XXI.—E L   B A B I R U S S A

LOS árboles de la nuez moscada (myristica moschata) son hermosísimos, parecidos a nuestros alerces. Tienen veinticinco o treinta pies de alto y crecen espontáneamente en los bosques húmedos y calurosos de ciertas regiones intertropicales del Asia Oriental. Por los motivos que después diremos, sólo los hay en algunas de las islas Molucas, donde se los cultiva en grande escala, y en los bosques inmensos y salvajes de Nueva Guinea. Viven sesenta u ochenta años y no fructifican hasta los nueve.

No se crea que el árbol da las nueces tales como las pone en circulación el comercio. Su fruto es una especie de albérchigo grande, de corteza cenicienta, que, al madurar, se abre, dejando ver una pulpa carnosa y rojiza que envuelve a la nuez, la cual está revestida de una membrana delgada, pero recia. El árbol produce todo el año, viéndosele con flores y frutas al mismo tiempo; pero las nueces con que se trafica se recogen, ordinariamente, en los meses de Abril, Julio y Noviembre.

Se las seca tres días seguidos al sol para conservarlas, cubriéndolas de noche del rocío, que les es dañoso.

Quítaseles después la membrana que las envuelve y se las baña en agua de cal para librarlas de las picaduras de los insectos. Para asegurar más su conservación suele encerrárselas, antes de ese baño, en cañas de bambú, y someterlas a la acción de un fuego lento durante tres meses. Las mejores son las que se arrancan a mano del árbol; siguiéndolas en valor las que se recogen de su pie después de caídas, naturalmente, y las menos estimadas son las silvestres.

En otro tiempo, los holandeses, que se habían hecho dueños de la Malasia, tuvieron el monopolio de la nuez moscada, y para sostenerlo, impidiendo la competencia, destruyeron inmensos plantíos valiéndose de medios violentos y hasta inhumanos, y limitaron el cultivo a la isla de Banda, que produce la mejor calidad de ellas, y a otras tres islas de aquel archipiélago; pero pronto se convencieron de lo poco discreto de tal sistema, tratándose de un producto de puro lujo y de uso limitado, y dejaron a los malayos la libertad de cultivarlo a su guisa.

—¡Hermosos árboles!—exclamó Cornelio acercándose a uno de ellos—. ¡Y qué olor tan penetrante el de sus frutas!

—Hay aquí una fortuna—dijo el Capitán—. ¡Qué desgracia tener que dejarla!

—Los indígenas la recogerán.

—No la aprecian, y la abandonan; como tampoco estiman en nada el clavo, que tanto se aprecia entre nosotros.

—¿Hay alguno aquí?

—Sí; mira uno, Cornelio. Crecen en los terrenos que producen la nuez moscada; pero prefieren los volcánicos.

Cornelio, Hans y el mismo Van-Horn se acercaron al árbol indicado, que crecía en los linderos del bosquecillo, y lo observaron atentamente.

Tenía más de veinte pies de alto, y estaba cuajado de pequeños ramitos de flores de un color rojo oscuro que despedían un aroma delicadísimo.

—¿Es de estas flores de donde se saca el clavo?—preguntó Hans.

—El clavo consiste precisamente en sus pétalos—le respondió el Capitán—; pero no se recogen las flores hasta que se caen naturalmente.

Después se las deja secar al sol hasta que toman un color casi negro. Un solo árbol de éstos da una buena renta; pues produce durante muchos años; desde los siete hasta los ciento veinte.

—¿Son comunes a todas estas regiones?

—Se da en todas las islas de la Malasia; pero mejor que en ningunas otras en las Molucas, que parecen ser su verdadera patria.

—¡Cuánta planta preciosa encierra esta isla, tan abandonada por los colonos europeos!—dijo Cornelio.

—Es verdad—respondió el Capitán—. Han poblado otras islas mezquinas y de tierras áridas, y se han olvidado de este paraíso.

Iban ya a ponerse en marcha, cuando una bandada de grandes pájaros cayó sobre el bosquecillo de nueces moscadas, y se puso a picar ávidamente la fruta.

—¿Qué volátiles son esos?—preguntó Cornelio.

—Palomas carpófagas—respondió el Capitán—. Son golosísimas de nueces moscadas, y a mi parecer las verdaderas productoras de los bosques de ese árbol, por las semillas de él que difunden por todas partes con sus excrementos.

Hans, deseoso de cazar una de aquellas aves, se echó el fusil a la cara; pero un grito de Van-Horn le detuvo.

