Los gusanos/Segunda parte

Segunda parte

De la popularidad, y de los beneficios que proporciona


Vás marchando entre lágrimas y cieno,
y aire de tempestad tu rostro azota:
tu iniquidad, como sutil veneno,
la fuerza de tus músculos agota.
¡Oh, sociedad rebelde y corrompida!,
perseguirás la libertad en vano;
que, cuando un pueblo la virtud olvida,
lleva en sus propios vicios su tirano.

Núñez de Arce


«Querido compadre: Te envío esta carta por el guardia Martín, que tú conoces, porque estuvo á tus órdenes y es buen sujeto y va ahí por asuntos personales.

Gracias á Dios, todos buenos, y tu ahijada te está bordando unos tirantes que es un primor. La mujer con sus males de siempre y yo pensando en el día que podré irme á mi casa á comerme las cien pesetas que es el máximo que puede corresponderme y que me cuestan muchas penas y toda una vida de pasar trabajos.

Lo principal de ésta, es para decirte que aquí tenemos de juez municipal al que tú conoces, y el hombre ha metido en la cárcel del partido á un desdichado que nada tiene que ver con el robo de cerdos en el cortijo de don Esteban.

Pues bien, hablando el otro día con Ramón, el barbero y ministrante, le pregunté por Ulpiano, que lleva dos semanas sin parecer por el pueblo, y Ramón, que siempre ha hablado mal de él porque le debía el Ulpiano unos duros, se hizo el desentendido y cambió la conversación. Pero me tragué la partida y me fuí la otra tarde al correo á la hora de recoger Saltamontes las cartas, y vi una para el Ulpiano. Me vine al cuartel, cogí una receta del Ramón, volví al correo y vi que era el Ramón quien escribía al Ulpiano que vive ahí, según el sobre, en la posada de Mira al Sol.

Creo que ese es el principal autor del robo de los cerdos que ha pagado con largas á Ramón lo que le debía, y que el Ramón le avisaba de que yo pregunto por el Ulpiano.

Dame las noticias que puedas y si hay algo daré noticia al señor jefe de la línea, para que disponga este servicio como guste.

Y me envías la respuesta con Martín que es de toda confianza.

No te envío recuerdos de la familia, porque no les dije que te escribía, pero tú sabes cuánto te quieren todos como a Soledad.

Adiós, tu compadre y amigo, que te abraza.

Tampoco firmo por si se pierde ésta».



«Querido compadre: Martín te lleva para mi ahijada una participación para la lotería de Nochebuena. Los tiempos no dan para más, pero también os enviará Soledad alguna cosilla en Año Nuevo.

Las cartas para Ulpiano López vienen á la posada, pero manda á recogerlas, porque él está encerrado en la venta de Campo-Llano con su querida, que es una hermana de la ventera. El ventero sopla (porque le tengo alineado); y te diré que los cerdos robados fueron once, y los robaron el Ulpiano, su antiguo consorte en Ocaña, Gregorio Ruiz, y un muchacho que no conozco. Les ayudaron el manigero de D. Esteban, su mujer y el porquerizo. Sacaron los cerdos, de la pocilga, á las nueve de la noche; los llevaron al monte, y los vendieron á todo riesgo (á siete duros cabeza), á los hermanos Santa Cruz, y estos gitanos los habrán vendido en Navalarga.

El Ulpiano no se me va, y el Gregorio lo tienes seguro mientras no sospeche, y esté ahí la Colorada.

Me acaban de decir que ha muerto el sargento Ramales. Habrá sido de un sofoco. También tenía allí un cacique tan malo como el tuyo.

Da recuerdos de nuestra parte á Eugenia y á la chica, y recibe un abrazo de tu compadre,

Francisco».



Manolo, después de quedarse sin manta, se quedó sin una peseta, pero sus compañeros le enseñaron que el dinero llega por tres caminos: el de ganar, el de robar y el de pedir. Y estando cerrados los primeros era necesario pedir á quien tuviese. Además le enseñaron que el rico da uno por amor; dos por honor, y todo, por temor. La consecuencia de estas enseñanzas fué que Manolo escribió al señor Romualdo suplicándole algún socorro; y terminaba la carta pidiendo á Dios le conservase el almiar y el plantío libres de los fáciles incendios que producen las chispas de los cigarros y las cenizas del picón.

