Capítulo XI: La escuadra de los filibusteros

Entre los más famosos corsarios de las Tortugas corresponde preferente lugar a aquellos tres audaces filibusteros que se llamaron Grammont, Laurent y Wan Horn, unidos al Corsario Negro para intentar la toma y saqueo de Veracruz, una de las más importantes y ricas ciudades de México.

Wan Horn era brabantino: Grammont, un gentilhombre francés que marchó a América por odio a los españoles, y Laurent de Graff holandés.

El primero había comenzado su carrera como simple marinero; pero pronto se hizo famoso timonel.

Reunió unos centenares de piastras y compró un barquito pequeño, con el cual hizo el corso por su cuenta unido a una banda de desesperados.

En aquella época estalló la guerra entre Francia y Holanda. Atacó tan frecuentemente a las naves de esta última nación, que se hizo muy notable y estimado. Terminada la guerra, no obstante los tratados continuó su corso por las aguas de la Mancha, respetando tan sólo las naves francesas; pero, envalentonado osó atacarlas también, declarándose en guerra con todas las naciones marinas de la Europa septentrional. Un día una nave de guerra francesa enviada en su busca y captura dio con él, y le intimó la rendición sin condiciones.

Wan Horn no se espantó ante la enorme superioridad del adversario. Con increíble audacia pasó a bordo de la nave francesa y se fingió altamente maravillado del proceder del Comandante, jurando solemnemente haber respetado siempre los navíos de pabellón francés, y dando a entender que sus hombres no se hubieran rendido sin combate y que su lugarteniente era hombre capaz de disputar largo tiempo la victoria.

El Comandante, sabiendo con qué canalla, resuelto a todo tenía que entendérselas, y no queriendo comprometer su nave en semejante lucha, dejó a Wan Horn en libertad.

En aquel tiempo las audacísimas empresas de los filibusteros de las Tortugas habían causado mucho ruido en Europa entera.

El bramantino, comprendiendo que corrían malos vientos por la Mancha, por el mar del Norte y el de Vizcaya (Cantábrico), atravesó el Atlántico, y se dirigió a Puerto Rico, con la idea fija de costear en perjuicio de los españoles.

Ardía entonces la guerra entre España y Francia. Wan Horn, ya muy conocido en América por sus anteriores hazañas, entró en San Juan al son de trompas y tambores, y ofreció sus servicios al gobernador de la isla.

Es de notar la audacia del filibustero; pero más aún la buena fe de los españoles.

Wan Horn fue en seguida aceptado y encargado de dar escolta a los galeones cargados de oro que debían hacer la travesía del Atlántico.

Era la ocasión esperada por el corsario. En la primera tormenta se lanzó sobre dos de los más cargados, que habían sido separados del grueso de la escuadra, los saqueó y huyó triunfante a las Tortugas poniéndose bajo la protección de jos hermanos de la Costa.

Grammont era, como queda dicho, un gentilhombre francés que ya había servido como capitán en la escuadra de Luis XIV.

No habiendo por entonces guerras en Europa, atravesó también el Atlántico, y habiendo perdido su barco armado en corso, del que tenía el mando por real patente, se unió a los filibusteros de las Tortugas, y con setecientos hombres fue al asalto de Maracaibo y de Torrijos, perdiendo mucha gente con poco fruto.

Un año después bombardeó a Puerto Cabello, entró en la ciudad y se retiró a bordo de sus naves con ciento cincuenta prisioneros, entre ellos el gobernador, y llevándose grandes tesoros.

Desgraciadamente, un huracán sorprendió a su escuadra en la bahía de Goave, echó a pique gran parte de sus naves, y de este modo perdió el fruto de la ardua empresa.

Laurent, a su vez, estuvo primero al servicio de España luchando tenazmente contra los filibusteros, a quienes capturó multitud de naves.

Vencido finalmente por sus enemigos y reducido a decidirse entre la muerte y la vida, con la condición en este caso de unirse a sus vencedores, como hombre práctico, había aceptado de buen grado la oferta, convirtiéndose al poco tiempo en el terror de sus antiguos protectores.

