Los prados de León/Acto III

Los prados de León
de Félix Lope de Vega y Carpio
Acto III

Acto III

 

NUÑO, solo.
NUÑO:

¿Qué es esto, cielo? ¿Qué estrella
a mi nacimiento estuvo
con oposición tan fiera,
con tan desdichado influjo!
¿ Era yo el que ayer tenía
del rey el lugar segundo!
¿Cómo estoy en tal bajeza!
No hay cometa cuyo curso
haya sido tan veloz.
Di luz; pero ya no alumbro.
Mucho parecen los reyes
en sus gustos y disgustos
a la luz de una linterna,
que la cubro y la descubro.
La luz es el rey, la mano
quien da la vuelta a su gusto;
y aquello mismo que alumbra,
deja en un momento oscuro,
el rey está disculpado;
que es santo, y aquí me trujo
para honrarme: envidia fue
la que mi bien descompuso.
Tomar venganza no puedo;
que ya mis fuerzas detuvo
su voluntad: sólo a Dios
la pido, hablándole mudo.
Volvámonos a la aldea;
que en dolor tan importuno
me consuelo en ver que a Nise
su labrador restituyo.
¿Quién duda que ella se huelgue
viendo que otra vez me cubro
del gabán con que me iguala?
Campos amenos y augustos,
recibid vuestro villano.
Altas hayas, robles duros,
apercebidme esos brazos.
Prados, desnudaos el luto.
Allá va el Prado que ya
llorábades por difunto,
porque veáis un traslado
de las mudanzas del mundo.
 

Campo.
NISE, sola.
NISE:

  Álamos blancos, que de verdes nuezas
y de silvestres vides abrazados,
crecéis alegres y vivís casados,
tomad agora ejemplo en mis tristezas.
Si pensáis que vestidas las cortezas
de tantos lazos, estaréis guardados
de veros para siempre despojados,
así fueron mis frágiles firmezas.
Temed del duro invierno los enojos,
donde las hojas pálidas y rojas
a los vientos darán vuestros despojos;
que el tiempo, que quitó con mil congojas
las verdes esperanzas a mis ojos,
mudará de color a vuestras hojas.
 

SILVERIO, NISE.
SILVERIO:

  Huélgome de hallarte aquí.

NISE:

Ya, Silverio, en soledades
me hallarás siempre.

SILVERIO:

Si fui
desdichado en las verdades
con que tu pecho ofendí,
  por estar tan ocupado
de aquel Prado que has perdido,
pues de doña Blanca es prado
donde apacienta tu olvido,
que es del ausencia el ganado;
  agora, Nise divina,
a mis desdichas te inclina.

NISE:

Nunca vienes para menos.

SILVERIO:

Vuelve esos ojos serenos.

NISE:

Ya tu enfado desatina.

SILVERIO:

  ¿Qué esperanza te entretiene,
cuando Nuño está casado?
 

NISE:

¿Casado?

SILVERIO:

Lucindo viene
de la Corte, y me ha contado
que a Blanca por dueño tiene.

NISE:

  ¡Nuño casado!

SILVERIO:

Yo digo
lo que pienso que tú sabes.

NISE:

¡Que te has casado, enemigo!

SILVERIO:

No lloréis, ojos suaves;
que usáis gran rigor conmigo.
  ¿No es mejor que os desquitéis,
y a quien os deja dejéis,
y a quien os quiere queráis?
Sin esperanzas regáis
Prado que tan seco veis.
  Ya del ausencia el rigor
todas sus flores arranca:
la primavera de amor
traspuso en ella flor blanca,
donde estaba vuestra flor.
  Y debiérades saber,
ojos, este desengaño,
después que mudó su ser;
que serlo vos era engaño,
siendo desigual mujer.
  Nuño es un gran caballero,
vos humilde labradora:
¿Qué esperáis?
 

NISE:

Mi muerte espero.

SILVERIO:

Vengaros podéis, señora.

NISE:

¿Cómo?

SILVERIO:

Decíroslo quiero.
  Si el Rey a Nuño ha forzado,
forzad vuestra voluntad;
dejad quien os ha dejado,
lo que aborrecéis amad,
trocad a una selva el prado.
  Silverio soy, que os adora.

NISE:

Por consuelo o por venganza,
te quiero, Silverio, agora.

SILVERIO:

¡Albricias, muerta esperanza!
¿Habláis de veras, señora?

NISE:

  Tanto vengarme deseo,
que por ver si doy pesar
a Nuño (como lo creo),
hoy me tengo de casar.

SILVERIO:

Tan presto llevarme veo
  desde mi desconfianza,
que es infierno de rigor,
al cielo desa esperanza,
que me enloqueciera amor
si fuera amor sin venganza.
  Mas como quiera que sea,
esta mano en vos se emplea.

NISE:

Y yo esta mía te doy,
prenda de que tuya soy.
 

NUÑO, de labrador; NISE, SILVERIO.
NUÑO:

(Aparte.)
(¿Quién habrá que aquesto crea?
  Mas ¡qué loca confianza
no lo pudiera creer,
ni menos quien más alcanza,
siendo el ausencia mujer,
y las mujeres mudanza!)
  Nise...

NISE:

¡Válganme los cielos!

NUÑO:

Nuño soy; que estos recelos
me han traído a tu presencia.
Si engendra olvido el ausencia,
¿qué ausente vive sin celos?

NISE:

  ¿Cómo el hábito has dejado,
y, con Blanca desposado,
vuelves villano al aldea?

NUÑO:

¿Qué dichoso hay que no sea
por envidia desdichado?
  Mas ¡yo casado, que a ti
la mano y palabra di,
que a un tosco villano das!
 

SILVERIO:

(Aparte.)
Si yo aguardo a lo demás,
Nuño me da muerte aquí;
  que dicen que allá en la guerra
cortó más cuellos de moros
que encinas tiene esta sierra.

NUÑO:

Nise, todos los tesoros
que Alfonso en el mundo encierra
  no me pudieran mudar;
mas tú, que en ausencia mía,
sin rey, sin oro, sin dar
a la fuerza, a la porfía
y a la privanza lugar,
  te casas con un villano,
¿qué disculpa das?

