Los gusanos/Cuarta parte

Los gusanos (1909)
de Silverio Lanza
Cuarta parte

Cuarta parte

De la vermicracia, y de los beneficios que proporciona


Huele á podrido

Shakespeare (Hamlet).


Por el camino que conduce al cementerio de Montivega va el tío Gusano con su barba blanca; encorvado el alto cuerpo, y apoyándose en una cayada.

Quince años antes llegó por primera vez al pueblo el tío Gusanó que marchaba erguido. Entró en una tienda de comestibles, y, preguntó:

-¿Me fía usted una libreta?

-¿Fiada? ¡Tiene gracia! Vaya usted con Dios.

Llegó á la tahona de Jesús, y en ella estaban, de tertulia, Deogracias, que era alcalde, y otros amigos.

-¿Me fía usted una libreta?

-¿Qué dice usted?

-¿Que si me fía usted una libreta?

-Dios le ampare

-Dirá usted que Dios me fíe.

-Lo que sea.

-Si Dios tuviese tahona yo no pasaría hambre, y usted no pasaría trabajos.

-Es cierto. Hombre: por ese dicho le voy á dar á usted la libreta. Ahí va.

-¿Usted pide limosna?- preguntó Deogracias.

-No, señor. Nunca pido lo que, tal vez, no puedan darme.

-¿Cómo se llama usted?

-Aborigen.

-Y esa ¿es palabra cristiana?

-Sí, señor.

-¿Cuándo celebra usted sus días?

-Cuando son buenos.

-¡Vaya un tío! Y ¿si yo le diese á usted diez céntimos?

-Haría usted bien.

-Y ¿si le diese veinte?

-Haría usted mejor.

-Y ¿si le diese á usted treinta?

-Haría usted lo debido.

-¿Lo debido? Y ¿si le diera á usted cuarenta?

-Haría usted mal.

-¿Mal? ¿Por qué?

-Porque antes me llevaba usted ofrecidos sesenta.

¡Caramba con el hombre! Pues tenga usted dos reales.

-Muchas gracias.

Cogió Aborigen las monedas y se las dió al tahonero.

-Cobre usted la libreta.

-No: ya la di por perdida,

-Pues me injuria usted creyendo que no la pagaría.

Durmió en un chozo de los tejares, habitado por una vieja sucia. El día siguiente halló una casa limpia donde, por diez, céntimos diarios, le daban albergue.

Aquel raro sujeta llamó la atención, y los chicos le seguían. A la salida del pueblo empezaron á apedrearle. Aborigen saltó velozmente y cogió á un muchacho que empezó á llorar mientras sus compañeros se disponían á defenderle.

-No llores, que no te hago nada.

Puso la gorra del chiquillo sobre un guardacantón, y lanzó una piedra que despidió la gorra á algunos metros de distancia.

-¿Ves aquel gorrión?; pues va á morir.

Y una piedra, que hizo silbar el aire, mató al pájaro antes que éste pudiese volar.

-¿Queréis que os ensene a tirar piedras?

-Sí, sí.

-Pues se tiran con el corazón. Id á vuestras casas, y que os la hagan más grande.

Los muchachos le dejaron en paz. Pero las autoridades quisieron saber quién era aquel sujeto.

-¿Dónde ha nacido usted?

-Quizá lo sepa mi madre. Yo estaba presente, pero no se habló de eso.

Para asustarle, pretextaron una detención gubernativa, y le llevaron al calabazo. Aborigen pidió á la mujer del alguacil escobas, bayetas, agua y lejía. La mujer vió el cielo abierto; y Aborigen limpió admirablemente el calabozo. Después preguntó:

-¿Qué señas doy para que me contesten?

-¿Va usted á escribir?

-Al Estrecho de Magallanes. Dentro de cuatro meses tendré aquí la respuesta.

No pedía: Aceptaba. No era gravoso ni glotón.

Sus sentencias y sus consejos le proporcionaban más alimentos, más vino y más ropa que los necesarios.

Murió de viruelas, y abandonada, la vieja del pajar; y Aborigen dijo:

-La debo el alquiler por una noche. Voy á pagarlo.

Y fué. La amortajó, y la colocó en el arca de los pobres, cuando la recogieron para enterrarla.

El dueño del tejar propuso á Aborigen se quedase de guarda por diez duros al mes.

