Los condenados: 44


Escena XIEditar

JOSÉ LEÓN, PATERNOY.


PATERNOY.- Hombre, al menos una vez en la vida, di la verdad. ¿Has entrado aquí con intención de verla tan sólo, o de robarla?

JOSÉ LEÓN.- De robarla.

PATERNOY.- ¿Y me lo dices con ese descaro?

JOSÉ LEÓN.- Me has pedido la verdad. ¿No prefieres la verdad descarada, a la mentira con disfraz?

PATERNOY.- Sí. Dime ahora, pues según parece hablas ingenuamente, dime: ¿qué mereces por tan infame idea?

JOSÉ LEÓN.- Quizás merezca la muerte. Eso tú dirás.

PATERNOY.- (Dominando su ira.) ¿Y vienes a que yo te la dé?

JOSÉ LEÓN.- No; porque eres santo y te negarás a quitarme la vida.

PATERNOY.- (Sin poder contenerse.) No te fíes, indigno; no juegues con el león perezoso creyéndole inofensivo. ¡Sal pronto de aquí!

JOSÉ LEÓN.- Aguarda. Para lo que tenemos que hablar, mejor estamos en este sagrado asilo.

PATERNOY.- Lo profanamos, tú con tu cinismo, yo con mi cólera.

JOSÉ LEÓN.- ¡Tanto afán porque te entregara mi conciencia, y ahora que en tus manos la pongo, palpitante, chorreando sangre, no la quieres!

PATERNOY.- ¡Tú... entregarme...! No te creo. Quieres ganar tiempo.

JOSÉ LEÓN.- Sí; me entrego, me rindo. (Con efusión creciente basta el fin del parlamento.) No me rendí a los continuos reveses que amargaron mi existencia; no me rendí al remordimiento; no me rendí a tu inaudita piedad, y me rindo, ¿ante qué dirás? ante una voz que suena en mis oídos como venida de otro mundo, y remueve toda mi alma; ante una razón perturbada, que ilumina la mía. Quien a todo resistió, no resiste a, la pérdida del ser que era su única ilusión, su única fe. Nunca, ni en mis más terribles adversidades, vi la mano de Dios sobre mí. Ahora la veo, y esta mano me hunde, me anonada, me convierte en polvo miserable.

PATERNOY.- (Confuso.) ¿Salomé... su locura, que es una forma de muerte, te...?

JOSÉ LEÓN.- ¡Forma de muerte, sí: la peor y más triste! Entré aquí dispuesto a rescatarla por astucia o violencia, y me la encuentro monstruosamente desfigurada en su hermoso espíritu, ya que no en su exterior belleza. Ella era mi inteligencia; ella mi esperanza de regeneración, mis creencias todas; ella mi presentimiento de lo justo y de lo bueno. ¡Perdida para mí! ¡Nada tengo que hacer en el mundo! ¡Soy tuyo. Dispón de mí!

PATERNOY.- ¡Hermosa idea si fuese verdad! Para que yo te crea, necesito hechos, no palabras, que tu sutil entendimiento y tu instrucción superior combinan a maravilla.

JOSÉ LEÓN.- ¿Hechos dices? Proponlos tú.

PATERNOY.- Propongo una prueba que no aceptarás, porque exige el mayor esfuerzo de la energía humana.

JOSÉ LEÓN.- Qué es, ¿quitarme la vida?

PATERNOY.- No: es más, mucho más terrible prueba.

JOSÉ LEÓN.- Dila pronto.

PATERNOY.- Que declares públicamente tus delitos.

JOSÉ LEÓN.- ¿Me crees incapaz de esa prueba? Vamos, llévame a donde quieras.

PATERNOY.- Aguarda. (Mirando por el foro.) Salomé vuelve: quiero que habléis delante de mí. (Aparecen por el foro, viniendo de la huerta, SALOMÉ y SANTAMONA. Óyese más próximo el canto de las novicias.)


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