NISE:

Creer
que diste a Blanca la mano;
que es todo pecho en mujer,
para vengarse, inhumano.

NUÑO:

  ¿Quién te lo dijo?

NISE:

Silverio.

NUÑO:

¡Oh villano!
 

SILVERIO:

(Aparte.)
¡Cielo santo,
valedme!

(Huye.)
NUÑO:

(Siguiéndole.)
Si al negro imperio
de los que en eterno llanto
lamentan su cautiverio
  bajaras, o te subieras
a las más altas esferas,
no te escaparas de mí.

(Vase.)
NISE:

¡Ay triste!, engañada fui.
Amor es todo quimeras.
  La sierra arriba camina...
Piedras le tira..., él le mata.
 

BATO, LUCINDO, NISE.
BATO:

¿Marcia, en fin, te desatina?

LUCINDO:

Y cuanto peor me trata,
más a adorarla me inclina.

BATO:

  Aquí está Nise.

NISE:

Quisiera
que antes de los dos alguno
venido a la fuente hubiera.

LUCINDO:

¿Cómo?

NISE:

Silverio importuno,
para que amor le tuviera,
  me dijo que era casado
con Blanca Nuño de Prado,
y que tú se lo dijiste.

LUCINDO:

Miente, ¡por Dios!
 

NISE:

Mas ¡ay triste!
Que Nuño, disimulado
  en el traje que solía,
me halló, dándole la mano,
porque vengarme quería,
y va tras él.

BATO:

Ya es vano
querer seguir su porfía.

LUCINDO:

  Pues ¿tan presto a tu venganza
diste lugar?

NISE:

Soy mujer.

LUCINDO:

¡Qué presto disculpa alcanza!

BATO:

Con esto suelen hacer
a cualquiera son mudanza.
 

DON SANCHO, MENDO, NISE, LUCINDO, BATO.
D. ARIAS:

  Otra vez, Mendo, os dije en este prado
que a un labrador, a un Nuño me enseñásedes;
y agora a esta gallarda labradora.

MENDO:

Si os lleváis, mí señor, de aquesa suerte
los vecinos de Flor, en pocos días
se pasará a la Corte nuestra aldea.
Aquélla es Nise.

D. ARIAS:

Y por extremo hermosa.
Estéis mil veces, Nise, enhorabuena.
Dadme esas manos, y venid conmigo;
que os llama el rey.

NISE:

Como miráis villanos,
con su ignorancia no buscastes prólogos.
¡Que enhorabuena esté y que el rey me llama!

D. ARIAS:

A vos os miro yo como a señora,
tanto, que sois de Alfonso prima hermana.
La priesa es grande, y ésta fue la causa
de no buscaros prólogos ni arengas.
 

BATO:

¡Nise prima del rey!

NISE:

¡Qué es esto, cielos!

D. ARIAS:

Por no poder aqueste arroyo,
cuya pequeña puente es tan estrecha,
queda entre aquellos sauces la carroza
con la gente que viene a acompañaros.
Suplicoos que no espere el rey.

NISE:

Ni es justo.
 (Aparte.)
(¿Hay ventura tan grande! ¡Ay Nuño mío!
Hoy sí que soy tu igual. Hoy te merezco,
hoy te quito del pecho a doña Blanca;
quiérome ir, porque al venir le digan
que ya en palacio estoy, y que le igualo.)
Vamos, señor,

D. ARIAS:

Por esta parte iremos,
porque mejor en la carroza entremos.

(Vanse DON SANCHO y NISE.)

 

LUCINDO, MENDO, BATO.
LUCINDO:

  ¿Qué te parece?

BATO:

No sé;
Mendo lo sabrá mejor.

MENDO:

¡Buena nos dejan a Flor,
si Nise agora se fue!

BATO:

  Calla; que aún tengo esperanza
que han de volver por los tres.

LUCINDO:

Si tales mudanzas ves,
espera alguna mudanza.

BATO:

  Yo ¿qué puedo ser del rey?

LUCINDO:

Pariente también serás.

BATO:

¡Pariente!

MENDO:

¿Es poco?
 

BATO:

¿No más?

LUCINDO:

No dijera más un buey.

BATO:

  Parientes todos lo son.

LUCINDO:

¿Del rey? ¿Por quién?

BATO:

Por Adán.

MENDO:

Ved ¡qué volando que van!

BATO:

No importa; que habrá ocasión
  en que vuelvan por nosotros,
aunque no tengo pensado
qué seré del rey, ni he dado
en lo que seréis vosotros.
  ¿Seré yo su tío?

LUCINDO:

No.

BATO:

¿No tengo cara de tío?
¿Su padre?

LUCINDO:

¡Qué desvarío!

BATO:

Pero soy más mozo yo.
  ¿Seré su nieto?

LUCINDO:

Tampoco.

BATO:

Chozno del rey vengo a ser.
Si se tardan en volver
pienso que me torno loco.
 

NUÑO, DICHOS.
NUÑO:

  ¡Que no le pude alcanzar
ni con piedras ni con pies!

MENDO:

¿Es Nuño?

BATO:

Pues ¿no lo ves?

MENDO:

¡Nuño en aqueste lugar!

NUÑO:

  Estéis todos en buen hora.

MENDO:

¿Dónde bueno, caballero,
en el hábito primero?

NUÑO:

No estaba Nise aquí agora?

BATO:

  Nise estaba agora aquí;
mas dame albricias, diré
adónde fue y con quién fue.

NUÑO:

¿Qué albricias triste de mí?;
  ya no espero buen suceso.
 

BATO:

¿Es malo ser del rey...?

NUÑO:

¿Qué?

BATO:

¿Prima?

NUÑO:

¡Prima!

BATO:

Sí, a la he.

NUÑO:

¿Qué dices, que pierdo el seso!

LUCINDO:

  Luego ¿puede estarte mal,
si eres tú tan gran señor,
que se iguale a tu valor?

NUÑO:

Antes ya no soy igual;
  que sabed que el rey me ha echado
de su corte.

BATO:

Pues allá
en una carroza va
Nise.

NUÑO:

¡Ay Nuño desdichado!
 

MENDO:

  La envidia, Nuño, sería
quien te derribó tan presto.