Entre las maravillosas empresas intentadas por él en perjuicio de los españoles, citaré la siguiente: Encontrándose una mañana de improviso entre dos poderosas fragatas españolas, en vez de rendirse, intentó audazmente la batalla. Colocó a un hombre en la santabárbara con encargo de volar la nave a la primera señal, y empeñó audazmente el combate. Sus mosqueteros derribaron a cuantos españoles aparecían en el puente de las fragatas; luego, con una bien dirigida andanada, tronchó el palo mayor de la nave almirante, y huyó después, sin ser molestado, a las Tortugas.

Éstos eran los hombres que en 1683 se habían puesto de acuerdo con el Corsario Negro para intentar la más arriesgada empresa hasta entonces ideada por los filibusteros de las islas Tortugas; esto es, la expugnación y saqueo de la plaza fuerte de Veracruz.


Los tres filibusteros subieron a cubierta, precedidos por el Corsario Negro y seguidos por Morgan y el contramaestre.

Eran tres tipos muy distintos, de puras razas diversas.

Vaciaron algunos vasos de exquisito vino español que Carmaux había llenado, y Grammont, que era el más locuaz, dijo:

- Ahora, caballero, nos diréis qué habéis hecho en Puerto-Limón. Estábamos muy inquietos no viéndoos llegar a la bahía.

-He tenido que sostener el ataque de dos fragatas, y por poco nos quedamos bloqueados en el puerto -contestó el Corsario-. Como veis, sin embargo, mi Rayo salió del peligro casi sin ningún daño.

- No me hubiera consolado nunca si hubiese visto vuestra bella nave desmantelada. ¿Y Wan Guld?

-Está en Veracruz, amigos.

-¿Estáis seguro?

-No tengo duda alguna. -Entonces, os vengaremos -dijeron Laurent y Wan Horn. -¡Gracias, amigos! ¿Es fuerte vuestra escuadra?

-Cuenta con quince naves y mil doscientos hombres de tripulación.

Una arruga surcó la frente del Corsario.

-No seremos demasiados -dijo-; sé que en Veracruz hay más de tres mil soldados, y, según se dice, aguerridos.

-Y que de las ciudades del interior pueden acudir otros quince o diez y seis mil hombres -añadió Morgan, que estaba presente-. Lo he sabido por un negro de Veracruz.

-Se trata de sorprender la plaza. Desembarcaremos a pocas millas del puerto, y nos acercaremos atravesando los bosques.

-Yo estaré allí para llevaros a la victoria.

-¿Qué queréis decir? -preguntó Grammont.

-Que yo os precederé y os esperaré dentro de la plaza.

-¿Os haréis prender?

-Al contrario; seré yo quien perderé a alguien:

-¿Al duque?

-Sí, señor de Grammont. El Rayo, que es más veloz que vuestros barcos, me llevará hasta la costa. Nos encontraremos en Veracruz.

-¿Iréis solo? -preguntaron los tres filibusteros.

-Con poquísimos hombres de confianza y de valor a toda prueba.

-¡Con tres huracanes! -dijo Wan Horn-. Conozco el vayor de Carmaux, de Moko y de Van Stiller.

-Precisamente con ésos -repuso sonriendo el Corsario.

-Pero tened en cuenta que...

-Pederéis inútilmente el tiempo, señor de Grammont. Estoy resuelto, y no me detendrá ningún consejo.-Os deseo buena suerte.

-También nosotros os la deseamos dijo Wan Horn-. ¡Dios os aparte de los malos encuentros!

-¡Gracias, amigos! Volveremos a vernos en Veracruz.

Estrecharon por última vez la mano del Corsario, descendieron a su ballenera, y tomaron rápidamente rumbo hacia alta mar.

Casi al mismo tiempo El Rayo se ponía al viento y reanudaba su carrera hacia el Norte.

El Corsario había permanecido apoyado en la borda de babor, y miraba la ballenera, ya casi al costado de la María Ana. Parecía tan pensativo y preocupado, que no había notado la presencia de Yara.

-¿En qué piensa mi señor? -preguntó tímidamente la joven india.

Al oír aquella voz el Corsario se estremeció, y tomando a la joven por un brazo e indicándole la ballenera, le dijo:

-Ésos son los vengadores de tu padre.