El señor Romualdo contestó en seguida. Dolíase de no tener dinero disponible, pero compadeciéndose del preso, le enviaba un billete de cincuenta pesetas.

Enternecióse Manolo, pero le advirtieron que no contestase, y que escribiese al señor Deogracias pidiéndole un socorro, y exponiéndole la tacañería de Romualdo.

Deogracias envió cien pesetas, Romualdo envió otras ciento, y Manolo se dispuso á disfrutar, en la cárcel, de una larga y agradable vida.

Pero no fué así.

D. Miguel, Juez de Instrucción y de Primera Instancia, volvió á Vallindo; tomó posesión, recibió las naturales visitas de pésame, y se enteró por el escribano de que había un procesado por robo de cerdos. En seguida supo, por el jefe de la línea, los detalles del robo, y aquella noche fueron capturados Ulpiano y Gregorio. El asesor tendero fué al juzgado, pasó á saludar á su señoría, y le aseguró que Manolo era sujeto de mala conducta, protegido por el cabo de Montivega.

El Juez se hallaba en perfecto equilibrio mental. Era un caballero joven, guapo, ilustrado, que al conseguir un puesto en la carrera judicial, pidió la mano de una linda señorita, cuyo padre vivía sórdidamente, y había obligado á sentar plaza a su hijo varón que, luchando, logró ingresar en la Academia de Toledo, y ser oficial de Infantería. El viejo miserable negó su permiso, y D. Miguel tuvo que depositar á su futura, y casarse con ella sin recibir de su suegro sino los más groseros insultos.

Acababa de morir el viejo dejando á sus hijos una respetable fortuna en valores del Estado, y escondida en el secreto de una arca, y D. Miguel, recordando los millones que poseía y la independencia que le aseguraban, se sentía apto para ser justo, y deseaba que toda la Magistratura tuviese igual independencia, para que nunca el hambre, disimulada por un sueldo mezquino, pusiese á ningún juez en la disyuntiva de sacrificar su vida en aras de la virtud ó sacrificar su honor en aras del cacique.

Las insidiosas advertencias del viejo asesor, despertaron las sospechas de D. Miguel, y estudió el asunto. Obtuvo las confesiones de Gregorio y de Ulpiano, recogió las buenas referencias acerca de Manolo, se convenció de que éste se hallaba enfermo cuando se realizó el robo, y se rió de aquellos jueces municipales, impuestos por la maldad política, y para quienes un trozo de añejo embutido era cuerpo de delito en un inmediato robo de cerdos.

D. Miguel se lió la manta (ó los millones) á la cabeza, sobreseyó respecto á Manolo, y le dejó en libertad.

Manolo recibió alegremente la noticia, soportó los abrazos y los encargos de sus compañeros de prisión, y salió á la calle. Después fué al juzgado, firmó, y le dijeron que el juez municipal de Montivega ya tenía conocimiento de la providencia del señor Juez de Instrucción. A Manolo le pareció natural que el acuerdo justo se llamase providencia.

Atardecía. Llegar de noche á Montivega, sin que nadie le viese, era muy agradable, pero temía que la puerta de su casa estuviese sellada, y durmió en Vallindo.

Se despertó, se desayunó y emprendió la marcha.

Aquella sonrisa que descubría una dentadura blanca, menuda y fuerte, había desaparecido de la cara de Manolo. Iba resuelto á ceder su casa á Deogracias y á Romualdo para que cobrasen sus créditos, y marcharse á trabajar muy lejos: á América si le era posible. Todo menos soportar el desvío agresivo de sus paisanos.

-Al transponer el Cerro del Agua, vió á un acarreador de Deogracias. Salía de la vereda á la carretera, y llevaba aceituna al molino.

-¡Escucha! ¡Si es Manolo!

-¡Hola, hombre!

-Pues chico, que ayer se dijo que estabas libre y que vendrías hoy, y lo cual que, á la cuenta, yo soy el primero que te ha visto.

-Así parece.

-Pues mira, que me alegro. Y quisiera decirte que nos alegramos todos.

-¿Sí?

-Y lo cual que, el amo mesmo dijo anteayer en la limpia que allí hacía falta un hombre como tú. Es decir, que si tú se lo mientas, no lo negará. Conque ya sabes que lo tienes por tuyo.

-Vaya, vaya.