NUÑO:

Ella fue la que me ha puesto
en el lugar que solía.
  Pero ¿quién decís llevó
mi bella Nise de aquí?

MENDO:

Don Sancho.

NUÑO:

¡Don Sancho!

MENDO:

Sí,
  porque el rey se lo mandó.

NUÑO:

Tenga en eso la ventura
que yo tuve, porque vuelva
Nise como yo a esta selva,
ya infierno sin su hermosura.

BATO:

  ¿Que ya no eres caballero,
ni aquellas calzas te pones,
la cuera con los botones
y el emplumado sombrero?
  ¡Válate Dios por el mundo!
Parece comedia todo.
 

NUÑO:

Sí, porque del propio modo
es este el acto segundo.
  Vestime de rey, y al lado
de un rey el acto acabé,
y a ser labrador torné
con el gabán y el arado.
  Mas ¿qué haré, triste de mí,
sin Nise en este destierro?
Subir quiero en aquel cerro,
y mirarla desde allí.
  Nise, que a la Corte vas
cuando de la Corte vengo,
y cuando este gabán tengo
al lado de un rey estás,
  mira que no me casé:
no te cases tú tampoco;
advierte que el mundo es loco,
y no es hoy lo que ayer fue.
  Espera, Nise, por Dios;
que podrá ser que mañana
tú vuelvas a ser villana,
(Vase.)
y nos casemos los dos.

MENDO:

  Lástima Nuño me ha dado.
 

BATO:

Ya no quiero ser pariente
del rey, pues tan libremente
echa parientes a un lado.

LUCINDO:

  Seguirle es muy justa ley,
no se mate.

MENDO:

Está perdido.

BATO:

¡Mira por dónde he venido
a no ser chozno del rey!

(Vanse.)

 

Sala en el alcázar.
DOÑA JIMENA, DOÑA BLANCA.
D.ª BLANCA:

  En fin ¿me estará más bien
hacer favor a Tristán?

D.ª JIMENA:

Arias es gran capitán,
Arias es noble también;
  pero el apellido Godo
de Tristán y la blandura
de su trato, y compostura
que muestra en hablar y en todo,
  me obligan a que te diga
que es más perfecta elección.

D.ª BLANCA:

Aún tengo a Nuño afición.

D.ª JIMENA:

Si la memoria te obliga
  de imaginalle galán,
mírale ya labrador,
y cura amor con amor,
o pon su amor en Tristán.
 

DON ARIAS, TRISTÁN, sin ver a las damas; DICHAS.
TRISTÁN:

  A donde hay obligaciones
tan grandes y confirmadas
con obras, sirvan de espadas,
Arias Bustos, las razones;
  porque si yo parte os di
de mi pensamiento y gusto,
alzaros con él no es justo.

D.ª BLANCA:

 (Aparte a DOÑA JIMENA.)
¿Mas que riñen sobre mí?

D. ARIAS:

  ¿Qué importa haberme propuesto
que a Nise o a Inés queréis,
después que del rey sabéis
el lugar donde la ha puesto?

TRISTÁN:

  Si cuando vos me contáis
vuestro intento o desvarío,
yo os iba a decir el mío,
mal, don Arias, me pagáis
  cosas que he hecho por vos;
y suplícoos que de Inés
no toméis por interés
el servirla; que, por Dios,
  que puede ser ocasión
de descomponerlo todo.
 

D. ARIAS:

Yo soy Bustos.

TRISTÁN:

Yo soy Godo.

D.ª JIMENA:

(Aparte a DOÑA BLANCA.)
¿No gustas de la quistión?

D.ª BLANCA:

  Pues ¿hay cosa como ver
reñir dos competidores
quien causa sus disfavores?

D. ARIAS:

Doña Inés es mi mujer.

TRISTÁN:

  ¿Cómo, si al rey la he pedido!

D. ARIAS:

Yo se la he pedido al rey.

TRISTÁN:

¡Qué buena amistad!

D. ARIAS:

¡Qué ley!
(Aparte.)
¡Buenos los pone mi olvido!

TRISTÁN:

  Palabra me habéis de dar
de no pretender a Nise.

 

D. ARIAS:

Eso es querer que os avise
que no la habéis de mirar,
  porque soy mejor que vos.

TRISTÁN:

Mentís.

D. ARIAS:

Si la lengua agravia,
el acero desagravia.

D.ª JIMENA:

Teneos.

D.ª BLANCA:

Tente, por Dios.

TRISTÁN:

  A no estar aquí la hermana
del rey...

D. ARIAS:

Si Blanca no fuera
quien me tuviera, aquí diera
fin a tu esperanza vana.

D.ª BLANCA:

  Arias, con menos braveza;
que, fuera de ser aquí,
me pesa de que por mí
se muestre tanta fiereza.
  ¿Cuándo os he favorecido
tanto, que pueda el favor
obligaros al rigor
que habéis con Tristán tenido?
  Y vos, Tristán, ¿qué razón
tenéis tan favorecida
de mi parte, si en mi vida
os tuve amor ni afición?
  ¿Quién duda que ya los dos,
del favor de que os preciáis
que os he hecho, os alabáis?
 

D. ARIAS:

¡Muy bueno es esto, por Dios!
  ¿Quién te ha dicho, Blanca, a ti
que por ti saqué la espada?

TRISTÁN:

Blanca, tú estás engañada.

D.ª BLANCA:

Pues ¿no es la cuestión por mí?

TRISTÁN:

  No, sino por doña Inés,
prima del rey, labradora,
que traen del monte agora.

D.ª BLANCA:

¿No es por mí?

D. ARIAS:

Por ella es.

D.ª JIMENA:

  ¡Qué fría, Blanca, has quedado!
Ver reñir competidores
es gran gusto.

D.ª BLANCA:

Ya, señores,
que aquí os habéis declarado,
  en vuestra vida me habléis.
(Aparte.)
(Si mil galanes buscara,
esta Inés me los quitara.)
 

D.ª JIMENA:

Amigos quedar tenéis.

TRISTÁN:

  ¿Cómo, si estoy ofendido!

D.ª JIMENA:

En palacio no hay, Tristán,
agravio, ni en el galán
que esto hubiera respondido.
  Yo lo mando: dad la mano
a don Arias.

