manuel siguió en su tarea de distribución de letras, y Jesús y Yaco en la de componer.

El cojo corregía galeradas, las entintaba, sacaba una prueba, poniendo encima de ellas un papel y golpeando con un mazo; después, con unas pinzas, extraía unas letras y las iba sustituyendo por otras.

Jesús, a media tarde, dejó de componer, cambió de faena; cogía las galeradas, atadas con un bramante, las soltaba, formaba columnas, las metía en un marco de hierro y las sujetaba dentro de unas cuñas.

El marco se lo llevaba uno de los maquinistas al sótano y volvía con él al cabo de una hora. Jesús sustituía en el marco de hierro unas columnas por otras y se llevaban de nuevo la forma. Poco después se repetía la misma operación.

Luego de trabajar toda la tarde, iban a salir a las siete cuando Manuel se acercó a Jesús y le dijo:

-¿No me dará el amo de comer?

-¡Quia!

Yo no tengo dinero; no he podido tampoco almorzar.

-¡Ah!, ¿no? Anda, vente conmigo.

Salieron juntos de la imprenta y entraron en una tabernucha de la calle de Silva, en donde comía Jesús. Habló éste con el tabernero, y después dijo a Manuel:

-Aquí te darán el cocido de fiado. Yo he respondido por ti. A ver si no haces una charranada.

-Descuide usted.

-Bueno, vamos adentro; hoy convido yo.

Penetraron en el interior de la tasca y se sentaron los dos a la mesa. Les trajeron una fuente con guisado, pan y vino. Mientras comían, Jesús contó de una manera humorística una porción de anécdotas del amo de la imprenta, de los periodistas y, sobre todo, de Yaco, el de la barba, que era judío, muy buena persona, pero avaro y sórdido hasta perderse de vista.

Jesús le solía tomar el pelo y le incomodaba para oírle.

Al concluir de cenar, Jesús preguntó a Manuel:

-Tienes sitio donde dormir?

-No.

-Ahí, en la imprenta, debe de haber.

Volvieron a la imprenta, y el cajista le pidió al cojo que permitiera a Manuel dormir en algún rincón.

-¡Moler! -exclamó el cojo-. Esto va a ser el asilo de la Montaña. ¡Vaya una golfería! Porque el cojo será muy malo, pero aquí todo el mundo viene. ¡Claro! A la gandinga.

Gruñendo, como era su costumbre, el cojo abrió un cuartucho al que se subía por unas escaleras, lleno de grabados envueltos en papeles, y después señaló un rincón, en donde había paja de jergones y unas mantas.

Durmió Manuel en la covacha hecho un príncipe.

Al día siguiente, el dueño le mandó ir al sótano.

-Mira lo que hace éste, y luego haz tú lo mismo -le dijo, indicándole al hombre flaco y barbudo subido a la plataforma de la máquina.

Cogía éste una hoja de papel de un montón y la colocaba sobre la platina; venían al momento las lengüetas de la prensa a agarrar la hoja con la seguridad de los dedos de una mano; al movimiento del volante, la máquina tragaba el papel, y al poco rato salía impreso por un lado, y unas varillas, como las de un abanico, lo depositaban automáticamente en una platina baja. Manuel aprendió pronto la maniobra.

El amo dispuso que Manuel trabajase por la mañana en las cajas y por la tarde y parte de la noche en la máquina, y le asignó seis reales de jornal al día. Por la tarde se podía aguantar el trabajo en el sótano; pero de noche, imposible. Entre el motor de gas y los quinqués de petróleo quedaba la atmósfera asfixiante.

A la semana de estar allí, Manuel había intimado con Jesús y con Yaco y se tuteaba con los dos.

Jesús le aconsejaba a Manuel que se aplicase en las cajas y aprendiera pronto a componer.

-Al menos se tiene la pitanza segura.

-Pero es muy difícil -decía Manuel.

-¡Quia, hombre! Acostumbrándose es más sencillo que cargar cubas de agua.

Manuel trabajaba siempre que podía, esforzándose en adquirir ligereza; algunas noches hacía líneas, y era para él un motivo de orgullo el verlas después impresas.

Jesús se entretenía en embromar al judío, remedándole en su manera de hablar. Habían vivido los dos algunos meses en la misma casa. Yaco (Jacob era su nombre), con su familia, y Jesús, con sus dos hermanas.

Le entusiasmaba a Jesús sacar a Jacob de sus casillas y oírle decir maldiciones pintorescas en su lengua melosa y suave, arrastrando las eses.

Según decía Jesús, en casa de Jacob hablaban su mujer, su suegro y él en la más extraña jerigonza que imaginarse puede; una mezcla de árabe y castellano arcaico que sonaba a algo muy raro.

-¿Te acuerdas, Yaco -le decía Jesús remedándole-,cuando llevaste a Mesoda, a tu mujer, aquel canario? Y te preguntaba ella: «¡Ah, Yaco!, ¿qué es ese pasharo que tiene las plumas amarías». Y tú le contestabas: «¡Ah Mesoda! Este pasharo es un canario y te lo traigo para tzá. Jacob, al ver que todo el mundo se reía, lanzaba una mirada terrible a Jesús y le decía:

-¡Ah roín, te venga un dardo que borre tu nombre del libro de los vivos!

-Y cuando Mesoda -proseguía Jesús- te decía: «Finca aquí, Yaco; finca aquí. ¡Ah Yaco, qué mala estoy! Tengo una paloma en el corazón, un martio en cada sien y un pescao en la nuca. ¡Llámale a mi babá que me traiga una ramita de letuario, Yaco!».

Estas intimidades de su hogar, tratadas en broma, exasperaban a Jacob, y oyéndolas se exaltaba, y sus imprecaciones podían dejar atrás las de Camila.

-No respetas la familia, perro -terminaba diciendo.

-¡La familia! -le replicaba Jesús-. Lo primero que debe hacer uno es olvidarla. Los padres y los hermanos, y los tíos y los primos, no sirven más que para hacerle a uno la pascua. Lo primero que un hombre debe aprender es a desobedecer a sus padres y a no creer en el Eterno.

-Calla, cafer, calla. Te veas como el vapó, con agua en los lados y fuego en el corasón. Te barra la escoba negra si sigues blasfemando así. Jesús se reía, y, después de oírle hablar a Jacob, añadía:

-Hace unos miles de años, este animal, que ahora no es más que un tipógrafo, habría sido un profeta y estarla en la Biblia al lado de Matatías, Zabulón y de toda esa morralla.

-No digas necedades -replicaba Jacob.

Después de la discusión, Jesús le decía:

-Tú ya sabes, Yaco, que nos separa un abismo de ideas; pero, a pesar de esto, si quieres aceptar el convite de un cristiano, te convido a una copa.

Jacob movía la cabeza y aceptaba.