-¿Irán también a Veracruz, señor?

-Sí, Yara; y esos hombres son capaces de exterminar a todos los habitantes de Veracruz. ¿No ves aquellos mástiles y entenas?

-Sí, señor.

-Es la escuadra de los filibusteros de las Tortugas.

- ¿Muy poderosa?

-Y muy temida, Yara.

En aquel momento el pálido rostro del Corsario había tomado tal expresión de ira, que Yara casi se espantó.

-Yo no había sentido nunca odio; pero ahora que me has contado tu historia, siento que me invade un terrible deseo de destruir sus ciudades y dispersar a sus habitantes.

- Entonces, ¿continuaréis el corso después de haber vengado a vuestros hermanos? -le preguntó bruscamente Morgan, que se había acercado.

-¡Quizás! -contestó el Corsario. Y, tras un breve silencio, repuso-:

Después de vengado, tengo otra misión que cumplir, y no abandonaré las aguas del gran golfo sin haberla llevado a término. ¿Quién me asegura que ella ha muerto?

-Aunque la flamenca viviese, todo habría terminado entre ella y vos -dijo Morgan-. ¡Entre vosotros estaría el cadáver de su padre!

-¡Y el de vuestros hermanos! -dijo Yara con un sollozo.

El Corsario miró a la joven india, que se había plegado sobre sí misma como si tratara de ocultar el rostro.

-¿Lloras, Yara? -le dijo con voz dulce-. ¿No te gusta que hable de la duquesa flamenca?

-¡No, mi señor! -repuso la joven.

El Corsario se inclinó hacia ella y le dijo con triste acento:

-¡No se puede amar al Corsario Negro, muchacha!

Y se alejó lentamente, con los brazos cruzados sobre el pecho y la cabeza baja, desapareciendo en el cuadro de popa.

Al día siguiente El Rayo, después de haber bordeado las playas orientales de Yucatán y de haber cruzado felizmente las islas de Cozumel llegaba al cabo Catoche.

Siendo grandes las probabilidades que tenían de encontrar naves españolas en aquellos parajes, a causa de la vecina isla de Cuba, El Rayo se mantuvo en el centro del canal de Yucatán, para poder mejor dirigirse a alta mar en caso de peligro.

Ya el Corsario Negro y Morgan creían poder llegar sin ser vistos a las playas de México, cuando al cuarto día después del paso del estrecho, a la altura de la amplia Laguna de Términos, advirtieron la presencia de una vela.

-Es una nave que, probablemente, viene de Cuba -había dicho Morgan al Corsario.

-¿No será algún barco encargado de vigilar nuestros movimientos? -repuso el señor de Ventimiglia pensativo.

-¿Qué puede haceros suponer eso, capitán?

-Hace dos noches, poco después del ocaso, he percibido una nave que seguía exactamente nuestra ruta.

-¿Habremos sido descubiertos ya?

-Ya sabéis que los españoles siempre están en guardia para evitar sorpresas.

-Es cierto, capitán. Tienen veloces naves encargadas de vigilar la costa y advertir a las ciudades marítimas los peligros que las amenazan.

-¿Queréis que probemos a ver si realmente nos siguen?

-¿Cambiando de ruta?

-Sí; remontando al Norte.

-Dentro de dos horas será de noche, y haremos ruta falsa, Morgan. Entretanto, tratemos de espiar los movimientos de ese barco: acaso podamos saber con quién tenemos que habérnoslas.

Dejaron la cubierta, y se izaron hasta la cofa del palo mayor para abarcar mayor horizonte.

El Corsario asestó su anteojo, y observó con extrema atención la vela señalada.

-Señor Morgan -dijo tras de algunos instantes-, muy lejos estamos de esos espías; pero estoy cierto de no engañarme.

-¿Qué queréis decir, señor?

-Que la nave que nos sigue puede crearnos graves inconvenientes.

-¿Es grande, pues?

-Acaso una fragata.

Señor, tengo una sospecha.

-¿Cuál?

-Que sea una de las dos fragatas que trataron de bloquearnos en Puerto-Limón.

-Para habernos seguido, tenía que ser un velero de primer orden, porque muy pocas naves pueden luchar con nuestro Rayo.