D.ª BLANCA:

El rey sale.
 

DON ALFONSO, NISE, DON SANCHO, DOÑA BLANCA, DON ARIAS, TRISTÁN.
D. ALFONSO:

No hay belleza que la iguale.
Dejad el traje villano,
  prima, y el Nise también.
De hoy más, Inés os llamad.

NISE:

Las manos, señor, me dad.

D. ALFONSO:

Jimena, haced que la den
  vestidos a vuestra prima,
conformes a su valor.

D.ª JIMENA:

Debéis, señora, a mi amor
el gusto con que os estima.

NISE:

  Hállome tan atajada,
como quien fue labradora.

D. ARIAS:

Y ha tan poco que es señora,
que aún piensa que está engañada.

NISE:

  Suplícoos me deis los pies.

D.ª JIMENA:

Dejad, prima, la humildad.
A doña Blanca abrazad,
que muy vuestra deuda es.

NISE:

  Dadme, señora, esos brazos,
y por vuestra me tened.

D.ª BLANCA:

Haceisme mucha merced.
(Aparte.)
(¡Quién os hiciera pedazos!)

D. ALFONSO:

  Contento en extremo estoy
del valor de doña Inés.

D. ARIAS:

(Aparte.)
Aunque esta ocasión no es
para hablarle, a hablarle voy.
 

TRISTÁN:

  (Aparte.)
Puesto que ocasión no sea
de hablar al rey, quiero hablalle.

D. ARIAS:

(Aparte.)
La mano quiero ganalle,
que éste ganarme desea.

TRISTÁN:

  (Aparte.)
Ganaréle por la mano.
Cielos, mis intentos veis.

D. ARIAS:

Señor...

TRISTÁN:

Señor...

D. ALFONSO:

¿Qué queréis?

D. ARIAS:

(Aparte.)
Tarde llego.

TRISTÁN:

(Aparte.)
Llego en vano...

D. ARIAS:

  Óigame tu señoría.
 

TRISTÁN:

Señor, escucha, por Dios.

D. ALFONSO:

¿Quién os ha dicho que a dos
a un tiempo escuchar podía?

D. ARIAS:

  Señor, si yo te he servido...

TRISTÁN:

Señor, si yo te he obligado...

D. ALFONSO:

Supuesto que Dios me ha dado
a cada lado un oído,
  no sé si podré entender
dos razones diferentes.

D. ARIAS:

Por haber tantos presentes,
que envidia me han de tener,
  me anticipo a suplicarte...

TRISTÁN:

Señor, lo que yo te pido
es que habiéndote servido
en la guerra, en cualquier parte,
  con mis vasallos y hacienda,
que me has mandado acudir...

D. ALFONSO:

Yo bien sé que os puedo oír;
mas no sé cómo os entienda.
 

D. ARIAS:

  Señor, mi demanda es
que con doña Inés me cases.

TRISTÁN:

Yo querría que empleases
en mi casa a doña Inés.

D. ALFONSO:

  Arias, respondo que a ti
no puedo dártela agora,
porque aún está labradora.
¿Entiéndeslo?

D. ARIAS:

Señor, sí.

D. ALFONSO:

  Y a ti, Tristán, que es rigor
casarla sin descansar.
Después nos queda lugar.
¿Entiéndeslo?

TRISTÁN:

Sí, señor.
 

D. ARIAS:

  (Aparte.)
¡Qué mal el rey me ha pagado!

TRISTÁN:

(Aparte.)
¡Qué mal el rey me pagó!

D. ALFONSO:

(Aparte.)
(¡Qué necio Tristán me habló!
Y don Arias, ¡qué pesado!)
  Lleva a mi prima, Jimena,
a descansar y mudar
el traje.

(Vase.)
D. ARIAS:

(Aparte a DOÑA JIMENA.)
¿Que no hay lugar
para decirte mi pena!

D.ª JIMENA:

  (Aparte a DON SANCHO.)
(Con ocasión de traer
a doña Inés un recado,
me hablarás.)
(A NISE.)
Ven a mi estrado;
que te quiero componer.

NISE:

  Son favores soberanos;
que compuesta de vos hoy,
bien podré decir que soy
hechura de vuestras manos.

(Vanse DOÑA JIMENA, NISE y DON SANCHO.)
BLANCA:

  (Aparte.)
¡Mis celos y envidia crecen!
(Vase.)
Todo lo lleva tras sí.
 

DON ARIAS, TRISTÁN.
TRISTÁN:

Basta, que pierdo por ti
los favores que me ofrecen;
  basta, que siendo tu amigo,
a ser mi enemigo sales.

D. ARIAS:

En ocasiones iguales
tú quieres ser mi enemigo.
  Mas, por Dios, que ha de costarte
la vida la pretensión.

TRISTÁN:

Dijérasme esa razón,
don Arias, en otra parte.

D. ARIAS:

  ¿No me conoces?

TRISTÁN:

Y a mí,
¿conócesme?

D. ARIAS:

Doña Inés
ha de ser mía.

TRISTÁN:

Eso es
si el rey te la diere a ti.

D. ARIAS:

  Hoy quedamos enemigos,
y de Inés competidores.

TRISTÁN:

No hay enemigos mayores
(Vanse.)
que los que fueron amigos.
 

Patio del alcázar.
NUÑO, BATO.
BATO:

  ¿Adónde vas sin sentido,
que hasta León no has parado?

NUÑO:

Desde que dejé el ganado.
voy perdido.

BATO:

Y ¡qué perdido!
  Mira que han de conocerte;
que a palacio llegas ya.

NUÑO:

Bato, el que sin seso va,
¿cómo temerá la muerte?

BATO:

  Habiéndote desterrado
el Rey, ¡te vuelves aquí!
 

NUÑO:

Oye un pensamiento.

BATO:

Di.

NUÑO:

Alfonso; ¿no me ha mandado
  volver a mi tierra?

BATO:

Pues...

NUÑO:

La tierra ¿no es el lugar
donde se ha de descansar,
que la propia el centro es?

BATO:

  Eso claro está.

