Los dioses de la Pampa: 09

Los dioses de la Pampa
Capítulo VIII: La Querencia
 de Godofredo Daireaux



Aunque esté en ejercicio del poder, que cada año le da, por unos meses, la constitución celestial, el Invierno triste; aunque por la maldita costumbre que tiene de apagar temprano la luz del sol y de prenderla tarde, paralice la vegetación hasta no dejar suficiente pasto para las haciendas, no ha podido hacer desaparecer del todo la gramilla del campo lejano, donde acaba de llegar la tropilla.

Sosegados por el cansancio y el hambre, los pobres animales comen el pastito tierno y verde que se ha sabido conservar en vida, escondiéndose, prudente, detrás de las matas grandes de paja dura, y tan bien se llenan con él, tan ligero se reponen, que el amo, al verlos quietos, perdió la costumbre de manear de noche la yegua madrina, y dejó la tropilla gozar de libertad casi completa.

Pero llegó la primavera; y aunque la gramilla abunde más que nunca, se ve, por momentos, la yegua madrina mirar con la cabeza alzada, y como perdida en sueños, por el lado de donde ha venido, unos meses ha.

Por cierto que la tropilla no se puede quejar de su suerte; la han mudado de campos algo pobres, a tierras extensas donde puede retozar a gusto, encontrando por todos lados gramilla, su pasto favorito, agua regular y reparo contra las intemperies: así mismo, al asomar la estación del renuevo, sienten los caballos en sus pobres almitas de animales, que algo les falta, algo que los llama, allá, de donde los han traído.

Y sin embargo, no han dejado tras de sí amores, que les son prohibidos; ni familia, que no la tienen; ni condiciones de extraordinario bienestar. Aquí, tiene la madrina a su hijo último y no falta padrillo que le haga la corte; todos quieren al amo que los trajo, y está él ahí con ellos.

¿Qué es, entonces lo que anhelan?

¿Cuál será la fuerza misteriosa que, imperiosamente, les mandó, una noche, salir del campo donde los han creído habituados ya, y agarrar al trote largo, en línea recta, abreviando el camino, cortando campos que nunca han pisado, como guiados por impecable vaqueano; vadeando arroyos, evitando alambrados, sin pararse, sin mirar para atrás, para el pago que los ha visto nacer?

¿El invierno, allá, será menos rudo, el verano más suave, el agua más dulce, el pasto más tierno y más perfumado, el cielo más alegre, la pampa más verde?

Sí: pues no hay pampa más verde, cielo más alegre, pasto más tierno ni más perfumado, agua más dulce, verano más suave, invierno menos áspero que los de la Querencia: la Querencia, donde uno ha nacido y se ha criado, bien sea en la abundancia, bien sea entre penurias; la Querencia que aminora hasta el mismo espanto de la muerte, cuando ha llegado la hora fatal.


Capítulo VIII