—¡Tenéis algo mejor en que emplear vuestros tiros!—exclamó en el momento en que pasaba a toda carrera, por el lindero del bosque, un animal semejante al puerco en la corpulencia.

El joven, que se había vuelto al oir las voces de Hans, disparó contra la res; pero no debió acertarle de lleno, porque el animal desapareció en la espesura, después de lanzar un gruñido.

—¡Va herido!; ¡sigámoslo, señor Cornelio!—dijo Van-Horn.

—Pero ¿qué animal es ése?—preguntó el joven.

—Un babirussa. Apresurémonos a seguirlo, o perderemos su rastro—le replicó el piloto.

Pusiéronse en persecución del animal, que, efectivamente, debía de estar herido, pues se veían manchas de sangre en las malezas. Tampoco debía de haberse alejado mucho, pues se sentían sus pisadas y sus gruñidos y el ruido que hacía al abrirse paso a través del ramaje.

Cornelio, que era más ágil, corría como un gamo, saltando por encima de las raíces y rompiendo con su cuchillo las lianas que se oponían a su paso, seguido de Horn, que hacía desesperados esfuerzos para no perderlo de vista; pero el babirussa, a pesar de la sangre que iba perdiendo, no paraba de correr.

Duraba ya media hora aquella persecución, cuando Cornelio, que había vuelto a cargar el arma, vió a la res aprisionada entre un tejido espesísimo de lianas. Hizo fuego por segunda vez, y el animal cayó muerto.

—¿Le acertasteis?—preguntó Van-Horn, que estaba unos trescientos pasos detrás.

—Sí, y bien, pues no se mueve—respondió el cazador.

—¡Qué cena, señor Cornelio!; ¡chuletas deliciosas, como las del cerdo!; ¡cosa algo mejor que las palomas a que ibais a tirar!

Avanzando por entre las lianas, llegó Cornelio hasta donde yacía el animal, que estaba completamente inmóvil. Era un verdadero babirussa, que es como lo llaman los malayos, palabra que, traducida literalmente, significa puerco-ciervo, aunque nada tiene de común con los cuadrúpedos de esta última especie.

Pertenece a la de los paquidermos, y constituye un género particular de la familia de los cerdos, animal éste con el cual tiene gran semejanza.

Difiere de él en tener las patas más largas, el cuello más grueso, el hocico algo caído y los ojos pequeñísimos. Es mucho más veloz que él en la carrera, circunstancia a que debe sin duda el calificativo de ciervo, que forma la segunda parte del nombre con que lo designan los malayos.

No tiene el pelo cerdoso, como el de los puercos, sino corto y lanudo, de un gris rojizo, y tiene la boca armada de dos largos colmillos que se encorvan hacia arriba, en dirección de los ojos del animal.

Viven los babirussas en las selvas de las islas de Malasia, en Ceilán y en Nueva Guinea, y se dejan domesticar si son de poca edad. Los indígenas aprecian mucho su carne, que, en el sabor, se asemeja a la de nuestros puercos monteses.

—¿Lo habéis matado?—preguntó Horn acercándose.

—Le he dado en la cabeza—le contestó Cornelio.

—Cortemos un trozo de él, por lo pronto, y volvamos al lado del Capitán.

—¿No se comerán las fieras el resto?

—Hay pocas fieras en Nueva Guinea, si es que hay algunas, señor Cornelio. Algunos dicen que hay tigres; pero no es seguro.

—Sí; pero hay pitones, cocodrilos...

—No hay que temer. Regresemos, señor Cornelio: estamos lo menos a tres millas de donde salimos y podemos extraviarnos.

—¿No tienes brújula?

—No; se la dejé al Capitán.

—Entonces, apresurémonos, Horn. Mi tío puede inquietarse.

El piloto descuartizó con su hacha al babirussa; cargó con un costillar, y junto con Cornelio, emprendieron la vuelta hacia donde habían quedado sus compañeros. Por desgracia, se habían olvidado de señalar los lugares por donde habían ido pasando, y para colmo de desventura, las manchas de sangre que a su paso dejara el animal no eran visibles en aquel caos de vegetales. Anduvieron muchísimo inútilmente.

El bosquecillo de nueces moscadas no parecía.

Detuviéronse muy inquietos.

—Creo que nos hemos perdido—dijo Cornelio.

—Me lo temo—dijo Horn—. No hemos vuelto por el rumbo que trajimos a la venida.

—En una selva como ésta es muy fácil perderse, Horn. Sin señales que guíen en la marcha, hay tendencia a andar describiendo círculos más o menos amplios. Eso es sabido.