NUÑO:

Pues yo
a Nise por centro tengo.
Si él la tiene aquí, yo vengo
a hacer lo que él me mandó.
  Mi tierra y descanso es Nise:
yo vengo a donde ella está.

BATO:

¿No ves que no es tierra ya
para que nadie la pise?
  Pisa ya alfombras de seda
y almohadas de brocado.
 

NUÑO:

Pues pise a Nuño de Prado,
que tan agostado queda.
  Nise mía, Nise hermosa,
tus ojos, del prado ausentes,
hacen crecer a sus fuentes
la creciente caudalosa.
  Vuelve, señora, a tu prado,
adonde tantos amores
harán esmaltes y flores
a tu blanco pie nevado.
  Cuando yo fui caballero,
no te dejé por villana:
cuando tú eres cortesana,
no me dejes por grosero.

BATO:

  Vete, don Nuño, despacio;
la muerte buscando vas,
pues que tales voces das
por los patios de palacio.
  En que te escuchen repara.

NUÑO:

Nise mía, vuelve a ver
estas lágrimas correr,
que están bañando mi cara.
  Caballero, te estimé,
y yo creo que lo soy:
así por envidia estoy;
que no por mi culpa fue.
  Nise bellísima, advierte
que fuiste ayer labradora;
y si me dejas agora,
Nuño se dará la muerte.
  Mármoles, doleos de mí,
pues que Nise no responde.
Pero si el rey me la esconde,
¿para que la culpo así?
 

BATO:

  Subir a los corredores
es locura temeraria.

NUÑO:

Cuando es la vida contraria,
no hay respeto ni hay temores.
  Dulce Nise, Nise mía,
¿quién os trajo entre los reyes,
de entre las cabras y bueyes
que Nuño guardar solía?
  Fuera de tu centro estás;
no dures en esta ausencia;
mira, mi bien, que es violencia.

BATO:

¡Nuño!...

NUÑO:

Adiós.

BATO:

Terrible estás.
 

FERNÁN NÚÑEZ, DON ARIAS, TRISTÁN, NUÑO, BATO.
F. NÚÑEZ:

  Entre amigos tan grandes no era justo
querer averiguar con las espadas
lo que es razón que con razones sea.

D. ARIAS:

Tú seas, Fernán Núñez, bien venido.
que como a caballero castellano
y embajador del conde de Castilla,
yo te respeto como al mismo conde,
y paso por el medio que has tomado.

TRISTÁN:

Luego que tú, Fernando, compusiste
con estas suertes nuestro injusto pleito,
te obedecí: prosigue en lo que falta.

F. NÚÑEZ:

Yo he puesto de mi letra vuestros nombres
en aquestas dos cédulas, y agora
las deposito y pongo en el sombrero.
Aquí dice «Tristán», aquí «Don Arias».
El primer inocente que se ofrezca,
o paje o niño, meterá la mano;
si sacare «Don Arias», suya sea
la Nise o doña Inés; si «Tristán» dice,
que sea de Tristán.
 

D. ARIAS:

Allí sospecho
que están unos villanos, y ésos bastan.

F. NÚÑEZ:

Pues no se ha de quitar de aquí ninguno.

D. ARIAS:

No te replico en nada.

TRISTÁN:

Aquí te espero.

F. NÚÑEZ:

Diré verdad, a fe de caballero.
(Llega NUÑO.)
  Estéis en buen hora, amigos.

NUÑO:

Vengáis en mejor que estoy.

F. NÚÑEZ:

Sabed que a componer voy
a dos grandes enemigos.
  Pretenden aquellos dos
una dama hasta matarse,
sobre cuál ha de emplearse
en servilla.

NUÑO:

¡Bien, por Dios!

F. NÚÑEZ:

  Traigo los nombres aquí,
y el de la dama.
 

NUÑO:

¿Quién es?

F. NÚÑEZ:

Una Nise o doña Inés.
Poco os va a vos.

NUÑO:

¡Poco a mí!

F. NÚÑEZ:

  Meted, buen hombre, la mano;
que el que acertare a salir,
por mujer la ha de pedir.
(Aparte.)
¡Qué inocente es el villano!

NUÑO:

  ¿Sois de aquí vos?

F. NÚÑEZ:

Soy, buen hombre,
embajador de Castilla.
(Aparte.)
¡Qué inocencia tan sencilla!
Y es Fernán Núñez mi nombre.
  Para el conde, mi señor,
vengo a pedir de Jimena
la prima hermana.

NUÑO:

(Aparte.)
¡Qué pena
tiene algún hombre mayor!
  Meto la mano.
 

F. NÚÑEZ:

Mostrad.

NUÑO:

Yo sé leer.

F. NÚÑEZ:

¿Vos?

NUÑO:

Yo, pues.
Aquí dice «doña Inés».

F. NÚÑEZ:

Pues, alto, el nombre sacad
  del que ha de ser su marido.

NUÑO:

Eso ya no hay para qué,
porque el nombre yo le sé
del que ha de serlo y lo ha sido;
  y decildes a los dos
que ¿para qué es pretender
a quien es de otro mujer?

F. NÚÑEZ:

¿Qué decís?

NUÑO:

Esto, por Dios.
  Mas si se les ha olvidado,
decid, Fernán Núñez, que es
la señora doña Inés
mujer de Nuño de Prado;
  y que con este bastón,
aunque ya espada ceñí,
defenderé que es así.
 

F. NÚÑEZ:

Puesto me has en confusión.
  ¿Quién es don Nuño?

NUÑO:

Yo soy.

F. NÚÑEZ:

Llegaos, señores, acá.
La suerte ha salido ya.

D. ARIAS:

Y ¿por quién?

NUÑO:

(Aparte.)
¡Confuso estoy!

F. NÚÑEZ:

  Salió por Nuño de Prado,
que es el que tenéis presente.

D. ARIAS:

¿Tú vienes tan libremente,
habiéndote desterrado,
  hasta el palacio real!

NUÑO:

Vengo en busca de una oveja
que en su nevada pelleja
tiene mi roja señal.
  Sé que hay dos lobos aquí
que me la quieren comer,
y véngola a defender.
 

TRISTÁN:

Loco está.

D. ARIAS:

Pienso que sí.

