I

Divagando por el Mare Internum en el falucho de Ansúrez, con pacotillas comerciales de Vinaroz a Denia, de Torrevieja a Ibiza, o de Mahón a Cartagena, pasaron Donata y Confusio luengos días apacibles, sin inclemencias azarosas del viento y las aguas. En la dulce soledad marítima, aprovechando el ocio de las bonanzas, contó Diego Ansúrez a sus amigos diferentes sucesos festivos y graves de su inquieta vida, desde que abandonó a la familia y al padre para lanzarse a correr ásperas aventuras de mar y tierra; y lo que mayormente sorprendió y cautivó a los amantes fue la forma o modo peregrino con que hubo de encontrar y conocer a la hembra que tenía por esposa, o cosa tal... El singularísimo hallazgo de mujer fue dispuesto por Dios con un golpetazo furibundo que a continuación se refiere.

En Febrero del 49 fue a Játiva Diego Ansúrez a negociar cambalache de aguardiente anisado por pieles y arroz (que así el menudo comercio cambiaba las especies, empleando el dinero tan sólo para las diferencias). Dos días no más estuvo allí; y cuando, ultimados los tratos y arreglos, a su vivienda se retiraba en noche tenebrosa por calles solitarias y torcidas, sufrió un grave accidente pasando al ras de los muros de un convento que llaman Consolación. Iba el hombre con el cuidado de la obscuridad echando las manos por delante, los ojos al suelo fangoso y a los traicioneros dobleces de las tapias, cuando de improviso le cayó encima un grande y pesado bulto... El golpe fue tremendo, más por la pesadumbre que por la dureza del objeto caído. ¿Qué era, vive Dios?

Si al recibir el topetazo pensó Ansúrez en el desprendimiento de un balcón o de un trozo de alero, no tardó en reconocer que el bulto podía ser un disforme lío de esteras que tuviera por ánima huesos, lingotes de hierro, quizás un par de macetas con plantas arbóreas. El grito sacrílego que dio al sentir el trastazo en su cabeza y hombro derecho, fue contestado por un lamento que del propio bulto salía, el cual no era rollo de esteras, ni colchón relleno de objetos duros, sino un ser humano, grande como lo que llamamos persona... Al quejido siguieron voces que indudablemente delataban espanto de mujer... Dolorido del cuello y de Los lomos, inclinose Ansúrez vomitando blasfemias, y vio ropas negras y blancas... El bulto calló, como si de la conmoción de su caída perdiera el conocimiento, y el hombre, para verlo mejor, se puso de rodillas diciendo: «¡Ajos, cebollas, berenjenas y cohombros!... Yo pensé que era un pedazo de torre o un cacho de cornisa, y ahora veo que es usted una monja... Por poco me mata en su caída... diré mejor en su fuga... ¿Se descolgaba usted con esa soga que tiene en las manos?... ¡Ajos y cebolletas! ¿Por qué no cogió un chicote de más poder?... ¿Se le rompió antes de llegar al suelo?... Ya pudo avisar, señora, y yo me habría puesto en facha para recogerla... Por las verijas de San Pedro, que me ha derrengado un hombro, y me ha roto una oreja... y en el quiebro que hice creyendo que se me venía encima una torre, pienso que me he roto por la cintura, del dolor que siento, ¡ay!... A ver, comadre, si puede levantarse... ¡upa! No puede... ¡Upa otra vez, valiente!...».

La señora monja parecía cuerpo muerto: sus manos ensangrentadas agarraban la cuerda tosca con presión formidable de los dedos, como si aún estuviera pendiente de ella; su rostro encendido, su boca entreabierta y muda, expresaban terror; sus ojos abiertos parecían privados de la visión... No tardó Ansúrez en acometer el más airoso lance de aquella singular aventura, y movido de su caridad o de su gallardía caballeresca, probó a levantar en peso a la caída y derrengada monja. Al primer esfuerzo, su energía titánica flaqueó por efecto del quebranto que en su propio cuerpo sentía; pero estimulados los músculos potentes por la más briosa voluntad que puede imaginarse, el atleta tomó en brazos a la señora y la llevó por el dédalo de calles, diciéndole: «Comprendo que su reverencia se ha escapado como ha podido... ¿Qué ha sido? ¿Malos tratos?... ¿ganitas de volver al siglo?... Serénese, y como no tenga su reverencia hueso roto, haga cuenta de que el salto ha sido feliz, y que no ha pasado nada».