Bajaron a cubierta, y dieron orden al piloto de virar de rumbo poniendo la proa al Norte, como para hacer creer que se dirigían hacia la Luisiana.

El Rayo viró de bordo y, empujado por un viento favorable, se alejó velozmente, volviendo la popa a la costa de Yucatán.

El Corsario y Morgan se habían colocado de vigías en cubierta, y mandaron a las crucetas del trinquete y del mayor algunos hombres provistos de catalejos.

La vela señalada, contrariando todas las previsiones, había continuado su curso hacia el golfo de Campeche. Aunque no había que fiarse de ello, podía ocurrir que el comandante español no hubiese creído oportuno virar súbitamente de bordo para no aumentar las sospechas de los filibusteros, pero pensando reanudar más adelante la caza.

La noche, cerrada hacía ya algún tiempo, puso fin a las investigaciones del Corsario y de Morgan; pero ni uno ni otro abandonaron la cubierta.

Ya había sonado la media noche, cuando entre la profunda oscuridad que sobre el mar reinaba apareció un punto luminoso que se destacaba en la línea del horizonte.

-Nos siguen, en efecto -había dicho Morgan al Corsario Negro, el cual, inclinado sobre la borda de popa, escrutaba atentamente el horizonte.

-Sí -dijo éste-. Ya no hay ninguna duda: estamos espiados, y acaso nos siguen.

-¡Esto es grave, capitán! Alguna nave amenaza comprometer nuestra expedición. ¿Qué hacer, señor?

El Corsario Negro guardó silencio. Apoyado en la borda, continuaba mirando el fanal, que seguía exactamente la ruta de El Rayo.

-¿No es así, señor? -preguntó Morgan.

-Pensaba, lugarteniente, en el modo de asaltar esa nave.

-Pudiera ser una de las fragatas de Puerto-Limón, señor.

-¿Acaso no tenemos balas bastantes para echar a pique un navío de línea? -preguntó el Corsario.

-¿Y si huyese? Pensad, señor, que si logra tocar las costas de México, deberemos renunciar a nuestra empresa.

-Mi nave es demasiado rápida para dejar escapar a un velero español, y somos lo bastante resueltos para no dejarnos echar a pique, señor Morgan, haced botar al mar las seis chalupas balleneras, y elegid ochenta de entre los más valientes de nuestra tripulación.

-¿Queréis asaltar la fragata con las chalupas? -preguntó Morgan estupefacto.

-Sí; pero cuando hayamos desarbolado aquella nave. ¡Daos prisa, Morgan! Debemos aprovechar la noche, para sorprender a los españoles y cogerlos entre dos fuegos. Vosotros, con las balleneras; yo con El Rayo.

-¿Y vuestras órdenes?

-Os las daré en el último momento. ¡Marchad!

Pocos minutos después El Rayo se ponía al pairo, mientras las seis balleneras eran botadas al agua. Ochenta hombres, elegidos por Morgan de entre los más valientes, se apresuraron a tomar puesto en ellas, llevando consigo fusiles, sables de abordaje y pistolas.

Cuando todos hubieron embarcado, Morgan se acercó a él.

-Espero vuestras órdenes, señor.

El Corsario Negro se volvió lentamente, y señalándole el punto luminoso, dijo:

-¿Lo véis?

-Sí, señor.

-Viene hacia nosotros.

-Es cierto, capitán.

-Yo me quedo aquí, e iluminaré la nave; vos iréis hacia ella, manteniéndoos oculto. Cuando veáis a esa nave empeñada en lucha conmigo, os acercáis con las chalupas y os lanzáis a un abordaje fulminante.

-¡Empresa audacísima!

-Pero de resultado seguro, Morgan -repuso el Corsario.

-Confiad en mí, capitán. -¡Marchad, y que Dios os asista!

-¡Gracias, señor!

Apenas había transcurrido un minuto, cuando ya las seis balleneras se alejaban a fuerza de remos y desaparecían en las tinieblas.

El Corsario iba a subir al puente, cuando vio delante de sí una sombra.

-Yara -dijo, ¿qué haces aquí?

-¿Qué ocurre, señor?

-Ya lo ves; que nos siguen.