TRISTÁN:

  (Aparte a DON ARIAS.)
Déjale; que es hombre fuerte,
celoso y determinado.

D. ARIAS:

Él viene desesperado,
y sin temor de la muerte.
  Al rey demos cuenta desto.

F. NÚÑEZ:

Decidme lo que es.

TRISTÁN:

Entrad,
y lo sabréis.

BATO:

Ya es crueldad,
Nuño, hablar tan descompuesto.

NUÑO:

  ¡Ay Bato! ¡Pluguiera a Dios
que estos viles no se fueran,
sino que ocasión me dieran
para matar a los dos!
¿Ves cuál se van los gallinas,
tan encogidas las alas?

BATO:

¿Mas que te entras por las salas?
¿Adónde, Nuño, caminas?

(Vanse.)

 

Sala en el alcázar.
NUÑO, BATO, UN PORTERO.
NUÑO:

  Déjame llamar aquí.

PORTERO:

Labradores, ¿dónde vais?

NUÑO:

¿Sois quien abrís o cerráis
esta puerta?

PORTERO:

Hermano, sí.

NUÑO:

  Pues decid, señor portero,
a Nise o a doña Inés
 (si ya este nombre no es
bueno por ser el primero)
  que dos villanos de Flor,
el aldea a do vivía,
cuando el prado honrar solía
a quien tuvo tanto amor,
  la traen cierto presente.

PORTERO:

Por ser cosa tan segura,
voy.
 

NUÑO:

El cielo os dé ventura,
y la vida y honra aumente.

(Vase el PORTERO.)
BATO:

  ¿Qué haces?

NUÑO:

Ya ¿no lo ves?
Intento cosas de loco.

BATO:

La vida tienes en poco.
¿Tú hablar a doña Inés?

NUÑO:

  A doña Inés quiero hablar,
y en hablándola, morir.

BATO:

Pues ella ¿podrá salir?

NUÑO:

Mi nombre la hará lugar.
 

EL PORTERO, NISE, NUÑO, BATO.
NISE:

  (Al PORTERO.)
¿Villanos de Flor a mí!

NUÑO:

Sí; que ya somos villanos
como otros son cortesanos.

NISE:

Señor, ¡tú llegas aquí!

NUÑO:

  ¿Dónde no podrá llegar
un hombre desesperado?
¿Qué palacio, qué sagrado
no se atreviera a pisar?

NISE:

  (Aparte a NUÑO.)
Deténte, por Dios, mi bien:
mira que te escucha este hombre.

NUÑO:

(Aparte a NISE.)
(Yo sabré encubrir mi nombre,
y sabré morir también.)
  Díjome Nuño de Prado
que las manos os besaba,
y que allá muy triste estaba
después que le habéis dejado.
  Y a la fe tiene razón,
porque ya con tanta seda
no habrá labrador que pueda
teneros conversación.
  Jurome a vos (y lo creo,
porque en juraros a vos,
no hay cosa después de Dios
que estime con más deseo)
  que se quería morir,
y lo andaba procurando.
 

NISE:

Yo, amigo, estoy deseando
que pueda Nuño vivir.

NUÑO:

  ¿Vos?

NISE:

Yo pues.

NUÑO:

¡Mal me haga Dios
si no mentís!

NISE:

Calla, amigo.

NUÑO:

Verdades, señora, os digo;
porque ya ¿qué podéis vos?
  Él villano, vos señora,
él desterrado, vos prima
del rey, él que desestima
la vida, vos viva agora,
  él con grosero vestido,
vos cubierta de oro y seda,
él que sin vos muerto queda,
vos que ya tenéis marido,
  ¿qué bien le podéis hacer,
ni qué gusto desear?
Yo sé que le quiso dar
a Blanca el rey por mujer,
  y la estimó en una blanca.
No lo haréis vos deste modo,
pues que ya con Tristán Godo
y Arias Bustos sois tan franca.
  Mas, señora doña Inés,
¿qué fuera de un hombre triste,
a no haber muerte?
 

NISE:

¿En qué viste
que ésa su firmeza es?

NUÑO:

  En que a vos no os falta gusto
de verle entre tantas muertes,
y en que los dos echan suertes
sobre la capa del justo.

NISE:

  Decilde a Nuño de Prado,
temeroso mensajero
que aquello que quise quiero;
que la mudanza de estado
  no puede el alma mudar;
y decid que pierda el miedo,
porque ni casarme puedo,
ni el rey me puede casar.
  Yo soy casada, y así
le diréis que esté seguro
que su libertad procuro,
y le quiero más que a mí.

NUÑO:

  No digáis más; que eso basta
a darle vida, señora.

NISE:

Llevadle este abrazo.

NUÑO:

Agora
la ausencia y muerte contrasta
  los enemigos, y cuánto
pueden celos en ausencia.
 

DON ALFONSO, DOÑA JIMENA, DOÑA BLANCA, DON ARIAS, TRISTÁN, FERNÁN NÚÑEZ, DON SANCHO, DICHOS.
D. ALFONSO:

Ha sido mucha insolencia:
de su libertad me espanto.
  Prendelde.

D. ARIAS:

(A NUÑO.)
Date a prisión.

D. ALFONSO:

Prended al que está con él.

BATO:

¿A mí, señor?

NISE:

¡Qué cruel
fortuna!

NUÑO:

Mis dichas son.

D. ALFONSO:

  Nuño, ¿no te desterré?
Pues ¿cómo vienes aquí?

NUÑO:

Porque sin razón perdí
la gracia que en ti gané,
  porque pudieron traidores
escurecer tu justicia.

D. ALFONSO:

Llevadle, y por su malicia,
al tercero en sus amores.

BATO:

  ¿Yo tercero!

NUÑO:

En Dios espero
venganza.

BATO:

Y ¿me han de azotar?

(Llévanse DON ARIAS y el PORTERO a NUÑO y BATO.)

 

DON ALFONSO, DOÑA JIMENA, DOÑA BLANCA, NISE, DON SANCHO, FERNÁN GONZÁLEZ, TRISTÁN.
D. ALFONSO:

Bien pudieras excusar,
Inés, que un villano fiero,
  un desleal, se atreviera
a mi casa.