-Gracias, señor. ¿Cuánto vale lo que hay cortado, lo apilado, y lo que se está cociendo?

-Más de quinientas pesetas.

-Pues déme usted otro tanto por guardarlo.

-¿Está usted loco?

-Más loco es usted que, por guardar cien duros durante un mes sólo da usted dos. Por cariño lo hago de balde.

El cura ecónomo comprobó que aquel hombre traducía rápida y exactamente el latín que se le hablaba. ¿Por qué vivía así una persona de ilustración?

La dueña de un ventorro se asomó á la puerta cuando pasaba Aborigen.

-¿Va usted hacia el pueblo?

-Sí, señora.

-¿Quiere usted acompañar á mi chico?

-Con mucho gusto.

-Pues arrea, condenado, que siempre llegas tarde á la escuela. Tenga usted una copa, tío Gusano.

-Muchas gracias: guárdela usted para otro día.

A las once supo la mujer, que su chico y Aborigen estaban juntos y echados de bruces en el erial próximo á la parroquia. La madre llegó allí, dió de azotes á su hijo, é insultó á Aborigen.

-Señora; usted me ha dicho que le acompañase, y no me he separado de él.

-¡Vaya usted noramala!

La mañana siguiente dijo el muchacho á su madre:

-Me voy á la escuela. Ya son las ocho y diez minutos.

-¡Mentiroso! ¡Toma!, pues es verdad.

-Como que entiendo el reloj. Me lo enseñó ayer el tío Gusano.

Se le llamó así, porque continuamente decía que en todo hay siempre un gusano escondido.



Iba aquel sábado hacia el camposanto, cuando le detuvieron unos peones que limpiaban las cunetas.

-¿Se va por la rentita?

-Claro.

-A la cuenta, hasta ahora no hay más heredero que usted.

-Porque me paga la peseta la testamentaría, por el sepulturero.

-Entonces, ¿lo de la herencia no se arregla?

-Cuente usted eso, tío Gusano.

-Pues nada, que D. Manuel había hecho testamento á favor de la Petra. Se murieron los dos destrozados, y hace falta saber quién murió más pronto. Si murió D. Manuel, hereda el señor Román.

-¿Y si murió Petra?

-Los parientes del otro.

-¡Y si D. Manuel no tenía parientes!

-Han salido ya cuatro tíos en la sangre del padre, y cuatro tías en la sangre de la madre.

-¡Qué tío Gusano!

Llegó éste á la puerta del cementerio, la abrió, volvió á cerrarla, se acercó al sepulcro donde yacían Manolo y Petra, y como viese al sepulturero, le dijo:

-Augusto sacerdote de este templo de la vermicracia. ¿Estás solo?

-Sí.

-Haces desprecio de mí y de los muertos, ó no sabes lo que dices.

-¿La trae usted ya?

-La he dejado en el camino, para recogerla después, porque se ha dispuesto que nadie esté alegre en el único sitio donde no hay penas.

-Ya lo sabrá usted cuando le roan los gusanos.

-Hombre, ¿los echas tú en los ataúdes?

-¿Yo?, no.

-Ni el que amortaja. Estarán en el cuerpo.

-No los tiene cuando está sano, pero los cría cuando se corrompe.

-De modo que donde hay un gusano hay corrupción.

-Es natural.

-Te llevarán á la cárcel.

-¿Por qué?

Por creer en la vermicracia.

-¿Y qué es eso?

-Cuando hay un hombre tuno es porque la sociedad está corrompida y los gusanos la gobiernan.

-Yo no he dicho eso.

-Ni yo tampoco. Bueno. Rezaré un Padrenuestro.

-Aquí tiene usted la peseta.

La sonó Aborigen en el mármol del sepulcro.

Hubo una corta pausa.

-¿Quiere usted otra?

-Sí.

-Será como esa.

-Me alegraré.

-¡Que será á cambio de esa!

-Pues no me la des.

Hincóse de rodillas el tío Gusano, y así estuvo hasta que el sepulturero le dijo desde la puerta:

-¿Se queda usted?

-Todavía, no.

-Pues voy á cerrar.

-Sí. Guarda cuidadosamente los gusanos que sólo sirven para que disfrutéis sus guardianes.

-¿Quién?, ¿yo?

-Y los explotadores de la pestilente vermicracia social.

Fín