Los dioses de la Pampa: 30


Extenuado por el largo hambre invernal, tiritando de frío, bajo la lluvia helada que cae sin cesar, de una flacura tan extrema y de edad tan adelantada que no dejan lugar a ninguna esperanza, el pobre caballo se deja caer, -exhaustas sus fuerzas-, detrás de una gran mata de paja.

Todavía lo guía, para buscar este reparo, el indestructible instinto de conservación, opuesto por la naturaleza prudente al exquisito y violento atractivo del reposo eterno, para obligar a los seres todos a luchar, aunque no quieran, contra los avances de la muerte.

Echado detrás de su frágil abrigo, pasivamente lucha contra la destrucción final; sufre, agoniza, dura, creyendo quizás que, como tantas otras, pasará esta tempestad, dejándolo todavía con fuerzas para seguir viviendo. Pero el huracán recrudece; la lluvia, cada vez más fría, lo penetra más y más; el hambre agota sus últimas fuerzas, y poco a poco lo abandona el soplo vital. Y cesó la lucha, cesaron los últimos estertores y con ellos, las borrascas de la vida: descansa ahora; descansa profundamente, después del largo y penoso galope de la vida.

¿Descansa? así parece, pues su cuerpo yace, tendido, inmóvil. Pronto se volverá objeto de repulsión por su repugnante hediondez, horror de los ojos que lo vean, por sus formas espectrales y fantásticas; y sin embargo, las inmundas aves de rapiña ya encuentran en ese cadáver inerte elementos de vida; hervideros insaciables y siempre renovados de gusanos asquerosos revuelven incansablemente, como en busca de misteriosos tesoros, las profundas bóvedas donde quedaban encerradas las vísceras.

Enjambres de moscas de todos colores y de todos tamaños, zumban, atareadas, llenándose de lo que para esas horripilantes abejas, será miel nutritiva; y la tierra bebe con avidez los jugos substanciosos que ya no utiliza el cuerpo en disolución, mientras que poderosos escarabajos la ayudan en asimilarse las materias en que no circula ya la vida.

El aire y la tierra, las aves, los animales y los insectos, herederos naturales de todo organismo al cual momentáneamente abandona la vida, se han repartido ya los despojos; sólo queda la osamenta, blanqueando al sol, con sus arcos y sus huecos, y sus formas raras, que serían ridículas, si no infundiesen más miedo que risa.

Los animales poco se le acercan, le tienen instintivo recelo, y hasta se espanta el caballo montado que de repente da con ella.

Pero va pasando el tiempo; y poco a poco, aparece la osamenta asentada en opulenta alfombra de verde intenso. El campo, en toda su extensión, sólo produce paja dura, pasto puna gris o amarillento, pero al reparo de los huesos puntean el trébol y la gramilla; y crecen hermosos, de tallos altos y de hojas anchas, de verde obscuro, llenos de pimpollos y de retoños, y muchas otras plantas abundan, de diferentes familias y de follajes variados. Crecen, suben, trepan alegremente entre los huesos; los cubren con mil ramilletes de flores que embriagan de amor a los seres que pasan; se enroscan voluptuosamente entre las costillas resecas del esqueleto y salen por los ojos huecos, tapando con su frondosidad embalsamada el horror del cráneo desnudo.

Llenas de vigor, anhelosas por florecer, se disputan el sol que para todas luce, generoso, y pronto se volverá la imagen fúnebre, hecha un lozano y fragante ramo de flores, todo un símbolo de vida exuberante.