NISE:

No sabía
su destierro.

D. ALFONSO:

Hermana mía,
mucho esta mujer altera
  el sosiego de mi casa.
Casarla quiero.

D.ª JIMENA:

Harás bien.

D. ALFONSO:

Aconséjame con quién.

D.ª JIMENA:

Con Arias Bustos la casa.

D. ALFONSO:

  Tristán...
 

TRISTÁN:

Señor...

D. ALFONSO:

Llama luego
a don Arias, y hoy se case.

TRISTÁN:

(Aparte.)
¿Cómo sufro que esto pase?
Hoy me pierdo loco y ciego.
  Señor, Arias no merece
a tu prima.

D. ALFONSO:

¿Por qué no?

TRISTÁN:

Porque es traidor, y sé yo
que al más indigno se ofrece.

D. ALFONSO:

  ¿Traidor Arias?

TRISTÁN:

Él ha sido
quien a Nuño ha desterrado;
que ningún hidalgo honrado
con más lealtad te ha servido.

D. ALFONSO:

  No me pudieras, Tristán,
decir nueva de más gusto,
si esto es cierto, y no es disgusto
que envidia y celos te dan.
  Mas don Arias viene aquí.
Retírate a aquella parte.
 

DON ARIAS, DICHOS.
D. ARIAS:

Ya queda preso.

D. ALFONSO:

Aquí aparte
quiero informarme de ti.

D. ARIAS:

  ¿De qué, señor?

D. ALFONSO:

Yo querría
dar a mi prima a Tristán;
pero parlado me han
(creo que envidia sería)
  que don Nuño está inocente,
y que Tristán levantó
aquel testimonio, y yo
le he hablado y dice que miente
  quien me lo ha dicho y contado;
que tú fuiste.
 

D. ARIAS:

Gran señor,
él miente, como el amor
de doña Inés le ha engañado;
  que no sólo levantó
a don Nuño que escribía
a Muza, pero aquel día
al preso Ordoño mató.

D. ALFONSO:

  Pues tú ¿cómo sabes eso,
si no es que fuiste con él?
{{Pt|D. ARIAS:|
Yo lo supe después dél
por un extraño suceso.

D. ALFONSO:

  Jimena...

D.ª JIMENA:

Señor...

D. ALFONSO:

(Aparte a DOÑA JIMENA.)
¿No sabes
como está Nuño inocente?

D.ª JIMENA:

¡Válgame el cielo!

D. ALFONSO:

Deténte;
que estas cosas son muy graves.
  Arias y Tristán lo han hecho
de envidia.
MENDO, DICHOS.

MENDO:

Tengo de entrar,
aunque no me den lugar.

D. ALFONSO:

(Aparte.)
(Mayores males sospecho.)
  ¿Qué quieres, hombre, di?

MENDO:

Quiero
por Nuño hablarte, señor,
aunque tan vil labrador,
por tan grande caballero.

D. ALFONSO:

  ¿Por Nuño?

MENDO:

Impórtate mucho,
a él la vida le importa.

D. ALFONSO:

De prevenciones acorta.

MENDO:

Escucha un poco.

D. ALFONSO:

Ya escucho.
 

MENDO:

  El Rey Fruela, tu padre,
andando una tarde a caza,
en Flor, mi pequeña aldea,
vio a una gallarda aldeana,
que en el prado de los chopos
junto a un arroyo guardaba
blancas ánades, que hacían
sus aguas copos de plata.
Apeose del caballo,
y antes que la luna blanca
saliese a ilustrar la noche,
con ruegos y con palabras
rindió su inocente pecho,
tanto que al salir el alba,
de vergüenza de Ramira,
mostró más roja la cara.
Volviose el rey a la Corte,
y Ramira a su cabaña,
dejándola aqueste anillo;
mas la muerte, que no guarda
respeto a coronas de oro
más que a sombreros de paja,
llevose a tu padre: el modo
bien lo sabe toda España.
Parió Ramira, y temiendo
que si contaba la causa
no había de ser creída.
quiso dilatar su infamia.
Echó el niño entre unos juncos,
y con estas tristes ansias
murió aquella misma noche,
diciéndome esto en su cama.
 

MENDO:

Yo busqué el niño aquel día,
sin hallarle. ¡Cosa extraña!
Que al volverme, el gran Bermudo,
siguiendo la retaguardia
de Muza, le halló en los juncos
con el cuento de la lanza.
Diómele a criar allí,
temiendo que le pesara
a tu padre de tenerle,
aunque era Ramira hidalga;
que su padre por los moros
perdió su hacienda, y estaba
retirado en esta aldea.
Dile del bautismo el agua
al niño, y llaméle Nuño;
que así Bermudo me manda.
Hízose mozo valiente,
a quien, cuando de Navarra
veniste, te dio Bermudo,
y tú a él nobleza y armas;
que el sobrenombre de Prado
justamente se lo llaman,
porque en prado lo engendraron,
y en prado fue su crianza.
Agora que le destierras
por envidias de tu gracia,
hablé a Bermudo, que queda
de gota enfermo en la cama.
Mandome venir a ti
en tanto que él se levanta,
a decirte que a tu hermano
poca justicia le guardas.
 

D. ALFONSO:

Conozco el real anillo,
y tuviera a gran desgracia
el tomar por dos traidores
en su inocencia venganza.
Con aqueste labrador
(A DON SANCHO.)
iréis, señor de Saldaña,
y traeréis de la prisión
a don Nuño.

D. ARIAS:

Lo que mandas
haré, señor, al momento.
(Vanse DON SANCHO y MENDO.)
 
DON ALFONSO, DOÑA JIMENA, DOÑA BLANCA, DON ARIAS, FERNÁN NÚÑEZ, NISE, TRISTÁN.

D. ARIAS:

¡Hay más notable desgracia?