-Y la Petra y su madre más caídas que una soferapéndola, porque se echan la culpa de que por ellas irse de pico, en el lavadero se supiese lo que tú hiciste.

-¿Lo que yo hice?

-Sí, hombre. Lo cual que á mí, ya ves, como si fuésemos hermanos; y lo que hablemos se sabrá por el macho que nos escucha.

-Entonces, ¿tú crees que yo robé los cerdos?

-Hombre, yo creo en Dios porque lo dice el cura de balde; y... Mira: allí viene el amo en el tordo. Lo cual que vamos á aligerar, porque luego dice que en cuatro viajes se me acaba el día.

-Aligera tú.

-Bueno. Pues lo dicho: tan contento, y como toda la vida. ¿No es eso?

-Me parece.

Abrasaba la frente de Manolo, se espesaba la saliva, sudaban las manos y sentía calofríos en la espalda. Había comprendido que nadie creía en su inocencia y que, sin embargo, le querían como nunca; que por su maldad supuesta, era héroe en Montivega, donde por bondad efectiva, vivió Manolo desconocido ó menospreciado.

Llegó el señor Deogracias, paró la jaca esperando que se le acercase Manolo, y gritó:

-¡Vamos allá!, buen amigo. Yo voy á ser el primero que te dé la enhorabuena.

-Muchas gracias.

-De modo que agua de cerrajas. Quien no pega y amaga, ni alpechín ni agua. Eso lo vi yo venir. Ulpiano cayó porque es un perdido, y cayó Gregorio por es un bocón, pero yo sabía que tú no caías y me alegro, por éstas que me alegro. Y más porque le hayas dado en la cabeza á Mariano, que es un tío bruto con malos centros, y nos tiene más cansados de juez municipal que si fuese tarta de almendra. Y esa te va á hacer la rosca lo vas á ver. Conque ¿te llegó la miseria que te envié?

-Sí, señor: muchas gracias

-¡Pero si no decías nada! Que te enviase un socorre. Y, ¿qué es eso? Pues ahí van cien pesetas para que fumes.

-Muchas gracias.

-Y las cosas no se hacen así, porque todos vamos de reata: quien primero, y quien va el último. Y se habla claro como yo te voy á hablar antes qué te metas en el pueblo y te hagan coger la mosca de taberna en taberna.

-Usted me manda. Y crea usted que vengo dispuesto á que cobre usted en seguida lo...

-Pero, oye, ¡que van á creer que he salido al camino para darte el alto!

-No, señor.

-¡Pues entonces! Si yo le llevo dinero al Banco de España para que me lo guarde, ¿por qué no me lo has de guardar tú?

-Muchas gracias.

-Lo que yo quiero es comprometerte antes de que otro te comprometa, porque me haces falta. Y se habla así, claro; como te hablo yo.

-Sí, señor.

-Esto suponiendo que te pongas á trabajar.

-Me parece.

-Pues entonces, te digo que me haces falta en el plantío, porque el hombre que tengo entiende de aceitunas menos que un zorzal, porque ni las prueba. Y las aceituneras se han emperrado en que el esportón es grande, y en que no se ha de colmar, y en que se mide sin echar á la limpia. Y me entierran las aceitunas, y no me repasan las claras, y hacen que se les pierden las chapas, para que les anoten las perdidas. Y los acarreadores se me paran porque no hay acopio. Y ¡vamos! que si no me vacuno me va á dar la más negra! ¿No es eso?

-Sí, señor.

-Conque tú te vienes al plantío y me sujetas la gente, y la pones el esportón por montera, y vas de mayoral ó de manigero ó de lo que sea tu gusto, y á ganar como el hombre de mi confianza. Esta es la palabra.

-Pues yo...

-Que no ó que sí. ¿Y tan amigos en la cruz como en la casa. Pero escucha un poco; porque hasta las mujeres llevan cola, y esto la trae. Si vamos como yo quiero que vayamos, dentro de unos días, á primeros de año, saldrá en el Ayuntamiento la subasta de la media y de la romana, y te quedarás con ella porque quiero yo, y porque tengo yo para ti los dineros de la fianza, y porque el medidor que tenemos se ha empeñado en ganar la gloria de Dios, y eso se gana en la iglesia, pero no se gana midiendo granos y aceite. Y ahora, habla tú.

-Pues por mí, hecho, y gracias.

