Los condenados: 26


Escena XEditar

PATERNOY, SALOMÉ; BARBUÉS, por el fondo; ha oído las últimas palabras.


BARBUÉS.- (Con violencia y sarcasmo.) Eso es: al buen camino... ja, ja... Y por cierto, que ahora le tienes en uno de los más extraviados.

SALOMÉ.- ¿Qué dice este hombre?

PATERNOY.- Salomé espera convertirlo con el amor, fortificado por la fe.

BARBUÉS.- Pues empieza tu campaña, ahora que en el mismo infierno le tienes de patitas. A ver si le sacas y te luces, ángel de Dios. Puedes echarle un sermoncico desde aquí y mostrarle el santo escapulario, a ver si consigues que lo suelte el diablo gracioso que le tiene entre sus uñas.

PATERNOY.- Pero ¿qué dices? (Con autoridad.) Habla claro.

BARBUÉS.- Soy muy aragonés, y a claridad no me gana nadie. Allá voy ¡cógilis! y si duele, que duela. (A SALOMÉ.) Pues mientras tú discurres aquí, con éste mi señor apóstol, la manera de pescar con divinas redes a tu hombre, él se deja coger, muy místicamente, en las de la hermosa viuda Feliciana.

SALOMÉ.- (Aterrada.) ¡Jesús!... No puede ser... ¡Calumnia infame!

BARBUÉS.- ¿Mentiroso yo?... ¿Quieres verlo?

SALOMÉ.- (Con vivísima ansiedad.) ¿Dónde? ¿cómo?

BARBUÉS.- Por aquí. (Por la escalera de la derecha.) Subimos a las ruinas de la torre: te llevo con cuidadito por el muro, y desde el ventanal grande verás a tu condenado cogiendo cerezas, y a la otra condenada comiéndoselas.

SALOMÉ.- ¡Oh!

PATERNOY.- ¡Qué infame! ¿Le has visto tú?

BARBUÉS.- (A SALOMÉ con sarcasmo.) Invoca a la Santísima Virgen.

SALOMÉ.- (Desesperada.) ¡Quiero verlo!

BARBUÉS.- Y al Santísimo Padre Eterno, y al Ángel de la Guardia civil de los cielos coronados... ja, ja...

SALOMÉ.- (Furiosa.) ¡Qué Dios, ni qué Virgen, ni qué ángeles!... Oh, ya no soy quien soy... No siento a Dios en mí. La rabia me hará blasfemar.

PATERNOY.- (Queriendo calmarla.) ¡Desdichada! ¡Y pensabas con tu bondad angelical enmendar a ese perverso!

SALOMÉ.- (Trastornada.) ¡Bondad yo! No, no la tengo; nunca la tuve. (Apretando los puños.) Soy una mujer mala; soy una serpiente, una bestia feroz... ¿Pero es verdad? Sí, sí... Bien claro lo veo... No me engañó quien me dijo que fue su amante, que quizás lo era todavía... (Transición.) ¡Ay, no; no es verdad!... ¡Aquí, casi en mi propia casa, venderme así! Tú me engañas, Barbués; eres el odio, la ruin venganza... Tú, Santiago, que eres el perdón y la generosidad, dime que este hombre me engaña; quiere matarme.

BARBUÉS.- Pues lo verás.

SALOMÉ.- Sí, sí; ahora mismo. Aunque de rabia me muera, lo he de ver. Llévame, llévame; te lo pido. ¡Oh! y si es verdad, le ahogaré... mataré a alguien. Me siento criminal, me siento asesina... Llévame.

BARBUÉS.- (Sin atreverse, consulta a PATERNOY.) ¿La llevo? ¿Conviene que vea...?

PATERNOY.- Sí.

SALOMÉ.- Vamos.

BARBUÉS.- Por aquí, (Salen precipitadamente por la escalera de la derecha.)


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