No era saco de paja la mujer caída; antes bien, notó Ansúrez la carnosa opulencia de las partes próximas al apretón de los brazos de él. Por dos veces tuvo que aliviarse del peso para tomar resuello, y al fin dio con su preciosa carga en la posada donde tenía su alojamiento. Grande fue el asombro del huésped y de los dos amigos que esperaban al patrón del falucho para emprender el viaje a Denia. El primer cuidado de todos fue tender el desmayado cuerpo en un fementido catre y proceder a su reconocimiento, por si las partes lastimadas en la caída reclamaban auxilio del médico. No fue cosa fácil el examen, porque la esposa del Señor opuso toda la resistencia que su remilgado pudor monjil le imponía. Declaró que bien podían reconocerle cabeza y brazos; pero que a la jurisdicción de las piernas no permitiría que llegase mirada de hombres, aunque en aquella zona tuviese todos los huesos partidos y deshechos... Respetaron los discretos varones estos refinados escrúpulos, y serenándose más a cada instante la buena mujer, les dijo que sentía magulladuras dolorosas y quebranto en diferentes partes de su cuerpo venerable; pero que no creía tener fractura en ninguna pieza de su esqueleto, agregando que sufriría con paciencia, y hasta con gozo, todas las averías de la máquina corpórea, con tal de ver para siempre conquistada su libertad. Mientras así hablaba la monja, pudo hacerse cargo el buen Ansúrez de que su rostro no carecía de belleza y gracias, y apreciar la excelente proporción de partes y formas ocultas por el hábito dominico.

La mujer y criada del posadero encargáronse de curar y bizmar las erosiones y rozaduras de la religiosa, y de aplicarle compresas de vinagre allí donde era menester. Luego, por indicación del marino, quitáronle hábito y toca, vistiéndola con las prendas usuales del traje popular valenciano. Esta rápida metamorfosis dio mayor tranquilidad a la fugitiva del claustro. Ansúrez, que gradualmente se hacía dueño de la situación, recomendó a la familia posaderil que guardara impenetrable secreto sobre aquel extraño caso, y a la señora propuso que se dejase llevar fuera de la ciudad, pues no estaría segura mientras no pusiese entre su persona y el convento grandes espacios de tierra y de mar. Aceptó la señora sin vacilación, que su espanto le daba prisa, y alas le ponía su atrevimiento. «Vamos, buen hombre; lléveme a donde quiera -dijo echándose del lecho y recorriendo la estancia con la cojera que le imponían sus doloridas coyunturas-. Lléveme lejos, lejos, a donde no puedan alcanzarme».

Con el apremio que requerían las circunstancias dispuso Diego la partida. Pronta estaba la tartana. En ella metieron a la monja, acomodándola con almohadas y ropa de abrigo, y añadiendo mediano cargamento de provisiones de boca. Con Ansúrez y su venturoso hallazgo entraron en el coche dos amigos del primero: un marinero tortosino y un traficante balear. Partieron a escape... A las ocho de la mañana entraban en Denia, y sin detenerse en las calles corrían hacia el puerto. Antes de las nueve estaban a bordo del falucho, el cual, acelerando su despacho y listo de papeles y víveres, dio sus velas al viento, que era nordeste fresco y traía el lento son de las campanadas con que el reloj consistorial cantaba las once... Recostada en la borda, la prófuga lloraba de alegría, viendo alejarse el caserío dianense, las alturas del Mongó... después las rocas y el faro del cabo San Antonio... Creía soñar...