-De nada. Y ¿cuándo te espero?

-Cuando usted mande.

-Hoy no puede ser, porque hazte cuenta que te van á feriar. Mañana, á la hora del trabajo.

-¿Dónde?

-Te vienes á casa y nos iremos juntos al plantío para que yo digo á lo que vas.

-Lo que usted mande.

-Y á otra cosa. Pero hombre, ¡si esto es más largo que una solitaria! El tío Pastor me dijo que te había enviado cincuenta pesetas, y además, te ha enviado ciento; que me lo ha dicho el dé Correos, que le certificó y le selló la carta. ¿Es así?

-Sí, señor.

-Pues, ea, el roñica de Romualdo te espera para que le firmes una obligación, y busques otra firma además. Pero no por las ciento cincuenta, sino por doscientas.

-Le pagaré.

-Ya lo creo, y antes de las doce.

-Ahora no es posible. Le llevaré la escritura de mi casa.

-Ese no entiende de prendas posesorias. A ese le llevas las ciento cincuenta pesetas que van dentro de este papel; y que le cobre los réditos á una coneja, que es lo que más renta.

-Pues, muchas gracias. Entonces yo le debo á usted...

-Es decir, que me tienes guardados sesenta duros. ¿Necesitas dinero?

-No señor; tengo.

-¡Como no te veo fumar!

-Apenas lo gasto.

-Pues entra en el pueblo con este puro, no crean que vienes á varear á destajo.

-Es usted muy bueno conmigo.

-Y allá va el último favor que voy á pedirte. Que te lleves el tordo á mi casa, porque el plantío está ahí, iré á pie, y no quiero tener al animal con bocado y con silla; y no me he traído una mala jáquima.

-Lo llevaré.

-Pues vete con Dios.

-Y que Dios se lo pagará á usted todo.

-Me lo pagarás tú.

-¡Por la gloria de mi madre!

Romualdo estaba contrariado porque Deogracias le ganaba la partida.

No habló de pagarés ni de intereses. No le urgía cobrar. Y cuando Manolo le entregó los treinta duros, comprendió Romualdo que había sido buen negocio el robo de los cerdos, y que un hombre que robaba y se burlaba de la justicia, era muy malo, muy astuto, muy hipócrita y muy terrible.

Romualdo recogió los billetes y dió á Manolo uno de cincuenta pesetas.

-Hazme el favor de aceptar este obsequio.

-No, señor, muchas gracias. Ya tengo trabajo.

-Y si te faltase, lo hay en mi casa para ti, como tú lo quieras.

-Se agradece.

-Pero eso no estorba para que tomes esta insignificancia. Si fuese joven como tú, iríamos juntos á gastarla.

-Ea, pues como usted quiera.

Y no olvides que aquí tienes una casa y un amigo.

Ya en la calle, tuvo Manolo que aceptar las invitaciones de los desocupados, y entrar en una taberna, que en seguida se llenó de gente.

Allí fué Pocapena para decir á Manolo que el señor Mariano esperaba en el Juzgado.

-¿Es que te van á enchiquerar?

¡Que no! ¡que no!- repetía Pocapena.

Estáte con nosotros.

-Dejadle que vaya.

-Y cuenta conmigo.

-Y conmigo.

-Y con todos.

El señor Mariano, ante el secretario y el alguacil, y empujando adentro los puños postizos que le salían de las cortas mangas dijo así:

-He llamado á usted para... Pocapena, acerque usted una silla para que se siente Manolo. Eso es. Pues bien, primero: que tiene usted que echar unas firmas donde le dirá éste. Yo siento mucho haber gravitado sobre usted el peso de la Ley, y acato el fallo de la superioridad. Soy un representante del orden jurídico, y mi conducta con usted garantiza á usted el sacrosanto ejercicio de su derecho ahora y en todo tiempo, porque una sentencia del Supremo dice que el tiempo no respeta lo que se hace sin su permiso. Si no está usted bien en esa silla, súbase usted aquí, á la del fiscal.

-No, señor; muchas gracias.

-Y nada más. Bueno, que como se descerrajó la puerta, pues el herrero arregló la llave por mi cuenta; de amigo a amigo. Esto no consta en autos. Alguacil, traiga usted la llave al compareciente.

-La tenía usted.