TRISTÁN:

(Aparte.)
¡Qué poco importan traiciones
contra verdades tan claras!
¡Mal haya el hombre que en ellas
fundare sus esperanzas

D. ALFONSO:

Caballeros (aunque el nombre
de caballeros se agravia
viéndose puesto en vosotros),
¿qué pensamiento, qué traza
para el fin que pretendistes
era decir que intentaba
don Nuño de darme muerte
siendo un hombre en quien se halla
tanta nobleza y valor?
Que cuando no me informara
mi tío que era mi sangre,
en sus virtudes lo hallara.
Para probar que era noble,
sólo aquesto le faltaba;
pues siempre a los que lo son
les persigue gente ingrata.
Si el sentimiento tenéis
como tenéis para él causa,
para sentir tanta afrenta
un alma sola no basta;
mas yo juzgo de la vuestra
que siente bien poco o nada;
que alma que consiente afrentas,
sabrá bien disimularlas:
y muestra bien mi verdad
lo que miro en vuestras caras;
pues la vergüenza del caso
no las ha puesto encarnadas.
Mas como a prueba de injurias
las tenéis hechas, no pasan
a ella muestras algunas
de las que fabrica el alma;
fuera de que es sangre noble
aquella, con que repara
el corazón los afectos
de las otras partes flacas.
Como esta nobleza ya
en vosotros no se halla,
no me espanto que no acuda
ninguna sangre a la cara.
 
NUÑO, DON SANCHO, MENDO, BATO, DICHOS.

NUÑO:

Decid: ¿qué me quiere el rey?

D. ARIAS:

Daros libertad y gracias
por vuestro valor, don Nuño.

NUÑO:

Señor conde de Saldaña,
no tengo mucho valor;
pero el que me anima el alma
por mi razón volverá.

D. ALFONSO:

Nuño...

NUÑO:

Señor, ¿qué mandas?

D. ALFONSO:

Que me des aquesos brazos.
 

NUÑO:

Ya de lo que es justo pasas.
¡Hoy ponerme en la prisión
con tan crüeles palabras,
y agora tanto favor!
Yo no te entiendo.

D. ALFONSO:

Levanta;
que yo hice información
falsamente; que no faltan
los Reyes a lo que son,
sino por traidores.

NUÑO:

Basta.

D. ALFONSO:

Tú eres mi hermano, don Nuño,
y sólo el serlo bastara
para que yo no creyera
traiciones tan declaradas.
Pero si dos caballeros
como Tristán y don Arias
me lo dijeron, ¿qué había
de hacer?
 

NUÑO:

Disculpa es harta.
De que yo tu hermano sea
doy al cielo muchas gracias;
que, en efecto, es obra suya.
Mas de lo que me imputaban,
no como a hijo de rey,
pues serlo na lo pensaban,
sino como a un labrador
favorecido en tu casa,
antes de tratarme en ella
como a quien soy, la venganza
de mis manos solamente
pienso tomar, y alcanzada
la licencia que te pido,
los desafío a que salgan;
que yo sólo a los dos juntos
les mostraré que es su infamia
la mayor que en pechos de hombres
ha publicado la fama.
Y no hago mucho en salir
con los dos, pues sólo basta
un agraviado sin culpa
contra diez, si diez le agravian;
que la razón poderosa
vence más que no las armas.
 

NUÑO:

Y la que tengo me anima
tanto, que si aquí se hallaran
cuantos Vellidos ha habido
desde la traición más alta,
y los que tiene de haber,
todos juntos los matara.
Ea, infames ofensores
de un hombre que os estimaba
por sus amigos un tiempo,
aunque en esto se engañaba;
si lo que habláis con la lengua
lo defendéis con la espada,
contra las cobardes vuestras
la mía se desenvaina;
aunque pienso que es tan noble,
que por no quedar manchada
con la sangre de traidores,
no entrará en vuestras entrañas.
Pero cuando ella os perdone,
mi cólera sola basta
para matar dos cobardes.
¿Qué miráis? Desenvainaldas.

D. ALFONSO:

¡Ah don Nuño!, ¿que es aquesto?
¿Para qué mayor venganza
que la confesión que han hecho?

NUÑO:

Rey Alfonso, ésa no basta;
que si para cualquier hombre
es aquesa la ordinaria,
soy hijo del rey, y es justo
que yo la tome más alta.
 

D. ALFONSO:

Sobre mi tomo tu honra.

NUÑO:

Pues con aquesa palabra
reporto, señor, mi enojo.

D. ALFONSO:

Otra ha de ser la venganza.

NUÑO:

Tan noble soy, que si están
convencidos y declaran
que les pesa de lo dicho,
les remitiré su infamia.

D. ALFONSO:

Pues habránlo menester.
Y vos decid la embajada,
embajador de Castilla.
Decidme lo que me manda
su conde y señor.

F. NÚÑEZ:

Alfonso,
esto pide, si te agrada:
  Viendo que se ha de casar
para tener sucesor,
y que esto es fuerza en rigor,
y no se ha de dilatar,
  por su mujer me mandó
pedir la Blanca que estima.
 

D. ALFONSO:

Digo que es suya mi prima.

D.ª BLANCA:

El favor estimo yo.

NISE:

  Dadme, señora, los pies
por condesa de Castilla.

D.ª BLANCA:

Yo os doy la primera villa
en que entrare, doña Inés.

D. ALFONSO:

  Eso de dar, a los reyes
toca: yo doy a mi hermano
a doña Inés, que es en vano
poner a los gustos leyes.
  Ellos se quieren, y es ley
que ellos se gocen.

NUÑO:

Señor,
en don de tanto valor
veo lo que puede un rey.

D. ALFONSO:

  Doy a estos dos labradores
su aldea, y alrededor
tres leguas; y pues en Flor
se halló el prado destas flores,
  en ti y en tus descendientes
quedará el nombre de Prado.
 

BATO:

¡Pardiós que el rey es honrado,
y trata bien sus parientes!
  Todo es burla, todo es vano,
aunque hayas guardado bueyes,
sino andarte tras los reyes;
que al fin dan, tarde o temprano.

D. ALFONSO:

  Los dos traidores le doy
a Nuño que los castigue.

D. ARIAS:

Si ya es razón que te obligue
el ver que a tus pies estoy,
  por don Tristán y por mí
misericordia te pido.

NUÑO:

A Inés os doy; que ella ha sido
la piedad que vive en mí.

NISE:

  Pues yo les doy el perdón.

TRISTÁN:

España toda te alabe.

NUÑO:

Y aquí la comedia acabe
de Los prados de León.