-¿Los españoles?

- Sí, Yara.

- ¿Y vos?

-Me preparo para defenderme. Vuelve a tu camarote, Yara, que aquí reina la muerte.

-¿Y tú, mi señor?

-¡La muerte tiene miedo de mí! -dijo-. ¡Vete!

-¡Temo por ti, señor!

-¡También la flamenca temió por mí, y, sin embargo, volví vivo a bordo de mi nave para abandonarla en el mar Caribe! ¡Pero no es ésta la hora de sentir remordimientos, sino la de batirse! ¡Hombres del mar! -gritó-. ¡Encended los fanales, y preparaos a aniquilar a la nave que nos sigue!

La noche, que era obscurísima, permitía distinguir un punto luminoso que brillaba sobre la tenebrosa superficie del mar.

El viento había amainado y silbaba débilmente con ciertos extraños gemidos entre los mil cordajes del aparejo.

Los cuarenta hombres que quedaban a bordo de la nave corsaria habían ocupado sus puestos de combate.

El Corsario Negro, en pie sobre cubierta, se destacaba extrañamente a la luz de los dos fanales de la popa.

Vestido todo de negro, con aquella larga pluma negra que descendía por detrás de su amplio fieltro, tenía un aspecto pavoroso.

Guardaba una inmovilidad absoluta; pero no apartaba los ojos del punto luminoso, que seguía acercándose.

-Carmaux -preguntó el Corsario Negro volviéndose a su fiel marinero, que en unión de Van Stiller se había colocado a su lado- ¿ves las chalupas?

-Sí, capitán -contestó el interpelado-. Navegan hacia aquel punto luminoso; pero dentro de algunos instantes ya no serán visibles.

-¿A qué distancia crees que está la nave que nos da caza?

-A mil doscientos metros, señor.

-Dejémosla acercarse más: así tendremos mayor seguridad en el tiro.

Se irguió y volviéndose hacia los artilleros de cubierta, les gritó:

-¡Quinientas piastras para quien eche abajo un palo de la española!

-¡Mil ballenas! -masculló Carmaux-. ¡Lástima no haber nacido artillero! ¡Hay para beberse veinte barriles de vino de España!

-¡Hombres del mar! tronó el Corsario-. ¡Listos para tomar el viento! ¡Vamos al asalto!

El Rayo, que hasta entonces había permanecido casi inmóvil, viró casi en redonda, y se adelantó al encuentro de la nave adversaria corriendo bordada, por tener viento contrario.

El Corsario Negro llevaba el timón y miraba a la nave enemiga, que se acercaba con cierta precaución, pues ya había visto los fanales de El Rayo.

La distancia se acortaba rápidamente. A la una la nave española se encontraba a trescientos pasos, y maniobraba con intento de pasar a estribor de la nave filibustera.

De pronto resonó una voz, conducida en alas del viento, que soplaba del Sur:

-¿Quién vive?

-¡Que nadie conteste! -ordenó el Corsario Negro.

Y tomando el portavoz, gritó con toda la fuerza de sus pulmones:

-¡España!

-¡Deteneos!

-¿Quién sois?

-¡Fragata española!

-¡Acerca! ... -gritó el Corsario.

Los artilleros de las piezas de cubierta se volvieron hacia él, interrogándole con la mirada.

-¡Esperemos! -repuso éste.

Miró a las aguas; pero la oscuridad era tal, que no permitía distinguir a las seis balleneras.

-¡Podemos empezar! -murmuró-. En el momento oportuno, Morgan hará su aparición. ¡Ohé!.. . ¡Fuego!...

Sucedió un breve silencio, tan sólo interrumpido por el silbar de la brisa nocturna y el murmullo de las aguas contra la proa, y dos relámpagos iluminaron bruscamente la cubierta de El Rayo, seguidos de dos formidables detonaciones.

Un clamor ensordecedor se alzó a bordo de la nave enemiga ante aquel inesperado saludo.

-¡Traición!. . . ¡traición! -gritaban los españoles.

El Corsario Negro se había doblado sobre la borda, esperando poder distinguir lo que sucedía a bordo de la fragata; pero la oscuridad era demasiado densa para permitírselo.