-¡Jorobar! Pues ¿dónde la he metido? ¡Ah! sí. Aquí tiene usted la llave de su inmueble y domicilio ó residencia.

Manolo marchó deprisa hacia su casita. Tenía ansias de ver su catre y su mesa; sobre todo, tenía ansias de hallarse en dulce soledad.

Pero en la puerta de la casa le esperaba la tía Fulgencia.

-¿Por qué llora usted?

-Porque te habrán dicho mucho malo de nosotras.

-¿A mí?

-Y no es cierto; te lo juro por la salud de mi hija, que será tu mujer. Porque lo que pasó fue que la muy patosa te dijo lo de que olías á cerdo, y yo la reprendí, porque esos no son modos, y ella emperrada en que no lo había dicho con mal aquel, y así estuvimos porfiando en el lavadero. Y dicen que por eso se sacó lo que tú habías hecho con los cerdos, pero di que no, que ya estaría dado el soplo.

-Pero, ¿usted cree?...

-¡Hijo mío!... Conque abre, y haré algo.

-Ahora no; voy á descansar un momento.

-Te mulliré el colchón.

-Tampoco. Cuando yo me vaya, enviaré á usted la llave con el chico del esquilador.

¿Es que no vendrás á vernos?

-A la noche, como siempre.

Manolo entró en el patio, y después en la habitación. Oyó huir á los ratones; una salamanquesa se detuvo en la pared, y alzó la cabeza chata, después huyó pesadamente.

Allí hacía frío, pero Manolo se sentó en la silla; y ya iba ordenando sus recuerdos, cuando notó que abrían la puerta de la calle.

-¿Quién es?

-Ni aun eso: el tío Gusano.

-Pase usted.

-¿Te estorbo?

-No, señor.

-Vengo á darte la enhorabuena.

-Gracias.

-Y á decirte que si bajas á la plaza, te tires á matar al toro.

-¿Por qué dice usted eso?

-Para que el toro no te mate á ti.

-Siempre anda usted con refranes. ¿Qué ha sucedido en mi ausencia?

-Que han descubierto un ladrón.

-¿Quién?

-Tú.

-¡Tío Gusano!

-Y como aquí todos son ladrones, están muy contentos de ti. Tú honradez les apestaba.

-Pero, ¿usted cree que yo he robado?

-Yo creo siempre la verdad. Tú sabes la verdad de este asunto, pues esa verdad es la que yo creo.

-Entonces cree usted que no he robado.

-Creo la verdad.

-No nos entendemos.

-Eres tú quien no me entiende.

-Pues hable usted claro.

-Pero lo que más les admira en ti, no es que hayas robado, porque eso lo hacen todos, sino que nadie, ni la justicia, te lo pueda probar. Y eso no lo saben hacer ellos, y esperan que tú se lo enseñes.

-Pero, si yo no lo sé.

-Eso no hace falta para poner escuela; hasta con que los chicos acudan y paguen. Deogracias ya te ha encargado de robar á sus jornaleros.

-Tanto como robar...

-Después serás medidor para que robes á los que compran y á los que venden.

-¡Tío Gusano!

-O no darás gusto á nadie, porque el que compra y el que vende van decididos á robar. Y después... Si yo, ahora, les probase, que eres un hombre de bien, te quedarías sin pan, y te meterían en la cárcel, y harían perfectamente.

-¿Por qué?

-Porque les estafas la popularidad que te han dado. Si quieres conservarla, roba.

-No quiero.

-¿Qué es lo que no quieres?, ¿la popularidad? ¿el aplauso de todos?

-Eso sí; lo que no quiero es robar.

-Pero el hombre popular no domina al pueblo; es un infeliz esclavo de la canalla que le aplaude y le alimenta. Aquí son ladrones, y te mandan que robes; si fuesen beatos te mandarían que rezases.

-¿Y si no robo?

-Te quedas de hombre honrado.

-Da poco beneficio.

-No lo creas.

¿Cuál?

-Ya lo sabrás cuando lo pierdas.

-Se paga mal la buena conducta.

-Por eso no me pagas mis consejos.

-¿Quiere usted algo? Yo tengo siempre una peseta para usted.

-Pues dame una, y deja preparada otra.

-¡Qué tío Gusano!

-Muchas gracias, y adiós. Digo que si vas á estar aquí mucho rato, quemes la mesa ó el catre, porque yo me he quedado frío.