—Así es, efectivamente, señor Cornelio; y se ha advertido que se desvía uno siempre hacia la izquierda.

—Es probable que por efecto de ello nos hayamos alejado, en vez de acercarnos; ¿no lo crees así, Horn?

—Mucho me lo temo.

—¡Qué desgracia!

—Tenemos nuestras armas.

—¿Y de qué pueden servirnos para sacarnos de este apuro?

—Pueden servirnos para hacer señales con ellas disparando unos cuantos tiros.

—¡Pues hagámoslo antes de extraviarnos más, Horn!

Descargó Cornelio el fusil al aire; pero la espesura del bosque se comía el ruido y no lo dejaba propagarse. Pusieron el oído por si sonaba algún disparo lejano en contestación al suyo, pero nada advirtieron.

—¿Has oído algo, Horn?—preguntó Cornelio.

—Nada oigo—contestó el piloto—. Con esta espesura no hay manera de oir nada.

—Hagamos unos cuantos disparos más, Horn.

Dispararon varias veces sus fusiles uno tras otro y después a un mismo tiempo, dirigiendo hacia arriba la puntería; pero sólo consiguieron asustar a los pájaros.

—El caso es grave—dijo Cornelio.

—Veamos—dijo el piloto—. El bosque de nueces cae al Oeste.

—Sí.

—¿Y dónde estamos? Me parece que al Oeste, si los rayos del sol no me engañan.

—Pero ¿a qué distancia?

—Eso es lo que no podemos saber; pero me parece que el babirussa huyó hacia el Sur. Caminando, pues, hacia el Norte, nos cruzaremos, más o menos lejos, con el Capitán.

—¿Y si está buscándonos y se ha dirigido al Oeste?

—En tal caso trataremos de llegar a la orilla del Durga. Sabemos que se dirige allí, y tendremos que encontrarle.

—No perdamos tiempo, y a ver si nos reunimos con nuestros compañeros antes de que se haga de noche.

Se pusieron en camino tratando de orientarse por el sol, que declinaba rápidamente; pero les era casi imposible verlo a causa de la espesura.

Las selvas de la Papuasia son intrincadísimas. Abundan en árboles gigantescos, cuyas copas se elevan hasta doscientos pies y más sobre el suelo, ligados entre sí por espesas y revueltas lianas, y debajo de ellos hay una espesísima vegetación de árboles de mediano y pequeño tamaño, que detienen absolutamente los rayos del sol y que dejan sumida en la oscuridad toda la parte baja del bosque cercana a la tierra. Aun a mediodía se ve poco en lo interior de esas selvas; de noche, absolutamente nada, haciéndose imposible dar un paso por ellas, a pesar de faltar por completo la vegetación herbácea por falta de luz y de aire.

Van-Horn y Cornelio caminaban, pues, casi a la ventura. De vez en cuando disparaban tiros y se detenían a esperar la respuesta, pero en vano.

Al llegar la noche, rendidos de fatiga, hambrientos e inquietos, se detuvieron al pie de un árbol del pan, de enorme tronco.

—¡Pobre tío!—dijo Cornelio con tristeza—. ¡Qué mal rato estará pasando!

—Ya lo encontraremos, señor Cornelio. Mañana al amanecer nos pondremos en marcha y discurriremos el modo de comunicarnos con él.

—¡Qué mala noche pasará, Horn! Quizás crea que hemos caído en manos de los papúes, y hasta nos tenga por muertos.

—Sabe que estamos armados y que sabemos defendernos. Confiemos en Dios.

El piloto, aunque aquejado por tristes pensamientos, cortó aquella penosa conversación, encendiendo fuego y poniendo a asar sobre las brasas algunas chuletas del babirussa. Después, a falta de sagú, pues lo habían dejado en el bosquecillo de nueces para andar más ligeros cuando emprendieron la carrera tras del babirussa, echó mano de algunas frutas del árbol bajo el cual estaban.

Eran del tamaño de melones medianos, cubiertas de una piel rugosa, y contenían en su interior una pulpa amarilla y tierna, que se prepara asándola sobre brasas. Sirve de pan, y tienen sabor parecido al de las batatas dulces.

La cena fué triste; y aunque los dos hombres estaban hambrientos comieron poco, porque la inquietud les había quitado el apetito.

Después de apagar el fuego, que pudiera descubrirlos a los salvajes que quizás hubiera por aquellos contornos, se tendieron en la yerba y esperaron impacientes la luz del nuevo día para seguir buscando a sus compañeros.