Dos minutos tardaron en estar al habla, en saludarse con exclamaciones de alegría loca y en darse apretadísimos y palmeteantes abrazos. Según afirmaron los reverendos, a la media hora de andadura encontrarían a las niñas, que, paseando despacito, venían por la vega de Samaniego, y ya la impaciencia de los dos caballeros no pudo conceder a la cortesía más que breves segundos. «Dejen las borricas y métanse en el coche -dijo Calpena a los curas-, que nosotros nos adelantamos al trote...».

Así lo hicieron. «Y ahora, ¿dudas? -fue lo único que D. Fernando dijo a su compañero.

-Hombre, espérate un poco. ¿Ves algo?

-Es pronto todavía. Como tenemos el sol enfrente, su resplandor nos encandila. ¿Ves tú algo?

-¿Qué he de ver, ajos de Corella, si me estoy quedando ciego?

-¿Has mirado fijo al sol?

-Sí... hombre... me pareció ver en el sol una cara que me decía que no desconfiara más...».

Paró Calpena, paró Santiago. El primero prorrumpió en gozosas exclamaciones... «Mira, mira, bruto, ángel negro maldito. ¿No ves allá dos puntos rojos? Son las sombrillas. Pica bastante el sol... ¿No ves como dos gotas encarnadas en medio del gris de las tierras y de los viñedos sin hoja?

-Espérate un poco... No veo, no veo. Con esta tontería de mirar al sol, no veo más que soles por todas partes: soles violados, soles verdes, soles amarillos... Corramos. ¡Hala... al galope!

-Allí están... ¿las ves ahora?... Nos han visto: nos saludan con sus pañuelos...

-Ahora sí, ahora sí las veo; pero las veo violadas, verdes; estoy encandilado de mirar al mañero sol... Sí: veo las sombrillas, los pañuelos... Fernando, grande amigo, no sé qué me pasa... Me caigo del caballo... Lleguemos hasta aquellos árboles, y allí nos apearemos.

Dicho y hecho: las niñas avanzaban, agitando pañuelos y sombrillas.

«¿Dudas todavía?

-No dudo, no; pero siento un miedo horrible, una vergüenza que... Fernando, deja que me arrime a este arbolito...

-Bestia, no temas... Míralas qué guapas, míralas qué esbeltas, míralas qué gozosas, míralas llorando de emoción de ver a sus caballeros, la tuya por ti, la mía por mí... ¡Ánimo, Santiago, y a ellas!

-¡Oh!, déjame; ya voy... Siento ganas de arrodillarme.

-Nunca. ¿Lo ves, ves cómo todo es buena suerte, cómo estamos aquí, y aquí están ellas? Observa que de los cuerpos y de las cabezas de las niñas de Castro sale un resplandor celestial.

-Sí, sí: lo veo. Son mitos, digo, ángeles, ángeles efectivos, que mañana serán nuestras mujeres...

-Observa mejor: la gran luz, el fuerte resplandor que nos ciega, sale de Demetria.

-Sí, sí; es el Padre Eterno. ¡Oh, qué alegría! Ya no temo nada. Soy más valiente que Dios, y al que lo ponga en duda le enseñaré quién es Santiago Ibero. ¡Fernando, a ellas, a nuestras divinas hembras, a nuestras esposas! Ya están aquí. Ellas lloran; nosotros, no. Abracémoslas, cada uno a la suya... y fuerte, fuerte. Yo beso a la mía.

-Y yo a la mía.

En todo lo restante no hubo más que plácemes, alegrías y gratitudes al Señor por tantos y tan bien ganados bienes, y llegó el día del doble casamiento, que fue principio de una era matrimonial gloriosa y fecunda. De esto se hablará en otra parte de estas historias, alternando con sucesos graves, como la caída del gran Ayacucho, y el cuento de unas bodas más afamadas y no tan venturosas.


FIN DE LOS AYACUCHOS



Madrid, Mayo-Junio de 1900.