- Veremos más tarde si nuestras balas han causado daños- murmuró.

Volvió a empuñar el timón, gritando:

- ¡A la caza!

El Rayo había virado de bordo, y presentaba la proa a la nave enemiga.

Apenas había reanudado su carrera, cuando la fragata disparó con horrendo estrépito. Algunas balas arrancaron parte de la borda de popa, mientras que otras pasaban silbando roncamente sobre la toldilla, horadando las velas. Alguna se empotró en el casco; por fortuna, sobre la línea de flotación.

-¡Qué música! -exclamó Carmaux, que por poco no es despedazado por aquella lluvia de proyectiles-. ¡La española va a darnos qué hacer!

En aquel momento se oyó al Corsario lanzar un grito de cólera: -¡Trata de huir!

-¡Mil ballenas! -exclamó Carmaux-. ¡Si logra evitar el abordaje, estamos fritos!

-¡Tanto más cuanto que tenemos las balleneras en el agua! -dijo Van Stiller-. Tendremos que esperarlas, y la española aprovechará esa circunstancia para ganar tiempo y camino.

La fragata, después de aquella primera andanada, en vez de esperar a El Rayo, había virado de bordo, poniendo la proa a la costa de Campeche. Rehuía el combate y trataba de refugiarse en algún puerto de México, para advertir a las guarniciones de las ciudades costeras la presencia de un barco de corso y ponerlas en guardia.

Ya su destino estaba logrado reconociendo al misterioso velero que desde hacía tantos días navegaba en torno de las playas de Yucatán.

-¡Es necesario impedir que huya, o debemos renunciar a la empresa de Veracruz! -había dicho el Corsario.

Y gritando, añadió:

-¡Listos a la maniobra! ¡Le cortaremos el paso!

Con dos bordadas El Rayo orientó hacia el Oeste, y quedó entre la fragata y la costa americana.

Aquella maniobra fue ejecutada con tal pericia y rapidez, que cuando la nave española trató de volver al viento vio aparecer ante sí la proa de El Rayo.

-¡Alto ahí! ¡De aquí no se pasa! -gritó Carmaux.

Viendo cortado el paso, la fragata se había detenido indecisa, hasta que de repente se cubrió de humo y de llamas. Los españoles, comprendiendo que no podían luchar en celeridad con la nave filibustera, habían aceptado resueltamente la lucha, con la esperanza de ganar la victoria o de forzar el paso.

El Corsario Negro no se había desanimado por eso. Contaba mucho con la habilidad de sus marineros, artilleros y fusileros, por nadie superados y sobre todo con las balleneras mandadas por Morgan.

-¡Fuego a voluntad! -había gritado-. ¡Abordemos la española!

Las dos naves disparaban con igual vigor, alternando descargas de metralla y granadas. Las granadas estallaban en gran número, especialmente en el castillo de proa, y algunas, llegando hasta las baterías, causaban bajas en los artilleros.

Sin embargo, El Rayo no retrocedía, sino que continuaba la lucha, dando bordadas.

La voz del Corsario Negro sonaba sin descanso, dominando a veces el estruendo de la artillería y el tiroteo de los mosquetes.

-¡Teneos firmes! ¡Fuego! ¡Al puente! ¡Apuntad a la arboladura!

Sus hombres, no obstante las mortíferas descargas de metralla y la incesante lluvia de granadas, no perdían valor. Sus balas herían siempre, haciendo especial estrago en los hombres encargados del servicio de las piezas de cubierta.

La batalla duraba ya un cuarto de hora, con grandes perjuicios por ambas partes, cuando se oyó a lo lejos un clamoreo inmenso.

-¡Adelante, hombres del mar! -había gritado una voz.

El Corsario Negro había dado un salto hacia adelante, exclamando:

-¡Morgan!

Abandonó el timón a Carmaux y se lanzó hacia la borda.

-¡Valor, hombres de mar! -gritó-. ¡Nuestros compañeros abordan a la española!

En aquel momento se oyeron gritos terribles a bordo de la nave enemiga, mientras la mosquetería ensordecía los aires con sus disparos.

-¡Fuego de bordada! -gritó el Corsario-. Y adelante para el abordaje!